Car­los Marx por V.I. Lenin

Segui­mos publi­can­do cla­si­cos de la lite­ra­tu­ra mar­xis­ta. En esta oca­sion se tra­ta del ana­li­sis de la vida y obra de Marx que publi­ca­se Lenin. Con ella os deja­mos

V.I Lenin

CARLOS MARX

(Bre­ve esbo­zo bio­grá­fi­co,
con una expo­si­ción del mar­xis­mo)
[1]


Escri­to: De julio a noviem­bre de 1914.
Publi­ca­do por vez pri­me­ra: En 1915, en el Dic­cio­na­rio Enci­clo­pe­di­co Gra­nat, 7a edi­ción, tomo XXVIII.
Digi­ta­li­za­do por: Unión de Juven­tu­des Socia­lis­ta de Puer­to Rico.
Esta Edi­ción: Mar­xists Inter­net Archi­ve, 2000.


Car­los Marx nació el 5 de mayo (según el nue­vo calen­da­rio) de 1818 en Tré­ve­ris (ciu­dad de la Pru­sia rena­na). Su padre era un abo­ga­do judío, con­ver­ti­do en 1824 al pro­tes­tan­tis­mo. La fami­lia de Marx era una fami­lia aco­mo­da­da, cul­ta, pero no revo­lu­cio­na­ria. Des­pués de ter­mi­nar en Tré­ve­ris sus estu­dios de bachi­lle­ra­to, Marx se ins­cri­bió en la uni­ver­si­dad, pri­me­ro en la de Bonn y lue­go en la de Ber­lín, estu­dian­do juris­pru­den­cia y, sobre todo, his­to­ria y filo­so­fía. En 1841 ter­mi­nó sus estu­dios uni­ver­si­ta­rios, pre­sen­tan­do una tesis sobre la filo­so­fía de Epi­cu­ro. Por sus con­cep­cio­nes, Marx era enton­ces toda­vía un idea­lis­ta hege­liano. En Ber­lín se adhi­rió al círcu­lo de los «hege­lia­nos de izquier­da» (Bruno Bauer y otros), que se esfor­za­ban por extraer de la filo­so­fía de Hegel con­clu­sio­nes ateas y revo­lu­cio­na­rias.

Ter­mi­na­dos sus estu­dios uni­ver­si­ta­rios, Marx se tras­la­dó a Bonn con la inten­ción de hacer­se pro­fe­sor. Pero la polí­ti­ca reac­cio­na­ria del gobierno, que en 1832 había des­po­ja­do de su cáte­dra a Lud­wig Feuer­bach, que en 1836 le había nega­do nue­va­men­te la entra­da en la uni­ver­si­dad y que en 1841 pri­vó al joven pro­fe­sor Bruno Bauer del dere­cho a ense­ñar en Bonn, obli­gó a Marx a renun­ciar a la carre­ra docen­te. En aque­lla épo­ca, las ideas de los hege­lia­nos de izquier­da pro­gre­sa­ban rápi­da­men­te en Ale­ma­nia. Lud­wig Feuer­bach, sobre todo des­de 1836, comen­zó a some­ter a crí­ti­ca la teo­lo­gía y a orien­tar­se hacia el mate­ria­lis­mo, que en 1841 (La esen­cia del cris­tia­nis­mo ) se impo­ne ya defi­ni­ti­va­men­te en su pen­sa­mien­to; en 1843 ven la luz sus Prin­ci­pios de la filo­so­fía del por­ve­nir. «Hay que haber vivi­do la influen­cia libe­ra­do­ra» de estos libros, escri­bía Engels años más tar­de refi­rién­do­se a esas obras de Feuer­bach. «Noso­tros [es decir, los hege­lia­nos de izquier­da, entre ellos Marx] nos hici­mos en el acto feuer­ba­chia­nos.»[2] Por aquel tiem­po, los bur­gue­ses radi­ca­les rena­nos, que tenían cier­tos pun­tos de con­tac­to con los hege­lia­nos de izquier­da, fun­da­ron en Colo­nia un perió­di­co de opo­si­ción, la Gace­ta del Rin (cuyo pri­mer núme­ro salió el 1 de enero de 1842). Marx y Bruno Bauer fue­ron invi­ta­dos como prin­ci­pa­les cola­bo­ra­do­res; en octu­bre de 1842 Marx fue nom­bra­do redac­tor jefe del perió­di­co y se tras­la­dó de Bonn a Colo­nia. La ten­den­cia demo­crá­ti­ca revo­lu­cio­na­ria del perió­di­co fue acen­tuán­do­se bajo la jefa­tu­ra de redac­ción de Marx, y el gobierno lo some­tió pri­me­ro a una doble cen­su­ra y lue­go a una tri­ple, has­ta que deci­dió más tar­de supri­mir­lo total­men­te a par­tir del 1 de enero de 1843. Marx se vio obli­ga­do a aban­do­nar su pues­to de redac­tor jefe en esa fecha, sin que su sali­da logra­se tam­po­co sal­var al perió­di­co, que fue clau­su­ra­do en mar­zo de 1843. Entre los artícu­los más impor­tan­tes publi­ca­dos por Marx en la Gace­ta del Rin, Engels men­cio­na, ade­más de los que cita­mos más ade­lan­te (véa­se la Biblio­gra­fía ) el que se refie­re a la situa­ción de los cam­pe­si­nos viti­cul­to­res del valle del Mose­la. Como su labor perio­dís­ti­ca le había demos­tra­do que cono­cía insu­fi­cien­te­men­te la eco­no­mía polí­ti­ca, Marx se dedi­có afa­no­sa­men­te al estu­dio de esta cien­cia.

En 1843, Marx se casó en Kreuz­nach con Jenny von Westpha­len, ami­ga suya de la infan­cia, con la que se había com­pro­me­ti­do cuan­do toda­vía era estu­dian­te. Su espo­sa per­te­ne­cía a una reac­cio­na­ria fami­lia aris­to­crá­ti­ca de Pru­sia. Su her­mano mayor fue minis­tro del Inte­rior en Pru­sia duran­te una de las épo­cas más reac­cio­na­rias, des­de 1850 has­ta 1858. En el oto­ño de 1843 Marx se tras­la­dó a París con obje­to de edi­tar en el extran­je­ro una revis­ta de ten­den­cia radi­cal en cola­bo­ra­ción con Arnold Ruge (1802−1880; hege­liano de izquier­da, encar­ce­la­do de 1825 a 1830, emi­gra­do des­de 1848, y par­ti­da­rio de Bis­marck entre 1866 y 1870). De esta revis­ta, titu­la­da Ana­les fran­co-ale­ma­nes, sólo lle­gó a ver la luz el pri­mer fas­cícu­lo. Las difi­cul­ta­des con que tro­pe­za­ba la difu­sión clan­des­ti­na de la revis­ta en Ale­ma­nia y las dis­cre­pan­cias sur­gi­das entre Marx y Ruge hicie­ron que se sus­pen­die­ra su publi­ca­ción. En los artícu­los de Marx en los Ana­les vemos ya al revo­lu­cio­na­rio que pro­cla­ma la nece­si­dad de una «crí­ti­ca impla­ca­ble de todo lo exis­ten­te», y, en par­ti­cu­lar, de una «crí­ti­ca de las armas»[3] que ape­le a las masas y al pro­le­ta­ria­do.

En sep­tiem­bre de 1844 lle­gó a París, por unos días, Fede­ri­co Engels, quien se con­vir­tió, des­de ese momen­to, en el ami­go más ínti­mo de Marx. Ambos toma­ron con­jun­ta­men­te par­te acti­ví­si­ma en la vida, febril por enton­ces, de los gru­pos revo­lu­cio­na­rios de París (espe­cial impor­tan­cia reves­tía la doc­tri­na de Proudhon, a la que Marx ajus­tó cuen­tas resuel­ta­men­te en su obra Mise­ria de la filo­so­fía, publi­ca­da en 1847) y, en lucha enér­gi­ca con­tra las diver­sas doc­tri­nas del socia­lis­mo peque­ño­bur­gués, for­ja­ron la teo­ría y la tác­ti­ca del socia­lis­mo pro­le­ta­rio revo­lu­cio­na­rio, o comu­nis­mo (mar­xis­mo). Véan­se, más ade­lan­te, en la Biblio­gra­fía, las obras de Marx de esta épo­ca, años de 1844 a 1848. En 1845, a ins­tan­cias del gobierno pru­siano, Marx fue expul­sa­do de París como revo­lu­cio­na­rio peli­gro­so, ins­ta­lán­do­se enton­ces en Bru­se­las. En la pri­ma­ve­ra de 1847, Marx y Engels se afi­lia­ron a una socie­dad secre­ta de pro­pa­gan­da, la Liga de los Comu­nis­tas, tuvie­ron una par­ti­ci­pa­ción des­ta­ca­da en el II Con­gre­so de esta orga­ni­za­ción (cele­bra do en Lon­dres en noviem­bre de 1847) y por encar­go del Con­gre so redac­ta­ron el famo­so Mani­fies­to del Par­ti­do Comu­nis­ta que apa­re­ció en febre­ro de 1848. En esta obra se tra­za, con cla­ri­dad y bri­llan­tez genia­les, una nue­va con­cep­ción del mun­do: el mate­ria­lis­mo con­se­cuen­te, apli­ca­do tam­bién al cam­po de la vida social; la dia­léc­ti­ca como la doc­tri­na más com­ple­ta y pro­fun­da del desa­rro­llo; la teo­ría de la lucha de cla­ses y de la his­tó­ri­ca misión revo­lu­cio­na­ria uni­ver­sal del pro­le­ta­ria­do como crea­dor de una nue­va socie­dad, la socie­dad comu­nis­ta.

Al esta­llar la revo­lu­ción de febre­ro de 1848, Marx fue expul­sa­do de Bél­gi­ca. Se tras­la­dó nue­va­men­te a París, y des­de allí, des­pués de la revo­lu­ción de mar­zo, mar­chó a Ale­ma­nia, más pre­ci­sa­men­te, a Colo­nia. Des­de el 1 de junio de 1848 has­ta el 19 de mayo de 1849, se publi­có en esta ciu­dad la Nue­va Gace­ta del Rin, de la que Marx era el redac­tor jefe. El cur­so de los acon­te­ci­mien­tos revo­lu­cio­na­rios de 1848 a 1849 vino a con­fir­mar de mane­ra bri­llan­te la nue­va teo­ría, como habrían de con­fir­mar­la en lo suce­si­vo los movi­mien­tos pro­le­ta­rios y demo­crá­ti­cos de todos los paí­ses del mun­do. La con­tra­rre­vo­lu­ción triun­fan­te hizo que Marx com­pa­re­cie­ra, pri­me­ro, ante los tri­bu­na­les (sien­do absuel­to el g de febre­ro de 1849) y des­pués lo expul­só de Ale­ma­nia (el 16 de mayo de 1849). Marx se diri­gió a París, de don­de fue expul­sa­do tam­bién des­pués de la mani­fes­ta­ción del 13 de junio de 1849[4]; enton­ces mar­chó a Lon­dres, don­de pasó el res­to de su vida.

Las con­di­cio­nes de vida en la emi­gra­ción eran en extre­mo duras, como lo reve­la con toda cla­ri­dad la corres­pon­den­cia entre Marx y Engels (edi­ta­da en 1913). La mise­ria asfi­xia­ba real­men­te a Marx y a su fami­lia; de no haber sido por la cons­tan­te y abne­ga­da ayu­da eco­nó­mi­ca de Engels, Marx no sólo no hubie­ra podi­do aca­bar El Capi­tal, sino que habría sucum­bi­do inevi­ta­ble­men­te bajo el peso de la mise­ria. Ade­más, las doc­tri­nas y ten­den­cias del socia­lis­mo peque­ño­bur­gués, no pro­le­ta­rio en gene­ral, que pre­do­mi­na­ban en aque­lla épo­ca, obli­ga­ban a Marx a librar cons­tan­te­men­te una lucha impla­ca­ble, y a veces a repe­ler (como hace en su obra Herr Vogt [5] los ata­ques per­so­na­les más rabio­sos y sal­va­jes. Man­te­nién­do­se al mar­gen de los círcu­los de emi­gra­dos y con­cen­tran­do sus esfuer­zos en el estu­dio de la eco­no­mía polí­ti­ca, Marx desa­rro­lló su teo­ría mate­ria­lis­ta en una serie de tra­ba­jos his­tó­ri­cos (véa­se la Biblio­gra­fía ). Con sus obras Con­tri­bu­ción a la crí­ti­ca de la eco­no­mía polí­ti­ca (1859) y El Capi­tal (t. I, 1867), Marx pro­vo­có una ver­da­de­ra revo­lu­ción en la cien­cia eco­nó­mi­ca (véa­se más ade­lan­te la doc­tri­na de Marx).

El recru­de­ci­mien­to de los movi­mien­tos demo­crá­ti­cos, a fines de la déca­da del 50 y duran­te la del 60, lle­vó de nue­vo a Marx a la acti­vi­dad prác­ti­ca. El 28 de sep­tiem­bre de 1864 se fun­dó en Lon­dres la famo­sa Pri­me­ra Inter­na­cio­nal, la «Aso­cia­ción Inter­na­cio­nal de los Tra­ba­ja­do­res». Marx fue el alma de esta orga­ni­za­ción, el autor de su pri­mer «Lla­ma­mien­to» y de gran núme­ro de sus reso­lu­cio­nes, decla­ra­cio­nes y mani­fies­tos. Uni­fi­can­do el movi­mien­to obre­ro de los dife­ren­tes paí­ses, orien­tan­do por el cau­ce de una actua­ción con­jun­ta a las diver sas for­mas del socia­lis­mo no pro­le­ta­rio, pre­mar­xis­ta (Maz­zi­ni, Proudhon, Baku­nin, el tra­deu­nio­nis­mo libe­ral inglés, las vaci­la­cio­nes dere­chis­tas las­sa­llea­nas en Ale­ma­nia, etc.), a la par que com­ba­tía las teo­rías de todas estas sec­tas y escue­las, Marx fue for­jan­do la tác­ti­ca común de la lucha pro­le­ta­ria de la cla­se obre­ra en los dis­tin­tos paí­ses. Des­pués de la caí­da de la Comu­na de París en 1871, que Marx ana­li­zó (en La gue­rra civil en Fran­cia, 1871) de modo tan pro­fun­do, cer­te­ro, bri­llan­te y efi­caz, como revo­lu­cio­na­rio – y a raíz de la esci­sión de la In ter­na­cio­nal pro­vo­ca­da por los baku­ni­nis­tas –, esta últi­ma ya no pudo seguir exis­tien­do en Euro­pa. Des­pués del Con­gre­so de La Haya (1872), Marx con­si­guió que el Con­se­jo Gene­ral de la Inter­na­cio­nal se tras­la­da­se a Nue­va York. La pri­me­ra Inter­na­cio­nal había cum­pli­do su misión his­tó­ri­ca y deja­ba paso a una épo­ca de desa­rro­llo incom­pa­ra­ble­men­te más amplio del movi­mien­to obre­ro en todos los paí­ses del mun­do, épo­ca en que este movi­mien­to había de des­ple­gar­se en exten­sión, con la crea­ción de par­ti­dos obre­ros socia­lis­tas de masas den­tro de cada Esta­do nacio­nal.

Su inten­sa labor en la Inter­na­cio­nal y sus acti­vi­da­des teó­ri­cas, aún más inten­sas, mina­ron defi­ni­ti­va­men­te la salud de Marx. Pro­si­guió su obra de rela­bo­ra­ción de la eco­no­mía polí­ti­ca y se con­sa­gró a ter­mi­nar El Capi­tal, reco­pi­lan­do con este fin mul­ti­tud de nue­vos docu­men­tos y ponién­do­se a estu­diar varios idio­mas (entre ellos el ruso), pero la enfer­me­dad le impi­dió con­cluir El Capi­tal.

El 2 de diciem­bre de 1881 murió su espo­sa, y el 14 de mar­zo de 1883 Marx se que­dó dor­mi­do apa­ci­ble­men­te para siem­pre en su sillón. Está ente­rra­do, jun­to a su mujer, en el cemen­te­rio lon­di­nen­se de High­ga­te. Varios hijos de Marx murie­ron en la infan­cia en Lon­dres, cuan­do la fami­lia vivía en la mise­ria. Tres de sus hijas se casa­ron con socia­lis­tas de Ingla­te­rra y Fran­cia: Eleo­no­ra Eve­ling, Lau­ra Lafar­gue y Jenny Lon­guet. Un hijo de esta últi­ma es miem­bro del Par­ti­do Socia­lis­ta Fran­cés.

LA DOCTRINA DE MARX

El mar­xis­mo es el sis­te­ma de las con­cep­cio­nes y de la doc­tri­na de Marx. Este con­ti­núa y coro­na genial­men­te las tres prin­ci­pa­les corrien­tes ideo­ló­gi­cas del siglo XIX, que per­te­ne­cen a los tres paí­ses más avan­za­dos de la huma­ni­dad: la filo­so­fía clá­si­ca ale­ma­na, la eco­no­mía polí­ti­ca clá­si­ca ingle­sa y el socia­lis­mo fran­cés, vin­cu­la­do a las doc­tri­nas revo­lu­cio­na­rias fran­ce sas en gene­ral. La admi­ra­ble cohe­ren­cia y la inte­gri­dad de sus con­cep­cio­nes – cua­li­da­des reco­no­ci­das inclu­so por sus adver sarios –, que cons­ti­tu­yen en su con­jun­to el mate­ria­lis­mo y el socia­lis­mo cien­tí­fi­cos con­tem­po­rá­neos como teo­ría y pro­gra­ma del movi­mien­to obre­ro de todos los paí­ses civi­li­za­dos del mun­do, nos obli­gan a esbo­zar bre­ve­men­te su con­cep­ción del mun­do en gene­ral antes de expo­ner el con­te­ni­do esen­cial del mar­xis­mo, o sea, la doc­tri­na eco­nó­mi­ca de Marx.

El Mate­ria­lis­mo Filo­só­si­co

Des­de 1844 – 1845, años en que se for­ma­ron sus con­cep­cio­nes, Marx fue mate­ria­lis­ta y, espe­cial­men­te, par­ti­da­rio de Lud­wig Feuer­bach, cuyos pun­tos débi­les vio, más tar­de, en la insu­fi­cien­te con­se­cuen­cia y ampli­tud de su mate­ria­lis­mo. Para Marx, la sig­ni­fi­ca­ción his­tó­ri­ca uni­ver­sal de Feuer­bach, que «hizo épo­ca», resi­día pre­ci­sa­men­te en el hecho de haber roto en for­ma resuel­ta con el idea­lis­mo de Hegel y pro­cla­ma­do el mate­ria­lis­mo, que ya «en el siglo XVIII, sobre todo en Fran­cia, repre­sen­ta­ba la lucha, no sólo con­tra las ins­ti­tu­cio­nes polí­ti­cas exis­ten­tes y al mis­mo tiem­po con­tra la reli­gión y la teo­lo­gía, sino tam­bién […] con­tra la meta­fí­si­ca en gene­ral» (enten­dien­do por ella toda «espe­cu­la­ción ebria», a dife­ren­cia de la «filo­so­fía sobria») (La Sagra­da Fami­lia, en La heren­cia lite­ra­ria ). «Para Hegel – escri­bía Marx –, el pro­ce­so del pen­sa­mien­to, al que él con­vier­te inclu­so, bajo el nom­bre de idea, en suje­to con vida pro­pia, es el demiur­go de lo real […]. Para mí lo ideal no es, por el con­tra­rio, más que lo mate­rial tra­du­ci­do y tras­pues­to a la cabe­za del hom­bre.» (C. Marx, El Capi­tal, t. I, «Pala­bras fina­les a la 2a ed.»). Mos­trán­do­se ple­na­men­te de acuer­do con esta filo­so­fía mate­ria­lis­ta de Marx, F. Engels escri­bía lo siguien­te, al expo­ner­la en su Anti-Düh­ring (véa­se ), obra cuyo manus­cri­to cono­ció Marx: … «La uni­dad del mun­do no exis­te en su ser, sino en su mate­ria­li­dad, que ha sido demos­tra­da […] en el lar­go y peno­so desa­rro­llo de la filo­so­fía y de las cien­cias natu­ra­les […]. El movi­mien­to es la for­ma de exis­ten­cia de la mate­ria. Jamás, ni en par­te algu­na, ha exis­ti­do ni pue­de exis­tir mate­ria sin movi­mien­to, ni movi­mien­to sin mate­ria […]. Pero si segui­mos pre­gun­tan­do qué son y de dón­de pro­ce­den el pen­sar y la con­cien­cia, nos encon­tra­mos con que son pro­duc­tos del cere­bro humano y con que el mis­mo hom­bre no es más que un pro­duc­to de la natu­ra­le­za, que se ha desa­rro­lla­do en un deter­mi­na­do ambien­te natu­ral y jun­to con éste; por don­de lle­ga­mos a la con­clu­sión lógi­ca de que los pro­duc­tos del cere­bro humano, que en últi­ma ins­tan­cia no son tam­po­co más que pro­duc­tos de la natu­ra­le­za, no se con­tra­di­cen, sino que corres­pon­den al res­to de la con­ca­te­na­ción de la natu­ra­le­za». «Hegel era idea­lis­ta, es decir, que para él las ideas de nues­tra cabe­za no son refle­jos [Abbil­der, esto es, imá­ge­nes, pero a veces Engels habla de «repro­duc­cio­nes»] más o menos abs­trac­tos de los obje­tos y fenó­me­nos de la reali­dad, sino que los obje­tos y su desa­rro­llo se le anto­ja­ban, por el con­tra­rio, imá­ge­nes de una idea exis­ten­tes no se sabe dón­de, ya antes de que exis­tie­se el mun­do.» En Lud­wig Feuer­bach [6], obra en la que Engels expo­ne sus ideas y las de Marx sobre la filo­so­fía de Feuer­bach, y cuyo ori­gi­nal envió a la impren­ta des­pués de revi­sar un anti­guo manus­cri­to suyo y de Marx, que data­ba de los años 1844 – 1845, sobre Hegel, Feuer­bach y la con­cep­ción mate­ria­lis­ta de la his­to­ria, escri­be Engels: «El gran pro­ble­ma car­di­nal de toda filo­so­fía, espe­cial­men­te de la moder­na, es el pro­ble­ma de la rela­ción entre el pen­sar y el ser, entre el espí­ri­tu y la natu­ra­le­za […]. ¿Qué está pri­me­ro: el espí­ri­tu o la natu­ra­le­za? […] Los filó­so­fos se divi­die­ron en dos gran­des cam­pos, según la con­tes­ta­ción que die­sen a esta pre­gun­ta. Los que afir­ma­ban que el espí­ri­tu esta­ba antes que la natu­ra­le­za y que, por lo tan­to, reco­no­cían, en últi­ma ins­tan­cia, una crea­ción del mun­do bajo una u otra for­ma […], cons­ti­tu­ye­ron el cam­po del idea­lis­mo. Los demás, los que repu­taban la natu­ra­le­za como prin­ci­pio fun­da­men­tal, adhi­rie­ron a dis­tin­tas escue­las del mate­ria­lis­mo». Todo otro empleo de los con­cep­tos de idea­lis­mo y mate­ria­lis­mo (en sen­ti­do filo­só­fi­co) sólo con­du­ce a la con­fu­sión. Marx recha­za­ba enér­gi­ca­men­te, no sólo el idea­lis­mo – vin­cu­la­do siem­pre, de un modo u otro, a la reli­gión –, sino tam­bién los pun­tos de vis­ta de Hume y Kant, tan difun­di­dos en nues­tros días, es decir, el agnos­ti­cis­mo, el cri­ti­cis­mo y el posi­ti­vis­mo en sus dife­ren­tes for­mas; para Marx esta cla­se de filo­so­fía era una con­ce­sión «reac­cio­na­ria» al idea­lis­mo y, en el mejor de los casos, una «mane­ra ver­gon­zan­te de acep­tar el mate­ria­lis­mo bajo cuer­da y rene­gar de él públi­ca­men­te». Sobre esto pue­de con­sul­tar­se, ade­más de las obras ya cita­das de Engels y Marx, la car­ta de este últi­mo a Engels, fecha­da el 12 de diciem­bre de 1868, en la que habla de unas mani­fes­ta­cio­nes del céle­bre natu­ra­lis­ta T. Hux­ley. En ella, a la vez que hace notar que Hux­ley se mues­tra «más mate­ria­lis­ta» que de ordi­na­rio, y reco­no­ce que «si obser­va­mos y pen­sa­mos real­men­te, nun­ca pode­mos salir­nos del mate­ria­lis­mo», Marx le repro­cha que deje abier­to un «por­ti­llo» al agnos­ti­cis­mo, a la filo­so­fía de Hume. En par­ti­cu­lar debe­mos des­ta­car la con­cep­ción de Marx acer­ca de las rela­cio­nes entre la liber­tad y la nece­si­dad: «La nece­si­dad sólo es cie­ga en cuan­to no se la com­pren­de. La liber­tad no es otra cosa que el cono­ci­mien­to de la nece­si­dad» (Engels, Anti-Düh­ring ) = reco­no­ci­mien­to de la suje­ción obje­ti­va de la natu­ra­le­za a leyes y de la tras­for­ma­ción dia­léc­ti­ca de la nece­si­dad en liber­tad (a la par que de la tras­for­ma­ción de la «cosa en sí» no cono­ci­da aún, pero cog­nos­ci­ble, en «cosa para noso­tros», de la «esen­cia de las cosas» en «fenó­me­nos»). El defec­to fun­da­men­tal del «vie­jo» mate­ria­lis­mo, inclui­do el de Feuer­bach (y con mayor razón aún el del mate­ria­lis­mo «vul­gar» de Buch­ner, Vogt y Moles­chott) con­sis­tía, según Marx y Engels, en lo siguien­te: 1) en que este mate­ria­lis­mo era «pre­do­mi­nan­te­men­te meca­ni­cis­ta» y no tenía en cuen­ta los últi­mos pro­gre­sos de la quí­mi­ca y de la bio­lo­gía (a los que habría que agre­gar en nues­tros días los de la teo­ría eléc­tri­ca de la mate­ria); 2) en que el vie­jo mate­ria­lis­mo no era his­tó­ri­co ni dia­léc­ti­co (sino meta­fí­si­co, en el sen­ti­do de anti­dia­léc­ti­co) y no man­te­nía con­se­cuen­te­men­te ni en todos sus aspec­tos el pun­to de vis­ta del desa­rro­llo; 3) en que con­ce­bían «la esen­cia del hom­bre» en for­ma abs­trac­ta, y no como el «con­jun­to de las rela­cio­nes socia­les» (his­tó­ri­ca­men­te con­cre­tas y deter­mi­na­das), por cuya razón se limi­ta­ban a «expli­car» el mun­do cuan­do en reali­dad se tra­ta de «tras­for­mar lo»; es decir, en que no com­pren­dían la impor­tan­cia de la «acti­vi­dad prác­ti­ca revo­lu­cio­na­ria».

La Dia­léc­ti­ca

La dia­léc­ti­ca hege­lia­na, o sea, la doc­tri­na más mul­ti­la­te­ral, más rica en con­te­ni­do y más pro­fun­da del desa­rro­llo, era para Marx y Engels la mayor con­quis­ta de la filo­so­fía clá­si­ca ale­ma­na. Toda otra for­mu­la­ción del prin­ci­pio del desa­rro­llo, de la evo­lu­ción, les pare­cía uni­la­te­ral y pobre, defor­ma­do­ra y muti­la­do­ra de la ver­da­de­ra mar­cha del desa­rro­llo en la natu­ra­le­za y en la socie­dad (mar­cha que a menu­do se efec­túa a tra­vés de sal­tos, cata­clis­mos y revo­lu­cio­nes). «Marx y yo fui­mos casi los úni­cos que nos plan­tea­mos la tarea de sal­var [del des­ca­la­bro del idea­lis­mo, inclui­do el hege­lia­nis­mo] la dia­léc­ti­ca con­cien­te para traer­la a la con­cep­ción mate­ria­lis­ta de la natu­ra­le­za.» «La natu­ra­le­za es la con­fir­ma­ción de la dia­léc­ti­ca, y pre­ci­sa­men­te son las moder­nas cien­cias natu­ra­les las que nos han brin­da­do un extra­or­di­na­rio acer­vo de datos [¡y esto fue escri­to antes de que se des­cu­brie­ra el radio, los elec­tro­nes, la tras­for­ma­ción de los ele­men­tos, etc.!] y enri­que­ci­do cada día que pasa, demos­tran­do con ello que la natu­ra­le­za se mue­ve, en últi­ma ins­tan­cia, dia­léc­ti­ca, y no meta­fí­si­ca­men­te.»

«La gran idea fun­da­men­tal – escri­be Engels – de que el mun­do no se com­po­ne de un con­jun­to de obje­tos ter­mi­na­dos y aca­ba­dos, sino que repre­sen­ta en sí un con­jun­to de pro­ce­sos, en el que las cosas que pare­cen inmu­ta­bles, al igual que sus imá­ge­nes men­ta­les en nues­tro cere­bro, es decir, los con­cep­tos, se hallan suje­tos a un con­ti­nuo cam­bio, a un pro­ce­so de naci­mien­to y muer­te; esta gran idea fun­da­men­tal se encuen­tra ya tan arrai­ga­da des­de Hegel en la con­cien­cia común, que ape­nas habrá alguien que la dis­cu­ta en su for­ma gene­ral. Pero una cosa es reco­no­cer­la de pala­bra y otra apli­car­la en cada caso par­ti­cu­lar y en cada cam­po de inves­ti­ga­ción.» «Para la filo­so­fía dia­léc­ti­ca no exis­te nada esta­ble­ci­do de una vez para siem­pre, nada abso­lu­to, con­sa­gra­do.; en todo ve lo que hay de pere­ce­de­ro, y no deja en pie más que el pro­ce­so inin­te­rrum­pi­do del apa­re­cer y des­apa­re­cer, del infi­ni­to movi­mien­to ascen­sio­nal de lo infe­rior a lo supe­rior. Y esta mis­ma filo­so­fía es un mero refle­jo de ese pro­ce­so en el cere­bro pen­san­te.» Así, pues, la dia­léc­ti­ca es, según Marx, «la cien­cia de las leyes gene­ra­les del movi­mien­to, tan­to del mun­do exte­rior como del pen­sa­mien­to humano».

Este aspec­to revo­lu­cio­na­rio de la filo­so­fía hege­lia­na es el que Marx reco­ge y desa­rro­lla. El mate­ria­lis­mo dia­léc­ti­co «no nece­si­ta de nin­gu­na filo­so­fía situa­da por enci­ma de las demás cien­cias». De la filo­so­fía ante­rior que­da en pie «la teo­ría del pen­sa­mien­to y sus leyes, es decir, la lógi­ca for­mal y la dia­léc­ti­ca». Y la dia­léc­ti­ca, tal como la con­ci­be Marx, y tam­bién según Hegel, abar­ca lo que hoy se lla­ma teo­ría del cono­ci­mien­to o gno­seo­lo­gía, cien­cia que debe enfo­car tam­bién su obje­to des­de un pun­to de vis­ta his­tó­ri­co, inves­ti­gan­do y gene­ra­li­zan­do los orí­ge­nes y el desa­rro­llo del cono­ci­mien­to, y el paso de la fal­ta de cono­ci­mien­to al cono­ci­mien­to.

En nues­tro tiem­po, la idea del desa­rro­llo, de la evo­lu­ción, ha pene­tra­do casi en su inte­gri­dad en la con­cien­cia social, pero no a tra­vés de la filo­so­fía de Hegel, sino por otros cami­nos. Sin embar­go, esta idea, tal como la for­mu­la­ron Marx y Engels, apo­yán­do­se en Hegel, es mucho más com­ple­ta, mucho más rica en con­te­ni­do que la teo­ría de la evo­lu­ción al uso. Es un desa­rro­llo que, al pare­cer, repi­te eta­pas ya reco­rri­das, pero de otro modo, sobre una base más alta («nega­ción de la nega­ción»), un desa­rro­llo, por decir­lo así, en espi­ral y no en línea rec­ta; un desa­rro­llo que se ope­ra en for­ma de sal­tos, a tra­vés de cata­clis­mos y revo­lu­cio­nes, que sig­ni­fi­can «inte­rrup­cio­nes de la gra­dua­li­dad»; un desa­rro­llo que es tras­for­ma­ción de la can­ti­dad en cali­dad, impul­sos inter­nos de desa­rro­llo ori­gi­na­dos por la con­tra­dic­ción, por el cho­que de las diver­sas fuer­zas y ten­den­cias, que actúan sobre deter­mi­na­do cuer­po, o den­tro de los lími­tes de un fenó­meno dado o en el seno de una socie­dad dada; inter­de­pen­den­cia ínti­ma e indi­so­lu­ble con­ca­te­na­ción de todos los aspec­tos de cada fenó­meno (con la par­ti­cu­la­ri­dad de que la his­to­ria pone cons­tan­te­men­te al des­cu­bier­to nue­vos aspec­tos), con­ca­te­na­ción que ofre­ce un pro­ce­so de movi­mien­to úni­co, uni­ver­sal y suje­to a leyes; tales son algu­nos ras­gos de la dia­léc­ti­ca, teo­ría mucho más empa­pa­da de con­te­ni­do que la (habi­tual) doc­tri­na de la evo­lu­ción. (Véa­se la car­ta de Marx a Engels del 8 de enero de 1868, en la que se mofa de las «rígi­das tri­co­to­mías» de Stein, que sería ridícu­lo con­fun­dir con la dia­léc­ti­ca mate­ria­lis­ta.)

La Con­cep­ción Mate­ria­lis­ta de la His­to­ria

La con­cien­cia de que el vie­jo mate­ria­lis­mo era una teo­ría incon­se­cuen­te, incom­ple­ta y uni­la­te­ral lle­vó a Marx a la con­vic­ción de que era indis­pen­sa­ble «poner en con­so­nan­cia la cien­cia de la socie­dad con la base mate­ria­lis­ta y recons­truir­la sobre esta base». Si el mate­ria­lis­mo en gene­ral expli­ca la con­cien­cia por el ser, y no al con­tra­rio, apli­ca­do a la vida social de la huma­ni­dad exi­ge que la con­cien­cia social se expli­que por el ser social. «La tec­no­lo­gía – dice Marx (en El Capi­tal, t. I) – pone al des­cu­bier­to la rela­ción acti­va del hom­bre con la natu­ra­le­za, el pro­ce­so inme­dia­to de pro­duc­ción de su vida, y, a la vez, sus con­di­cio­nes socia­les de vida y de las repre­sen­ta­cio­nes espi­ri­tua­les que de ellas se deri­van.» Y en el «pró­lo­go a su Con­tri­bu­ción a la crí­ti­ca de la eco­no­mía polí­ti­ca «, Marx ofre­ce una for­mu­la­ción inte­gral de las tesis fun­da­men­ta­les del mate­ria­lis­mo apli­ca­das a la socie­dad huma­na y a su his­to­ria. He aquí sus pala­bras:

«En la pro­duc­ción social de su vida, los hom­bres con­traen deter­mi­na­das rela­cio­nes nece­sa­rias e inde­pen­dien­tes de su volun­tad, rela­cio­nes de pro­duc­ción que corres­pon­den a una deter­mi­na­da fase de desa­rro­llo de sus fuer­zas pro­duc­ti­vas mate­ria­les.

«El con­jun­to de estas rela­cio­nes de pro­duc­ción for­ma la estruc­tu­ra eco­nó­mi­ca de la socie­dad, la base real sobre la que se eri­ge una super­es­truc­tu­ra polí­ti­ca y jurí­di­ca, y a la que corres­pon­den deter­mi­na­das for­mas de con­cien­cia social. El modo de pro­duc­ción de la vida mate­rial con­di­cio­na el pro­ce­so de la vida social, polí­ti­ca y espi­ri­tual en gene­ral. No es la con­cien­cia del hom­bre la que deter­mi­na su ser, sino, por el con­tra­rio, su ser social el que deter­mi­na su con­cien­cia. Al lle­gar a una deter­mi­na­da fase de desa­rro­llo, las fuer­zas pro­duc­ti­vas mate­ria­les de la socie­dad cho­can con las rela­cio­nes de pro­duc­ción exis­ten­tes o, lo que no es más que la expre­sión jurí­di­ca de esto, con las rela­cio­nes de pro­pie­dad den­tro de las cua­les se han des­en­vuel­to has­ta allí. De for­mas de desa­rro­llo de las fuer­zas pro­duc­ti­vas, estas rela­cio­nes se con­vier­ten en tra­bas de ellas. Y se abre así una épo­ca de revo­lu­ción social. Al cam­biar la base eco­nó­mi­ca, se revo­lu­cio­na, más o menos rápi­da­men­te, toda la inmen­sa super­es­truc­tu­ra eri­gi­da sobre ella. Cuan­do se estu­dian esas revo­lu­cio­nes, hay que dis­tin­guir siem­pre entre la revo­lu­ción mate­rial pro­du­ci­da en las con­di­cio­nes eco­nó­mi­cas de pro­duc­ción, y que pue­de veri­fi­car­se con la pre­ci­sión pro­pia de las cien­cias natu­ra­les, y las revo­lu­cio­nes jurí­di­cas, polí­ti­cas, reli­gio­sas, artís­ti­cas o filo­só­fi­cas; en una pala­bra, de las for­mas ideo­ló­gi­cas en que los hom­bres adquie­ren con­cien­cia de este con­flic­to y luchan por resol­ver­lo.

«Y del mis­mo modo que no pode­mos juz­gar a un indi­vi­duo por lo que él pien­sa de si, no pode­mos juz­gar tam­po­co estas épo­cas de revo­lu­ción por su con­cien­cia, sino que, por el con­tra­rio, hay que expli­car­se esta con­cien­cia por las con­tra­dic­cio­nes de la vida mate­rial, por el con­flic­to exis­ten­te entre las fuer­zas pro­duc­ti­vas socia­les y las rela­cio­nes de pro­duc­ción…» «A gran­des ras­gos, pode­mos seña­lar como otras tan­tas épo­cas de pro­gre­so en la for­ma­ción eco­nó­mi­ca de la socie­dad, el modo de pro­duc­ción asiá­ti­co, el anti­guo, el feu­dal y el moderno bur­gués.» (Véa­se la bre­ve for­mu­la­ción que Marx da en su car­ta a Engels del 7 de julio de 1866: «Nues­tra teo­ria de que la orga­ni­za­ción del tra­ba­jo está deter­mi­na­da por los medios de pro­duc­ción».)

El des­cu­bri­mien­to de la con­cep­ción mate­ria­lis­ta de la his­to­ria, o mejor dicho, la con­se­cuen­te apli­ca­ción y exten­sión del mate­ria­lis­mo al domi­nio de los fenó­me­nos socia­les, superó los dos defec­tos fun­da­men­ta­les de las vie­jas teo­rías de la his­to­ria. En pri­mer lugar, estas teo­rías sola­men­te exa­mi­na­ban, en el mejor de los casos, los móvi­les ideo­ló­gi­cos de la acti­vi­dad his­tó­ri­ca de los hom­bres, sin inves­ti­gar el ori­gen de esos móvi­les, sin cap­tar las leyes obje­ti­vas que rigen el desa­rro­llo del sis­te­ma de las rela­cio­nes socia­les, ni ver las rai­ces de éstas en el gra­do de desa­rro­llo de la pro­duc­ción mate­rial; en segun­do lugar, las vie­jas teo­rias no abar­ca­ban pre­ci­sa­men­te las accio­nes de las masas de la pobla­ción, mien­tras que el mate­ria­lis­mo his­tó­ri­co per­mi­tió estu­diar, por vez pri­me­ra y con la exac­ti­tud de las cien­cias natu­ra­les, las con­di­cio­nes socia­les de la vida de las masas y los cam­bios ope­ra­dos en estas con­di­cio­nes. La «socio­lo­gia» y la his­to­rio­gra­fía ante­rio­res a Marx pro­por­cio naban, en el mejor de los casos, un cúmu­lo de datos cru­dos, reco­pi­la­dos frag­men­ta­ria­men­te, y la des­crip­ción de aspec­tos ais­la­dos del pro­ce­so his­tó­ri­co. El mar­xis­mo seña­ló el camino para un estu­dio glo­bal y mul­ti­la­te­ral del pro­ce­so de apa­ri­ción, desa­rro­llo y deca­den­cia de las for­ma­cio­nes eco­nó­mi­co-socia­les, exa­mi­nan­do el con­jun­to de todas las ten­den­cias con­tra­dic­to­rias y redu­cién­do­las a las con­di­cio­nes, per­fec­ta­men­te deter­mi­na­bles, de vida y de pro­duc­ción de las dis­tin­tas cla­ses de la socie­dad, eli­mi­nan­do el sub­je­ti­vis­mo y la arbi­tra­rie­dad en la elec­ción de las diver­sas ideas «domi­nan­tes» o en la inter­pre­ta­ción de ellas, y ponien­do al des­cu­bier­to las raí­ces de todas las ideas sin excep­ción y de las diver­sas ten­den­cias que se mani­fies­tan en el esta­do de las fuer­zas pro­duc­ti­vas mate­ria­les. Los hom­bres hacen su pro­pia his­to­ria, ¿pero qué deter­mi­na los móvi­les de estos hom­bres, y pre­ci­sa­men­te de las masas huma­nas?; ¿qué es lo que pro­vo­ca los cho­ques de ideas y las aspi­ra­cio­nes con­tra­dic­to­rias?; ¿qué repre­sen­ta el con­jun­to de todos estos cho­ques que se pro­du­cen en la masa ente­ra de las socie­da­des huma­nas?; ¿cuá­les son las con­di­cio­nes obje­ti­vas de pro­duc­ción de la vida mate­rial que crean la base de toda la acti­vi­dad his­tó­ri­ca de los hom­bres?; ¿cuál es la ley que rige el des­en­vol­vi­mien­to de estas con­di­cio­nes? Marx con­cen­tró su aten­ción en todo esto y tra­zó el camino para estu­diar cien­tí­fi­ca­men­te la his­to­ria como un pro­ce­so úni­co, regi­do por leyes, en toda su inmen­sa diver­si­dad y con su carác­ter con­tra­dic­to­rio.

La Lucha de Cla­ses

Todo el mun­do sabe que en cual­quier socie­dad las aspi­ra­cio­nes de una par­te de sus miem­bros cho­can abier­ta­men­te con las aspi­ra­cio­nes de otros, que la vida social está lle­na de con­tra­dic­cio­nes, que la his­to­ria nos mues­tra una lucha entre pue­blos y socie­da­des, así como en su pro­pio seno; todo el mun­do sabe tam­bién que se suce­den los perío­dos de revo­lu­ción y reac­ción, de paz y de gue­rras, de estan­ca­mien­to y de rápi­do pro­gre­so o deca­den­cia. El mar­xis­mo nos pro­por­cio­na el hilo con­duc­tor que per­mi­te des­cu­brir una suje­ción a leyes en este apa­ren­te labe­rin­to y caos, a saber: la teo­ría de la lucha de cla­ses. Sólo el estu­dio del con­jun­to de las aspi­ra­cio­nes de todos los miem­bros de una socie­dad dada o de un gru­po de socie­da­des, pue­de con­du­cir­nos a una deter­mi­na­ción cien­tí­fi­ca del resul­ta­do de esas aspi­ra­cio­nes. Aho­ra bien, la fuen­te de que bro­tan esas aspi­ra­cio­nes con­tra­dic­to­rias son siem­pre las dife­ren­cias de situa­ción y de con­di­cio­nes de vida de las cla­ses en que se divi­de cada socie­dad. «La his­to­ria de todas las socie­da­des que han exis­ti­do has­ta nues­tros días – dice Marx en el Mani­fies­to Comu­nis­ta (excep­tuan­do la his­to­ria del régi­men de la comu­ni­dad pri­mi­ti­va, aña­de más tar­de Engels) – es la his­to­ria de las luchas de cla­ses. Hom­bres libres y escla­vos, patri­cios y ple­be­yos, seño­res y sier­vos, maes­tros y ofi­cia­les; en una pala­bra: opre­so­res y opri­mi­dos se enfren­ta­ron siem­pre, man­tu­vie­ron una lucha cons­tan­te, vela­da unas veces, y otras fran­ca y abier­ta; lucha que ter­mi­nó siem­pre con la tras­for­ma­ción revo­lu­cio­na­ria de toda la socie­dad o el hun­di­mien­to de las cla­ses beli­ge­ran­tes […]. La moder­na socie­dad bur­gue­sa, que ha sali­do de entre las rui­nas de la socie­dad feu­dal, no ha abo­li­do las con­tra­dic­cio­nes de cla­se. Uni­ca­men­te ha sus­ti­tui­do las vie­jas cla­ses, las vie­jas con­di­cio­nes de opre­sion, las vie­jas for­mas de lucha, por otras nue­vas. Nues­tra épo­ca, la épo­ca de la bur­gue­sía, se dis­tin­gue, sin embar­go, por haber sim­pli­fi­ca­do las con­tra­dic­cio­nes de cla­se. Toda la socie­dad va divi­dién­do­se cada vez más en dos gran­des cam­pos enemi­gos, en dos gran­des cla­ses que se enfren­tan direc­ta­men­te: la bur­gue­sía y el pro­le­ta­ria­do.» A par­tir de la Gran Revo­lu­ción Fran­ce­sa, la his­to­ria de Euro­pa pone de relie­ve en dis­tin­tos paí­ses, con espe­cial evi­den­cia, el ver­da­de­ro fon­do de los acon­te­ci­mien­tos, la lucha de cla­ses. Y ya en la épo­ca de la res­tau­ra­ción se des­ta­can en Fran­cia algu­nos his­to­ria­do­res (Thierry, Gui­zot, Mig­net y Thiers) que, al gene­ra­li­zar los acon­te­ci­mien­tos, no pudie­ron dejar de reco­no­cer que la lucha de cla­ses era la cla­ve para la com­pren­sión de toda la his­to­ria fran­ce­sa. Y la épo­ca con­tem­po­rá­nea, es decir, la épo­ca que seña­la el triun­fo com­ple­to de la bur­gue­sía y de las ins­ti­tu­cio­nes repre­sen­ta­ti­vas, del sufra­gio amplio (cuan­do no uni­ver­sal), de la pren­sa dia­ria bara­ta que lle­ga a las masas, etc., la épo­ca de las pode­ro­sas aso­cia­cio­nes obre­ras y patro­na­les cada vez más vas­tas, etc., pone de mani­fies­to de un modo toda­vía más paten­te (aun­que a veces en for­ma uni­la­te­ral, «pací­fi­ca» y «cons­ti­tu­cio­nal») que la lucha de cla­ses es la fuer­za motriz de los acon­te­ci­mien­tos. El siguien­te pasa­je del Mani­fies­to Comu­nis­ta nos reve­la lo que Marx exi­gía de la cien­cia social en cuan­to al aná­li­sis obje­ti­vo de la situa­ción de cada cla­se en la socie­dad moder­na y en rela­ción con el examen de las con­di­cio­nes de desa­rro­llo de cada cla­se: «De todas las cla­ses que hoy se enfren­tan con ía bur­gue­sía, sólo el pro­le­ta­ria­do es una cla­se ver­da­de­ra­men­te revo­lu­cio­na­ria. Las demás cla­ses van dege­ne­ran­do y des­apa­re­cen con el desa­rro­llo de la gran indus­tria; el pro­le­ta­ria­do, en cam­bio, es su pro­duc­to más pecu­liar. Las capas medias – el peque­ño indus­trial, el peque­ño comer­cian­te, el arte­sano y el cam­pe­sino – , todas ellas luchan con­tra la bur­gue­sía para sal­var de la rui­na su exis­ten­cia como tales capas medias. No son, pues, revo­lu­cio­na­rias, sino con­ser­va­do­ras. Más toda­vía, son reac­cio­na­rias, ya que pre­ten­den vol­ver atrás la rue­da de la his­to­ria. Son revo­lu­cio­na­rias úni­ca­men­te cuan­do tie­nen ante sí la pers­pec­ti­va de su trán­si­to inmi­nen­te al pro­le­ta­ria­do; defen­dien­do así, no sus intere­ses pre­sen­tes, sino sus intere­ses futu­ros, cuan­do aban­do­nan sus pro­pios pun­tos de vis­ta para adop­tar los del pro­le­ta­ria­do». En una serie de obras his­tó­ri­cas (véa­se la Biblio­gra­fía ), Marx nos ofre­ce bri­llan­tes y pro­fun­dos ejem­plos de his­to­rio­gra­fía mate­ria­lis­ta, de aná­li­sis de la situa­ción de cada cla­se en par­ti­cu­lar y a veces de los dife­ren­tes gru­pos o capas que se mani­fies­tan den­tro de ella, mos­tran­do pal­ma­ria­men­te por qué y cómo «toda lucha de cla­ses es una lucha polí­ti­ca». El pasa­je que aca­ba­mos de citar ilus­tra cuán intrin­ca­da es la red de rela­cio­nes socia­les y fases de tran­si­ción de una cla­se a otra, del pasa­do al por­ve­nir, que Marx ana­li­za para deter­mi­nar la resul­tan­te total del desa­rro­llo his­tó­ri­co.

La con­fir­ma­ción y apli­ca­ción más pro­fun­da, más com­ple­ta y deta­lla­da de la teo­ría de Marx es su doc­tri­na eco­nó­mi­ca.

LA DOCTRINA ECONÓMICA DE MARX

«Y la fina­li­dad últi­ma de esta obra – dice Marx en el pró­lo­go a El Capi­tal – es, en efec­to, des­cu­brir la ley eco­nó­mi­ca que pre­si­de el movi­mien­to de la socie­dad moder­na», es decir, de la socie­dad capi­ta­lis­ta, bur­gue­sa. El estu­dio de las rela­cio­nes de pro­duc­ción de una socie­dad dada, his­tó­ri­ca­men­te deter­mi­na­da, en su apa­ri­ción, desa­rro­llo y deca­den­cia: tal es el con­te­ni­do de la doc­tri­na eco­nó­mi­ca de Marx. En la socie­dad capi­ta­lis­ta impe­ra la pro­duc­ción de mer­can­cías ; por eso, el aná­li­sis de Marx empie­za con el aná­li­sis de la mer­can­cía.

El Valor

La mer­can­cía es, en pri­mer lugar, una cosa que satis­fa­ce una deter­mi­na­da nece­si­dad huma­na y, en segun­do lugar, una cosa que se cam­bia por otra. La uti­li­dad de una cosa hace de ella un valor de uso. El valor de cam­bio (o, sen­ci­lla­men­te el valor) es, ante todo, la rela­ción o pro­por­ción en que se cam­bia cier­to núme­ro de valo­res de uso de una cla­se por un deter­mi­na­do núme­ro de valo­res de uso de otra cla­se. La expe­rien­cia dia­ria nos mues­tra que, a tra­vés de millo­nes y miles de millo­nes de esos actos de inter­cam­bio, se equi­pa­ran cons­tan­te­men­te todo géne­ro de valo­res de uso, aun los más diver­sos y menos equi­pa­ra­bles entre sí. ¿Qué es lo que tie­nen de común esos diver­sos obje­tos, que cons­tan­te­men­te son equi­pa­ra­dos entre sí en deter­mi­na­do sis­te­ma de rela­cio­nes socia­les? Tie­nen de común el que todos ellos son pro­duc­tos del tra­ba­jo. Al cam­biar sus pro­duc­tos, los hom­bres equi­pa­ran los mas diver­sos tipos de tra­ba­jo. La pro­duc­ción de mer­can­cías es un sis­te­ma de rela­cio­nes socia­les en que los dis­tin­tos pro­duc­to­res crean diver­sos pro­duc­tos (divi­sión social del tra­ba­jo), y todos estos pro­duc­tos se equi­pa­ran entre sí por medio del cam­bio. Por lo tan­to, lo que todas las mer­can­cías encie­rran de común no es el tra­ba­jo con­cre­to de una deter­mi­na­da rama de pro­duc­ción, no es un tra­ba­jo de deter­mi­na­do tipo, sino el tra­ba­jo humano abs­trac­to, el tra­ba­jo humano en gene­ral. Toda la fuer­za de tra­ba­jo de una socie­dad dada, repre­sen­ta­da por la suma de valo­res de todas las mer­can­cías, es una y la mis­ma fuer­za huma­na de tra­ba­jo; así lo evi­den­cian miles de millo­nes de actos de cam­bio. Por con­si­guien­te, cada mer­can­cía en par­ti­cu­lar no repre­sen­ta más que una deter­mi­na­da par­te del tiem­po de tra­ba­jo social­men­te nece­sa­rio. La mag­ni­tud del valor se deter­mi­na por la can­ti­dad de tra­ba­jo social­men­te nece­sa­rio o por el tiem­po de tra­ba­jo social­men­te nece­sa­rio para pro­du­cir cier­ta mer­can­cía o cier­to valor de uso. «Al equi­pa­rar unos con otros, en el cam­bio, sus diver­sos pro­duc­tos, lo que hacen los hom­bres es equi­pa­rar entre sí sus diver­sos tra­ba­jos como moda­li­da­des del tra­ba­jo humano. No lo saben, pero lo hacen.» El valor es, como dijo un vie­jo eco­no­mis­ta, una rela­ción entre dos per­so­nas; pero debió aña­dir sim­ple­men­te: rela­ción encu­bier­ta por una envol­tu­ra mate­rial. Sólo par­tien­do del sis­te­ma de rela­cio­nes socia­les de pro­duc­ción de una for­ma­ción social his­tó­ri­ca­men­te deter­mi­na­da, rela­cio­nes que se mani­fies­tan en el fenó­meno masi­vo del cam­bio, repe­ti­do miles de millo­nes de veces, pode­mos com­pren­der lo que es el valor. «Como valo­res, las mer­can­cías no son más que can­ti­da­des deter­mi­na­das de tiem­po de tra­ba­jo coa­gu­la­do.» Des­pués de ana­li­zar en deta­lle el doble carác­ter del tra­ba­jo mate­ria­li­za­do en las mer­can­cías, Marx pasa al aná­li­sis de la for­ma del valor y del dine­ro. Con ello se pro­po­ne, fun­da­men­tal­men­te, inves­ti­gar el ori­gen de la for­ma mone­ta­ria del valor, estu­diar el pro­ce­so his­tó­ri­co de des­en­vol­vi­mien­to del cam­bio, comen­zan­do por las ope­ra­cio­nes suel­tas y for­tui­tas de true­que («for­ma sim­ple, suel­ta o for­tui­ta del valor», en que una can­ti­dad de mer­can­cía es cam­bia­da por otra) has­ta remon­tar­se a la for­ma uni­ver­sal del valor, en que mer­can­cías dife­ren­tes se cam­bian por una mer­can­cía con­cre­ta, siem­pre la mis­ma, y lle­gar a la for­ma mone­ta­ria del valor, en que la fun­ción de esta mer­can­cía, o sea, la fun­ción de equi­va­len­te uni­ver­sal, la desem­pe­ña el oro. El dine­ro, pro­duc­to supre­mo del desa­rro­llo del cam­bio y de la pro­duc­ción de mer­can­cías, dis­fra­za y ocul­ta el carác­ter social de los tra­ba­jos pri­va­dos, la con­ca­te­na­ción social exis­ten­te entre los diver­sos pro­duc­to­res uni­dos por el mer­ca­do. Marx some­te a un aná­li­sis extra­or­di­na­ria­men­te minu­cio­so las diver­sas fun­cio­nes del dine­ro, debien­do adver­tir­se, pues tie­ne gran impor­tan­cia, que en este caso (como, en gene­ral, en todos los pri­me­ros capí­tu­los de El Capi­tal ) la for­ma abs­trac­ta de la expo­si­ción, que a veces pare­ce pura­men­te deduc­ti­va, reco­ge en reali­dad un gigan­tes­co mate­rial basa­do en hechos sobre la his­to­ria del desa­rro­llo del cam­bio y de la pro­duc­ción de mer­can­cías. «El dine­ro pre­su­po­ne cier­to nivel del cam­bio de mer­can­cías. Las diver­sas for­mas del dine­ro – sim­ple equi­va­len­te de mer­can­cías o medio de cir­cu­la­ción, medio de pago, de ate­so­ra­mien­to y dine­ro mun­dial – seña­lan, según el dis­tin­to volu­men y pre­do­mi­nio rela­ti­vo de tal o cual fun­ción, fases muy dis­tin­tas del pro­ce­so social de pro­duc­ción» (El Capi­tal, I).

La Plus­va­lía

Al alcan­zar la pro­duc­ción de mer­can­cías deter­mi­na­do gra­do de desa­rro­llo, el dine­ro se con­vier­te en capi­tal. La fór­mu­la de la cir­cu­la­ción de mer­can­cías era: M (mer­can­cía) – D (dine­ro) – M (mer­can­cía), o sea, ven­ta de una mer­can­cía para com­prar otra. Por el con­tra­rio, la fór­mu­la gene­ral del capi­tal es D – M – D, o sea, la com­pra para la ven­ta (con ganan­cia). Marx lla­ma plus­va­lía a este incre­men­to del valor pri­mi­ti­vo del dine­ro que se lan­za a la cir­cu­la­ción. Que el dine­ro lan­za­do a la cir­cu­la­ción capi­ta­lis­ta «cre­ce», es un hecho cono­ci­do de todo el mun­do. Y pre­ci­sa­men­te ese «cre­ci­mien­to» es lo que con­vier­te el dine­ro en capi­tal, como rela­ción social de pro­duc­ción par­ti­cu­lar, his­tó­ri­ca­men­te deter­mi­na­da. La plus­va­lía no pue­de bro­tar de la cir­cu­la­ción de mer­can­cías, pues ésta sólo cono­ce el inter­cam­bio de equi­va­len­tes; tam­po­co pue­de pro­ve­nir de un alza de los pre­cios, pues las pér­di­das y las ganan­cias recí­pro­cas de ven­de­do­res y com­pra­do­res se equi­li­bra­rían; se tra­ta de un fenó­meno masi­vo, medio, social, y no de un fenó­meno indi­vi­dual. Para obte­ner plus­va­lía «el posee­dor del dine­ro nece­si­ta encon­trar en el mer­ca­do una mer­can­cía cuyo valor de uso posea la cua­li­dad pecu­liar de ser fuen­te de valor», una mer­can­cía cuyo pro­ce­so de con­su­mo sea, al mis­mo tiem­po, pro­ce­so de crea­ción de valor. Y esta mer­can­cía exis­te: es la fuer­za de tra­ba­jo del hom­bre. Su con­su­mo es tra­ba­jo y el tra­ba­jo crea valor. El posee­dor del dine­ro com­pra la fuer­za de tra­ba­jo por su valor, valor que es deter­mi­na­do, como el de cual­quier otra mer­can­cía, por el tiem­po de tra­ba­jo social­men­te nece­sa­rio para su pro­duc­ción (es decir, por el cos­to del man­te­ni­mien­to del obre­ro y su fami­lia). Una vez que ha com­pra­do la fuer­za de tra­ba­jo el posee­dor del dine­ro tie­ne dere­cho a con­su­mir­la, es decir, a obli­gar­la a tra­ba­jar duran­te un día ente­ro, por ejem­plo, duran­te doce horas. En reali­dad el obre­ro crea en seis horas (tiem­po de tra­ba­jo «nece­sa­rio») un pro­duc­to con el que cubre los gas­tos de su man­te­ni­mien­to; duran­te las seis horas res­tan­tes (tiem­po de tra­ba­jo «suple­men­ta­rio») crea un «plus­pro­duc­to» no retri­bui­do por el capi­ta­lis­ta, que es la plus­va­lía. Por con­si­guien­te, des­de el pun­to de vis­ta del pro­ce­so de la pro­duc­ción, en el capi­tal hay que dis­tin­guir dos par­tes: capi­tal cons­tan­te, inver­ti­do en medios de pro­duc­ción (máqui­nas, ins­tru­men­tos de tra­ba­jo, mate­rias pri­mas, etc.) – y cuyo valor se tras­fie­re sin cam­bio de mag­ni­tud (de una vez o en par­tes) a las mer­can­cías pro­du­ci­das –, y capi­tal varia­ble, inver­ti­do en fuer­za de tra­ba­jo. El valor de este capi­tal no per­ma­ne­ce inva­ria­ble, sino que se acre­cien­ta en el pro­ce­so del tra­ba­jo, al crear la plus­va­lía. Por lo tan­to, para expre­sar el gra­do de explo­ta­ción de la fuer­za de tra­ba­jo por el capi­tal, tene­mos que com­pa­rar la plus­va­lía obte­ni­da, no con el capi­tal glo­bal, sino exclu­si­va­men­te con el capi­tal varia­ble. La cuo­ta de plus­va­lía, como lla­ma Marx a esta rela­ción, sería, pues, en nues­tro ejem­plo, de 6:6, es decir, del 100 por cien­to.

Las pre­mi­sas his­tó­ri­cas para la apa­ri­ción del capi­tal son: pri­me­ra, la acu­mu­la­ción de deter­mi­na­da suma de dine­ro en manos de cier­tas per­so­nas, con un nivel de desa­rro­llo rela­ti­va­men­te alto de la pro­duc­ción de mer­can­cías en gene­ral ¡ segun­da, la exis­ten­cia de obre­ros «libres» en un doble sen­ti­do – libres de todas las tra­bas o res­tric­cio­nes impues­tas a la ven­ta de la fuer­za de tra­ba­jo, y libres por care­cer de tie­rra y, en gene­ral, de medios de pro­duc­ción –, de obre­ros des­po­seí­dos, de obre­ros «pro­le­ta­rios» que, para sub­sis­tir, no tie­nen más recur­sos que la ven­ta de su fuer­za de tra­ba­jo.

Dos son los modos prin­ci­pa­les para poder incre­men­tar la plus­va­lía: median­te la pro­lon­ga­ción de la jor­na­da de tra­ba­jo («plus­va­lía abso­lu­ta») y median­te la reduc­ción del tiem­po de tra­ba­jo nece­sa­rio («plus­va­lía rela­ti­va»). Al ana­li­zar el pri­mer modo, Marx hace des­fi­lar ante noso­tros el gran­dio­so pano­ra­ma de la lucha de la cla­se obre­ra para redu­cir la jor­na­da de tra­ba­jo y de la inter­ven­ción del poder esta­tal, pri­me­ro para pro­lon­gar­la (en el perío­do que media entre los siglos XIV y XVII) y des­pués para redu­cir­la (legis­la­ción fabril del siglo XIX). Des­de la apa­ri­ción de El Capi­tal, la his­to­ria del movi­mien­to obre­ro de todos los paí­ses civi­li­za­dos ha apor­ta­do miles y miles de nue­vos hechos que ilus­tran este pano­ra­ma.

Al pro­ce­der a su aná­li­sis de la pro­duc­ción de plus­va­lía rela­ti­va, Marx inves­ti­ga las tres eta­pas his­tó­ri­cas fun­da­men­ta les de la ele­va­ción de la pro­duc­ti­vi­dad del tra­ba­jo por el capi­ta­lis­mo: 1) la coope­ra­ción sim­ple; 2) la divi­sión del tra­ba­jo y la manu­fac­tu­ra; 3) la maqui­na­ria y la gran indus­tria. La pro­fun­di­dad con que Marx aquí pone de relie­ve los ras­gos fun­da­men­ta­les y típi­cos del desa­rro­llo del capi­ta­lis­mo nos demues­tra, entre otras cosas, el hecho de que el estu­dio de la lla­ma­da indus­tria de los kus­ta­res* en Rusia ha apor­ta­do un abun­dan­tí­si­mo mate­rial para ilus­trar las dos pri­me­ras eta­pas de las tres men­cio­na­das. En cuan­to a la acción revo­lu­cio­na­ria de la gran indus­tria maqui­ni­za­da, des­cri­ta por Marx en 1867, duran­te el medio siglo tras­cu­rri­do des­de enton­ces ha veni­do a reve­lar­se en toda una serie de paí­ses «nue­vos» (Rusia, Japón, etc.).

Pro­si­ga­mos. Impor­tan­tí­si­mo y nue­vo es el aná­li­sis de Marx de la acu­mu­la­ción del capi­tal, es decir, de la tras­for­ma­ción de una par­te de la plus­va­lía en capi­tal, y de su empleo, no para satis­fa­cer las nece­si­da­des per­so­na­les o los capri­chos del capi­ta­lis­ta, sino para reno­var la pro­duc­ción. Marx hace ver el error de toda la eco­no­mía polí­ti­ca clá­si­ca ante­rior (des­de Adam Smith) al supo­ner que toda la plus­va­lía que se con­ver­tía en capi­tal pasa­ba a for­mar par­te del capi­tal varia­ble, cuan­do en reali­dad se des­com­po­ne en medios de pro­duc­ción más capi­tal varia­ble. En el pro­ce­so de desa­rro­llo del capi­ta­lis­mo y de su tras­for­ma­ción en socia­lis­mo tie­ne una inmen­sa impor­tan­cia el que la par­te del capi­tal cons­tan­te (en la suma total del capi­tal) se incre­men­te con mayor rapi­dez que la par­te del capi­tal varia­ble.

Al ace­le­rar el des­pla­za­mien­to de los obre­ros por la maqui­na­ria, pro­du­cien­do rique­za en un polo y mise­ria en el polo opues­to, la acu­mu­la­ción del capi­tal crea tam­bién el lla­ma­do «ejér­ci­to indus­trial de reser­va», el «sobran­te rela­ti­vo» de obre­ros o «super­po­bla­ción capi­ta­lis­ta», que revis­te for­mas extra­or­di­na­ria­men­te diver­sas y per­mi­te al capi­tal ampliar la pro­duc­ción con sin­gu­lar rapi­dez. Esta posi­bi­li­dad, rela­cio­na­da con el cré­di­to y la acu­mu­la­ción de capi­tal en medios de pro­duc­ción, nos pro­por­cio­na, entre otras cosas, la cla­ve para com­pren­der las cri­sis de super­pro­duc­ción, que esta­llan perió­di­ca­men­te en los paí­ses capi­ta­lis­tas, pri­me­ro cada diez años, tér­mino medio, y lue­go con inter­va­los mayo­res y menos pre­ci­sos. De la acu­mu­la­ción del capi­tal sobre la base del capi­ta­lis­mo hay que dis­tin­guir la lla­ma­da acu­mu­la­ción pri­mi­ti­va, que se lle­va a cabo median­te la sepa­ra­ción vio­len­ta del tra­ba­ja­dor de los medios de pro­duc­ción, expul­sión del cam­pe­sino de su tie­rra, robo de los terre­nos comu­na­les, sis­te­ma colo­nial, sis­te­ma de la deu­da públi­ca, tari­fas adua­ne­ras pro­tec­cio­nis­tas, etc. La «acu­mu­la­ción pri­mi­ti­va» crea en un polo al pro­le­ta­rio «libre» y en el otro al posee­dor del dine­ro, el capi­ta­lis­ta.

Marx carac­te­ri­za la «ten­den­cia his­tó­ri­ca de la acu­mu­la­ción capi­ta­lis­ta» con las famo­sas pala­bras siguien­tes: «La expro­pia­ción del pro­duc­tor direc­to se lle­va a cabo con el más des­pia­da­do van­da­lis­mo y bajo el aci­ca­te de las pasio­nes más infa­mes, más sucias, más mez­qui­nas y más desen­fre­na­das. La pro­pie­dad pri­va­da, fru­to del pro­pio tra­ba­jo [del cam­pe­sino y del arte­sano], y basa­da, por decir­lo así, en la com­pe­ne­tra­ción del obre­ro indi­vi­dual e inde­pen­dien­te con sus ins­tru­men­tos y medios de tra­ba­jo, es des­pla­za­da por la pro­pie­dad pri­va­da capi­ta­lis­ta, basa­da en la explo­ta­ción de la fuer­za de tra­ba­jo aje­na, aun­que for­mal­men­te libre […]. Aho­ra ya no se tra­ta de expro­piar al tra­ba­ja­dor due­ño de una eco­no­mía inde­pen­dien­te, sino de expro­piar al capi­ta­lis­ta explo­ta­dor de nume­ro­sos obre­ros. Esta expro­pia­ción la lle­va a cabo el jue­go de las leyes inma­nen­tes de la pro­pia pro­duc­ción capi­ta­lis­ta, la cen­tra­li­za­ción de los capi­ta­les. Un capi­ta­lis­ta derro­ta a otros muchos. Para­le­la­men­te con esta cen­tra­li­za­ción del capi­tal o expro­pia­ción de muchos capi­ta­lis­tas por unos pocos, se desa­rro­lla en una esca­la cada vez mayor la for­ma coope­ra­ti­va del pro­ce­so de tra­ba­jo, la apli­ca­ción téc­ni­ca con­cien­te de la cien­cia, la explo­ta­ción pla­ni­fi­ca­da de la tie­rra, la tras­for­ma­ción de los medios de tra­ba­jo en medios de tra­ba­jo uti­li­za­bles sólo colec­ti­va­men­te, la eco­no­mía de todos los medios de pro­duc­ción al ser emplea­dos como medios de pro­duc­ción de un tra­ba­jo com­bi­na­do, social, la absor­ción de todos los paí­ses por la red del mer­ca­do mun­dial y, como con­se­cuen­cia de esto, el carác­ter inter­na­cio­nal del régi­men capi­ta­lis­ta. Con­for­me dis­mi­nu­ye pro­gre­si­va­men­te el núme­ro de mag­na­tes capi­ta­lis­tas que usur­pan y mono­po­li­zan todos los bene­fi­cios de este pro­ce­so de tras­for­ma­ción, cre­ce la masa de la mise­ria, de la opre­sión, del escla­vi­za­mien­to, de la dege­ne­ra­ción, de la explo­ta­ción; pero cre­ce tam­bién la rebel­día de la cla­se obre­ra, que es alec­cio­na­da, uni­fi­ca­da y orga­ni­za­da por el meca­nis­mo del pro­pio pro­ce­so capi­ta­lis­ta de pro­duc­ción El mono­po­lio del capi­tal se con­vier­te en gri­lle­te del modo de pro­duc­ción que ha cre­ci­do con él y bajo él. La cen­tra­li­za­ción de los medios de pro­duc­ción y la socia­li­za­ción del tra­ba­jo lle­gan a un pun­to en que son ya incom­pa­ti­bles con su envol­tu­ra capi­ta­lis­ta. Esta envol­tu­ra esta­lla. Sue­na la hora de la pro­pie­dad pri­va­da capi­ta­lis­ta. Los expro­pia­do­res son expro­pia­dos» (EI Capi­tal, t. I).

Tam­bién es suma­men­te impor­tan­te y nue­vo el aná­li­sis que hace Marx más ade­lan­te de la repro­duc­ción del capi­tal social, con­si­de­ra­do en su con­jun­to, en el tomo II de El Capi­tal. Tam­po­co en este caso toma Marx un fenó­meno indi­vi­dual, sino de masas; no toma una par­te frag­men­ta­ria de la eco­no­mía de la socie­dad, sino toda la eco­no­mía en su con­jun­to. Rec­ti­fi­can­do el error en que incu­rren los eco­no­mis­tas clá­si­cos antes men­cio­na­dos, Marx divi­de toda la pro­duc­ción social en dos gran­des sec­cio­nes: 1) pro­duc­ción de medios de pro­duc­ción y 2) pro­duc­ción de artícu­los de con­su­mo. Y, apo­yán­do­se en cifras, ana­li­za minu­cio­sa­men­te la cir­cu­la­ción del capi­tal social en su con­jun­to, tan­to en la repro­duc­ción de enver­ga­du­ra ante­rior como en la acu­mu­la­ción. En el tomo III de El Capi­tal se resuel­ve, sobre la base de la ley del valor, el pro­ble­ma de la for­ma­ción de la cuo­ta media de ganan­cia. Cons­ti­tu­ye un gran pro­gre­so en la cien­cia eco­nó­mi­ca el que Marx par­ta siem­pre, en sus aná­li­sis, de los fenó­me­nos eco­nó­mi­cos gene­ra­les, del con­jun­to de la eco­no­mía social, y no de casos ais­la­dos o de las mani­fes­ta­cio­nes super­fi­cia­les de la com­pe­ten­cia, que es a lo que sue­le limi­tar­se la eco­no­mía polí­ti­ca vul­gar o la moder­na «teo­ría de la uti­li­dad lími­te». Marx ana­li­za pri­me­ro el ori­gen de la plus­va­lía y lue­go pasa a ver su des­com­po­si­ción en ganan­cia, inte­rés y ren­ta del sue­lo. La ganan­cia es la rela­ción de la plus­va­lía con todo el capi­tal inver­ti­do en una empre­sa. El capi­tal de «alta com­po­si­ción orgá­ni­ca» (es decir, aquel en el cual el capi­tal cons­tan­te pre­do­mi­na sobre el varia­ble en pro­por­cio­nes supe­rio­res a la media social) arro­ja una cuo­ta de ganan­cia infe­rior a la cuo­ta media. El capi­tal de «baja com­po­si­ción orgá­ni­ca» da, por el con­tra­rio, una cuo­ta de ganan­cia supe­rior a la media. La com­pe­ten­cia entre los capi­ta­les, su libre paso de unas ramas de pro­duc­ción a otras, redu­cen en ambos casos la cuo­ta de ganan­cia a la cuo­ta media. La suma de los valo­res de todas las mer­can­cías de una socie­dad dada coin­ci­de con la suma de pre­cios de estas mer­can­cías; pero en las dis­tin­tas empre­sas y en las diver­sas ramas de pro­duc­ción las mer­can­cías, bajo la pre­sión de la com­pe­ten­cia, no se ven­den por su valor, sino por el pre­cio de pro­duc­ción, que equi­va­le al capi­tal inver­ti­do más la ganan­cia media.

Así, pues, un hecho cono­ci­do de todos, e indis­cu­ti­ble, es decir, el hecho de que los pre­cios difie­ren de los valo­res y de que las ganan­cias se nive­lan, lo expli­ca Marx per­fec­ta­men­te par­tien­do de la ley del valor, pues la suma de los valo­res de todas las mer­can­cías coin­ci­de con la suma de sus pre­cios. Sin embar­go, la reduc­ción del valor (social) a los pre­cios (indi­vi­dua­les) no es una ope­ra­ción sim­ple y direc­ta, sino que sigue una vía indi­rec­ta y muy com­pli­ca­da: es per­fec­ta­men­te natu­ral que en una socie­dad de pro­duc­to­res de mer­can­cías dis­per­sos, vin­cu­la­dos sólo por el mer­ca­do, las leyes que rigen esa socie­dad no pue­dan mani­fes­tar­se más que como leyes medias, socia­les, gene­ra­les, con una com­pen­sa­ción mutua de las des­via­cio­nes indi­vi­dua­les mani­fes­ta­das en uno u otro sen­ti­do.

La ele­va­ción de la pro­duc­ti­vi­dad del tra­ba­jo sig­ni­fi­ca un incre­men­to más rápi­do del capi­tal cons­tan­te en com­pa­ra­ción con el varia­ble. Pero como la crea­ción de plus­va­lía es fun­ción pri­va­ti­va de éste, se com­pren­de que la cuo­ta de ganan­cia (o sea, la rela­ción que guar­da la plus­va­lía con todo el capi­tal, y no sólo con su par­te varia­ble) acu­se una ten­den­cia a la baja. Marx ana­li­za minu­cio­sa­men­te esta ten­den­cia, así como las diver­sas cir­cuns­tan­cias que la ocul­tan o con­tra­rres­tan. Sin dete­ner­nos a expo­ner los capí­tu­los extra­or­di­na­ria­men­te intere­san­tes del tomo III, que estu­dian el capí­tu­lo usu­ra­rio, comer­cial y finan­cie­ro, pasa­re­mos a lo esen­cial, a la teo­ría de la ren­ta del sue­lo. Debi­do a la limi­ta­ción de la super­fi­cie de la tie­rra, que en los paí­ses capi­ta­lis­tas es ocu­pa­da ente­ra­men­te por los pro­pie­ta­rios par­ti­cu­la­res, el pre­cio de pro­duc­ción de los pro­duc­tos agrí­co­las no lo deter­mi­nan los gas­tos de pro­duc­ción en los terre­nos de cali­dad media, sino en los de cali­dad infe­rior; no lo deter­mi­nan las con­di­cio­nes medias en que el pro­duc­to se lle­va al mer­ca­do, sino las con­di­cio­nes peo­res. La dife­ren­cia exis­ten­te entre este pre­cio y el de pro­duc­ción en las tie­rras mejo­res (o en con­di­cio­nes más favo­ra­bles de pro­duc­ción) da lugar a una dife­ren­cia o ren­ta dife­ren­cial. Marx ana­li­za dete­ni­da­men­te la ren­ta dife­ren­cial y de mues­tra que bro­ta de la dife­ren­te fer­ti­li­dad del sue­lo, de la dife­ren­cia de los capi­ta­les inver­ti­dos en el cul­ti­vo de las tie­rras, ponien­do total­men­te al des­cu­bier­to (véa­se tam­bién la Teo­ría de la plus­va­lía, don­de mere­ce una aten­ción espe­cial la crí­ti­ca que hace a Rod­ber­tus) el error de Ricar­do, según el cual la ren­ta dife­ren­cial sólo se obtie­ne con el paso suce­si­vo de las tie­rras mejo­res a las peo­res. Por el con­tra­rio, se dan tam­bién casos inver­sos: tie­rras de una cla­se deter­mi­na­da se tras­for­man en tie­rras de otra cla­se (gra­cias a los pro­gre­sos de la téc­ni­ca agrí­co­la, a la expan­sión de las ciu­da­des, etc.), por lo que la tris­te­men­te céle­bre «ley del ren­di­mien­to decre­cien­te del sue­lo» es pro­fun­da­men­te erró­nea y repre­sen­ta un inten­to de car­gar sobre la natu­ra­le­za los defec­tos, las limi­ta­cio­nes y con­tra­dic­cio­nes del capi­ta­lis­mo. Ade­más, la igual­dad de ganan­cias en todas las ramas de la indus­tria y de la eco­no­mía nacio­nal pre­su­po­ne la ple­na liber­tad de com­pe­ten­cia, la liber­tad de tras­fe­rir los capi­ta­les de una rama de pro­duc­ción a otra. Pero la pro­pie­dad pri­va­da sobre el sue­lo crea un mono­po­lio, que es un obs­tácu­lo para la libre tras­fe­ren­cia. En vir­tud de ese mono­po­lio, los pro­duc­tos de la eco­no­mía agrí­co­la, que se dis­tin­gue por una baja com­po­si­ción del capi­tal y, en con­se­cuen­cia, por una cuo­ta de ganan­cia indi­vi­dual más alta, no entran en el pro­ce­so total­men­te libre de nive­la­ción de las cuo­tas de ganan­cia. El pro­pie­ta­rio de la tie­rra, como mono­po­lis­ta, pue­de man­te­ner sus pre­cios por enci­ma del nivel medio, y este pre­cio de mono­po­lio ori­gi­na la ren­ta abso­lu­ta. La ren­ta dife­ren­cial no pue­de ser abo­li­da mien­tras exis­ta el capi­ta­lis­mo; en cam­bio, la ren­ta abso­lu­ta pue­de ser­lo; por ejem­plo, cuan­do se nacio­na­li­za la tie­rra, con­vir­tién­do­la en pro­pie­dad del Esta­do. Este paso sig­ni­fi­ca­ría el soca­va­mien­to del mono­po­lio de los pro­pie­ta­rios pri­va­dos, así como una apli­ca­ción más con­se­cuen­te y ple­na de la libre com­pe­ten­cia en la agri­cul­tu­ra. Por eso los bur­gue­ses radi­ca­les, advier­te Marx, han pre­sen­ta­do repe­ti­das veces a lo lar­go de la his­to­ria esta rei­vin­di­ca­ción bur­gue­sa pro­gre­sis­ta de la nacio­na­li­za­ción de la tie­rra, que asus­ta, sin embar­go, a la mayo­ría de los bur­gue­ses, pues «afec­ta» dema­sia­do de cer­ca a otro mono­po­lio mucho más impor­tan­te y «sen­si­ble» en nues­tros días: el mono­po­lio de los medios de pro­duc­ción en gene­ral. (El pro­pio Marx expo­ne en un len­gua­je muy popu­lar, con­ci­so y cla­ro su teo­ría de la ganan­cia media sobre el capi­tal y de la ren­ta abso­lu­ta del sue­lo, en la car­ta que diri­ge a Engels el 2 de agos­to de 1862. Véa­se Corres­pon­den­cia, t. III, págs. 77 – 81, y tam­bién en las págs. 86 – 87, la car­ta del 9 de agos­to de 1862.) Para la his­to­ria de la ren­ta del sue­lo resul­ta impor­tan­te seña­lar el aná­li­sis en que Marx demues­tra cómo la tras­for­ma­ción de la ren­ta en tra­ba­jo (cuan­do el cam­pe­sino crea el plus­pro­duc­to tra­ba­jan­do en la hacien­da del terra­te­nien­te) en ren­ta natu­ral o ren­ta en espe­cie (cuan­do el cam­pe­sino crea el plus­pro­duc­to en su pro­pia tie­rra, entre­gán­do­lo lue­go al terra­te­nien­te bajo una «coer­ción extra­eco­nó­mi­ca»), des­pués en ren­ta en dine­ro (que es la mis­ma ren­ta en espe­cie, sólo que con­ver­ti­da en dine­ro, el obrok, cen­so de la anti­gua Rusia, en vir­tud del desa­rro­llo de la pro­duc­ción de mer­can­cías) y final­men­te, en la ren­ta capi­ta­lis­ta, cuan­do en lugar del cam­pe­sino es el patrono quien cul­ti­va la tie­rra con ayu­da del tra­ba­jo asa­la­ria­do. En rela­ción con este aná­li­sis de la «géne­sis de la ren­ta capi­ta­lis­ta del sue­lo», hay que seña­lar una serie de pro­fun­das ideas (que tie­nen una impor­tan­cia espe­cial para los paí­ses atra­sa­dos, como Rusia) expues­tas por Marx acer­ca de la evo­lu­ción del capi­ta­lis­mo en la agri­cul­tu­ra.«La tras­for­ma­ción de la ren­ta natu­ral en ren­ta en dine­ro va, ade­más, no sólo nece­sa­ria­men­te acom­pa­ña da, sino inclu­so anti­ci­pa­da por la for­ma­ción de una cla­se de jor­na­le­ros des­po­seí­dos, que se con­tra­tan por dine­ro. Duran­te el perío­do de naci­mien­to de dicha cla­se, en que ésta sólo apa­re­ce en for­ma espo­rá­di­ca, va desa­rro­llán­do­se, por lo tan­to, nece­sa­ria­men­te, en los cam­pe­si­nos mejor situa­dos y suje­tos a obrok, la cos­tum­bre de explo­tar por su cuen­ta a jor­na­le­ros agrí­co­las, del mis­mo modo que ya en la épo­ca feu­dal los cam­pe­si­nos más aco­mo­da­dos suje­tos a vasa­lla­je tenían a su ser­vi­cio a otros vasa­llos. Esto va per­mi­tien­do­les acu­mu­lar poco a poco cier­ta for­tu­na y con­ver­tir­se en futu­ros capi­ta­lis­tas. De este modo va for­mán­do­se entre los anti­guos posee­do­res de la tie­rra que la tra­ba­ja­ban por su cuen­ta, un semi­lle­ro de arren­da­ta­rios capi­ta­lis­tas, cuyo desa­rro­llo se halla con­di­cio­na­do por el desa­rro­llo gene­ral de la pro­duc­ción capi­ta­lis­ta fue­ra del cam­po. . .» (El Capi­tal, t. III2a, 332). «La expro­pia­ción, el desahu­cio de una par­te de la pobla­ción rural no sólo “libe­ra” para el capi­tal indus­trial a los obre­ros, sus medios de vida y sus mate­ria­les de tra­ba­jo, sino que ade­más crea el mer­ca­do inte­rior.» (El Capi­tal, t. I2a, pág. 778). La depau­pe­ra­ción y la rui­na de la pobla­ción del cam­po influ­yen, a su vez, en la for­ma­ción del ejér­ci­to indus­trial de reser­va para el capi­tal. En todo país capi­ta­lis­ta «una par­te de la pobla­ción rural se encuen­tra cons­tan­te­men­te en tran­ce de tras­for­mar­se en pobla­ción urba­na o manu­fac­tu­re­ra [es decir, no agrí­co­la]. Esta fuen­te de super­po­bla­ción rela­ti­va flo­ta cons­tan­te­men­te […]. El obre­ro agrí­co­la se ve cons­tan­te­men­te redu­ci­do al sala­rio míni­mo y vive siem­pre con un pie en el pan­tano del pau­pe­ris­mo» (El Capi­tal, I2a, 668). La pro­pie­dad pri­va­da del cam­pe­sino sobre la tie­rra que cul­ti­va es la base de la peque­ña pro­duc­ción y la con­di­ción para que ésta flo­rez­ca y adquie­ra una for­ma clá­si­ca. Pero esa peque­ña pro­duc­ción sólo es com­pa­ti­ble con los lími­tes estre­chos y pri­mi­ti­vos de la pro­duc­ción y de la socie­dad. Bajo el capi­ta­lis­mo «la explo­ta­ción de los cam­pe­si­nos se dis­tin­gue de la explo­ta­ción del pro­le­ta­ria­do indus­trial sólo por la for­ma. El explo­ta­dor es el mis­mo: el capi­tal. Indi­vi­dual­men­te, los capi­ta­lis­tas explo­tan a los cam­pe­si­nos indi­vi­dua­les por medio de la hipo­te­ca y de la usu­ra; la cla­se capi­ta­lis­ta explo­ta a la cla­se cam­pe­si­na por medio de los impues­tos del Esta­do» (Las luchas de cla­ses en Fran­cia ). «La par­ce­la del cam­pe­sino sólo es ya el pre­tex­to que per­mi­te al capi­ta­lis­ta extraer de la tie­rra ganan­cias, intere­ses y ren­ta, dejan­do al agri­cul­tor que se las arreg
le para sacar como pue­da su sala­rio.» (El Die­cío­cho Bru­ma­rio.) Habi­tual­men­te, el cam­pe­sino entre­ga inclu­so a la socie­dad capi­ta­lis­ta, es decir, a la cla­se capi­ta­lis­ta, una par­te de su sala­rio, des­cen­dien­do «al nivel del arren­da­ta­rio irlan­dés, aun­que en apa­rien­cia es un pro­pie­ta­rio pri­va­do» (Las luchas de cla­ses en Fran­cia ). ¿Cuál es «una de las cau­sas por las que en paí­ses en que pre­do­mi­na la pro­pie­dad par­ce­la­ria, el tri­go se coti­ce a pre­cio m��s bajo que en los paí­ses en que impe­ra el régi­men capi­ta­lis­ta de pro­duc­ción»? (El Capi­tal, t. III2a, 340). La cau­sa es que el cam­pe­sino entre­ga gra­tui­ta­men­te a la socie­dad (es decir, a la cla­se capi­ta­lis­ta) una par­te del plus­pro­duc­to. «Estos bajos pre­cios [del tri­go y los demás pro­duc­tos agrí­co­las] son, pues, un resul­ta­do de la pobre­za de los pro­duc­to­res y no, ni mucho menos, con­se­cuen­cia de la pro­duc­ti­vi­dad de su tra­ba­jo» (El Capi­tal, t. III2a, 340). Bajo el capi­ta­lis­mo, la peque­ña pro­pie­dad agra­ria, for­ma nor­mal de la peque­ña pro­duc­ción, dege­ne­ra, se des­tru­ye y des­apa­re­ce. «La peque­ña pro­pie­dad agra­ria, por su pro­pia natu­ra­le­za, es incom­pa­ti­ble con el desa­rro­llo de las fuer­zas pro­duc­ti­vas socia­les del tra­ba­jo, con las for­mas socia­les del tra­ba­jo, con la con­cen­tra­ción social de los capi­ta­les, con la gana­de­ría en gran esca­la y con la uti­li­za­ción pro­gre­si­va de la cien­cia. La usu­ra y el sis­te­ma de impues­tos la con­du­ce, inevi­ta­ble­men­te, por doquier, a la rui­na. El capi­tal inver­ti­do en la com­pra de la tie­rra es sus­traí­do al cul­ti­vo de ésta. Dis­per­sión infi­ni­ta de los medios de pro­duc­ción y dise­mi­na­ción de los pro­duc­to­res mis­mos. [Las coope­ra­ti­vas, es decir, las aso­cia­cio­nes de peque­ños cam­pe­si­nos, cum­plen un extra­or­di­na­rio papel pro­gre­sis­ta des­de el pun­to de vis­ta bur­gués, pero sólo pue­den con­se­guir ate­nuar esta ten­den­cia, sin lle­gar a supri­mir­la; ade­más, no se debe olvi­dar que estas coope­ra­ti­vas dan mucho a los cam­pe­si­nos aco­mo­da­dos y muy poco o casi nada a la masa de cam­pe­si­nos pobres, ni debe olvi­dar­se tam­po­co que las pro­pias aso­cia­cio­nes ter­mi­nan por explo­tar el tra­ba­jo asa­la­ria­do.] Inmen­so derro­che de ener­gía huma­na; empeo­ra­mien­to pro­gre­si­vo de las con­di­cio­nes de pro­duc­ción y enca­re­ci­mien­to de los medios de pro­duc­ción: tal es la ley de la [peque­ña] pro­pie­dad par­ce­la­ria.» En la agri­cul­tu­ra, lo mis­mo que en la indus­tria, el capi­ta­lis­mo sólo tras­for­ma el pro­ce­so de pro­duc­ción a cos­ta del «mar­ti­ro­lo­gio de los pro­duc­to­res». «La dis­per­sión de los obre­ros del cam­po en gran­des super­fi­cies que­bran­ta su fuer­za de resis­ten­cia, al paso que la con­cen­tra­ción robus­te­ce la fuer­za de resis­ten­cia de los obre­ros de la ciu­dad. Al igual que en la indus­tria moder­na, en la moder­na agri­cul­tu­ra, es decir en la capi­ta­lis­ta, la inten­si­fi­ca­ción de la fuer­za pro­duc­ti­va y la más rápi­da movi­li­za­ción del tra­ba­jo se con­si­guen a cos­ta de devas­tar y ago­tar la fuer­za obre­ra de tra­ba­jo. Ade­más, todos los pro­gre­sos rea­li­za­dos por la agri­cul­tu­ra capi­ta­lis­ta no son sola­men­te pro­gre­sos en el arte de esquil­mar al obre­ro, sino tam­bién en el arte de esquil­mar la tie­rra […]. Por lo tan­to, la pro­duc­ción capi­ta­lis­ta sólo sabe desa­rro­llar la téc­ni­ca y la com­bi­na­ción del pro­ce­so social de pro­duc­ción, minan­do al mis­mo tiem­po las dos fuen­tes ori­gi­na­les de toda rique­za: la tie­rra y el hom­bre». (EI Capi­tal, t. I, final del capí­tu­lo XIII)

EL SOCIALISMO

Por lo expues­to, se ve que Marx lle­ga a la con­clu­sión de que es inevi­ta­ble la tras­for­ma­ción de la socie­dad capi­ta­lis­ta en socia­lis­ta basán­do­se úni­ca y exclu­si­va­men­te en la ley eco­nó­mi­ca del movi­mien­to de la socie­dad moder­na. La socia­li­za­ción del tra­ba­jo, que avan­za cada vez con mayor rapi­dez bajo miles de for­mas, y que duran­te el medio siglo tras­cu­rri­do des­de la muer­te de Marx se mani­fies­ta en for­ma muy pal­pa­ble en el incre­men­to de la gran pro­duc­ción, de los cár­tels, los sin­di­ca­tos y los trusts capi­ta­lis­tas, y en el gigan­tes­co cre­ci­mien­to del volu­men y el pode­río del capi­tal finan­cie­ro, es la base mate­rial más impor­tan­te del adve­ni­mien­to inevi­ta­ble del socia­lis­mo. El motor inte­lec­tual y moral de esta tras­for­ma­ción, su agen­te físi­co, es el pro­le­ta­ria­do, edu­ca­do por el pro­pio capi­ta­lis­mo. Su lucha con­tra la bur­gue­sía, que se mani­fies­ta en las for­mas más diver­sas, y cada vez más ricas en con­te­ni­do, se con­vier­te inevi­ta­ble­men­te en lucha polí­ti­ca por la con­quis­ta de su pro­pio poder polí­ti­co (la «dic­ta­du­ra del pro­le­ta­ria­do»). La socia­li­za­ción de la pro­duc­ción no pue­de dejar de con­du­cir a la tras­for­ma­ción de los medios de pro­duc­ción en pro­pie­dad social, es decir, a la «expro­pia­ción de los expro­pia­do­res». La enor­me ele­va­ción de la pro­duc­ti­vi­dad del tra­ba­jo, la reduc­ción de la jor­na­da de tra­ba­jo y la sus­ti­tu­ción de los ves­ti­gios, de las rui­nas de la peque­ña pro­duc­ción, pri­mi­ti­va y des­per­di­ga­da, por el tra­ba­jo colec­ti­vo per­fec­cio­na­do: tales son las con­se­cuen­cias direc­tas de esa tras­for­ma­ción. El capi­ta­lis­mo rom­pe de modo defi­ni­ti­vo los víncu­los de la agri­cul­tu­ra con la indus­tria pero a la vez, al lle­gar a la cul­mi­na­ción de su desa­rro­llo, pre­pa­ra nue­vos ele­men­tos para res­ta­ble­cer esos víncu­los, la unión de la indus­tria con la agri­cul­tu­ra, sobre la base de la apli­ca­ción con­cien­te de la cien­cia, de la com­bi­na­ción del tra­ba­jo colec­ti­vo y de un nue­vo repar­to de la pobla­ción (aca­ban­do con el aban­dono del cam­po, con su ais­la­mien­to del mun­do y con el atra­so de la pobla­ción rural, como tam­bién con la aglo­me­ra­ción anti­na­tu­ral de gigan­tes­cas masas huma­nas en las gran­des ciu­da­des). Las for­mas supe­rio­res del capi­ta­lis­mo actual pre­pa­ran nue­vas rela­cio­nes fami­lia­res, nue­vas con­di­cio­nes para la mujer y para la edu­ca­ción de las nue­vas gene­ra­cio­nes: el tra­ba­jo de las muje­res y de los niños, y la diso­lu­ción de la fami­lia patriar­cal por el capi­ta­lis­mo, asu­men inevi­ta­ble­men­te en la socie­dad moder­na las for­mas más espan­to­sas, mise­ra­bles y repul­si­vas. No obs­tan­te, «la gran indus­tria, al asig­nar a la mujer al joven y al niño de ambos sexos un papel deci­si­vo en los pro­ce­sos social­men­te orga­ni­za­dos de la pro­duc­ción, arran­cán­do­los con ello a la órbi­ta domés­ti­ca, crea las nue­vas bases eco­nó­mi­cas para una for­ma supe­rior de fami­lia y de rela­cio­nes entre ambos sexos. Tan necio es, natu­ral­men­te, con­si­de­rar abso­lu­ta la for­ma cris­tiano-ger­má­ni­ca de la fami­lia, como lo sería atri­buir ese carác­ter a la for­ma roma­na anti­gua, a la anti­gua for­ma grie­ga o a la for­ma orien­tal, entre las cua­les media, por lo demás, un lazo de con­ti­nui­dad his­tó­ri­ca. Y no es menos evi­den­te que la exis­ten­cia de un per­so­nal obre­ro com­bi­na­do, en el que entran indi­vi­duos de ambos sexos y de las más diver­sas eda­des, aun­que hoy, en su for­ma capi­ta­lis­ta pri­mi­ti­va y bru­tal, en que el obre­ro exis­te para el pro­ce­so de pro­duc­ción y no éste para el obre­ro, sea fuen­te apes­to­sa de corrup­ción y escla­vi­tud, bajo las con­di­cio­nes que corres­pon­den a este régi­men nece­sa­ria­men­te se tro­ca­rá en fuen­te de evo­lu­ción huma­na» (El Capi­tal, t. I, final del cap. XIII). Del sis­te­ma fabril bro­ta «el ger­men de la edu­ca­ción del por­ve­nir en la que se com­bi­na­rá para todos los niños a par­tir de cier­ta edad el tra­ba­jo pro­duc­ti­vo con la ense­ñan­za y la gim­na­sia, no sólo como méto­do para inten­si­fi­car la pro­duc­ción social, sino tam­bién como el úni­co méto­do que per­mi­te pro­du­cir hom­bres ple­na­men­te desa­rro­lla­dos» (Loc. cit.). Sobre esa mis­ma base his­tó­ri­ca plan­tea el socia­lis­mo de Marx los pro­ble­mas de la nacio­na­li­dad y del Esta­do, no limi­tán­do­se a una expli­ca­ción del pasa­do, sino pre­vien­do audaz­men­te el por­ve­nir y en el sen­ti­do de una intré­pi­da actua­ción prác­ti­ca enca­mi­na­da a su rea­li­za­ción. Los esta­dos nacio­na­les son el fru­to inevi­ta­ble y, ade­más, una for­ma inevi­ta­ble de la épo­ca bur­gue­sa de desa­rro­llo de la socie­dad. Y la cla­se obre­ra no podía for­ta­le­cer­se, alcan­zar su madu­rez y for­mar­se, sin «orga­ni­zar­se en el mar­co de la nación», sin ser «nacio­nal» («aun­que de nin­gún modo en el sen­ti­do bur­gués»). Pero el desa­rro­llo del capi­ta­lis­mo va des­tru­yen­do cada vez más las barre­ras nacio­na­les, pone fin al ais­la­mien­to nacio­nal y sus­ti­tu­ye los anta­go­nis­mos nacio­na­les por los anta­go­nis­mos de cla­se. Por eso es una ver­dad inne­ga­ble que en los paí­ses capi­ta­lis­tas ade­lan­ta­dos «los obre­ros no tie­nen patria» y que la «con­jun­ción de los esfuer­zos» de los obre­ros, al menos de los paí­ses civi­li­za­dos, «es una de las pri­me­ras con­di­cio­nes de la eman­ci­pa­ción del pro­le­ta­ria­do» (Mani­fies­to Comu­nis­ta). El Esta­do, es decir, la vio­len­cia orga­ni­za­da, sur­gió inevi­ta­ble­men­te en deter­mi­na­da fase del desa­rro­llo social, cuan­do la socie­dad se divi­dió en cla­ses anta­gó­ni­cas y su exis­ten­cia se hubie­ra hecho impo­si­ble sin un «poder» situa­do, apa­ren­te­men­te, por enci­ma de la socie­dad y has­ta cier­to pun­to sepe­ra­do de ella. El Esta­do, fru­to de los anta­go­nis­mos de la cla­se, se con­vier­te en «el Esta­do de la cla­se más pode­ro­sa, de la cla­se eco­nó­mi­ca­men­te domi­nan­te, que, con ayu­da de él, se con­vier­te tam­bién en la cla­se polí­ti­ca­men­te domi­nan­te, adqui­rien­do con ello nue­vos medios para la repre­sión y la explo­ta­ción de la cla­se opri­mi­da. Así, el Esta­do de la anti­gue­dad era, ante todo, el Esta­do de los escla­vis­tas, para tener some­ti­dos a los escla­vos; el Esta­do feu­dal era el órgano de que se valía la noble­za para tener suje­tos a los cam­pe­si­nos sier­vos, y el moderno Esta­do repre­sen­ta­ti­vo es el ins­tru­men­to de que se sir­ve el capi­tal para explo­tar el tra­ba­jo asa­la­ria­do» (Engels, El ori­gen de la fami­lia, la pro­pie­dad pri­va­da y el Esta­do, obra en la que el autor expo­ne sus pro­pias ideas y las de Marx). Inclu­so la for­ma más libre y pro­gre­sis­ta del Esta­do bur­gués, la repú­bli­ca demo­crá­ti­ca, no supri­me de nin­gún modo este hecho; lo úni­co que hace es variar su for­ma (víncu­los del gobierno con la Bol­sa, corrup­ción – direc­ta o indi­rec­ta – de los fun­cio­na­rios y de la pren­sa, etc.). El socia­lis­mo, que con­du­ce a la abo­li­ción de las cla­ses, con­du­ce con ello a la supre­sión del Esta­do. «El pri­mer acto – escri­be Engels en su Anti-Düh­ring – en que el Esta­do se mani­fies­ta efec­ti­va­men­te como repre­sen­tan­te de la socie­dad, la expro­pia­ción de los medios de pro­duc­ción en nom­bre de la socie­dad, es a la par su últi­mo acto inde­pen­dien­te como Esta­do. La inter­ven­ción del poder del Esta­do en las rela­cio­nes socia­les se hará super­flua en un cam­po tras otro de la vida social y cesa­rá por sí mis­ma. El gobierno sobre las per­so­nas será sus­ti­tui­do por la admi­nis­tra­ción de las cosas y por la direc­ción de los pro­ce­sos de pro­duc­ción. El Esta­do no será “abo­li­do’i se extin­gui­rá.» «La socie­dad, reor­ga­ni­zan­do de un modo nue­vo la pro­duc­ción sobre la base de una aso­cia­ción libre de pro­duc­to­res igua­les, envia­rá toda la máqui­na del Esta­do al iugar que enton­ces le ha de corres­pon­der: al museo de anti­gue­da­des, jun­to a la rue­ca y al hacha de bron­ce» (F. Engels, El ori­gen de la fami­lia, la pro­pie­dad pri­va­da y el Esta­do.)

Por últi­mo, en rela­ción con el pro­ble­ma de la acti­tud del socia­lis­mo de Marx hacia los peque­ños cam­pe­si­nos, que segui­rán exis­tien­do en la épo­ca de la expro­pia­ción de los expro­pia­do­res, debe­mos seña­lar unas pala­bras de Engels, que expre­san a su vez las ideas de Marx: «Cuan­do ten­ga­mos en nues­tras manos el poder esta­tal, no podre­mos pen­sar en expro­piar vio­len­ta­men­te a los peque­ños cam­pe­si­nos (con indem­ni­za­ción o sin ella) como habrá que hacer­lo con los gran­des terra­te­nien­tes. Con res­pec­to a los peque­ños cam­pe­si­nos, nues­tra misión con­sis­ti­rá, ante todo, en encau­zar su pro­duc­ción indi­vi­dual y su pro­pie­dad pri­va­da hacia un régi­men coope­ra­ti­vo, no de un modo vio­len­to, sino median­te el ejem­plo y ofre­cién­do­les la ayu­da social para este fin. Y enton­ces es indu­da­ble que nos sobra­rán medios para hacer ver al cam­pe­sino todas las ven­ta­jas que le dará seme­jan­te paso, ven­ta­jas que le deben ser expli­ca­das des­de aho­ra»[7] (Engels, El pro­ble­ma agra­rio en Occi­den­te, ed. de Ale­xéie­va, pág. 17; la trad. rusa con­tie­ne erro­res. Véa­se el ori­gi­nal en Neue Zeit ).

LA TÁCTICA DE LA LUCHA DE CLASE DEL PROLETARIADO

Des­pués de escla­re­cer, ya en los años 1844 – 1845, uno de los defec­tos fun­da­men­ta­les del anti­guo mate­ria­lis­mo, que con­sis­te en no com­pren­der las con­di­cio­nes de la acti­vi­dad revo­lu­cio­na­ria prác­ti­ca, ni apre­ciar su impor­tan­cia, Marx con­sa­gra, a lo lar­go de su vida, una inten­sa aten­ción, a la vez que a los tra­ba­jos teó­ri­cos, a los pro­ble­mas tác­ti­cos de la lucha de cla­se del pro­le­ta­ria­do Todas las obras de Marx, y en par­ti­cu­lar los cua­tro volú­me­nes de su corres­pon­den­cia con Engels, publi­ca­dos en 1913, nos ofre­cen a este res­pec­to una docu­men­ta­ción copio­sí­si­ma. Estos docu­men­tos dis­tan mucho de estar debi­da­men­te reco­pi­la­dos, sis­te­ma­ti­za­dos, estu­dia­dos y ana­li­za­dos. Por eso ten­dre­mos que limi­tar­nos aquí exclu­si­va­men­te a algu­nas obser­va­cio­nes muy gene­ra­les y bre­ves, sub­ra­yan­do que el mate­ria­lis­mo, des­po­ja­do de e s t e aspec­to, era jus­ta­men­te para Marx un mate­ria­lis­mo a medias, uni­la­te­ral, sin vida. Marx tra­zó el obje­ti­vo fun­da­men­tal de la tác­ti­ca del pro­le­ta­ria­do en rigu­ro­sa con­so­nan­cia con todas las pre­mi­sas de su con­cep­ción mate­ria­lis­ta dia­léc­ti­ca del mun­do. Sólo con­si­de­ran­do en for­ma obje­ti­va el con­jun­to de las rela­cio­nes mutuas de todas las cla­ses, sin excep­ción, de una socie­dad dada, y tenien­do en cuen­ta, por lo tan­to, el gra­do obje­ti­vo de desa­rro­llo de esta socie­dad y sus rela­cio­nes mutuas y con otras socie­da­des, pode­mos dis­po­ner de una base que nos per­mi­ta tra­zar cer­te­ra­men­te la tác­ti­ca de la cla­se de van­guar­dia. A este res­pec­to, todas las cla­ses y todos los paí­ses se exa­mi­nan de un modo diná­mi­co, no está­ti­co; es decir, no como algo inmó­vil, sino en movi­mien­to (movi­mien­to cuyas leyes ema­nan de las con­di­cio­nes eco­nó­mi­cas de vida de cada cla­se). A su vez, el movi­mien­to se estu­dia, no sólo des­de el pun­to de vis­ta del pasa­do, sino tam­bién del por­ve­nir, y, ade­más, no con el cri­te­rio vul­gar de los «evo­lu­cio­nis­tas», que sólo ven los cam­bios len­tos, sino dia­léc­ti­ca­men­te: «En desa­rro­llos de tal mag­ni­tud, vein­te años son más que un día – escri­bía Marx a Engels –, aun cuan­do en el futu­ro pue­dan venir días en que estén cor­po­ri­za­dos vein­te años». (Corres­pon­den­cia, t. III, pág. 127)[8] La tác­ti­ca del pro­le­ta­ria­do debe tener pre­sen­te, en cada gra­do de desa­rro­llo, en cada momen­to, esta dia­léc­ti­ca obje­ti­va­men­te inevi­ta­ble de la his­to­ria huma­na; por una par­te, apro­ve­chan­do las épo­cas de estan­ca­mien­to polí­ti­co o de desa­rro­llo a paso de tor­tu­ga – la lla­ma­da evo­lu­ción «pací­fi­ca» – para ele­var la con­cien­cia, la fuer­za y la capa­ci­dad com­ba­ti­va de la cla­se avan­za­da, y por otra par­te, encau­zan­do toda esta labor de apro­ve­cha­mien­to hacia el «obje­ti­vo final» del movi­mien­to de dicha cla­se capa­ci­tán­do­la para resol­ver prác­ti­ca­men­te las gran­des tareas de los gran­des días «en que estén cor­po­ri­za­dos vein­te años». Sobre esta cues­tión hay dos apre­cia­cio­nes de Marx que tie­nen gran impor­tan­cia: una, de la Mise­ria de la filo­so­fia, se refie­re a la lucha eco­nó­mi­ca y a las orga­ni­za­cio­nes eco­nó­mi­cas del pro­le­ta­ria­do; la otra es del Mani­fies­to Comu­nis­ta y se refie­re a sus tareas polí­ti­cas. La pri­me­ra dice así: «La gran indus­tria con­cen­tra en un solo lugar una mul­ti­tud de per­so­nas que se des­co­no­cen entre sí. La com­pe­ten­cia divi­de sus intere­ses. Pero la defen­sa de su sala­rio, es decir, este inte­rés común fren­te a su patrono, los une en una idea común de resis­ten­cia, de coa­li­ción […]. Las coa­li­cio­nes, al prin­ci­pio ais­la­das, for­man gru­pos y la defen­sa de sus aso­cia­cio­nes fren­te al capi­tal, siem­pre uni­do, aca­ba sien­do para los obre­ros más nece­sa­ria que la defen­sa de sus sala­rios […]. En esta lucha, que es una ver­da­de­ra gue­rra civil, se van aglu­ti­nan­do y desa­rro­llan­do todos los ele­men­tos para la bata­lla futu­ra. Al lle­gar a este pun­to, la coa­li­ción adquie­re un carác­ter polí­ti­co». He aquí, ante noso­tros, el pro­gra­ma y la tác­ti­ca de la lucha eco­nó­mi­ca y del movi­mien­to sin­di­cal para varios dece­nios, para toda la lar­ga épo­ca duran­te la cual el pro­le­ta­ria­do pre­pa­ra sus fuer­zas «para la bata­lla futu­ra». Com­pá­re­se esto con los nume­ro­sos ejem­plos que Marx y Engels sacan del movi­mien­to obre­ro inglés, de cómo la «pros­pe­ri­dad» indus­trial da lugar a inten­tos de «com­prar al pro­le­ta­ria­do» (Corres­pon­den­cia con Engels, t. I, pág. 136)[9] y de apar­tar­lo de la lucha ¡ de cómo esta pros­pe­ri­dad en gene­ral «des­mo­ra­li­za a los obre­ros» (II, 218); de cómo «se abur­gue­sa» el pro­le­ta­ria­do inglés y de cómo «la más bur­gue­sa de las nacio­nes [Ingla­te­rra], apa­ren­te­mentlo tien­de a poseer una aris­to­cra­cia bur­gue­sa y un pro­le­ta­ria­do bur­gués, ade­más de una bur­gue­sía» (II, 290)[10]; de cómo des­apa­re­ce la «ener­gía revo­lu­cio­na­ria» del pro­le­ta­ria­do inglés (III, 124); de cómo habrá que espe­rar más o menos tiem­po has­ta que «los obre­ros ingle­ses se libren de su apa­ren­te con­ta­mi­na­ción bur­gue­sa» (III, 127); de cómo al movi­mien­to obre­ro inglés le fal­ta «el ardor de los car­tis­tas [11]» (1866; III, 305)[12]; de cómo los líde­res de los obre­ros ingle­ses for­man un tipo medio entre bur­gués radi­cal y obre­ro» (carac­te­ri­za­ción que se refie­re a Hol­yoa­ke, IV, 209); de cómo, en vir­tud de la posi­ción mono­po­lis­ta de Ingla­te­rra y mien­tras sub­sis­ta este mono­po­lio, «no hay nada que hacer con el obre­ro inglés» (IV, 433)[13]. La tác­ti­ca de la lucha eco­nó­mi­ca en rela­ción con la mar­cha gene­ral (y con el des­en­la­ce ) del movi­mien­to obre­ro se exa­mi­na aquí des­de un pun­to de vis­ta admi­ra­ble­men­te amplio, uni­ver­sal, dia­léc­ti­co y ver­da­de­ra­men­te revo­lu­cio­na­rio.

El Mani­fies­to Comu­nis­ta esta­ble­ce la siguien­te tesis fun­da­men­tal del mar­xis­mo sobre la tác­ti­ca de la lucha polí­ti­ca: «Los comu­nis­tas luchan por alcan­zar los obje­ti­vos e intere­ses inme­dia­tos de la cla­se obre­ra; pero al mis­mo tiem­po defien­den tam­bién, den­tro del movi­mien­to actual, el por­ve­nir de este movi­mien­to». Por eso Marx apo­yó en 1848, en Polo­nia, al par­ti­do de la «revo­lu­ción agra­ria», es decir, al «par­ti­do que hizo en 1846 la insu­rrec­ción de Cra­co­via» En Ale­ma­nia, Marx apo­yó en 1843 – 1849 a la demo­cra­cia revo­lu­cio­na­ria extre­ma, sin que jamás tuvie­ra que retrac­tar­se de lo que enton­ces dijo en mate­ria de tác­ti­ca. La bur­gue­sía ale­ma­na era para él un ele­men­to «incli­na­do des­de el pri­mer ins­tan­te a trai­cio­nar al pue­blo [sólo la alian­za con los cam­pe­si­nos hubie­ra per­mi­ti­do a la bur­gue­sía alcan­zar ple­na­men­te sus obje­ti­vos] y a lle­gar a un com­pro­mi­so con los repre­sen­tan­tes coro­na­dos de la vie­ja socie­dad». He aquí el aná­li­sis final hecho por Marx acer­ca de la posi­ción de cla­se de la bur­gue­sía ale­ma­na en la épo­ca de la revo­lu­ción demo­crá­ti­co-bur­gue­sa. Este aná­li­sis es, entre otras cosas, un mode­lo de mate­ria­lis­mo que enfo­ca a la socie­dad en movi­mien­to y, por cier­to, no sólo des­de el lado del movi­mien­to que mira hacia atrás : «… sin fe en sí mis­ma y sin fe en el pue­blo; gru­ñen­do con­tra los de arri­ba y tem­blan­do ante los de aba­jo; […] empa­vo­re­ci­da ante la tem­pes­tad mun­dial; […] sin ener­gía en nin­gún sen­ti­do y pla­gian­do en todos; […] sin ini­cia­ti­va; […] un vie­jo mal­di­to que está con­de­na­do a diri­gir y a des­viar, en su pro­pio inte­rés senil, los pri­me­ros impul­sos juve­ni­les de un pue­blo robus­to […]» (Nue­va Gace­ta del Rin, 1848; véa­se La heren­cia lite­ra­ria, t. III, pág. 212)[14]. Unos vein­te años des­pués, en car­ta diri­gi­da a Engels (III, 224), decía Marx que la cau­sa del fra­ca­so de la revo­lu­ción de 1848 era que la bur­gue­sía había pre­fe­ri­do la paz con escla­vi­tud a la sim­ple pers­pec­ti­va de una lucha por la liber­tad. Al cerrar­se el perío­do de la revo­lu­ción de 1848 – 1849, Marx se alzó con­tra los que se empe­ña­ban en seguir jugan­do a la revo­lu­ción (lucha con­tra Schap­per y Willich), sos­te­nien­do la nece­si­dad de saber tra­ba­jar en la épo­ca nue­va, en la fase de la pre­pa­ra­ción, apa­ren­te­men­te «pací­fi­ca», de nue­vas revo­lu­cio­nes. En el siguien­te pasa­je, en el que enjui­cia la situa­ción ale­ma­na en los tiem­pos de la más negra reac­ción, en 1856; se mues­tra en qué sen­ti­do pedía Marx que se encau­za­ra esta labor: «Todo el asun­to depen­de­rá en Ale­ma­nia de la posi­bi­li­dad de cubrir la reta­guar­dia de la revo­lu­ción pro­le­ta­ria median­te una segun­da edi­ción de la gue­rra cam­pe­si­na» (Corres­pon­den­cia con Engels, t. II, pág. 108)[15]. Mien­tras en Ale­ma­nia no se lle­vó a tér­mino la revo­lu­ción demo­crá­ti­ca (bur­gue­sa), Marx con­cen­tró toda su aten­ción, en lo refe­ren­te a la tác­ti­ca del pro­le­ta­ria­do socia­lis­ta, en impul­sar la ener­gía demo­crá­ti­ca de los cam­pe­si­nos. Opi­na­ba que la acti­tud de Las­sa­lle era, «obje­ti­va­men­te, una trai­ción al movi­mien­to obre­ro en bene­fi­cio de Pru­sia» (III, 210), entre otras cosas por­que se mos­tra­ba dema­sia­do indul­gen­te con los terra­te­nien­tes y el nacio­na­lis­mo pru­siano. «En un país agra­rio – escri­bía Engels en 1865, en un cam­bio de impre­sio­nes con Marx a pro­pó­si­to de una pro­yec­ta­da decla­ra­ción con­jun­ta a la pren­sa – es una vile­za alzar­se úni­ca­men­te con­tra la bur­gue­sía en nom­bre del pro­le­ta­ria­do indus­trial, olvi­dan­do por com­ple­to la patriar­cal “explo­ta­ción a palos” de los obre­ros agrí­co­las por par­te de la noble­za feu­dal» (t. III, 217)[16]. En el perío­do de 1864 a 1870, cuan­do toca­ba a su fin la épo­ca en que cul­mi­nó la revo­lu­ción demo­crá­ti­co-bur­gue­sa de Ale­ma­nia, la épo­ca en que las cla­ses explo­ta­do­ras de Pru­sia y Aus­tria lucha­ban en torno a los medios para lle­var a tér­mino esta revo­lu­ción des­de arri­ba, Marx no sólo con­de­nó la con­duc­ta de Las­sa­lle por sus coque­te­rías con Bis­marck, sino que lla­mó al orden a Liebk­necht, que se había deja­do ganar por la «aus­tro­fi­lia» y defen­día el par­ti­cu­la­ris­mo. Marx exi­gía una tác­ti­ca revo­lu­cio­na­ria que com­ba­tie­se impla­ca­ble­men­te tan­to a Bis­marck como a los aus­tró­fi­los, una tác­ti­ca que no se aco­mo­da­ra al «ven­ce­dor», al jun­ker pru­siano, sino que reanu­da­se inme­dia­ta­men­te la lucha revo­lu­cio­na­ria con­tra él, inclu­so en la situa­ción crea­da por las vic­to­rias mili­ta­res de Pru­sia (Corres­pon­den­cia con Engels, III, 134, 136, 147, 179, 204, 210, 215, 418, 437, 440 – 441)[17]. En el famo­so lla­ma­mien­to de la Inter­na­cio­nal del 9 de sep­tiem­bre de 1870, Marx pre­ve­nía al pro­le­ta­ria­do fran­cés con­tra un alza­mien­to pre­ma­tu­ro; no obs­tan­te, cuan­do éste se pro­du­jo, a pesar de todo, en 1871, aco­gió con entu­sias­mo la ini­cia­ti­va revo­lu­cio­na­ria de las masas que «toma­ban el cie­lo por asal­to» (car­ta de Marx a Kugel­mann). En esta situa­ción, como en muchas otras, la derro­ta de la acción revo­lu­cio­na­ria repre­sen­ta­ba, des­de el pun­to de vis­ta del mate­ria­lis­mo dia­léc­ti­co que sus­ten­ta­ba Marx, un mal menor en la mar­cha gene­ral y en el des­en­la­ce de la lucha pro­le­ta­ria, en com­pa­ra­ción con lo que hubie­la repre­sen­ta­do el aban­dono de las posi­cio­nes ya con­quis­ta­das, es decir, la capi­tu­la­ción sin lucha. Esta capi­tu­la­ción habría des­mo­ra­li­za­do al pro­le­ta­ria­do y mer­ma­do su com­ba­ti­vi­dad. Marx, que apre­cia­ba en todo su valor el empleo de los medios lega­les de lucha en los perío­dos de estan­ca­mien­to polí­ti­co y de domi­nio de la lega­li­dad bur­gue­sa, con­de­nó seve­ra­men­te, en los años de 1877 – 1878, des­pués de pro­mul­gar­se la ley de excep­ción con­tra los socia­lis­tas, las «fra­ses revo­lu­cio­na­rias» de Most; pero com­ba­tió con no menos ener­gía, tal vez con más vigor, el opor­tu­nis­mo que por enton­ces se había adue­ña­do tem­po­ral­men­te del par­ti­do social­de­mó­cra­ta ofi­cial, que no había sabi­do dar prue­bas inme­dia­tas de fir­me­za, deci­sión, espí­ri­tu revo­lu­cio­na­rio y dis­po­si­ción a pasar a la lucha ile­gal en res­pues­ta a la ley de excep­ción (Car­tas de Marx a Engels, IV, 397, 404, 418, 422 y 424.[18] Véan­se tam­bién las car­tas a Sor­ge).


[*] Kus­ta­res : pro­duc­to­res de obje­tos indus­tria­les que tra­ba­ja­ban para el mer­ca­do.

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