Mani­fies­to del Par­ti­do Comu­nis­ta por Marx y Engels

Tal y como comen­ta­mos, publi­ca­re­mos en Boltxe, algu­nos de los libros teo­ri­cos­mas impor­tan­tes del mar­xis­mo, y en ese sen­ti­do, no podia fal­tar el Mani­fies­to Comu­nis­ta de Marx y Engels, con el os deja­mos, dis­fru­tad­lo y ¡Bue­na lec­tu­ra!

PRÓLOGOS DE MARX Y ENGELS A VARIAS
EDICIONES DEL MANIFIESTO


1
PRÓLOGO DE MARX Y ENGELS A LA
EDICIÓN ALEMANA DE 1872


La Liga Comu­nis­ta, una orga­ni­za­ción obre­ra inter­na­cio­nal, que en las cir­cuns­tan­cias de la épo­ca ‑huel­ga decir­lo- sólo podía ser secre­ta, encar­gó a los aba­jo fir­man­tes, en el con­gre­so cele­bra­do en Lon­dres en noviem­bre de 1847, la redac­ción de un deta­lla­do pro­gra­ma teó­ri­co y prác­ti­co, des­ti­na­do a la publi­ci­dad, que sir­vie­se de pro­gra­ma del par­ti­do. Así nació el Mani­fies­to, que se repro­du­ce a con­ti­nua­ción y cuyo ori­gi­nal se remi­tió a Lon­dres para ser impre­so pocas sema­nas antes de esta­llar la revo­lu­ción de febre­ro. Publi­ca­do pri­me­ra­men­te en ale­mán, ha sido reedi­ta­do doce veces por los menos en ese idio­ma en Ale­ma­nia, Ingla­te­rra y Nor­te­amé­ri­ca. La edi­ción ingle­sa no vio la luz has­ta 1850, y se publi­có en el Red Repu­bli­can de Lon­dres, tra­du­ci­do por miss Ele­na Mac­far­la­ne, y en 1871 se edi­ta­ron en Nor­te­amé­ri­ca no menos de tres tra­duc­cio­nes dis­tin­tas. La ver­sión fran­ce­sa apa­re­ció por vez pri­me­ra en París poco antes de la insu­rrec­ción de junio de 1848; últi­ma­men­te ha vuel­to a publi­car­se en Le Socia­lis­te de Nue­va York, y se pre­pa­ra una nue­va tra­duc­ción. La ver­sión pola­ca apa­re­ció en Lon­dres poco des­pués de la pri­me­ra edi­ción ale­ma­na. La tra­duc­ción rusa vio la luz en Gine­bra en el año sesen­ta y tan­tos. Al danés se tra­du­jo a poco de publi­car­se.

Por mucho que duran­te los últi­mos vein­ti­cin­co años hayan cam­bia­do las cir­cuns­tan­cias, los prin­ci­pios gene­ra­les desa­rro­lla­dos en este Mani­fies­to siguen sien­do subs­tan­cial­men­te exac­tos. Sólo ten­dría que reto­car­se algún que otro deta­lle. Ya el pro­pio Mani­fies­to advier­te que la apli­ca­ción prác­ti­ca de estos prin­ci­pios depen­de­rá en todas par­tes y en todo tiem­po de las cir­cuns­tan­cias his­tó­ri­cas exis­ten­tes, razón por la que no se hace espe­cial hin­ca­pié en las medi­das revo­lu­cio­na­rias pro­pues­tas al final del capí­tu­lo II. Si tuvié­se­mos que for­mu­lar­lo hoy, este pasa­je pre­sen­ta­ría un tenor dis­tin­to en muchos res­pec­tos. Este pro­gra­ma ha que­da­do a tro­zos anti­cua­do por efec­to del inmen­so desa­rro­llo expe­ri­men­ta­do por la gran indus­tria en los últi­mos vein­ti­cin­co años, con los con­si­guien­tes pro­gre­sos ocu­rri­dos en cuan­to a la orga­ni­za­ción polí­ti­ca de la cla­se obre­ra, y por el efec­to de las expe­rien­cias prác­ti­cas de la revo­lu­ción de febre­ro en pri­mer tér­mino, y sobre todo de la Comu­na de París, don­de el pro­le­ta­ria­do, por vez pri­me­ra, tuvo el Poder polí­ti­co en sus manos por espa­cio de dos meses. La comu­na ha demos­tra­do, prin­ci­pal­men­te, que “la cla­se obre­ra no pue­de limi­tar­se a tomar pose­sión de la máqui­na del Esta­do en blo­que, ponién­do­la en mar­cha para sus pro­pios fines”. (V. La gue­rra civil en Fran­cia, alo­cu­ción del Con­se­jo gene­ral de la Aso­cia­ción Obre­ra Inter­na­cio­nal, edi­ción ale­ma­na, pág. 51, don­de se desa­rro­lla amplia­men­te esta idea) . Huel­ga, asi­mis­mo, decir que la crí­ti­ca de la lite­ra­tu­ra socia­lis­ta pre­sen­ta hoy lagu­nas, ya que sólo lle­ga has­ta 1847, y, final­men­te, que las indi­ca­cio­nes que se hacen acer­ca de la acti­tud de los comu­nis­tas para con los diver­sos par­ti­dos de la opo­si­ción (capí­tu­lo IV), aun­que sigan sien­do exac­tas en sus líneas gene­ra­les, están tam­bién anti­cua­das en lo que toca al deta­lle, por la sen­ci­lla razón de que la situa­ción polí­ti­ca ha cam­bia­do radi­cal­men­te y el pro­gre­so his­tó­ri­co ha veni­do a eli­mi­nar del mun­do a la mayo­ría de los par­ti­dos enu­me­ra­dos.

Sin embar­go, el Mani­fies­to es un docu­men­to his­tó­ri­co, que noso­tros no nos cree­mos ya auto­ri­za­dos a modi­fi­car. Tal vez una edi­ción pos­te­rior apa­rez­ca pre­ce­di­da de una intro­duc­ción que abar­que el perío­do que va des­de 1847 has­ta los tiem­pos actua­les; la pre­sen­te reim­pre­sión nos ha sor­pren­di­do sin dejar­nos tiem­po para eso.

Lon­dres, 24 de junio de 1872.

K. MARX. F. ENGELS.

2
PROLOGO DE ENGELS A LA EDICION
ALEMANA DE 1883


Des­gra­cia­da­men­te, al pie de este pró­lo­go a la nue­va edi­ción del Mani­fies­to ya sólo apa­re­ce­rá mi fir­ma. Marx, ese hom­bre a quien la cla­se obre­ra toda de Euro­pa y Amé­ri­ca debe más que a hom­bre alguno, des­can­sa en el cemen­te­rio de High­ga­te, y sobre su tum­ba cre­ce ya la pri­me­ra hier­ba. Muer­to él, sería doble­men­te absur­do pen­sar en revi­sar ni en ampliar el Mani­fies­to. En cam­bio, me creo obli­ga­do, aho­ra más que nun­ca, a con­sig­nar aquí, una vez más, para que que­de bien paten­te, la siguien­te afir­ma­ción:

La idea cen­tral que ins­pi­ra todo el Mani­fies­to, a saber: que el régi­men eco­nó­mi­co de la pro­duc­ción y la estruc­tu­ra­ción social que de él se deri­va nece­sa­ria­men­te en cada épo­ca his­tó­ri­ca cons­ti­tu­ye la base sobre la cual se asien­ta la his­to­ria polí­ti­ca e inte­lec­tual de esa épo­ca, y que, por tan­to, toda la his­to­ria de la socie­dad ‑una vez disuel­to el pri­mi­ti­vo régi­men de comu­ni­dad del sue­lo- es una his­to­ria de luchas de cla­ses, de luchas entre cla­ses explo­ta­do­ras y explo­ta­das, domi­nan­tes y domi­na­das, a tono con las dife­ren­tes fases del pro­ce­so social, has­ta lle­gar a la fase pre­sen­te, en que la cla­se explo­ta­da y opri­mi­da ‑el pro­le­ta­ria­do- no pue­de ya eman­ci­par­se de la cla­se que la explo­ta y la opri­me ‑de la bur­gue­sía- sin eman­ci­par para siem­pre a la socie­dad ente­ra de la opre­sión, la explo­ta­ción y las luchas de cla­ses; esta idea car­di­nal fue fru­to per­so­nal y exclu­si­vo de Marx .

Y aun­que ya no es la pri­me­ra vez que lo hago cons­tar, me ha pare­ci­do opor­tuno dejar­lo estam­pa­do aquí, a la cabe­za del Mani­fies­to.

Lon­dres, 28 junio 1883.

F. ENGELS.


3
PRÓLOGO DE ENGELS A LA
EDICIÓN ALEMANA DE 1890


Ve la luz una nue­va edi­ción ale­ma­na del Mani­fies­to cuan­do han ocu­rri­do des­de la últi­ma diver­sos suce­sos rela­cio­na­dos con este docu­men­to que mere­cen ser men­cio­na­dos aquí.

En 1882 se publi­có en Gine­bra una segun­da tra­duc­ción rusa, de Vera Sasu­lich , pre­ce­di­da de un pro­lo­go de Marx y mío. Des­gra­cia­da­men­te, se me ha extra­via­do el ori­gi­nal ale­mán de este pró­lo­go y no ten­go más reme­dio que vol­ver a tra­du­cir­lo del ruso, con lo que el lec­tor no sal­drá ganan­do nada. El pró­lo­go dice así:

“La pri­me­ra edi­ción rusa del Mani­fies­to del Par­ti­do Comu­nis­ta, tra­du­ci­do por Baku­nin, vio la luz poco des­pués de 1860 en la impren­ta del Kolo­kol. En los tiem­pos que corrían, esta publi­ca­ción no podía tener para Rusia, a lo sumo, más que un puro valor lite­ra­rio de curio­si­dad. Hoy las cosas han cam­bia­do. El últi­mo capí­tu­lo del Mani­fies­to, titu­la­do “Acti­tud de los comu­nis­tas ante los otros par­ti­dos de la opo­si­ción”, demues­tra mejor que nada lo limi­ta­da que era la zona en que, al ver la luz por vez pri­me­ra este docu­men­to (enero de 1848), tenía que actuar el movi­mien­to pro­le­ta­rio. En esa zona fal­ta­ban, prin­ci­pal­men­te, dos paí­ses: Rusia y los Esta­dos Uni­dos. Era la épo­ca en que Rusia cons­ti­tuía la últi­ma reser­va mag­na de la reac­ción euro­pea y en que la emi­gra­ción a los Esta­dos Uni­dos absor­bía las ener­gías sobran­tes del pro­le­ta­ria­do de Euro­pa. Ambos paí­ses pro­veían a Euro­pa de pri­me­ras mate­rias, a la par que le brin­da­ban mer­ca­dos para sus pro­duc­tos indus­tria­les. Ambos venían a ser, pues, bajo uno u otro aspec­to, pila­res del orden social euro­peo.

Hoy las cosas han cam­bia­do radi­cal­men­te. La emi­gra­ción euro­pea sir­vió pre­ci­sa­men­te para impri­mir ese gigan­tes­co desa­rro­llo a la agri­cul­tu­ra nor­te­ame­ri­ca­na, cuya con­cu­rren­cia está minan­do los cimien­tos de la gran­de y la peque­ña pro­pie­dad inmue­ble de Euro­pa. Ade­más, ha per­mi­ti­do a los Esta­dos Uni­dos entre­gar­se a la explo­ta­ción de sus copio­sas fuen­tes indus­tria­les con tal ener­gía y en pro­por­cio­nes tales, que den­tro de poco echa­rá por tie­rra el mono­po­lio indus­trial de que hoy dis­fru­ta la Euro­pa occi­den­tal. Estas dos cir­cuns­tan­cias reper­cu­ten a su vez revo­lu­cio­na­ria­men­te sobre la pro­pia Amé­ri­ca. La peque­ña y media­na pro­pie­dad del gran­je­ro que tra­ba­ja su pro­pia tie­rra sucum­be pro­gre­si­va­men­te ante la con­cu­rren­cia de las gran­des explo­ta­cio­nes, a la par que en las regio­nes indus­tria­les empie­za a for­mar­se un copio­so pro­le­ta­ria­do y una fabu­lo­sa con­cen­tra­ción de capi­ta­les.

Pase­mos aho­ra a Rusia. Duran­te la sacu­di­da revo­lu­cio­na­ria de los años 48 y 49, los monar­cas euro­peos, y no sólo los monar­cas, sino tam­bién los bur­gue­ses, ate­rra­dos ante el empu­je del pro­le­ta­ria­do, que empe­za­ba a, cobrar por aquel enton­ces con­cien­cia de su fuer­za, cifra­ban en la inter­ven­ción rusa todas sus espe­ran­zas. El zar fue pro­cla­ma­do cabe­za de la reac­ción euro­pea. Hoy, este mis­mo zar se ve apre­sa­do en Gat­chi­na como rehén de la revo­lu­ción y Rusia for­ma la avan­za­da del movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio de Euro­pa.

El Mani­fies­to Comu­nis­ta se pro­po­nía por misión pro­cla­mar la des­apa­ri­ción inmi­nen­te e inevi­ta­ble de la pro­pie­dad bur­gue­sa en su esta­do actual. Pero en Rusia nos encon­tra­mos con que, coin­ci­dien­do con el orden capi­ta­lis­ta en febril desa­rro­llo y la pro­pie­dad bur­gue­sa del sue­lo que empie­za a for­mar­se, más de la mitad de la tie­rra es pro­pie­dad común de los cam­pe­si­nos.

Aho­ra bien ‑nos preguntamos‑, ¿pue­de este régi­men comu­nal del con­ce­jo ruso, que es ya, sin duda, una dege­ne­ra­ción del régi­men de comu­ni­dad pri­mi­ti­va de la tie­rra, tro­car­se direc­ta­men­te en una for­ma más alta de comu­nis­mo del sue­lo, o ten­drá que pasar nece­sa­ria­men­te por el mis­mo pro­ce­so pre­vio de des­com­po­si­ción que nos reve­la la his­to­ria del occi­den­te de Euro­pa?

La úni­ca con­tes­ta­ción que, hoy por hoy, cabe dar a esa pre­gun­ta, es la siguien­te: Si la revo­lu­ción rusa es la señal para la revo­lu­ción obre­ra de Occi­den­te y ambas se com­ple­tan for­man­do una uni­dad, podría ocu­rrir que ese régi­men comu­nal ruso fue­se el pun­to de par­ti­da para la implan­ta­ción de una nue­va for­ma comu­nis­ta de la tie­rra.

Lon­dres, 21 enero 1882.”

Por aque­llos mis­mos días, se publi­có en Gine­bra una nue­va tra­duc­ción pola­ca con este títu­lo: Mani­fest Kom­mu­nisty­czny.

Asi­mis­mo, ha apa­re­ci­do una nue­va tra­duc­ción dane­sa, en la “Social­de­mo­kra­tisk Bibliothek, Köj­benhavn 1885”. Es de lamen­tar que esta tra­duc­ción sea incom­ple­ta; el tra­duc­tor se sal­tó, por lo vis­to, aque­llos pasa­jes, impor­tan­tes muchos de ellos, que le pare­cie­ron difí­ci­les; ade­más, la ver­sión ado­le­ce de pre­ci­pi­ta­cio­nes en una serie de luga­res, y es una lás­ti­ma, pues se ve que, con un poco más de cui­da­do, su autor habría rea­li­za­do un tra­ba­jo exce­len­te.

En 1886 apa­re­ció en Le Socia­lis­te de París una nue­va tra­duc­ción fran­ce­sa, la mejor de cuan­tas han vis­to la luz has­ta aho­ra .

Sobre ella se hizo en el mis­mo año una ver­sión espa­ño­la, publi­ca­da pri­me­ro en El Socia­lis­ta de Madrid y lue­go, en tira­da apar­te, con este títu­lo: Mani­fies­to del Par­ti­do Comu­nis­ta, por Car­los Marx y F. Engels (Madrid, Admi­nis­tra­ción de El Socia­lis­ta, Her­nán Cor­tés, 8).

Como deta­lle curio­so con­ta­ré que en 1887 fue ofre­ci­do a un edi­tor de Cons­tan­ti­no­pla el ori­gi­nal de una tra­duc­ción arme­nia; pero el buen edi­tor no se atre­vió a lan­zar un folle­to con el nom­bre de Marx a la cabe­za y pro­pu­so al tra­duc­tor publi­car­lo como obra ori­gi­nal suya, a lo que éste se negó.

Des­pués de haber­se reim­pre­so repe­ti­das veces varias tra­duc­cio­nes nor­te­ame­ri­ca­nas más o menos inco­rrec­tas, al fin, en 1888, apa­re­ció en Ingla­te­rra la pri­me­ra ver­sión autén­ti­ca, hecha por mi ami­go Samuel Moo­re y revi­sa­da por él y por mí antes de dar­la a las pren­sas. He aquí el títu­lo: Mani­fes­to of the Com­mu­nist Party, by Karl Marx and Fre­de­rick Engels. Autho­ri­sed English Trans­la­tion, edi­ted and anno­ta­ted by Fre­de­ríck Engels. 1888. Lon­don, William Reeves, 185 Flett St. E. C. Algu­nas de las notas de esta edi­ción acom­pa­ñan a la pre­sen­te.

El Mani­fies­to ha teni­do sus vici­si­tu­des. Calu­ro­sa­men­te aco­gi­do a su apa­ri­ción por la van­guar­dia, enton­ces poco nume­ro­sa, del socia­lis­mo cien­tí­fi­co ‑como lo demues­tran las diver­sas tra­duc­cio­nes men­cio­na­das en el pri­mer prólogo‑, no tar­dó en pasar a segun­do plano, arrin­co­na­do por la reac­ción que se ini­cia con la derro­ta de los obre­ros pari­sien­ses en junio de 1848 y ana­te­ma­ti­za­do, por últi­mo, con el ana­te­ma de la jus­ti­cia al ser con­de­na­dos los comu­nis­tas por el tri­bu­nal de Colo­nia en noviem­bre de 1852. Al aban­do­nar la esce­na Públi­ca, el movi­mien­to obre­ro que la revo­lu­ción de febre­ro había ini­cia­do, que­da tam­bién envuel­to en la penum­bra el Mani­fies­to.

Cuan­do la cla­se obre­ra euro­pea vol­vió a sen­tir­se lo bas­tan­te fuer­te para lan­zar­se de nue­vo al asal­to con­tra las cla­ses gober­nan­tes, nació la Aso­cia­ción Obre­ra Inter­na­cio­nal. El fin de esta orga­ni­za­ción era fun­dir todas las masas obre­ras mili­tan­tes de Euro­pa y Amé­ri­ca en un gran cuer­po de ejér­ci­to. Por eso, este movi­mien­to no podía arran­car de los prin­ci­pios sen­ta­dos en el Mani­fies­to. No había más reme­dio que dar­le un pro­gra­ma que no cerra­se el paso a las tra­deu­nio­nes ingle­sas, a los proudho­nia­nos fran­ce­ses, bel­gas, ita­lia­nos y espa­ño­les ni a los par­ti­da­rios de Las­sa­lle en Ale­ma­nia . Este pro­gra­ma con las nor­mas direc­ti­vas para los esta­tu­tos de la Inter­na­cio­nal, fue redac­ta­do por Marx con una maes­tría que has­ta el pro­pio Baku­nin y los anar­quis­tas hubie­ron de reco­no­cer. En cuan­to al triun­fo final de las tesis del Mani­fies­to, Marx ponía toda su con­fian­za en el desa­rro­llo inte­lec­tual de la cla­se obre­ra, fru­to obli­ga­do de la acción con­jun­ta y de la dis­cu­sión. Los suce­sos y vici­si­tu­des de la lucha con­tra el capi­tal, y más aún las derro­tas que las vic­to­rias, no podían menos de reve­lar al pro­le­ta­ria­do mili­tan­te, en toda su des­nu­dez, la insu­fi­cien­cia de los reme­dios mila­gre­ros que venían emplean­do e infun­dir a sus cabe­zas una mayor cla­ri­dad de visión para pene­trar en las ver­da­de­ras con­di­cio­nes que habían de pre­si­dir la eman­ci­pa­ción obre­ra. Marx no se equi­vo­ca­ba. Cuan­do en 1874 se disol­vió la Inter­na­cio­nal, la cla­se obre­ra dife­ría radi­cal­men­te de aque­lla con que se encon­tra­ra al fun­dar­se en 1864. En los paí­ses lati­nos, el proudho­nia­nis­mo ago­ni­za­ba, como en Ale­ma­nia lo que había de espe­cí­fi­co en el par­ti­do de Las­sa­lle, y has­ta las mis­mas tra­deu­nio­nes ingle­sas, con­ser­va­do­ras has­ta la médu­la, cam­bia­ban de espí­ri­tu, per­mi­tien­do al pre­si­den­te de su con­gre­so, cele­bra­do en Swan­sea en 1887, decir en nom­bre suyo: “El socia­lis­mo con­ti­nen­tal ya no nos asus­ta”. Y en 1887 el socia­lis­mo con­ti­nen­tal se cifra­ba casi en los prin­ci­pios pro­cla­ma­dos por el Mani­fies­to. La his­to­ria de este docu­men­to refle­ja, pues, has­ta cier­to pun­to, la his­to­ria moder­na del movi­mien­to obre­ro des­de 1848. En la actua­li­dad es indu­da­ble­men­te el docu­men­to más exten­di­do e inter­na­cio­nal de toda la lite­ra­tu­ra socia­lis­ta del mun­do, el pro­gra­ma que une a muchos millo­nes de tra­ba­ja­do­res de todos los paí­ses, des­de Sibe­ria has­ta Cali­for­nia.

Y, sin embar­go, cuan­do este Mani­fies­to vio la luz, no pudi­mos bau­ti­zar­lo de Mani­fies­to socia­lis­ta. En 1847, el con­cep­to de “socia­lis­ta” abar­ca­ba dos cate­go­rías de per­so­nas. Unas eran las que abra­za­ban diver­sos sis­te­mas utó­pi­cos, y entre ellas se des­ta­ca­ban los owe­nis­tas en Ingla­te­rra, y en Fran­cia los fou­rie­ris­tas, que poco a poco habían ido que­dan­do redu­ci­dos a dos sec­tas ago­ni­zan­tes. En la otra for­ma­ban los char­la­ta­nes socia­les de toda laya, los que aspi­ra­ban a reme­diar las injus­ti­cias de la socie­dad con sus potin­gues mági­cos y con toda serie de remien­dos, sin tocar en lo más míni­mo, cla­ro está, al capi­tal ni a la ganan­cia. Gen­tes unas y otras aje­nas al movi­mien­to obre­ro, que iban a bus­car apo­yo para sus teo­rías a las cla­ses “cul­tas”. El sec­tor obre­ro que, con­ven­ci­do de la insu­fi­cien­cia y super­fi­cia­li­dad de las meras con­mo­cio­nes polí­ti­cas, recla­ma­ba una radi­cal trans­for­ma­ción de la socie­dad, se ape­lli­da­ba comu­nis­ta. Era un comu­nis­mo tos­ca­men­te deli­nea­do, ins­tin­ti­vo, vago, pero lo bas­tan­te pujan­te para engen­drar dos sis­te­mas utó­pi­cos: el del “íca­ro” Cabet en Fran­cia y el de Weitling en Ale­ma­nia. En 1847, el “socia­lis­mo” desig­na­ba un movi­mien­to bur­gués, el “comu­nis­mo” un movi­mien­to obre­ro. El socia­lis­mo era, a lo menos en el con­ti­nen­te, una doc­tri­na pre­sen­ta­ble en los salo­nes; el comu­nis­mo, todo lo con­tra­rio. Y como en noso­tros era ya enton­ces fir­me la con­vic­ción de que “la eman­ci­pa­ción de los tra­ba­ja­do­res sólo podía ser obra de la pro­pia cla­se obre­ra”, no podía­mos dudar en la elec­ción de títu­lo. Más tar­de no se nos pasó nun­ca por las men­tes tam­po­co modi­fi­car­lo.

“¡Pro­le­ta­rios de todos los paí­ses, uníos!” Cuan­do hace cua­ren­ta y dos años lan­za­mos al mun­do estas pala­bras, en vís­pe­ras de la pri­me­ra revo­lu­ción de París, en que el pro­le­ta­ria­do levan­tó ya sus pro­pias rei­vin­di­ca­cio­nes, fue­ron muy pocas las voces que con­tes­ta­ron. Pero el 28 de sep­tiem­bre de 1864, los repre­sen­tan­tes pro­le­ta­rios de la mayo­ría de los paí­ses del occi­den­te de Euro­pa se reu­nían para for­mar la Aso­cia­ción Obre­ra Inter­na­cio­nal, de tan glo­rio­so recuer­do. Y aun­que la Inter­na­cio­nal sólo tuvie­se nue­ve años de vida, el lazo peren­ne de unión entre los pro­le­ta­rios de todos los paí­ses sigue vivien­do con más fuer­za que nun­ca; así lo ates­ti­gua, con tes­ti­mo­nio irre­fu­ta­ble, el día de hoy. Hoy, pri­me­ro de Mayo, el pro­le­ta­ria­do euro­peo y ame­ri­cano pasa revis­ta por vez pri­me­ra a sus con­tin­gen­tes pues­tos en pie de gue­rra como un ejér­ci­to úni­co, uni­do bajo una sola ban­de­ra y con­cen­tra­do en un obje­ti­vo: la jor­na­da nor­mal de ocho horas, que ya pro­cla­ma­ra la Inter­na­cio­nal en el con­gre­so de Gine­bra en 1889, y que es menes­ter ele­var a ley. El espec­tácu­lo del día de hoy abri­rá los ojos a los capi­ta­lis­tas y a los gran­des terra­te­nien­tes de todos los paí­ses y les hará ver que la unión de los pro­le­ta­rios del mun­do es ya un hecho.

¡Ya Marx no vive, para ver­lo, a mi lado!

Lon­dres, 1 de mayo de 1890.

F. ENGELS.

4
PRÓLOGO DE ENGELS A LA
EDICIÓN POLACA DE 1892

La nece­si­dad de reedi­tar la ver­sión pola­ca del Mani­fies­to Comu­nis­ta, requie­re un comen­ta­rio.

Ante todo, el Mani­fies­to ha resul­ta­do ser, como se pro­po­nía, un medio para poner de relie­ve el desa­rro­llo de la gran indus­tria en Euro­pa. Cuan­do en un país, cual­quie­ra que él sea, se desa­rro­lla la gran indus­tria bro­ta al mis­mo tiem­po entre los obre­ros indus­tria­les el deseo de expli­car­se sus rela­cio­nes como cla­se, como la cla­se de los que viven del tra­ba­jo, con la cla­se de los que viven de la pro­pie­dad. En estas cir­cuns­tan­cias, las ideas socia­lis­tas se extien­den entre los tra­ba­ja­do­res y cre­ce la deman­da del Mani­fies­to Comu­nis­ta. En este sen­ti­do, el núme­ro de ejem­pla­res del Mani­fies­to que cir­cu­lan en un idio­ma dado nos per­mi­te apre­ciar bas­tan­te apro­xi­ma­da­men­te no sólo las con­di­cio­nes del movi­mien­to obre­ro de cla­se en ese país, sino tam­bién el gra­do de desa­rro­llo alcan­za­do en él por la gran indus­tria.

La nece­si­dad de hacer una nue­va edi­ción en len­gua pola­ca acu­sa, por tan­to, el con­ti­nuo pro­ce­so de expan­sión de la indus­tria en Polo­nia. No pue­de caber duda acer­ca de la impor­tan­cia de este pro­ce­so en el trans­cur­so de los diez años que han media­do des­de la apa­ri­ción de la edi­ción ante­rior. Polo­nia se ha con­ver­ti­do en una región indus­trial en gran esca­la bajo la égi­da del Esta­do ruso.

Mien­tras que en la Rusia pro­pia­men­te dicha la gran indus­tria sólo se ha ido mani­fes­tan­do espo­rá­di­ca­men­te (en las cos­tas del gol­fo de Fin­lan­dia, en las pro­vin­cias cen­tra­les de Mos­cú y Vla­di­mi­ro, a lo lar­go de las cos­tas del mar Negro y del mar de Azov), la indus­tria pola­ca se ha con­cen­tra­do den­tro de los con­fi­nes de un área limi­ta­da, expe­ri­men­tan­do a la par las ven­ta­jas y los incon­ve­nien­tes de su situa­ción. Estas ven­ta­jas no pasan inad­ver­ti­das para los fabri­can­tes rusos; por eso alzan el gri­to pidien­do aran­ce­les pro­tec­to­res con­tra las mer­can­cías pola­cas, a des­pe­cho de su ardien­te anhe­lo de rusi­fi­ca­ción de Polo­nia. Los incon­ve­nien­tes (que tocan por igual los indus­tria­les pola­cos y el Gobierno ruso) con­sis­ten en la rápi­da difu­sión de las ideas socia­lis­tas entre los obre­ros pola­cos y en una deman­da sin pre­ce­den­te del Mani­fies­to Comu­nis­ta.

El rápi­do desa­rro­llo de la indus­tria pola­ca (que deja atrás con mucho a la de Rusia) es una cla­ra prue­ba de las ener­gías vita­les inex­tin­gui­bles del pue­blo pola­co y una nue­va garan­tía de su futu­ro rena­ci­mien­to. La crea­ción de una Polo­nia fuer­te e inde­pen­dien­te no intere­sa sólo al pue­blo pola­co, sino a todos y cada uno de noso­tros. Sólo podrá esta­ble­cer­se una estre­cha cola­bo­ra­ción entre los obre­ros todos de Euro­pa si en cada país el pue­blo es due­ño den­tro de su pro­pia casa. Las revo­lu­cio­nes de 1848 que, aun­que reñi­das bajo la ban­de­ra del pro­le­ta­ria­do, sola­men­te lle­va­ron a los obre­ros a la lucha para sacar las cas­ta­ñas del fue­go a la bur­gue­sía, aca­ba­ron por impo­ner, toman­do por ins­tru­men­to a Napo­león y a Bis­marck (a los enemi­gos de la revo­lu­ción), la inde­pen­den­cia de Ita­lia, Ale­ma­nia y Hun­gría. En cam­bio, a Polo­nia, que en 1791 hizo por la cau­sa revo­lu­cio­na­ria más que estos tres paí­ses jun­tos, se la dejó sola cuan­do en 1863 tuvo que enfren­tar­se con el poder diez veces más fuer­te de Rusia.

La noble­za pola­ca ha sido inca­paz para man­te­ner, y lo será tam­bién para res­tau­rar, la inde­pen­den­cia de Polo­nia. La bur­gue­sía va sin­tién­do­se cada vez menos intere­sa­da en este asun­to. La inde­pen­den­cia pola­ca sólo podrá ser con­quis­ta­da por el pro­le­ta­ria­do joven, en cuyas manos está la rea­li­za­ción de esa espe­ran­za. He ahí por qué los obre­ros del occi­den­te de Euro­pa no están menos intere­sa­dos en la libe­ra­ción de Polo­nia que los obre­ros pola­cos mis­mos.

Lon­dres, 10 de febre­ro 1892.

F. ENGELS

5
PRÓLOGO DE ENGELS A LA
EDICIÓN ITALIANA DE 1893

La publi­ca­ción del Mani­fies­to del Par­ti­do Comu­nis­ta coin­ci­dió (si pue­do expre­sar­me así), con el momen­to en que esta­lla­ban las revo­lu­cio­nes de Milán y de Ber­lín, dos revo­lu­cio­nes que eran el alza­mien­to de dos pue­blos: uno encla­va­do en el cora­zón del con­ti­nen­te euro­peo y el otro ten­di­do en las cos­tas del mar Medi­te­rrá­neo. Has­ta ese momen­to, estos dos pue­blos, des­ga­rra­dos por luchas intes­ti­nas y gue­rras civi­les, habían sido pre­sa fácil de opre­so­res extran­je­ros. Y del mis­mo modo que Ita­lia esta­ba suje­ta al domi­nio del empe­ra­dor de Aus­tria, Ale­ma­nia vivía, aun­que esta suje­ción fue­se menos paten­te, bajo el yugo del zar de todas las Rusias. La revo­lu­ción del 18 de mar­zo eman­ci­pó a Ita­lia y Ale­ma­nia al mis­mo tiem­po de este ver­gon­zo­so esta­do de cosas. Si des­pués, duran­te el perío­do que va de 1848 a 1871, estas dos gran­des nacio­nes per­mi­tie­ron que la vie­ja situa­ción fue­se res­tau­ra­da, hacien­do has­ta cier­to pun­to de “trai­do­res de sí mis­mas”, se debió (como dijo Marx) a que los mis­mos que habían ins­pi­ra­do la revo­lu­ción de 1848 se con­vir­tie­ron, a des­pe­cho suyo, en sus ver­du­gos.

La revo­lu­ción fue en todas par­tes obra de las cla­ses tra­ba­ja­do­ras: fue­ron los obre­ros quie­nes levan­ta­ron las barri­ca­das y die­ron sus vidas luchan­do por la cau­sa. Sin embar­go, sola­men­te los obre­ros de París, des­pués de derri­bar el Gobierno, tenían la fir­me y deci­di­da inten­ción de derri­bar con él a todo el régi­men bur­gués. Pero, aun­que abri­ga­ban una con­cien­cia muy cla­ra del anta­go­nis­mo irre­duc­ti­ble que se alza­ba entre su pro­pia cla­se y la bur­gue­sía, el desa­rro­llo eco­nó­mi­co del país y el desa­rro­llo inte­lec­tual de las masas obre­ras fran­ce­sas no habían alcan­za­do toda­vía el nivel nece­sa­rio para que pudie­se triun­far una revo­lu­ción socia­lis­ta. Por eso, a la pos­tre, los fru­tos de la revo­lu­ción caye­ron en el rega­zo de la cla­se capi­ta­lis­ta. En otros paí­ses, como en Ita­lia, Aus­tria y Ale­ma­nia, los obre­ros se limi­ta­ron des­de el pri­mer momen­to de la revo­lu­ción a ayu­dar a la bur­gue­sía a tomar el Poder. En cada uno de estos paí­ses el gobierno de la bur­gue­sía sólo podía triun­far bajo la con­di­ción de la inde­pen­den­cia nacio­nal. Así se expli­ca que las revo­lu­cio­nes del año 1848 con­du­je­sen inevi­ta­ble­men­te a la uni­fi­ca­ción de los pue­blos den­tro de las fron­te­ras nacio­na­les y a su eman­ci­pa­ción del yugo extran­je­ro, con­di­cio­nes que, has­ta allí, no habían dis­fru­ta­do. Estas con­di­cio­nes son hoy reali­dad en Ita­lia, en Ale­ma­nia y en Hun­gría. Y a estos paí­ses segui­rá Polo­nia cuan­do la hora lle­gue.

Aun­que las revo­lu­cio­nes de 1848 no tenían carác­ter socia­lis­ta, pre­pa­ra­ron, sin embar­go, el terreno para el adve­ni­mien­to de la revo­lu­ción del socia­lis­mo. Gra­cias al pode­ro­so impul­so que estas revo­lu­cio­nes impri­mie­ron a la gran pro­duc­ción en todos los paí­ses, la socie­dad bur­gue­sa ha ido crean­do duran­te los últi­mos cua­ren­ta y cin­co años un vas­to, uni­do y poten­te pro­le­ta­ria­do, engen­dran­do con él (como dice el Mani­fies­to Comu­nis­ta) a sus pro­pios ente­rra­do­res. La uni­fi­ca­ción inter­na­cio­nal del pro­le­ta­ria­do no hubie­ra sido posi­ble, ni la cola­bo­ra­ción sobria y deli­be­ra­da de estos paí­ses en el logro de fines gene­ra­les, si antes no hubie­sen con­quis­ta­do la uni­dad y la inde­pen­den­cia nacio­na­les, si hubie­sen segui­do man­te­nién­do­se den­tro del ais­la­mien­to.

Inten­te­mos repre­sen­tar­nos, si pode­mos, el papel que hubie­ran hecho los obre­ros ita­lia­nos, hún­ga­ros, ale­ma­nes, pola­cos y rusos luchan­do por su unión inter­na­cio­nal bajo las con­di­cio­nes polí­ti­cas que pre­va­le­cían hacia el año 1848.

Las bata­llas reñi­das en el 48 no fue­ron, pues, reñi­das en bal­de. Ni han sido vivi­dos tam­po­co en bal­de los cua­ren­ta y cin­co años que nos sepa­ran de la épo­ca revo­lu­cio­na­ria. Los fru­tos de aque­llos días empie­zan a madu­rar, y hago votos por­que la publi­ca­ción de esta tra­duc­ción ita­lia­na del Mani­fies­to sea heral­do del triun­fo del pro­le­ta­ria­do ita­liano, como la publi­ca­ción del tex­to pri­mi­ti­vo lo fue de la revo­lu­ción inter­na­cio­nal.

El Mani­fies­to rin­de el debi­do home­na­je a los ser­vi­cios revo­lu­cio­na­rios pres­ta­dos en otro tiem­po por el capi­ta­lis­mo. Ita­lia fue la pri­me­ra nación que se con­vir­tió en país capi­ta­lis­ta. El oca­so de la Edad Media feu­dal y la auro­ra de la épo­ca capi­ta­lis­ta con­tem­po­rá­nea vie­ron apa­re­cer en esce­na una figu­ra gigan­tes­ca. Dan­te fue al mis­mo tiem­po el últi­mo poe­ta de la Edad Media y el pri­mer poe­ta de la nue­va era. Hoy, como en 1300, se alza en el hori­zon­te una nue­va épo­ca. ¿Dará Ita­lia al mun­do otro Dan­te, capaz de can­tar el naci­mien­to de la nue­va era, de la era pro­le­ta­ria?

Lon­dres, 1 de febre­ro de 1893.

F. ENGELS



Mani­fies­to del Par­ti­do Comu­nis­ta

Por
K. Marx & F. Engels


Un espec­tro se cier­ne sobre Euro­pa: el espec­tro del comu­nis­mo. Con­tra este espec­tro se han con­ju­ra­do en san­ta jau­ría todas las poten­cias de la vie­ja Euro­pa, el Papa y el zar, Met­ter­nich y Gui­zot, los radi­ca­les fran­ce­ses y los poli­zon­tes ale­ma­nes.

No hay un solo par­ti­do de opo­si­ción a quien los adver­sa­rios gober­nan­tes no mote­jen de comu­nis­ta, ni un solo par­ti­do de opo­si­ción que no lan­ce al ros­tro de las opo­si­cio­nes más avan­za­das, lo mis­mo que a los enemi­gos reac­cio­na­rios, la acu­sa­ción estig­ma­ti­zan­te de comu­nis­mo.

De este hecho se des­pren­den dos con­se­cuen­cias:

La pri­me­ra es que el comu­nis­mo se halla ya reco­no­ci­do como una poten­cia por todas las poten­cias euro­peas.

La segun­da, que es ya hora de que los comu­nis­tas expre­sen a la luz del día y ante el mun­do ente­ro sus ideas, sus ten­den­cias, sus aspi­ra­cio­nes, salien­do así al paso de esa leyen­da del espec­tro comu­nis­ta con un mani­fies­to de su par­ti­do.

Con este fin se han con­gre­ga­do en Lon­dres los repre­sen­tan­tes comu­nis­tas de dife­ren­tes paí­ses y redac­ta­do el siguien­te Mani­fies­to, que apa­re­ce­rá en len­gua ingle­sa, fran­ce­sa, ale­ma­na, ita­lia­na, fla­men­ca y dane­sa.

I
BURGUESES Y PROLETARIOS

Toda la his­to­ria de la socie­dad huma­na, has­ta la actua­li­dad , es una his­to­ria de luchas de cla­ses.

Libres y escla­vos, patri­cios y ple­be­yos, baro­nes y sier­vos de la gle­ba, maes­tros y ofi­cia­les; en una pala­bra, opre­so­res y opri­mi­dos, fren­te a fren­te siem­pre, empe­ña­dos en una lucha inin­te­rrum­pi­da, vela­da unas veces, y otras fran­ca y abier­ta, en una lucha que con­du­ce en cada eta­pa a la trans­for­ma­ción revo­lu­cio­na­ria de todo el régi­men social o al exter­mi­nio de ambas cla­ses beli­ge­ran­tes.

En los tiem­pos his­tó­ri­cos nos encon­tra­mos a la socie­dad divi­di­da casi por doquier en una serie de esta­men­tos , den­tro de cada uno de los cua­les rei­na, a su vez, una nue­va jerar­quía social de gra­dos y posi­cio­nes. En la Roma anti­gua son los patri­cios, los équi­tes, los ple­be­yos, los escla­vos; en la Edad Media, los seño­res feu­da­les, los vasa­llos, los maes­tros y los ofi­cia­les de los gre­mios, los sier­vos de la gle­ba, y den­tro de cada una de esas cla­ses toda­vía nos encon­tra­mos con nue­vos mati­ces y gra­da­cio­nes.

La moder­na socie­dad bur­gue­sa que se alza sobre las rui­nas de la socie­dad feu­dal no ha abo­li­do los anta­go­nis­mos de cla­se. Lo que ha hecho ha sido crear nue­vas cla­ses, nue­vas con­di­cio­nes de opre­sión, nue­vas moda­li­da­des de lucha, que han veni­do a sus­ti­tuir a las anti­guas.

Sin embar­go, nues­tra épo­ca, la épo­ca de la bur­gue­sía, se carac­te­ri­za por haber sim­pli­fi­ca­do estos anta­go­nis­mos de cla­se. Hoy, toda la socie­dad tien­de a sepa­rar­se, cada vez más abier­ta­men­te, en dos gran­des cam­pos enemi­gos, en dos gran­des cla­ses anta­gó­ni­cas: la bur­gue­sía y el pro­le­ta­ria­do.

De los sier­vos de la gle­ba de la Edad Media sur­gie­ron los “villa­nos” de las pri­me­ras ciu­da­des; y estos villa­nos fue­ron el ger­men de don­de bro­ta­ron los pri­me­ros ele­men­tos de la bur­gue­sía.

El des­cu­bri­mien­to de Amé­ri­ca, la cir­cun­na­ve­ga­ción de Afri­ca abrie­ron nue­vos hori­zon­tes e impri­mie­ron nue­vo impul­so a la bur­gue­sía. El mer­ca­do de Chi­na y de las Indias orien­ta­les, la colo­ni­za­ción de Amé­ri­ca, el inter­cam­bio con las colo­nias, el incre­men­to de los medios de cam­bio y de las mer­ca­de­rías en gene­ral, die­ron al comer­cio, a la nave­ga­ción, a la indus­tria, un empu­je jamás cono­ci­do, ati­zan­do con ello el ele­men­to revo­lu­cio­na­rio que se escon­día en el seno de la socie­dad feu­dal en des­com­po­si­ción.

El régi­men feu­dal o gre­mial de pro­duc­ción que seguía impe­ran­do no bas­ta­ba ya para cubrir las nece­si­da­des que abrían los nue­vos mer­ca­dos. Vino a ocu­par su pues­to la manu­fac­tu­ra. Los maes­tros de los gre­mios se vie­ron des­pla­za­dos por la cla­se media indus­trial, y la divi­sión del tra­ba­jo entre las diver­sas cor­po­ra­cio­nes fue suplan­ta­da por la divi­sión del tra­ba­jo den­tro de cada taller.

Pero los mer­ca­dos seguían dila­tán­do­se, las nece­si­da­des seguían cre­cien­do. Ya no bas­ta­ba tam­po­co la manu­fac­tu­ra. El inven­to del vapor y la maqui­na­ria vinie­ron a revo­lu­cio­nar el régi­men indus­trial de pro­duc­ción. La manu­fac­tu­ra cedió el pues­to a la gran indus­tria moder­na, y la cla­se media indus­trial hubo de dejar paso a los mag­na­tes de la indus­tria, jefes de gran­des ejér­ci­tos indus­tria­les, a los bur­gue­ses moder­nos.

La gran indus­tria creó el mer­ca­do mun­dial, ya pre­pa­ra­do por el des­cu­bri­mien­to de Amé­ri­ca. El mer­ca­do mun­dial impri­mió un gigan­tes­co impul­so al comer­cio, a la nave­ga­ción, a las comu­ni­ca­cio­nes por tie­rra. A su vez, estos, pro­gre­sos redun­da­ron con­si­de­ra­ble­men­te en pro­ve­cho de la indus­tria, y en la mis­ma pro­por­ción en que se dila­ta­ban la indus­tria, el comer­cio, la nave­ga­ción, los ferro­ca­rri­les, se desa­rro­lla­ba la bur­gue­sía, cre­cían sus capi­ta­les, iba des­pla­zan­do y esfu­man­do a todas las cla­ses here­da­das de la Edad Media.

Vemos, pues, que la moder­na bur­gue­sía es, como lo fue­ron en su tiem­po las otras cla­ses, pro­duc­to de un lar­go pro­ce­so his­tó­ri­co, fru­to de una serie de trans­for­ma­cio­nes radi­ca­les ope­ra­das en el régi­men de cam­bio y de pro­duc­ción.

A cada eta­pa de avan­ce reco­rri­da por la bur­gue­sía corres­pon­de una nue­va eta­pa de pro­gre­so polí­ti­co. Cla­se opri­mi­da bajo el man­do de los seño­res feu­da­les, la bur­gue­sía for­ma en la “comu­na” una aso­cia­ción autó­no­ma y arma­da para la defen­sa de sus intere­ses; en unos sitios se orga­ni­za en repú­bli­cas muni­ci­pa­les inde­pen­dien­tes; en otros for­ma el ter­cer esta­do tri­bu­ta­rio de las monar­quías; en la épo­ca de la manu­fac­tu­ra es el con­tra­pe­so de la noble­za den­tro de la monar­quía feu­dal o abso­lu­ta y el fun­da­men­to de las gran­des monar­quías en gene­ral, has­ta que, por últi­mo, implan­ta­da la gran indus­tria y abier­tos los cau­ces del mer­ca­do mun­dial, se con­quis­ta la hege­mo­nía polí­ti­ca y crea el moderno Esta­do repre­sen­ta­ti­vo. Hoy, el Poder públi­co vie­ne a ser, pura y sim­ple­men­te, el Con­se­jo de admi­nis­tra­ción que rige los intere­ses colec­ti­vos de la cla­se bur­gue­sa.

La bur­gue­sía ha desem­pe­ña­do, en el trans­cur­so de la his­to­ria, un papel ver­da­de­ra­men­te revo­lu­cio­na­rio.

Don­de­quie­ra que se ins­tau­ró, echó por tie­rra todas las ins­ti­tu­cio­nes feu­da­les, patriar­ca­les e idí­li­cas. Des­ga­rró impla­ca­ble­men­te los abi­ga­rra­dos lazos feu­da­les que unían al hom­bre con sus supe­rio­res natu­ra­les y no dejó en pie más víncu­lo que el del inte­rés escue­to, el del dine­ro con­tan­te y sonan­te, que no tie­ne entra­ñas. Echó por enci­ma del san­to temor de Dios, de la devo­ción mís­ti­ca y pia­do­sa, del ardor caba­lle­res­co y la tími­da melan­co­lía del buen bur­gués, el jarro de agua hela­da de sus cálcu­los egoís­tas. Ente­rró la dig­ni­dad per­so­nal bajo el dine­ro y redu­jo todas aque­llas innu­me­ra­bles liber­ta­des escri­tu­ra­das y bien adqui­ri­das a una úni­ca liber­tad: la liber­tad ili­mi­ta­da de comer­ciar. Sus­ti­tu­yó, para decir­lo de una vez, un régi­men de explo­ta­ción, vela­do por los cen­da­les de las ilu­sio­nes polí­ti­cas y reli­gio­sas, por un régi­men fran­co, des­ca­ra­do, direc­to, escue­to, de explo­ta­ción.

La bur­gue­sía des­po­jó de su halo de san­ti­dad a todo lo que antes se tenía por vene­ra­ble y digno de pia­do­so acon­te­ci­mien­to. Con­vir­tió en sus ser­vi­do­res asa­la­ria­dos al médi­co, al juris­ta, al poe­ta, al sacer­do­te, al hom­bre de cien­cia.

La bur­gue­sía des­ga­rró los velos emo­ti­vos y sen­ti­men­ta­les que envol­vían la fami­lia y puso al des­nu­do la reali­dad eco­nó­mi­ca de las rela­cio­nes fami­lia­res .

La bur­gue­sía vino a demos­trar que aque­llos alar­des de fuer­za bru­ta que la reac­ción tan­to admi­ra en la Edad Media tenían su com­ple­men­to cum­pli­do en la hara­ga­ne­ría más indo­len­te. Has­ta que ella no lo reve­ló no supi­mos cuán­to podía dar de sí el tra­ba­jo del hom­bre. La bur­gue­sía ha pro­du­ci­do mara­vi­llas mucho mayo­res que las pirá­mi­des de Egip­to, los acue­duc­tos roma­nos y las cate­dra­les góti­cas; ha aco­me­ti­do y dado cima a empre­sas mucho más gran­dio­sas que las emi­gra­cio­nes de los pue­blos y las cru­za­das.

La bur­gue­sía no pue­de exis­tir si no es revo­lu­cio­nan­do ince­san­te­men­te los ins­tru­men­tos de la pro­duc­ción, que tan­to vale decir el sis­te­ma todo de la pro­duc­ción, y con él todo el régi­men social. Lo con­tra­rio de cuan­tas cla­ses socia­les la pre­ce­die­ron, que tenían todas por con­di­ción pri­ma­ria de vida la intan­gi­bi­li­dad del régi­men de pro­duc­ción vigen­te. La épo­ca de la bur­gue­sía se carac­te­ri­za y dis­tin­gue de todas las demás por el cons­tan­te y agi­ta­do des­pla­za­mien­to de la pro­duc­ción, por la con­mo­ción inin­te­rrum­pi­da de todas las rela­cio­nes socia­les, por una inquie­tud y una diná­mi­ca ince­san­tes. Las rela­cio­nes incon­mo­vi­bles y moho­sas del pasa­do, con todo su séqui­to de ideas y creen­cias vie­jas y vene­ra­bles, se derrum­ban, y las nue­vas enve­je­cen antes de echar raí­ces. Todo lo que se creía per­ma­nen­te y peren­ne se esfu­ma, lo san­to es pro­fa­na­do, y, al fin, el hom­bre se ve cons­tre­ñi­do, por la fuer­za de las cosas, a con­tem­plar con mira­da fría su vida y sus rela­cio­nes con los demás.

La nece­si­dad de encon­trar mer­ca­dos espo­lea a la bur­gue­sía de una pun­ta o otra del pla­ne­ta. Por todas par­tes ani­da, en todas par­tes cons­tru­ye, por doquier esta­ble­ce rela­cio­nes.

La bur­gue­sía, al explo­tar el mer­ca­do mun­dial, da a la pro­duc­ción y al con­su­mo de todos los paí­ses un sello cos­mo­po­li­ta. Entre los lamen­tos de los reac­cio­na­rios des­tru­ye los cimien­tos nacio­na­les de la indus­tria. Las vie­jas indus­trias nacio­na­les se vie­nen a tie­rra, arro­lla­das por otras nue­vas, cuya ins­tau­ra­ción es pro­ble­ma vital para todas las nacio­nes civi­li­za­das; por indus­trias que ya no trans­for­man como antes las mate­rias pri­mas del país, sino las traí­das de los cli­mas más leja­nos y cuyos pro­duc­tos encuen­tran sali­da no sólo den­tro de las fron­te­ras, sino en todas las par­tes del mun­do. Bro­tan nece­si­da­des nue­vas que ya no bas­tan a satis­fa­cer, como en otro tiem­po, los fru­tos del país, sino que recla­man para su satis­fac­ción los pro­duc­tos de tie­rras remo­tas. Ya no rei­na aquel mer­ca­do local y nacio­nal que se bas­ta­ba así mis­mo y don­de no entra­ba nada de fue­ra; aho­ra, la red del comer­cio es uni­ver­sal y en ella entran, uni­das por víncu­los de inter­de­pen­den­cia, todas las nacio­nes. Y lo que acon­te­ce con la pro­duc­ción mate­rial, acon­te­ce tam­bién con la del espí­ri­tu. Los pro­duc­tos espi­ri­tua­les de las dife­ren­tes nacio­nes vie­nen a for­mar un acer­vo común. Las limi­ta­cio­nes y pecu­lia­ri­da­des del carác­ter nacio­nal van pasan­do a segun­do plano, y las lite­ra­tu­ras loca­les y nacio­na­les con­flu­yen todas en una lite­ra­tu­ra uni­ver­sal.

La bur­gue­sía, con el rápi­do per­fec­cio­na­mien­to de todos los medios de pro­duc­ción, con las faci­li­da­des increí­bles de su red de comu­ni­ca­cio­nes, lle­va la civi­li­za­ción has­ta a las nacio­nes más sal­va­jes. El bajo pre­cio de sus mer­can­cías es la arti­lle­ría pesa­da con la que derrum­ba todas las mura­llas de la Chi­na, con la que obli­ga a capi­tu­lar a las tri­bus bár­ba­ras más aris­cas en su odio con­tra el extran­je­ro. Obli­ga a todas las nacio­nes a abra­zar el régi­men de pro­duc­ción de la bur­gue­sía o pere­cer; las obli­ga a implan­tar en su pro­pio seno la lla­ma­da civi­li­za­ción, es decir, a hacer­se bur­gue­sas. Crea un mun­do hecho a su ima­gen y seme­jan­za.

La bur­gue­sía some­te el cam­po al impe­rio de la ciu­dad. Crea ciu­da­des enor­mes, inten­si­fi­ca la pobla­ción urba­na en una fuer­te pro­por­ción res­pec­to a la cam­pe­si­na y arran­ca a una par­te con­si­de­ra­ble de la gen­te del cam­po al cre­ti­nis­mo de la vida rural. Y del mis­mo modo que some­te el cam­po a la ciu­dad, some­te los pue­blos bár­ba­ros y semi­bár­ba­ros a las nacio­nes civi­li­za­das, los pue­blos cam­pe­si­nos a los pue­blos bur­gue­ses, el Orien­te al Occi­den­te.

La bur­gue­sía va aglu­ti­nan­do cada vez más los medios de pro­duc­ción, la pro­pie­dad y los habi­tan­tes del país. Aglo­me­ra la pobla­ción, cen­tra­li­za los medios de pro­duc­ción y con­cen­tra en manos de unos cuan­tos la pro­pie­dad. Este pro­ce­so tenía que con­du­cir, por fuer­za lógi­ca, a un régi­men de cen­tra­li­za­ción polí­ti­ca. Terri­to­rios antes inde­pen­dien­tes, ape­nas alia­dos, con intere­ses dis­tin­tos, dis­tin­tas leyes, gobier­nos autó­no­mos y líneas adua­ne­ras pro­pias, se aso­cian y refun­den en una nación úni­ca, bajo un Gobierno, una ley, un inte­rés nacio­nal de cla­se y una sola línea adua­ne­ra.

En el siglo cor­to que lle­va de exis­ten­cia como cla­se sobe­ra­na, la bur­gue­sía ha crea­do ener­gías pro­duc­ti­vas mucho más gran­dio­sas y colo­sa­les que todas las pasa­das gene­ra­cio­nes jun­tas. Bas­ta pen­sar en el some­ti­mien­to de las fuer­zas natu­ra­les por la mano del hom­bre, en la maqui­na­ria, en la apli­ca­ción de la quí­mi­ca a la indus­tria y la agri­cul­tu­ra, en la nave­ga­ción de vapor, en los ferro­ca­rri­les, en el telé­gra­fo eléc­tri­co, en la rotu­ra­ción de con­ti­nen­tes ente­ros, en los ríos abier­tos a la nave­ga­ción, en los nue­vos pue­blos que bro­ta­ron de la tie­rra como por ensal­mo… ¿Quién, en los pasa­dos siglos, pudo sos­pe­char siquie­ra que en el rega­zo de la socie­dad fecun­da­da por el tra­ba­jo del hom­bre yacie­sen sote­rra­das tan­tas y tales ener­gías y ele­men­tos de pro­duc­ción?

Hemos vis­to que los medios de pro­duc­ción y de trans­por­te sobre los cua­les se desa­rro­lló la bur­gue­sía bro­ta­ron en el seno de la socie­dad feu­dal. Cuan­do estos medios de trans­por­te y de pro­duc­ción alcan­za­ron una deter­mi­na­da fase en su desa­rro­llo, resul­tó que las con­di­cio­nes en que la socie­dad feu­dal pro­du­cía y comer­cia­ba, la orga­ni­za­ción feu­dal de la agri­cul­tu­ra y la manu­fac­tu­ra, en una pala­bra, el régi­men feu­dal de la pro­pie­dad, no corres­pon­dían ya al esta­do pro­gre­si­vo de las fuer­zas pro­duc­ti­vas. Obs­truían la pro­duc­ción en vez de fomen­tar­la. Se habían con­ver­ti­do en otras tan­tas tra­bas para su des­en­vol­vi­mien­to. Era menes­ter hacer­las sal­tar, y sal­ta­ron.

Vino a ocu­par su pues­to la libre con­cu­rren­cia, con la cons­ti­tu­ción polí­ti­ca y social a ella ade­cua­da, en la que se reve­la­ba ya la hege­mo­nía eco­nó­mi­ca y polí­ti­ca de la cla­se bur­gue­sa.

Pues bien: ante nues­tros ojos se desa­rro­lla hoy un espec­tácu­lo seme­jan­te. Las con­di­cio­nes de pro­duc­ción y de cam­bio de la bur­gue­sía, el régi­men bur­gués de la pro­pie­dad, la moder­na socie­dad bur­gue­sa, que ha sabi­do hacer bro­tar como por encan­to tan fabu­lo­sos medios de pro­duc­ción y de trans­por­te, recuer­da al bru­jo impo­ten­te para domi­nar los espí­ri­tus sub­te­rrá­neos que con­ju­ró. Des­de hace varias déca­das, la his­to­ria de la indus­tria y del comer­cio no es más que la his­to­ria de las moder­nas fuer­zas pro­duc­ti­vas que se rebe­lan con­tra el régi­men vigen­te de pro­duc­ción, con­tra el régi­men de la pro­pie­dad, don­de resi­den las con­di­cio­nes de vida y de pre­do­mi­nio polí­ti­co de la bur­gue­sía. Bas­ta men­cio­nar las cri­sis comer­cia­les, cuya perió­di­ca reite­ra­ción supo­ne un peli­gro cada vez mayor para la exis­ten­cia de la socie­dad bur­gue­sa toda. Las cri­sis comer­cia­les, ade­más de des­truir una gran par­te de los pro­duc­tos ela­bo­ra­dos, ani­qui­lan una par­te con­si­de­ra­ble de las fuer­zas pro­duc­ti­vas exis­ten­tes. En esas cri­sis se des­ata una epi­de­mia social que a cual­quie­ra de las épo­cas ante­rio­res hubie­ra pare­ci­do absur­da e incon­ce­bi­ble: la epi­de­mia de la super­pro­duc­ción. La socie­dad se ve retro­traí­da repen­ti­na­men­te a un esta­do de bar­ba­rie momen­tá­nea; se diría que una pla­ga de ham­bre o una gran gue­rra ani­qui­la­do­ra la han deja­do esquil­ma­do, sin recur­sos para sub­sis­tir; la indus­tria, el comer­cio están a pun­to de pere­cer. ¿Y todo por qué? Por­que la socie­dad posee dema­sia­da civi­li­za­ción, dema­sia­dos recur­sos, dema­sia­da indus­tria, dema­sia­do comer­cio. Las fuer­zas pro­duc­ti­vas de que dis­po­ne no sir­ven ya para fomen­tar el régi­men bur­gués de la pro­pie­dad; son ya dema­sia­do pode­ro­sas para ser­vir a este régi­men, que emba­ra­za su desa­rro­llo. Y tan pron­to como logran ven­cer este obs­tácu­lo, siem­bran el des­or­den en la socie­dad bur­gue­sa, ame­na­zan dar al tras­te con el régi­men bur­gués de la pro­pie­dad. Las con­di­cio­nes socia­les bur­gue­sas resul­tan ya dema­sia­do angos­tas para abar­car la rique­za por ellas engen­dra­da. ¿Cómo se sobre­po­ne a las cri­sis la bur­gue­sía? De dos mane­ras: des­tru­yen­do vio­len­ta­men­te una gran masa de fuer­zas pro­duc­ti­vas y con­quis­tán­do­se nue­vos mer­ca­dos, a la par que pro­cu­ran­do explo­tar más con­cien­zu­da­men­te los mer­ca­dos anti­guos. Es decir, que reme­dia unas cri­sis pre­pa­ran­do otras más exten­sas e impo­nen­tes y muti­lan­do los medios de que dis­po­ne para pre­ca­ver­las.

Las armas con que la bur­gue­sía derri­bó al feu­da­lis­mo se vuel­ven aho­ra con­tra ella.

Y la bur­gue­sía no sólo for­ja las armas que han de dar­le la muer­te, sino que, ade­más, pone en pie a los hom­bres lla­ma­dos a mane­jar­las: estos hom­bres son los obre­ros, los pro­le­ta­rios.

En la mis­ma pro­por­ción en que se desa­rro­lla la bur­gue­sía, es decir, el capi­tal, desa­rro­lla­se tam­bién el pro­le­ta­ria­do, esa cla­se obre­ra moder­na que sólo pue­de vivir encon­tran­do tra­ba­jo y que sólo encuen­tra tra­ba­jo en la medi­da en que éste ali­men­ta a incre­men­to el capi­tal. El obre­ro, obli­ga­do a ven­der­se a tro­zos, es una mer­can­cía como otra cual­quie­ra, suje­ta, por tan­to, a todos los cam­bios y moda­li­da­des de la con­cu­rren­cia, a todas las fluc­tua­cio­nes del mer­ca­do.

La exten­sión de la maqui­na­ria y la divi­sión del tra­ba­jo qui­tan a éste, en el régi­men pro­le­ta­rio actual, todo carác­ter autó­no­mo, toda libre ini­cia­ti­va y todo encan­to para el obre­ro. El tra­ba­ja­dor se con­vier­te en un sim­ple resor­te de la máqui­na, del que sólo se exi­ge una ope­ra­ción mecá­ni­ca, monó­to­na, de fácil apren­di­za­je. Por eso, los gas­tos que supo­ne un obre­ro se redu­cen, sobre poco más o menos, al míni­mo de lo que nece­si­ta para vivir y para per­pe­tuar su raza. Y ya se sabe que el pre­cio de una mer­can­cía, y como una de tan­tas el tra­ba­jo , equi­va­le a su cos­te de pro­duc­ción. Cuan­to más repe­len­te es el tra­ba­jo, tan­to más dis­mi­nu­ye el sala­rio paga­do al obre­ro. Más aún: cuan­to más aumen­tan la maqui­na­ria y la divi­sión del tra­ba­jo, tan­to más aumen­ta tam­bién éste, bien por­que se alar­gue la jor­na­da, bien por­que se inten­si­fi­que el ren­di­mien­to exi­gi­do, se ace­le­re la mar­cha de las máqui­nas, etc.

La indus­tria moder­na ha con­ver­ti­do el peque­ño taller del maes­tro patriar­cal en la gran fábri­ca del mag­na­te capi­ta­lis­ta. Las masas obre­ras con­cen­tra­das en la fábri­ca son some­ti­das a una orga­ni­za­ción y dis­ci­pli­na mili­ta­res. Los obre­ros, sol­da­dos rasos de la indus­tria, tra­ba­jan bajo el man­do de toda una jerar­quía de sar­gen­tos, ofi­cia­les y jefes. No son sólo sier­vos de la bur­gue­sía y del Esta­do bur­gués, sino que están todos los días y a todas horas bajo el yugo escla­vi­za­dor de la máqui­na, del con­tra­maes­tre, y sobre todo, del indus­trial bur­gués due­ño de la fábri­ca. Y este des­po­tis­mo es tan­to más mez­quino, más exe­cra­ble, más indig­nan­te, cuan­ta mayor es la fran­que­za con que pro­cla­ma que no tie­ne otro fin que el lucro.

Cuan­to meno­res son la habi­li­dad y la fuer­za que recla­ma el tra­ba­jo manual, es decir, cuan­to mayor es el desa­rro­llo adqui­ri­do por la moder­na indus­tria, tam­bién es mayor la pro­por­ción en que el tra­ba­jo de la mujer y el niño des­pla­za al del hom­bre. Social­men­te, ya no rigen para la cla­se obre­ra esas dife­ren­cias de edad y de sexo. Son todos, hom­bres, muje­res y niños, meros ins­tru­men­tos de tra­ba­jo, entre los cua­les no hay más dife­ren­cia que la del cos­te.

Y cuan­do ya la explo­ta­ción del obre­ro por el fabri­can­te ha dado su fru­to y aquél reci­be el sala­rio, caen sobre él los otros repre­sen­tan­tes de la bur­gue­sía: el case­ro, el ten­de­ro, el pres­ta­mis­ta, etc.

Toda una serie de ele­men­tos modes­tos que venían per­te­ne­cien­do a la cla­se media, peque­ños indus­tria­les, comer­cian­tes y ren­tis­tas, arte­sa­nos y labrie­gos, son absor­bi­dos por el pro­le­ta­ria­do; unos, por­que su peque­ño cau­dal no bas­ta para ali­men­tar las exi­gen­cias de la gran indus­tria y sucum­ben arro­lla­dos por la com­pe­ten­cia de los capi­ta­les más fuer­tes, y otros por­que sus apti­tu­des que­dan sepul­ta­das bajo los nue­vos pro­gre­sos de la pro­duc­ción. Todas las cla­ses socia­les con­tri­bu­yen, pues, a nutrir las filas del pro­le­ta­ria­do.

El pro­le­ta­ria­do reco­rre diver­sas eta­pas antes de for­ti­fi­car­se y con­so­li­dar­se. Pero su lucha con­tra la bur­gue­sía data del ins­tan­te mis­mo de su exis­ten­cia.

Al prin­ci­pio son obre­ros ais­la­dos; lue­go, los de una fábri­ca; lue­go, los de todas una rama de tra­ba­jo, los que se enfren­tan, en una loca­li­dad, con el bur­gués que per­so­nal­men­te los explo­ta. Sus ata­ques no van sólo con­tra el régi­men bur­gués de pro­duc­ción, van tam­bién con­tra los pro­pios ins­tru­men­tos de la pro­duc­ción; los obre­ros, suble­va­dos, des­tru­yen las mer­can­cías aje­nas que les hacen la com­pe­ten­cia, des­tro­zan las máqui­nas, pegan fue­go a las fábri­cas, pug­nan por vol­ver a la situa­ción, ya ente­rra­da, del obre­ro medie­val.

En esta pri­me­ra eta­pa, los obre­ros for­man una masa dise­mi­na­da por todo el país y des­uni­da por la con­cu­rren­cia. Las con­cen­tra­cio­nes de masas de obre­ros no son toda­vía fru­to de su pro­pia unión, sino fru­to de la unión de la bur­gue­sía, que para alcan­zar sus fines polí­ti­cos pro­pios tie­ne que poner en movi­mien­to ‑cosa que toda­vía logra- a todo el pro­le­ta­ria­do. En esta eta­pa, los pro­le­ta­rios no com­ba­ten con­tra sus enemi­gos, sino con­tra los enemi­gos de sus enemi­gos, con­tra los ves­ti­gios de la monar­quía abso­lu­ta, los gran­des seño­res de la tie­rra, los bur­gue­ses no indus­tria­les, los peque­ños bur­gue­ses. La mar­cha de la his­to­ria está toda con­cen­tra­da en manos de la bur­gue­sía, y cada triun­fo así alcan­za­do es un triun­fo de la cla­se bur­gue­sa.

Sin embar­go, el desa­rro­llo de la indus­tria no sólo nutre las filas del pro­le­ta­ria­do, sino que las aprie­ta y con­cen­tra; sus fuer­zas cre­cen, y cre­ce tam­bién la con­cien­cia de ellas. Y al paso que la maqui­na­ria va borran­do las dife­ren­cias y cate­go­rías en el tra­ba­jo y redu­cien­do los sala­rios casi en todas par­tes a un nivel bají­si­mo y uni­for­me, van nive­lán­do­se tam­bién los intere­ses y las con­di­cio­nes de vida den­tro del pro­le­ta­ria­do. La com­pe­ten­cia, cada vez más agu­da, des­ata­da entre la bur­gue­sía, y las cri­sis comer­cia­les que des­en­ca­de­na, hacen cada vez más inse­gu­ro el sala­rio del obre­ro; los pro­gre­sos ince­san­tes y cada día más velo­ces del maqui­nis­mo aumen­tan gra­dual­men­te la inse­gu­ri­dad de su exis­ten­cia; las coli­sio­nes entre obre­ros y bur­gue­ses ais­la­dos van toman­do el carác­ter, cada vez más seña­la­do, de coli­sio­nes entre dos cla­ses. Los obre­ros empie­zan a coali­gar­se con­tra los bur­gue­ses, se aso­cian y unen para la defen­sa de sus sala­rios. Crean orga­ni­za­cio­nes per­ma­nen­tes para per­tre­char­se en pre­vi­sión de posi­bles bata­llas. De vez en cuan­do esta­llan revuel­tas y suble­va­cio­nes.

Los obre­ros arran­can algún triun­fo que otro, pero tran­si­to­rio siem­pre. El ver­da­de­ro obje­ti­vo de estas luchas no es con­se­guir un resul­ta­do inme­dia­to, sino ir exten­dien­do y con­so­li­dan­do la unión obre­ra. Coad­yu­van a ello los medios cada vez más fáci­les de comu­ni­ca­ción, crea­dos por la gran indus­tria y que sir­ven para poner en con­tac­to a los obre­ros de las diver­sas regio­nes y loca­li­da­des. Gra­cias a este con­tac­to, las múl­ti­ples accio­nes loca­les, que en todas par­tes pre­sen­tan idén­ti­co carác­ter, se con­vier­ten en un movi­mien­to nacio­nal, en una lucha de cla­ses. Y toda lucha de cla­ses es una acción polí­ti­ca. Las ciu­da­des de la Edad Media, con sus cami­nos veci­na­les, nece­si­ta­ron siglos ente­ros para unir­se con las demás; el pro­le­ta­ria­do moderno, gra­cias a los ferro­ca­rri­les, ha crea­do su unión en unos cuan­tos años.

Esta orga­ni­za­ción de los pro­le­ta­rios como cla­se, que tan­to vale decir como par­ti­do polí­ti­co, se ve mina­da a cada momen­to por la con­cu­rren­cia des­ata­da entre los pro­pios obre­ros. Pero avan­za y triun­fa siem­pre, a pesar de todo, cada vez más fuer­te, más fir­me, más pujan­te. Y apro­ve­chán­do­se de las dis­cor­dias que sur­gen en el seno de la bur­gue­sía, impo­ne la san­ción legal de sus intere­ses pro­pios. Así nace en Ingla­te­rra la ley de la jor­na­da de diez horas.

Las coli­sio­nes pro­du­ci­das entre las fuer­zas de la anti­gua socie­dad impri­men nue­vos impul­sos al pro­le­ta­ria­do. La bur­gue­sía lucha ince­san­te­men­te: pri­me­ro, con­tra la aris­to­cra­cia; lue­go, con­tra aque­llos sec­to­res de la pro­pia bur­gue­sía cuyos intere­ses cho­can con los pro­gre­sos de la indus­tria, y siem­pre con­tra la bur­gue­sía de los demás paí­ses. Para librar estos com­ba­tes no tie­ne más reme­dio que ape­lar al pro­le­ta­ria­do, recla­mar su auxi­lio, arras­trán­do­lo así a la pales­tra polí­ti­ca. Y de este modo, le sumi­nis­tra ele­men­tos de fuer­za, es decir, armas con­tra sí mis­ma.

Ade­más, como hemos vis­to, los pro­gre­sos de la indus­tria traen a las filas pro­le­ta­rias a toda una serie de ele­men­tos de la cla­se gober­nan­te, o a lo menos los colo­can en las mis­mas con­di­cio­nes de vida. Y estos ele­men­tos sumi­nis­tran al pro­le­ta­ria­do nue­vas fuer­zas.

Final­men­te, en aque­llos perío­dos en que la lucha de cla­ses está a pun­to de deci­dir­se, es tan vio­len­to y tan cla­ro el pro­ce­so de desin­te­gra­ción de la cla­se gober­nan­te laten­te en el seno de la socie­dad anti­gua, que una peque­ña par­te de esa cla­se se des­pren­de de ella y abra­za la cau­sa revo­lu­cio­na­ria, pasán­do­se a la cla­se que tie­ne en sus manos el por­ve­nir. Y así como antes una par­te de la noble­za se pasa­ba a la bur­gue­sía, aho­ra una par­te de la bur­gue­sía se pasa al cam­po del pro­le­ta­ria­do; en este trán­si­to rom­pen la mar­cha los inte­lec­tua­les bur­gue­ses, que, ana­li­zan­do teó­ri­ca­men­te el cur­so de la his­to­ria, han logra­do ver cla­ro en sus derro­te­ros.

De todas las cla­ses que hoy se enfren­tan con la bur­gue­sía no hay más que una ver­da­de­ra­men­te revo­lu­cio­na­ria: el pro­le­ta­ria­do. Las demás pere­cen y des­apa­re­cen con la gran indus­tria; el pro­le­ta­ria­do, en cam­bio, es su pro­duc­to genuino y pecu­liar.

Los ele­men­tos de las cla­ses medias, el peque­ño indus­trial, el peque­ño comer­cian­te, el arte­sano, el labrie­go, todos luchan con­tra la bur­gue­sía para sal­var de la rui­na su exis­ten­cia como tales cla­ses. No son, pues, revo­lu­cio­na­rios, sino con­ser­va­do­res. Más toda­vía, reac­cio­na­rios, pues pre­ten­den vol­ver atrás la rue­da de la his­to­ria. Todo lo que tie­nen de revo­lu­cio­na­rio es lo que mira a su trán­si­to inmi­nen­te al pro­le­ta­ria­do; con esa acti­tud no defien­den sus intere­ses actua­les, sino los futu­ros; se des­po­jan de su posi­ción pro­pia para abra­zar la del pro­le­ta­ria­do.

El pro­le­ta­ria­do andra­jo­so , esa putre­fac­ción pasi­va de las capas más bajas de la vie­ja socie­dad, se verá arras­tra­do en par­te al movi­mien­to por una revo­lu­ción pro­le­ta­ria, si bien las con­di­cio­nes todas de su vida lo hacen más pro­pi­cio a dejar­se com­prar como ins­tru­men­to de mane­jos reac­cio­na­rios.

Las con­di­cio­nes de vida de la vie­ja socie­dad apa­re­cen ya des­trui­das en las con­di­cio­nes de vida del pro­le­ta­ria­do. El pro­le­ta­rio care­ce de bie­nes. Sus rela­cio­nes con la mujer y con los hijos no tie­nen ya nada de común con las rela­cio­nes fami­lia­res bur­gue­sas; la pro­duc­ción indus­trial moder­na, el moderno yugo del capi­tal, que es el mis­mo en Ingla­te­rra que en Fran­cia, en Ale­ma­nia que en Nor­te­amé­ri­ca, borra en él todo carác­ter nacio­nal. Las leyes, la moral, la reli­gión, son para él otros tan­tos pre­jui­cios bur­gue­ses tras los que ani­dan otros tan­tos intere­ses de la bur­gue­sía. Todas las cla­ses que le pre­ce­die­ron y con­quis­ta­ron el Poder pro­cu­ra­ron con­so­li­dar las posi­cio­nes adqui­ri­das some­tien­do a la socie­dad ente­ra a su régi­men de adqui­si­ción. Los pro­le­ta­rios sólo pue­den con­quis­tar para sí las fuer­zas socia­les de la pro­duc­ción abo­lien­do el régi­men adqui­si­ti­vo a que se hallan suje­tos, y con él todo el régi­men de apro­pia­ción de la socie­dad. Los pro­le­ta­rios no tie­nen nada pro­pio que ase­gu­rar, sino des­truir todos los ase­gu­ra­mien­tos y segu­ri­da­des pri­va­das de los demás.

Has­ta aho­ra, todos los movi­mien­tos socia­les habían sido movi­mien­tos des­ata­dos por una mino­ría o en inte­rés de una mino­ría. El movi­mien­to pro­le­ta­rio es el movi­mien­to autó­no­mo de una inmen­sa mayo­ría en inte­rés de una mayo­ría inmen­sa. El pro­le­ta­ria­do, la capa más baja y opri­mi­da de la socie­dad actual, no pue­de levan­tar­se, incor­po­rar­se, sin hacer sal­tar, hecho añi­cos des­de los cimien­tos has­ta el rema­te, todo ese edi­fi­cio que for­ma la socie­dad ofi­cial.

Por su for­ma, aun­que no por su con­te­ni­do, la cam­pa­ña del pro­le­ta­ria­do con­tra la bur­gue­sía empie­za sien­do nacio­nal. Es lógi­co que el pro­le­ta­ria­do de cada país ajus­te ante todo las cuen­tas con su pro­pia bur­gue­sía.

Al esbo­zar, en líneas muy gene­ra­les, las dife­ren­tes fases de desa­rro­llo del pro­le­ta­ria­do, hemos segui­do las inci­den­cias de la gue­rra civil más o menos embo­za­da que se plan­tea en el seno de la socie­dad vigen­te has­ta el momen­to en que esta gue­rra civil des­en­ca­de­na una revo­lu­ción abier­ta y fran­ca, y el pro­le­ta­ria­do, derro­can­do por la vio­len­cia a la bur­gue­sía, echa las bases de su poder.

Has­ta hoy, toda socie­dad des­can­só, como hemos vis­to, en el anta­go­nis­mo entre las cla­ses opri­mi­das y las opre­so­ras. Mas para poder opri­mir a una cla­se es menes­ter ase­gu­rar­le, por lo menos, las con­di­cio­nes indis­pen­sa­bles de vida, pues de otro modo se extin­gui­ría, y con ella su escla­vi­za­mien­to. El sier­vo de la gle­ba se vio exal­ta­do a miem­bro del muni­ci­pio sin salir de la ser­vi­dum­bre, como el villano con­ver­ti­do en bur­gués bajo el yugo del abso­lu­tis­mo feu­dal. La situa­ción del obre­ro moderno es muy dis­tin­ta, pues lejos de mejo­rar con­for­me pro­gre­sa la indus­tria, decae y empeo­ra por deba­jo del nivel de su pro­pia cla­se. El obre­ro se depau­pe­ra, y el pau­pe­ris­mo se desa­rro­lla en pro­por­cio­nes mucho mayo­res que la pobla­ción y la rique­za. He ahí una prue­ba pal­ma­ria de la inca­pa­ci­dad de la bur­gue­sía para seguir gober­nan­do la socie­dad e impo­nien­do a ésta por nor­ma las con­di­cio­nes de su vida como cla­se. Es inca­paz de gober­nar, por­que es inca­paz de garan­ti­zar a sus escla­vos la exis­ten­cia ni aun den­tro de su escla­vi­tud, por­que se ve for­za­da a dejar­los lle­gar has­ta una situa­ción de des­am­pa­ro en que no tie­ne más reme­dio que man­te­ner­les, cuan­do son ellos quie­nes debie­ran man­te­ner­la a ella. La socie­dad no pue­de seguir vivien­do bajo el impe­rio de esa cla­se; la vida de la bur­gue­sía se ha hecho incom­pa­ti­ble con la socie­dad.

La exis­ten­cia y el pre­do­mi­nio de la cla­se bur­gue­sa tie­nen por con­di­ción esen­cial la con­cen­tra­ción de la rique­za en manos de unos cuan­tos indi­vi­duos, la for­ma­ción e incre­men­to cons­tan­te del capi­tal; y éste, a su vez, no pue­de exis­tir sin el tra­ba­jo asa­la­ria­do. El tra­ba­jo asa­la­ria­do Pre­su­po­ne, inevi­ta­ble­men­te, la con­cu­rren­cia de los obre­ros entre sí. Los pro­gre­sos de la indus­tria, que tie­nen por cau­ce auto­má­ti­co y espon­tá­neo a la bur­gue­sía, impo­nen, en vez del ais­la­mien­to de los obre­ros por la con­cu­rren­cia, su unión revo­lu­cio­na­ria por la orga­ni­za­ción. Y así, al desa­rro­llar­se la gran indus­tria, la bur­gue­sía ve tam­ba­lear­se bajo sus pies las bases sobre que pro­du­ce y se apro­pia lo pro­du­ci­do. Y a la par que avan­za, se cava su fosa y cría a sus pro­pios ente­rra­do­res. Su muer­te y el triun­fo del pro­le­ta­ria­do sin igual­men­te inevi­ta­bles.

II
PROLETARIOS Y COMUNISTAS


¿Qué rela­ción guar­dan los comu­nis­tas con los pro­le­ta­rios en gene­ral?

Los comu­nis­tas no for­man un par­ti­do apar­te de los demás par­ti­dos obre­ros.

No tie­nen intere­ses pro­pios que se dis­tin­gan de los intere­ses gene­ra­les del pro­le­ta­ria­do. No pro­fe­san prin­ci­pios espe­cia­les con los que aspi­ren a mode­lar el movi­mien­to pro­le­ta­rio.

Los comu­nis­tas no se dis­tin­guen de los demás par­ti­dos pro­le­ta­rios más que en esto: en que des­ta­can y rei­vin­di­can siem­pre, en todas y cada una de las accio­nes nacio­na­les pro­le­ta­rias, los intere­ses comu­nes y pecu­lia­res de todo el pro­le­ta­ria­do, inde­pen­dien­tes de su nacio­na­li­dad, y en que, cual­quie­ra que sea la eta­pa his­tó­ri­ca en que se mue­va la lucha entre el pro­le­ta­ria­do y la bur­gue­sía, man­tie­nen siem­pre el inte­rés del movi­mien­to enfo­ca­do en su con­jun­to.

Los comu­nis­tas son, pues, prác­ti­ca­men­te, la par­te más deci­di­da, el aci­ca­te siem­pre en ten­sión de todos los par­ti­dos obre­ros del mun­do; teó­ri­ca­men­te, lle­van de ven­ta­ja a las gran­des masas del pro­le­ta­ria­do su cla­ra visión de las con­di­cio­nes, los derro­te­ros y los resul­ta­dos gene­ra­les a que ha de abo­car el movi­mien­to pro­le­ta­rio.

El obje­ti­vo inme­dia­to de los comu­nis­tas es idén­ti­co al que per­si­guen los demás par­ti­dos pro­le­ta­rios en gene­ral: for­mar la con­cien­cia de cla­se del pro­le­ta­ria­do, derro­car el régi­men de la bur­gue­sía, lle­var al pro­le­ta­ria­do a la con­quis­ta del Poder.

Las pro­po­si­cio­nes teó­ri­cas de los comu­nis­tas no des­can­san ni mucho menos en las ideas, en los prin­ci­pios for­ja­dos o des­cu­bier­tos por nin­gún reden­tor de la huma­ni­dad. Son todas expre­sión gene­ra­li­za­da de las con­di­cio­nes mate­ria­les de una lucha de cla­ses real y vívi­da, de un movi­mien­to his­tó­ri­co que se está desa­rro­llan­do a la vis­ta de todos. La abo­li­ción del régi­men vigen­te de la pro­pie­dad no es tam­po­co nin­gu­na carac­te­rís­ti­ca pecu­liar del comu­nis­mo.

Las con­di­cio­nes que for­man el régi­men de la pro­pie­dad han esta­do suje­tas siem­pre a cam­bios his­tó­ri­cos, a alte­ra­cio­nes his­tó­ri­cas cons­tan­tes.

Así, por ejem­plo, la Revo­lu­ción fran­ce­sa abo­lió la pro­pie­dad feu­dal para ins­tau­rar sobre sus rui­nas la pro­pie­dad bur­gue­sa.

Lo que carac­te­ri­za al comu­nis­mo no es la abo­li­ción de la pro­pie­dad en gene­ral, sino la abo­li­ción del régi­men de pro­pie­dad de la bur­gue­sía, de esta moder­na ins­ti­tu­ción de la pro­pie­dad pri­va­da bur­gue­sa, expre­sión últi­ma y la más aca­ba­da de ese régi­men de pro­duc­ción y apro­pia­ción de lo pro­du­ci­do que repo­sa sobre el anta­go­nis­mo de dos cla­ses, sobre la explo­ta­ción de unos hom­bres por otros.

Así enten­di­da, sí pue­den los comu­nis­tas resu­mir su teo­ría en esa fór­mu­la: abo­li­ción de la pro­pie­dad pri­va­da.

Se nos repro­cha que que­re­mos des­truir la pro­pie­dad per­so­nal bien adqui­ri­da, fru­to del tra­ba­jo y del esfuer­zo humano, esa pro­pie­dad que es para el hom­bre la base de toda liber­tad, el aci­ca­te de todas las acti­vi­da­des y la garan­tía de toda inde­pen­den­cia.

¡La pro­pie­dad bien adqui­ri­da, fru­to del tra­ba­jo y del esfuer­zo humano! ¿Os refe­rís aca­so a la pro­pie­dad del humil­de arte­sano, del peque­ño labrie­go, pre­ce­den­te his­tó­ri­co de la pro­pie­dad bur­gue­sa? No, ésa no nece­si­ta­mos des­truir­la; el desa­rro­llo de la indus­tria lo ha hecho ya y lo está hacien­do a todas horas.

¿O que­réis refe­ri­mos a la moder­na pro­pie­dad pri­va­da de la bur­gue­sía?

Decid­nos: ¿es que el tra­ba­jo asa­la­ria­do, el tra­ba­jo de pro­le­ta­rio, le rin­de pro­pie­dad? No, ni mucho menos. Lo que rin­de es capi­tal, esa for­ma de pro­pie­dad que se nutre de la explo­ta­ción del tra­ba­jo asa­la­ria­do, que sólo pue­de cre­cer y mul­ti­pli­car­se a con­di­ción de engen­drar nue­vo tra­ba­jo asa­la­ria­do para hacer­lo tam­bién obje­to de su explo­ta­ción. La pro­pie­dad, en la for­ma que hoy pre­sen­ta, no admi­te sali­da a este anta­go­nis­mo del capi­tal y el tra­ba­jo asa­la­ria­do. Deten­gá­mo­nos un momen­to a con­tem­plar los dos tér­mi­nos de la antí­te­sis.

Ser capi­ta­lis­ta es ocu­par un pues­to, no sim­ple­men­te per­so­nal, sino social, en el pro­ce­so de la pro­duc­ción. El capi­tal es un pro­duc­to colec­ti­vo y no pue­de poner­se en mar­cha más que por la coope­ra­ción de muchos indi­vi­duos, y aún cabría decir que, en rigor, esta coope­ra­ción abar­ca la acti­vi­dad común de todos los indi­vi­duos de la socie­dad. El capi­tal no es, pues, un patri­mo­nio per­so­nal, sino una poten­cia social.

Los que, por tan­to, aspi­ra­mos a con­ver­tir el capi­tal en pro­pie­dad colec­ti­va, común a todos los miem­bros de la socie­dad, no aspi­ra­mos a con­ver­tir en colec­ti­va una rique­za per­so­nal. A lo úni­co que aspi­ra­mos es a trans­for­mar el carác­ter colec­ti­vo de la pro­pie­dad, a des­po­jar­la de su carác­ter de cla­se.

Hable­mos aho­ra del tra­ba­jo asa­la­ria­do.

El pre­cio medio del tra­ba­jo asa­la­ria­do es el míni­mo del sala­rio, es decir, la suma de víve­res nece­sa­ria para sos­te­ner al obre­ro como tal obre­ro. Todo lo que el obre­ro asa­la­ria­do adquie­re con su tra­ba­jo es, pues, lo que estric­ta­men­te nece­si­ta para seguir vivien­do y tra­ba­jan­do. Noso­tros no aspi­ra­mos en modo alguno a des­truir este régi­men de apro­pia­ción per­so­nal de los pro­duc­tos de un tra­ba­jo enca­mi­na­do a crear medios de vida: régi­men de apro­pia­ción que no deja, como vemos, el menor mar­gen de ren­di­mien­to líqui­do y, con él, la posi­bi­li­dad de ejer­cer influen­cia sobre los demás hom­bres. A lo que aspi­ra­mos es a des­truir el carác­ter opro­bio­so de este régi­men de apro­pia­ción en que el obre­ro sólo vive para mul­ti­pli­car el capi­tal, en que vive tan sólo en la medi­da en que el inte­rés de la cla­se domi­nan­te acon­se­ja que viva.

En la socie­dad bur­gue­sa, el tra­ba­jo vivo del hom­bre no es más que un medio de incre­men­tar el tra­ba­jo acu­mu­la­do. En la socie­dad comu­nis­ta, el tra­ba­jo acu­mu­la­do será, por el con­tra­rio, un sim­ple medio para dila­tar, fomen­tar y enri­que­cer la vida del obre­ro.

En la socie­dad bur­gue­sa es, pues, el pasa­do el que impe­ra sobre el pre­sen­te; en la comu­nis­ta, impe­ra­rá el pre­sen­te sobre el pasa­do. En la socie­dad bur­gue­sa se reser­va al capi­tal toda per­so­na­li­dad e ini­cia­ti­va; el indi­vi­duo tra­ba­ja­dor care­ce de ini­cia­ti­va y per­so­na­li­dad.

¡Y a la abo­li­ción de estas con­di­cio­nes, lla­ma la bur­gue­sía abo­li­ción de la per­so­na­li­dad y la liber­tad! Y, sin embar­go, tie­ne razón. Aspi­ra­mos, en efec­to, a ver abo­li­das la per­so­na­li­dad, la inde­pen­den­cia y la liber­tad bur­gue­sa.

Por liber­tad se entien­de, den­tro del régi­men bur­gués de la pro­duc­ción, el libre­cam­bio, la liber­tad de com­prar y ven­der.

Des­apa­re­ci­do el trá­fi­co, des­apa­re­ce­rá tam­bién, for­zo­sa­men­te el libre trá­fi­co. La apo­lo­gía del libre trá­fi­co, como en gene­ral todos los diti­ram­bos a la liber­tad que ento­na nues­tra bur­gue­sía, sólo tie­nen sen­ti­do y razón de ser en cuan­to sig­ni­fi­can la eman­ci­pa­ción de las tra­bas y la ser­vi­dum­bre de la Edad Media, pero pali­de­cen ante la abo­li­ción comu­nis­ta del trá­fi­co, de las con­di­cio­nes bur­gue­sas de pro­duc­ción y de la pro­pia bur­gue­sía.

Os ate­rráis de que que­ra­mos abo­lir la pro­pie­dad pri­va­da, ¡cómo si ya en el seno de vues­tra socie­dad actual, la pro­pie­dad pri­va­da no estu­vie­se abo­li­da para nue­ve déci­mas par­tes de la pobla­ción, como si no exis­tie­se pre­ci­sa­men­te a cos­ta de no exis­tir para esas nue­ve déci­mas par­tes! ¿Qué es, pues, lo que en rigor nos repro­cháis? Que­rer des­truir un régi­men de pro­pie­dad que tie­ne por nece­sa­ria con­di­ción el des­po­jo de la inmen­sa mayo­ría de la socie­dad.

Nos repro­cháis, para decir­lo de una vez, que­rer abo­lir vues­tra pro­pie­dad. Pues sí, a eso es a lo que aspi­ra­mos.

Para voso­tros, des­de el momen­to en que el tra­ba­jo no pue­da con­ver­tir­se ya en capi­tal, en dine­ro, en ren­ta, en un poder social mono­po­li­za­ble; des­de el momen­to en que la pro­pie­dad per­so­nal no pue­da ya tro­car­se en pro­pie­dad bur­gue­sa, la per­so­na no exis­te.

Con eso con­fe­sáis que para voso­tros no hay más per­so­na que el bur­gués, el capi­ta­lis­ta. Pues bien, la per­so­na­li­dad así con­ce­bi­da es la que noso­tros aspi­ra­mos a des­truir.

El comu­nis­mo no pri­va a nadie del poder de apro­piar­se pro­duc­tos socia­les; lo úni­co que no admi­te es el poder de usur­par por medio de esta apro­pia­ción el tra­ba­jo ajeno.

Se argu­ye que, abo­li­da la pro­pie­dad pri­va­da, cesa­rá toda acti­vi­dad y rei­na­rá la indo­len­cia uni­ver­sal.

Si esto fue­se ver­dad, ya hace mucho tiem­po que se habría estre­lla­do con­tra el esco­llo de la hol­gan­za una socie­dad como la bur­gue­sa, en que los que tra­ba­jan no adquie­ren y los que adquie­ren, no tra­ba­jan. Vues­tra obje­ción vie­ne a redu­cir­se, en fin de cuen­tas, a una ver­dad que no nece­si­ta de demos­tra­ción, y es que, al des­apa­re­cer el capi­tal, des­apa­re­ce­rá tam­bién el tra­ba­jo asa­la­ria­do.

Las obje­cio­nes for­mu­la­das con­tra el régi­men comu­nis­ta de apro­pia­ción y pro­duc­ción mate­rial, se hacen exten­si­vas a la pro­duc­ción y apro­pia­ción de los pro­duc­tos espi­ri­tua­les. Y así como el des­truir la pro­pie­dad de cla­ses equi­va­le, para el bur­gués, a des­truir la pro­duc­ción, el des­truir la cul­tu­ra de cla­se es para él sinó­ni­mo de des­truir la cul­tu­ra en gene­ral.

Esa cul­tu­ra cuya pér­di­da tan­to deplo­ra, es la que con­vier­te en una máqui­na a la inmen­sa mayo­ría de la socie­dad.

Al dis­cu­tir con noso­tros y cri­ti­car la abo­li­ción de la pro­pie­dad bur­gue­sa par­tien­do de vues­tras ideas bur­gue­sas de liber­tad, cul­tu­ra, dere­cho, etc., no os dais cuen­ta de que esas mis­mas ideas son otros tan­tos pro­duc­tos del régi­men bur­gués de pro­pie­dad y de pro­duc­ción, del mis­mo modo que vues­tro dere­cho no es más que la volun­tad de vues­tra cla­se ele­va­da a ley: una volun­tad que tie­ne su con­te­ni­do y encar­na­ción en las con­di­cio­nes mate­ria­les de vida de vues­tra cla­se.

Com­par­tís con todas las cla­ses domi­nan­tes que han exis­ti­do y pere­cie­ron la idea intere­sa­da de que vues­tro régi­men de pro­duc­ción y de pro­pie­dad, obra de con­di­cio­nes his­tó­ri­cas que des­apa­re­cen en el trans­cur­so de la pro­duc­ción, des­can­sa sobre leyes natu­ra­les eter­nas y sobre los dic­ta­dos de la razón. Os expli­cáis que haya pere­ci­do la pro­pie­dad anti­gua, os expli­cáis que pere­cie­ra la pro­pie­dad feu­dal; lo que no os podéis expli­car es que perez­ca la pro­pie­dad bur­gue­sa, vues­tra pro­pie­dad.

¡Abo­li­ción de la fami­lia! Al hablar de estas inten­cio­nes satá­ni­cas de los comu­nis­tas, has­ta los más radi­ca­les gri­tan escán­da­lo.

Pero vea­mos: ¿en qué se fun­da la fami­lia actual, la fami­lia bur­gue­sa? En el capi­tal, en el lucro pri­va­do. Sólo la bur­gue­sía tie­ne una fami­lia, en el pleno sen­ti­do de la pala­bra; y esta fami­lia encuen­tra su com­ple­men­to en la caren­cia for­zo­sa de rela­cio­nes fami­lia­res de los pro­le­ta­rios y en la públi­ca pros­ti­tu­ción.

Es natu­ral que ese tipo de fami­lia bur­gue­sa des­apa­rez­ca al des­apa­re­cer su com­ple­men­to, y que una y otra dejen de exis­tir al dejar de exis­tir el capi­tal, que le sir­ve de base.

¿Nos repro­cháis aca­so que aspi­re­mos a abo­lir la explo­ta­ción de los hijos por sus padres? Sí, es cier­to, a eso aspi­ra­mos.

Pero es, decís, que pre­ten­de­mos des­truir la inti­mi­dad de la fami­lia, suplan­tan­do la edu­ca­ción domés­ti­ca por la social.

¿Aca­so vues­tra pro­pia edu­ca­ción no está tam­bién influi­da por la socie­dad, por las con­di­cio­nes socia­les en que se desa­rro­lla, por la intro­mi­sión más o menos direc­ta en ella de la socie­dad a tra­vés de la escue­la, etc.? No son pre­ci­sa­men­te los comu­nis­tas los que inven­tan esa intro­mi­sión de la socie­dad en la edu­ca­ción; lo que ellos hacen es modi­fi­car el carác­ter que hoy tie­ne y sus­traer la edu­ca­ción a la influen­cia de la cla­se domi­nan­te.

Esos tópi­cos bur­gue­ses de la fami­lia y la edu­ca­ción, de la inti­mi­dad de las rela­cio­nes entre padres e hijos, son tan­to más gro­tes­cos y des­ca­ra­dos cuan­to más la gran indus­tria va des­ga­rran­do los lazos fami­lia­res de los pro­le­ta­rios y con­vir­tien­do a los hijos en sim­ples mer­can­cías y meros ins­tru­men­tos de tra­ba­jo.

¡Pero es que voso­tros, los comu­nis­tas, nos gri­ta a coro la bur­gue­sía ente­ra, pre­ten­déis colec­ti­vi­zar a las muje­res!

El bur­gués, que no ve en su mujer más que un sim­ple ins­tru­men­to de pro­duc­ción, al oír­nos pro­cla­mar la nece­si­dad de que los ins­tru­men­tos de pro­duc­ción sean explo­ta­dos colec­ti­va­men­te, no pue­de por menos de pen­sar que el régi­men colec­ti­vo se hará exten­si­vo igual­men­te a la mujer.

No advier­te que de lo que se tra­ta es pre­ci­sa­men­te de aca­bar con la situa­ción de la mujer como mero ins­tru­men­to de pro­duc­ción.

Nada más ridícu­lo, por otra par­te, que esos alar­des de indig­na­ción, hen­chi­da de alta moral de nues­tros bur­gue­ses, al hablar de la tan cacarea­da colec­ti­vi­za­ción de las muje­res por el comu­nis­mo. No; los comu­nis­tas no tie­nen que moles­tar­se en implan­tar lo que ha exis­ti­do siem­pre o casi siem­pre en la socie­dad.

Nues­tros bur­gue­ses, no bas­tán­do­les, por lo vis­to, con tener a su dis­po­si­ción a las muje­res y a los hijos de sus pro­le­ta­rios -¡y no hable­mos de la pros­ti­tu­ción ofi­cial!-, sien­ten una gran­dí­si­ma frui­ción en sedu­cir­se unos a otros sus muje­res.

En reali­dad, el matri­mo­nio bur­gués es ya la comu­ni­dad de las espo­sas. A lo sumo, podría repro­char­se a los comu­nis­tas el pre­ten­der sus­ti­tuir este hipó­cri­ta y reca­ta­do régi­men colec­ti­vo de hoy por una colec­ti­vi­za­ción ofi­cial, fran­ca y abier­ta, de la mujer. Por lo demás, fácil es com­pren­der que, al abo­lir­se el régi­men actual de pro­duc­ción, des­apa­re­ce­rá con él el sis­te­ma de comu­ni­dad de la mujer que engen­dra, y que se refu­gia en la pros­ti­tu­ción, en la ofi­cial y en la encu­bier­ta.

A los comu­nis­tas se nos repro­cha tam­bién que que­ra­mos abo­lir la patria, la nacio­na­li­dad.

Los tra­ba­ja­do­res no tie­nen patria. Mal se les pue­de qui­tar lo que no tie­nen. No obs­tan­te, sien­do la mira inme­dia­ta del pro­le­ta­ria­do la con­quis­ta del Poder polí­ti­co, su exal­ta­ción a cla­se nacio­nal, a nación, es evi­den­te que tam­bién en él resi­de un sen­ti­do nacio­nal, aun­que ese sen­ti­do no coin­ci­da ni mucho menos con el de la bur­gue­sía.

Ya el pro­pio desa­rro­llo de la bur­gue­sía, el libre­cam­bio, el mer­ca­do mun­dial, la uni­for­mi­dad rei­nan­te en la pro­duc­ción indus­trial, con las con­di­cio­nes de vida que engen­dra, se encar­gan de borrar más y más las dife­ren­cias y anta­go­nis­mos nacio­na­les.

El triun­fo del pro­le­ta­ria­do aca­ba­rá de hacer­los des­apa­re­cer. La acción con­jun­ta de los pro­le­ta­rios, a lo menos en las nacio­nes civi­li­za­das, es una de las con­di­cio­nes pri­mor­dia­les de su eman­ci­pa­ción. En la medi­da y a la par que vaya des­apa­re­cien­do la explo­ta­ción de unos indi­vi­duos por otros, des­apa­re­ce­rá tam­bién la explo­ta­ción de unas nacio­nes por otras.

Con el anta­go­nis­mo de las cla­ses en el seno de cada nación, se borra­rá la hos­ti­li­dad de las nacio­nes entre sí.

No que­re­mos entrar a ana­li­zar las acu­sa­cio­nes que se hacen con­tra el comu­nis­mo des­de el pun­to de vis­ta reli­gio­so-filo­só­fi­co e ideo­ló­gi­co en gene­ral.

No hace fal­ta ser un lin­ce para ver que, al cam­biar las con­di­cio­nes de vida, las rela­cio­nes socia­les, la exis­ten­cia social del hom­bre, cam­bian tam­bién sus ideas, sus opi­nio­nes y sus con­cep­tos, su con­cien­cia, en una pala­bra.

La his­to­ria de las ideas es una prue­ba pal­ma­ria de cómo cam­bia y se trans­for­ma la pro­duc­ción espi­ri­tual con la mate­rial. Las ideas impe­ran­tes en una épo­ca han sido siem­pre las ideas pro­pias de la cla­se impe­ran­te .

Se habla de ideas que revo­lu­cio­nan a toda una socie­dad; con ello, no se hace más que dar expre­sión a un hecho, y es que en el seno de la socie­dad anti­gua han ger­mi­na­do ya los ele­men­tos para la nue­va, y a la par que se esfu­man o derrum­ban las anti­guas con­di­cio­nes de vida, se derrum­ban y esfu­man las ideas anti­guas.

Cuan­do el mun­do anti­guo esta­ba a pun­to de des­apa­re­cer, las reli­gio­nes anti­guas fue­ron ven­ci­das y suplan­ta­das por el cris­tia­nis­mo. En el siglo XVIII, cuan­do las ideas cris­tia­nas sucum­bían ante el racio­na­lis­mo, la socie­dad feu­dal pug­na­ba deses­pe­ra­da­men­te, hacien­do un últi­mo esfuer­zo, con la bur­gue­sía, enton­ces revo­lu­cio­na­ria. Las ideas de liber­tad de con­cien­cia y de liber­tad reli­gio­sa no hicie­ron más que pro­cla­mar el triun­fo de la libre con­cu­rren­cia en el mun­do ideo­ló­gi­co.

Se nos dirá que las ideas reli­gio­sas, mora­les, filo­só­fi­cas, polí­ti­cas, jurí­di­cas, etc., aun­que sufran alte­ra­cio­nes a lo lar­go de la his­to­ria, lle­van siem­pre un fon­do de peren­ni­dad, y que por deba­jo de esos cam­bios siem­pre ha habi­do una reli­gión, una moral, una filo­so­fía, una polí­ti­ca, un dere­cho.

Ade­más, se segui­rá argu­yen­do, exis­ten ver­da­des eter­nas, como la liber­tad, la jus­ti­cia, etc., comu­nes a todas las socie­da­des y a todas las eta­pas de pro­gre­so de la socie­dad. Pues bien, el comu­nis­mo ‑con­ti­núa el argu­men­to- vie­ne a des­truir estas ver­da­des eter­nas, la moral, la reli­gión, y no a sus­ti­tuir­las por otras nue­vas; vie­ne a inte­rrum­pir vio­len­ta­men­te todo el desa­rro­llo his­tó­ri­co ante­rior.

Vea­mos a qué que­da redu­ci­da esta acu­sa­ción.

Has­ta hoy, toda la his­to­ria de la socie­dad ha sido una cons­tan­te suce­sión de anta­go­nis­mos de cla­ses, que revis­ten diver­sas moda­li­da­des, según las épo­cas.

Mas, cual­quie­ra que sea la for­ma que en cada caso adop­te, la explo­ta­ción de una par­te de la socie­dad por la otra es un hecho común a todas las épo­cas del pasa­do. Nada tie­ne, pues, de extra­ño que la con­cien­cia social de todas las épo­cas se aten­ga, a des­pe­cho de toda la varie­dad y de todas las diver­gen­cias, a cier­tas for­mas comu­nes, for­mas de con­cien­cia has­ta que el anta­go­nis­mo de cla­ses que las infor­ma no des­apa­rez­ca radi­cal­men­te.

La revo­lu­ción comu­nis­ta vie­ne a rom­per de la mane­ra más radi­cal con el régi­men tra­di­cio­nal de la pro­pie­dad; nada tie­ne, pues, de extra­ño que se vea obli­ga­da a rom­per, en su desa­rro­llo, de la mane­ra tam­bién más radi­cal, con las ideas tra­di­cio­na­les.

Pero no que­re­mos dete­ner­nos por más tiem­po en los repro­ches de la bur­gue­sía con­tra el comu­nis­mo.

Ya deja­mos dicho que el pri­mer paso de la revo­lu­ción obre­ra será la exal­ta­ción del pro­le­ta­ria­do al Poder, la con­quis­ta de la demo­cra­cia .

El pro­le­ta­ria­do se val­drá del Poder para ir des­po­jan­do pau­la­ti­na­men­te a la bur­gue­sía de todo el capi­tal, de todos los ins­tru­men­tos de la pro­duc­ción, cen­tra­li­zán­do­los en manos del Esta­do, es decir, del pro­le­ta­ria­do orga­ni­za­do como cla­se gober­nan­te, y pro­cu­ran­do fomen­tar por todos los medios y con la mayor rapi­dez posi­ble las ener­gías pro­duc­ti­vas.

Cla­ro está que, al prin­ci­pio, esto sólo podrá lle­var­se a cabo median­te una acción des­pó­ti­ca sobre la pro­pie­dad y el régi­men bur­gués de pro­duc­ción, por medio de medi­das que, aun­que de momen­to parez­can eco­nó­mi­ca­men­te insu­fi­cien­tes e insos­te­ni­bles, en el trans­cur­so del movi­mien­to serán un gran resor­te pro­pul­sor y de las que no pue­de pres­cin­die­se como medio para trans­for­mar todo el régi­men de pro­duc­ción vigen­te.

Estas medi­das no podrán ser las mis­mas, natu­ral­men­te, en todos los paí­ses.

Para los más pro­gre­si­vos men­cio­na­re­mos unas cuan­tas, sus­cep­ti­bles, sin duda, de ser apli­ca­das con carác­ter más o menos gene­ral, según los casos .

1.a Expro­pia­ción de la pro­pie­dad inmue­ble y apli­ca­ción de la ren­ta del sue­lo a los gas­tos públi­cos.

2.a Fuer­te impues­to pro­gre­si­vo.

3.a Abo­li­ción del dere­cho de heren­cia.

4.a Con­fis­ca­ción de la for­tu­na de los emi­gra­dos y rebel­des.

5.a Cen­tra­li­za­ción del cré­di­to en el Esta­do por medio de un Ban­co nacio­nal con capi­tal del Esta­do y régi­men de mono­po­lio.

6.a Nacio­na­li­za­ción de los trans­por­tes.

7.a Mul­ti­pli­ca­ción de las fábri­cas nacio­na­les y de los medios de pro­duc­ción, rotu­ra­ción y mejo­ra de terre­nos con arre­glo a un plan colec­ti­vo.

8.a Pro­cla­ma­ción del deber gene­ral de tra­ba­jar; crea­ción de ejér­ci­tos indus­tria­les, prin­ci­pal­men­te en el cam­po.

9.a Arti­cu­la­ción de las explo­ta­cio­nes agrí­co­las e indus­tria­les; ten­den­cia a ir borran­do gra­dual­men­te las dife­ren­cias entre el cam­po y la ciu­dad.

10.a Edu­ca­ción públi­ca y gra­tui­ta de todos los niños. Prohi­bi­ción del tra­ba­jo infan­til en las fábri­cas bajo su for­ma actual. Régi­men com­bi­na­do de la edu­ca­ción con la pro­duc­ción mate­rial, etc.

Tan pron­to como, en el trans­cur­so del tiem­po, hayan des­apa­re­ci­do las dife­ren­cias de cla­se y toda la pro­duc­ción esté con­cen­tra­da en manos de la socie­dad, el Esta­do per­de­rá todo carác­ter polí­ti­co. El Poder polí­ti­co no es, en rigor, más que el poder orga­ni­za­do de una cla­se para la opre­sión de la otra. El pro­le­ta­ria­do se ve for­za­do a orga­ni­zar­se como cla­se para luchar con­tra la bur­gue­sía; la revo­lu­ción le lle­va al Poder; mas tan pron­to como des­de él, como cla­se gober­nan­te, derri­be por la fuer­za el régi­men vigen­te de pro­duc­ción, con éste hará des­apa­re­cer las con­di­cio­nes que deter­mi­nan el anta­go­nis­mo de cla­ses, las cla­ses mis­mas, y, por tan­to, su pro­pia sobe­ra­nía como tal cla­se.

Y a la vie­ja socie­dad bur­gue­sa, con sus cla­ses y sus anta­go­nis­mos de cla­se, sus­ti­tui­rá una aso­cia­ción en que el libre desa­rro­llo de cada uno con­di­cio­ne el libre desa­rro­llo de todos.

III
LITERATURA SOCIALISTA Y COMUNISTA


1. El socia­lis­mo reac­cio­na­rio

a) El socia­lis­mo feu­dal

La aris­to­cra­cia fran­ce­sa e ingle­sa, que no se resig­na­ba a aban­do­nar su pues­to his­tó­ri­co, se dedi­có, cuan­do ya no pudo hacer otra cosa, a escri­bir libe­los con­tra la moder­na socie­dad bur­gue­sa. En la revo­lu­ción fran­ce­sa de julio de 1830, en el movi­mien­to refor­mis­ta inglés, vol­vió a sucum­bir, arro­lla­da por el odia­do intru­so. Y no pudien­do dar ya nin­gu­na bata­lla polí­ti­ca seria, no le que­da­ba más arma que la plu­ma. Mas tam­bién en la pales­tra lite­ra­ria habían cam­bia­do los tiem­pos; ya no era posi­ble seguir emplean­do el len­gua­je de la épo­ca de la Res­tau­ra­ción. Para ganar­se sim­pa­tías, la aris­to­cra­cia hubo de olvi­dar apa­ren­te­men­te sus intere­ses y acu­sar a la bur­gue­sía, sin tener pre­sen­te más inte­rés que el de la cla­se obre­ra explo­ta­da. De este modo, se daba el gus­to de pro­vo­car a su adver­sa­rio y ven­ce­dor con ame­na­zas y de musi­tar­le al oído pro­fe­cías más o menos catas­tró­fi­cas.

Nació así, el socia­lis­mo feu­dal, una mez­cla de lamen­to, eco del pasa­do y rumor sor­do del por­ve­nir; un socia­lis­mo que de vez en cuan­do ases­ta­ba a la bur­gue­sía un gol­pe en medio del cora­zón con sus jui­cios sar­dó­ni­cos y ace­ra­dos, pero que casi siem­pre movía a risa por su total inca­pa­ci­dad para com­pren­der la mar­cha de la his­to­ria moder­na.

Con el fin de atraer hacia sí al pue­blo, tre­mo­la­ba el saco del men­di­go pro­le­ta­rio por ban­de­ra. Pero cuan­tas veces lo seguía, el pue­blo veía bri­llar en las espal­das de los cau­di­llos las vie­jas armas feu­da­les y se dis­per­sa­ba con una riso­ta­da nada con­te­ni­da y bas­tan­te irres­pe­tuo­sa.

Una par­te de los legi­ti­mis­tas fran­ce­ses y la joven Ingla­te­rra, fue­ron los más per­fec­tos orga­ni­za­do­res de este espec­tácu­lo.

Esos seño­res feu­da­les, que tan­to insis­ten en demos­trar que sus modos de explo­ta­ción no se pare­cían en nada a los de la bur­gue­sía, se olvi­dan de una cosa, y es de que las cir­cuns­tan­cias y con­di­cio­nes en que ellos lle­va­ban a cabo su explo­ta­ción han des­apa­re­ci­do. Y, al enor­gu­lle­cer­se de que bajo su régi­men no exis­tía el moderno pro­le­ta­ria­do, no advier­ten que esta bur­gue­sía moder­na que tan­to abo­mi­nan, es un pro­duc­to his­tó­ri­ca­men­te nece­sa­rio de su orden social.

Por lo demás, no se moles­tan gran cosa en encu­brir el sello reac­cio­na­rio de sus doc­tri­nas, y así se expli­ca que su más rabio­sa acu­sa­ción con­tra la bur­gue­sía sea pre­ci­sa­men­te el crear y fomen­tar bajo su régi­men una cla­se que está lla­ma­da a derruir todo el orden social here­da­do.

Lo que más repro­chan a la bur­gue­sía no es el engen­drar un pro­le­ta­ria­do, sino el engen­drar un pro­le­ta­ria­do revo­lu­cio­na­rio.

Por eso, en la prác­ti­ca están siem­pre dis­pues­tos a tomar par­te en todas las vio­len­cias y repre­sio­nes con­tra la cla­se obre­ra, y en la pro­sai­ca reali­dad se resig­nan, pese a todas las retó­ri­cas ampu­lo­sas, a reco­lec­tar tam­bién los hue­vos de oro y a tro­car la noble­za, el amor y el honor caba­lle­res­cos por el vil trá­fi­co en lana, remo­la­cha y aguar­dien­te.

Como los curas van siem­pre del bra­zo de los seño­res feu­da­les, no es extra­ño que con este socia­lis­mo feu­dal ven­ga a con­fluir el socia­lis­mo cle­ri­cal.

Nada más fácil que dar al asce­tis­mo cris­tiano un bar­niz socia­lis­ta. ¿No com­ba­tió tam­bién el cris­tia­nis­mo con­tra la pro­pie­dad pri­va­da, con­tra el matri­mo­nio, con­tra el Esta­do? ¿No pre­di­có fren­te a las ins­ti­tu­cio­nes la cari­dad y la limos­na, el celi­ba­to y el cas­ti­go de la car­ne, la vida monás­ti­ca y la Igle­sia? El socia­lis­mo cris­tiano es el hiso­pa­zo con que el clé­ri­go ben­di­ce el des­pe­cho del aris­tó­cra­ta.

b) El socia­lis­mo peque­ño­bur­gués

La aris­to­cra­cia feu­dal no es la úni­ca cla­se derro­ca­da por la bur­gue­sía, la úni­ca cla­se cuyas con­di­cio­nes de vida ha veni­do a opri­mir y matar la socie­dad bur­gue­sa moder­na. Los villa­nos medie­va­les y los peque­ños labrie­gos fue­ron los pre­cur­so­res de la moder­na bur­gue­sía. Y en los paí­ses en que la indus­tria y el comer­cio no han alcan­za­do un nivel sufi­cien­te de desa­rro­llo, esta cla­se sigue vege­tan­do al lado de la bur­gue­sía ascen­sio­nal.

En aque­llos otros paí­ses en que la civi­li­za­ción moder­na alcan­za un cier­to gra­do de pro­gre­so, ha veni­do a for­mar­se una nue­va cla­se peque­ño­bur­gue­sa que flo­ta entre la bur­gue­sía y el pro­le­ta­ria­do y que, si bien gira cons­tan­te­men­te en torno a la socie­dad bur­gue­sa como saté­li­te suyo, no hace más que brin­dar nue­vos ele­men­tos al pro­le­ta­ria­do, pre­ci­pi­ta­dos a éste por la con­cu­rren­cia; al desa­rro­llar­se la gran indus­tria lle­ga un momen­to en que esta par­te de la socie­dad moder­na pier­de su subs­tan­ti­vi­dad y se ve suplan­ta­da en el comer­cio, en la manu­fac­tu­ra, en la agri­cul­tu­ra por los capa­ta­ces y los domés­ti­cos.

En paí­ses como Fran­cia, en que la cla­se labra­do­ra repre­sen­ta mucho más de la mitad de la pobla­ción, era natu­ral que cier­tos escri­to­res, al abra­zar la cau­sa del pro­le­ta­ria­do con­tra la bur­gue­sía, toma­sen por nor­ma, para cri­ti­car el régi­men bur­gués, los intere­ses de los peque­ños bur­gue­ses y los cam­pe­si­nos, sim­pa­ti­zan­do por la cau­sa obre­ra con el idea­rio de la peque­ña bur­gue­sía. Así nació el socia­lis­mo peque­ño­bur­gués. Su repre­sen­tan­te más carac­te­ri­za­do, lo mis­mo en Fran­cia que en Ingla­te­rra, es Sis­mon­di.

Este socia­lis­mo ha ana­li­za­do con una gran agu­de­za las con­tra­dic­cio­nes del moderno régi­men de pro­duc­ción. Ha des­en­mas­ca­ra­do las argu­cias hipó­cri­tas con que pre­ten­den jus­ti­fi­car­las los eco­no­mis­tas. Ha pues­to de relie­ve de modo irre­fu­ta­ble, los efec­tos ani­qui­la­do­res del maqui­nis­mo y la divi­sión del tra­ba­jo, la con­cen­tra­ción de los capi­ta­les y la pro­pie­dad inmue­ble, la super­pro­duc­ción, las cri­sis, la inevi­ta­ble des­apa­ri­ción de los peque­ños bur­gue­ses y labrie­gos, la mise­ria del pro­le­ta­ria­do, la anar­quía rei­nan­te en la pro­duc­ción, las des­igual­da­des irri­tan­tes que cla­man en la dis­tri­bu­ción de la rique­za, la ani­qui­la­do­ra gue­rra indus­trial de unas nacio­nes con­tra otras, la diso­lu­ción de las cos­tum­bres anti­guas, de la fami­lia tra­di­cio­nal, de las vie­jas nacio­na­li­da­des.

Pero en lo que ata­ñe ya a sus fór­mu­las posi­ti­vas, este socia­lis­mo no tie­ne más aspi­ra­ción que res­tau­rar los anti­guos medios de pro­duc­ción y de cam­bio, y con ellos el régi­men tra­di­cio­nal de pro­pie­dad y la socie­dad tra­di­cio­nal, cuan­do no pre­ten­de vol­ver a enca­jar por la fuer­za los moder­nos medios de pro­duc­ción y de cam­bio den­tro del mar­co del régi­men de pro­pie­dad que hicie­ron y for­zo­sa­men­te tenían que hacer sal­tar. En uno y otro caso peca, a la par, de reac­cio­na­rio y de utó­pi­co.

En la manu­fac­tu­ra, la res­tau­ra­ción de los vie­jos gre­mios, y en el cam­po, la implan­ta­ción de un régi­men patriar­cal: he ahí sus dos mag­nas aspi­ra­cio­nes.

Hoy, esta corrien­te socia­lis­ta ha veni­do a caer en una cobar­de modo­rra.

c) El socia­lis­mo ale­mán o «ver­da­de­ro» socia­lis­mo

La lite­ra­tu­ra socia­lis­ta y comu­nis­ta de Fran­cia, naci­da bajo la pre­sión de una bur­gue­sía gober­nan­te y expre­sión lite­ra­ria de la lucha libra­da con­tra su ava­sa­lla­mien­to, fue impor­ta­da en Ale­ma­nia en el mis­mo ins­tan­te en que la bur­gue­sía empe­za­ba a sacu­dir el yugo del abso­lu­tis­mo feu­dal.

Los filó­so­fos, pseu­do­fi­ló­so­fos y gran­des inge­nios del país se asi­mi­la­ron codi­cio­sa­men­te aque­lla lite­ra­tu­ra, pero olvi­dan­do que con las doc­tri­nas no habían pasa­do la fron­te­ra tam­bién las con­di­cio­nes socia­les a que res­pon­dían. Al enfren­tar­se con la situa­ción ale­ma­na, la lite­ra­tu­ra socia­lis­ta fran­ce­sa per­dió toda su impor­tan­cia prác­ti­ca direc­ta, para asu­mir una fiso­no­mía pura­men­te lite­ra­ria y con­ver­tir­se en una ocio­sa espe­cu­la­ción acer­ca del espí­ri­tu humano y de sus pro­yec­cio­nes sobre la reali­dad. Y así, mien­tras que los pos­tu­la­dos de la pri­me­ra revo­lu­ción fran­ce­sa eran, para los filó­so­fos ale­ma­nes del siglo XVIII, los pos­tu­la­dos de la “razón prác­ti­ca” en gene­ral, las aspi­ra­cio­nes de la bur­gue­sía fran­ce­sa revo­lu­cio­na­ria repre­sen­ta­ban a sus ojos las leyes de la volun­tad pura, de la volun­tad ideal, de una volun­tad ver­da­de­ra­men­te huma­na.

La úni­ca preo­cu­pa­ción de los lite­ra­tos ale­ma­nes era armo­ni­zar las nue­vas ideas fran­ce­sas con su vie­ja con­cien­cia filo­só­fi­ca, o, por mejor decir, asi­mi­lar­se des­de su pun­to de vis­ta filo­só­fi­co aque­llas ideas.

Esta asi­mi­la­ción se lle­vó a cabo por el mis­mo pro­ce­di­mien­to con que se asi­mi­la uno una len­gua extran­je­ra: tra­du­cién­do­la.

Todo el mun­do sabe que los mon­jes medie­va­les se dedi­ca­ban a reca­mar los manus­cri­tos que ate­so­ra­ban las obras clá­si­cas del paga­nis­mo con todo géne­ro de insubs­tan­cia­les his­to­rias de san­tos de la Igle­sia cató­li­ca. Los lite­ra­tos ale­ma­nes pro­ce­die­ron con la lite­ra­tu­ra fran­ce­sa pro­fa­na de un modo inver­so. Lo que hicie­ron fue empal­mar sus absur­dos filo­só­fi­cos a los ori­gi­na­les fran­ce­ses. Y así, don­de el ori­gi­nal desa­rro­lla­ba la crí­ti­ca del dine­ro, ellos pusie­ron: “expro­pia­ción del ser humano”; don­de se cri­ti­ca­ba el Esta­do bur­gués: “abo­li­ción del impe­rio de lo gene­ral abs­trac­to”, y así por el esti­lo.

Esta inter­pe­la­ción de locu­cio­nes y gali­ma­tías filo­só­fi­cos en las doc­tri­nas fran­ce­sas, fue bau­ti­za­da con los nom­bres de “filo­so­fía del hecho” , “ver­da­de­ro socia­lis­mo”, “cien­cia ale­ma­na del socia­lis­mo”, “fun­da­men­ta­ción filo­só­fi­ca del socia­lis­mo”, y otros seme­jan­tes.

De este modo, la lite­ra­tu­ra socia­lis­ta y comu­nis­ta fran­ce­sa per­día toda su viri­li­dad. Y como, en manos de los ale­ma­nes, no expre­sa­ba ya la lucha de una cla­se con­tra otra cla­se, el pro­fe­sor ger­mano se hacía la ilu­sión de haber supe­ra­do el “par­cia­lis­mo fran­cés”; a fal­ta de ver­da­de­ras nece­si­da­des pre­go­na­ba la de la ver­dad, y a fal­ta de los intere­ses del pro­le­ta­ria­do man­te­nía los intere­ses del ser humano, del hom­bre en gene­ral, de ese hom­bre que no reco­no­ce cla­ses, que ha deja­do de vivir en la reali­dad para trans­por­tar­se al cie­lo vapo­ro­so de la fan­ta­sía filo­só­fi­ca.

Sin embar­go, este socia­lis­mo ale­mán, que toma­ba tan en serio sus des­ma­ya­dos ejer­ci­cios esco­la­res y que tan­to y tan solem­ne­men­te trom­pe­tea­ba, fue per­dien­do poco a poco su pedan­tes­ca ino­cen­cia.

En la lucha de la bur­gue­sía ale­ma­na, y prin­ci­pal­men­te, de la pru­sia­na, con­tra el régi­men feu­dal y la monar­quía abso­lu­ta, el movi­mien­to libe­ral fue toman­do un cariz más serio.

Esto depa­ra­ba al “ver­da­de­ro” socia­lis­mo la oca­sión ape­te­ci­da para opo­ner al movi­mien­to polí­ti­co las rei­vin­di­ca­cio­nes socia­lis­tas, para ful­mi­nar los con­sa­bi­dos ana­te­mas con­tra el libe­ra­lis­mo, con­tra el Esta­do repre­sen­ta­ti­vo, con­tra la libre con­cu­rren­cia bur­gue­sa, con­tra la liber­tad de Pren­sa, la liber­tad, la igual­dad y el dere­cho bur­gue­ses, pre­di­can­do ante la masa del pue­blo que con este movi­mien­to bur­gués no sal­dría ganan­do nada y sí per­dien­do mucho. El socia­lis­mo ale­mán se cui­da­ba de olvi­dar opor­tu­na­men­te que la crí­ti­ca fran­ce­sa, de la que no era más que un eco sin vida, pre­su­po­nía la exis­ten­cia de la socie­dad bur­gue­sa moder­na, con sus pecu­lia­res con­di­cio­nes mate­ria­les de vida y su orga­ni­za­ción polí­ti­ca ade­cua­da, supues­tos pre­vios ambos en torno a los cua­les gira­ba pre­ci­sa­men­te la lucha en Ale­ma­nia.

Este “ver­da­de­ro” socia­lis­mo les venía al dedi­llo a los gobier­nos abso­lu­tos ale­ma­nes, con toda su cohor­te de clé­ri­gos, maes­tros de escue­la, hidal­güe­los raí­dos y cagatin­tas, pues les ser­vía de espan­ta­pá­ja­ros con­tra la ame­na­za­do­ra bur­gue­sía. Era una espe­cie de meli­fluo com­ple­men­to a los fero­ces lati­ga­zos y a las balas de fusil con que esos gobier­nos reci­bían los levan­ta­mien­tos obre­ros.

Pero el “ver­da­de­ro” socia­lis­mo, ade­más de ser, como vemos, un arma en manos de los gobier­nos con­tra la bur­gue­sía ale­ma­na, encar­na­ba de una mane­ra direc­ta un inte­rés reac­cio­na­rio, el inte­rés de la baja bur­gue­sía del país. La peque­ña bur­gue­sía, here­da­da del siglo XVI y que des­de enton­ces no había cesa­do de aflo­rar bajo diver­sas for­mas y moda­li­da­des, cons­ti­tu­ye en Ale­ma­nia la ver­da­de­ra base social del orden vigen­te.

Con­ser­var esta cla­se es con­ser­var el orden social impe­ran­te. Del pre­do­mi­nio indus­trial y polí­ti­co de la bur­gue­sía teme la rui­na segu­ra, tan­to por la con­cen­tra­ción de capi­ta­les que ello sig­ni­fi­ca, como por­que entra­ña la for­ma­ción de un pro­le­ta­ria­do revo­lu­cio­na­rio. El “ver­da­de­ro” socia­lis­mo venía a cor­tar de un tije­re­ta­zo ‑así se lo ima­gi­na­ba ella- las dos alas de este peli­gro. Por eso, se exten­dió por todo el país como una ver­da­de­ra epi­de­mia.

El ropa­je ampu­lo­so en que los socia­lis­tas ale­ma­nes envol­vían el puña­do de hue­sos de sus “ver­da­des eter­nas”, un ropa­je teji­do con hebras espe­cu­la­ti­vas, bor­da­do con las flo­res retó­ri­cas de su inge­nio, empa­pa­do de nie­blas melan­có­li­cas y román­ti­cas, hacía toda­vía más gus­to­sa la mer­can­cía para ese públi­co.

Por su par­te, el socia­lis­mo ale­mán com­pren­día más cla­ra­men­te cada vez que su misión era la de ser el alto repre­sen­tan­te y aban­de­ra­do de esa baja bur­gue­sía.

Pro­cla­mó a la nación ale­ma­na como nación mode­lo y al súb­di­to ale­mán como el tipo ejem­plar de hom­bre. Dio a todos sus ser­vi­lis­mos y vile­zas un hon­do y ocul­to sen­ti­do socia­lis­ta, tor­nán­do­los en lo con­tra­rio de lo que en reali­dad eran. Y al alzar­se curio­sa­men­te con­tra las ten­den­cias “bar­ba­ras y des­truc­ti­vas” del comu­nis­mo, sub­ra­yan­do como con­tras­te la impar­cia­li­dad subli­me de sus pro­pias doc­tri­nas, aje­nas a toda lucha de cla­ses, no hacía más que sacar la últi­ma con­se­cuen­cia lógi­ca de su sis­te­ma. Toda la pre­ten­di­da lite­ra­tu­ra socia­lis­ta y comu­nis­ta que cir­cu­la por Ale­ma­nia, con poquí­si­mas excep­cio­nes, pro­fe­sa estas doc­tri­nas repug­nan­tes y cas­tra­das .

2. El socia­lis­mo bur­gués o con­ser­va­dor

Una par­te de la bur­gue­sía desea miti­gar las injus­ti­cias socia­les, para de este modo garan­ti­zar la per­du­ra­ción de la socie­dad bur­gue­sa.

Se encuen­tran en este ban­do los eco­no­mis­tas, los filán­tro­pos, los huma­ni­ta­rios, los que aspi­ran a mejo­rar la situa­ción de las cla­ses obre­ras, los orga­ni­za­do­res de actos de bene­fi­cen­cia, las socie­da­des pro­tec­to­ras de ani­ma­les, los pro­mo­to­res de cam­pa­ñas con­tra el alcoho­lis­mo, los pre­di­ca­do­res y refor­ma­do­res socia­les de toda laya.

Pero, ade­más, de este socia­lis­mo bur­gués han sali­do ver­da­de­ros sis­te­mas doc­tri­na­les. Sir­va de ejem­plo la Filo­so­fía de la mise­ria de Proudhon.

Los bur­gue­ses socia­lis­tas con­si­de­ra­rían idea­les las con­di­cio­nes de vida de la socie­dad moder­na sin las luchas y los peli­gros que encie­rran. Su ideal es la socie­dad exis­ten­te, depu­ra­da de los ele­men­tos que la corroen y revo­lu­cio­nan: la bur­gue­sía sin el pro­le­ta­ria­do. Es natu­ral que la bur­gue­sía se repre­sen­te el mun­do en que gobier­na como el mejor de los mun­dos posi­bles. El socia­lis­mo bur­gués ele­va esta idea con­so­la­do­ra a sis­te­ma o semi­sis­te­ma. Y al invi­tar al pro­le­ta­ria­do a que lo reali­ce, toman­do pose­sión de la nue­va Jeru­sa­lén, lo que en reali­dad exi­ge de él es que se aven­ga para siem­pre al actual sis­te­ma de socie­dad, pero des­te­rran­do la deplo­ra­ble idea que de él se for­ma.

Una segun­da moda­li­dad, aun­que menos sis­te­má­ti­ca bas­tan­te más prác­ti­ca, de socia­lis­mo, pre­ten­de ahu­yen­tar a la cla­se obre­ra de todo movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio hacién­do­le ver que lo que a ella le intere­sa no son tales o cua­les cam­bios polí­ti­cos, sino sim­ple­men­te deter­mi­na­das mejo­ras en las con­di­cio­nes mate­ria­les, eco­nó­mi­cas, de su vida. Cla­ro está que este socia­lis­mo se cui­da de no incluir entre los cam­bios que afec­tan a las “con­di­cio­nes mate­ria­les de vida” la abo­li­ción del régi­men bur­gués de pro­duc­ción, que sólo pue­de alcan­zar­se por la vía revo­lu­cio­na­ria; sus aspi­ra­cio­nes se con­traen a esas refor­mas admi­nis­tra­ti­vas que son con­ci­lia­bles con el actual régi­men de pro­duc­ción y que, por tan­to, no tocan para nada a las rela­cio­nes entre el capi­tal y el tra­ba­jo asa­la­ria­do, sir­vien­do sólo ‑en el mejor de los casos- para aba­ra­tar a la bur­gue­sía las cos­tas de su rei­na­do y sanear­le el pre­su­pues­to.

Este socia­lis­mo bur­gués a que nos refe­ri­mos, sólo encuen­tra expre­sión ade­cua­da allí don­de se con­vier­te en mera figu­ra retó­ri­ca.

¡Pedi­mos el libre­cam­bio en inte­rés de la cla­se obre­ra! ¡En inte­rés de la cla­se obre­ra pedi­mos aran­ce­les pro­tec­to­res! ¡Pedi­mos pri­sio­nes celu­la­res en inte­rés de la cla­se tra­ba­ja­do­ra! Hemos dado, por fin, con la supre­ma y úni­ca seria aspi­ra­ción del socia­lis­mo bur­gués.

Todo el socia­lis­mo de la bur­gue­sía se redu­ce, en efec­to, a una tesis y es que los bur­gue­ses lo son y deben seguir sién­do­lo… en inte­rés de la cla­se tra­ba­ja­do­ra.

3. El socia­lis­mo y el comu­nis­mo crí­ti­co-utó­pi­co

No que­re­mos refe­rir­nos aquí a las doc­tri­nas que en todas las gran­des revo­lu­cio­nes moder­nas abra­zan las aspi­ra­cio­nes del pro­le­ta­ria­do (obras de Babeuf, etc.).

Las pri­me­ras ten­ta­ti­vas del pro­le­ta­ria­do para ahon­dar direc­ta­men­te en sus intere­ses de cla­se, en momen­tos de con­mo­ción gene­ral, en el perío­do de derrum­ba­mien­to de la socie­dad feu­dal, tenían que tro­pe­zar nece­sa­ria­men­te con la fal­ta de desa­rro­llo del pro­pio pro­le­ta­ria­do, de una par­te, y de otra con la ausen­cia de las con­di­cio­nes mate­ria­les indis­pen­sa­bles para su eman­ci­pa­ción, que habían de ser el fru­to de la épo­ca bur­gue­sa. La lite­ra­tu­ra revo­lu­cio­na­ria que guía estos pri­me­ros pasos vaci­lan­tes del pro­le­ta­ria­do es, y nece­sa­ria­men­te tenía que ser­lo, juz­ga­da por su con­te­ni­do, reac­cio­na­ria. Estas doc­tri­nas pro­fe­san un asce­tis­mo uni­ver­sal y un tor­pe y vago igua­li­ta­ris­mo.

Los ver­da­de­ros sis­te­mas socia­lis­tas y comu­nis­tas, los sis­te­mas de Saint-Simon, de Fou­rier, de Owen, etc., bro­tan en la pri­me­ra fase embrio­na­ria de las luchas entre el pro­le­ta­ria­do y la bur­gue­sía, tal como más arri­ba la deja­mos esbo­za­da. (V. el capí­tu­lo “Bur­gue­ses y pro­le­ta­rios”).

Cier­to es que los auto­res de estos sis­te­mas pene­tran ya en el anta­go­nis­mo de las cla­ses y en la acción de los ele­men­tos disol­ven­tes que ger­mi­nan en el seno de la pro­pia socie­dad gober­nan­te. Pero no acier­tan toda­vía a ver en el pro­le­ta­ria­do una acción his­tó­ri­ca inde­pen­dien­te, un movi­mien­to polí­ti­co pro­pio y pecu­liar.

Y como el anta­go­nis­mo de cla­se se desa­rro­lla siem­pre a la par con la indus­tria, se encuen­tran con que les fal­tan las con­di­cio­nes mate­ria­les para la eman­ci­pa­ción del pro­le­ta­ria­do, y es en vano que se deba­tan por crear­las median­te una cien­cia social y a fuer­za de leyes socia­les. Esos auto­res pre­ten­den suplan­tar la acción social por su acción per­so­nal espe­cu­la­ti­va, las con­di­cio­nes his­tó­ri­cas que han de deter­mi­nar la eman­ci­pa­ción pro­le­ta­ria por con­di­cio­nes fan­tás­ti­cas que ellos mis­mos se for­jan, la gra­dual orga­ni­za­ción del pro­le­ta­ria­do como cla­se por una orga­ni­za­ción de la socie­dad inven­ta­da a su anto­jo. Para ellos, el cur­so uni­ver­sal de la his­to­ria que ha de venir se cifra en la pro­pa­gan­da y prác­ti­ca eje­cu­ción de sus pla­nes socia­les.

Es cier­to que en esos pla­nes tie­nen la con­cien­cia de defen­der pri­mor­dial­men­te los intere­ses de la cla­se tra­ba­ja­do­ra, pero sólo por­que la con­si­de­ran la cla­se más sufri­da. Es la úni­ca fun­ción en que exis­te para ellos el pro­le­ta­ria­do.

La for­ma embrio­na­ria que toda­vía pre­sen­ta la lucha de cla­ses y las con­di­cio­nes en que se desa­rro­lla la vida de estos auto­res hace que se con­si­de­ren aje­nos a esa lucha de cla­ses y como situa­dos en un plano muy supe­rior. Aspi­ran a mejo­rar las con­di­cio­nes de vida de todos los indi­vi­duos de la socie­dad, inclu­so los mejor aco­mo­da­dos. De aquí que no cesen de ape­lar a la socie­dad ente­ra sin dis­tin­ción, cuan­do no se diri­gen con pre­fe­ren­cia a la pro­pia cla­se gober­nan­te. Abri­gan la segu­ri­dad de que bas­ta cono­cer su sis­te­ma para aca­tar­lo como el plan más per­fec­to para la mejor de las socie­da­des posi­bles.

Por eso, recha­zan todo lo que sea acción polí­ti­ca, y muy prin­ci­pal­men­te la revo­lu­cio­na­ria; quie­ren rea­li­zar sus aspi­ra­cio­nes por la vía pací­fi­ca e inten­tan abrir paso al nue­vo evan­ge­lio social pre­di­can­do con el ejem­plo, por medio de peque­ños expe­ri­men­tos que, natu­ral­men­te, les fallan siem­pre.

Estas des­crip­cio­nes fan­tás­ti­cas de la socie­dad del maña­na bro­tan en una épo­ca en que el pro­le­ta­ria­do no ha alcan­za­do aún la madu­rez, en que, por tan­to, se for­ja toda­vía una serie de ideas fan­tás­ti­cas acer­ca de su des­tino y posi­ción, deján­do­se lle­var por los pri­me­ros impul­sos, pura­men­te intui­ti­vos, de trans­for­mar radi­cal­men­te la socie­dad.

Y, sin embar­go, en estas obras socia­lis­tas y comu­nis­tas hay ya un prin­ci­pio de crí­ti­ca, pues­to que ata­can las bases todas de la socie­dad exis­ten­te. Por eso, han con­tri­bui­do nota­ble­men­te a ilus­trar la con­cien­cia de la cla­se tra­ba­ja­do­ra. Mas, fue­ra de esto, sus doc­tri­nas de carác­ter posi­ti­vo acer­ca de la socie­dad futu­ra, las que pre­di­can, por ejem­plo, que en ella se borra­rán las dife­ren­cias entre la ciu­dad y el cam­po o las que pro­cla­man la abo­li­ción de la fami­lia, de la pro­pie­dad pri­va­da, del tra­ba­jo asa­la­ria­do, el triun­fo de la armo­nía social, la trans­for­ma­ción del Esta­do en un sim­ple orga­nis­mo admi­nis­tra­ti­vo de la pro­duc­ción.… giran todas en torno a la des­apa­ri­ción de la lucha de cla­ses, de esa lucha de cla­ses que empie­za a dibu­jar­se y que ellos ape­nas si cono­cen en su pri­me­ra e infor­me vague­dad. Por eso, todas sus doc­tri­nas y aspi­ra­cio­nes tie­nen un carác­ter pura­men­te utó­pi­co.

La impor­tan­cia de este socia­lis­mo y comu­nis­mo crí­ti­co-utó­pi­co está en razón inver­sa al desa­rro­llo his­tó­ri­co de la socie­dad. Al paso que la lucha de cla­ses se defi­ne y acen­túa, va per­dien­do impor­tan­cia prác­ti­ca y sen­ti­do teó­ri­co esa fan­tás­ti­ca posi­ción de supe­rio­ri­dad res­pec­to a ella, esa fe fan­tás­ti­ca en su supre­sión. Por eso, aun­que algu­nos de los auto­res de estos sis­te­mas socia­lis­tas fue­ran en muchos res­pec­tos ver­da­de­ros revo­lu­cio­na­rios, sus dis­cí­pu­los for­man hoy día sec­tas indis­cu­ti­ble­men­te reac­cio­na­rias, que tre­mo­lan y man­tie­nen imper­té­rri­tas las vie­jas ideas de sus maes­tros fren­te a los nue­vos derro­te­ros his­tó­ri­cos del pro­le­ta­ria­do. Son, pues, con­se­cuen­tes cuan­do pug­nan por miti­gar la lucha de cla­ses y por con­ci­liar lo incon­ci­lia­ble. Y siguen soñan­do con la fun­da­ción de falans­te­rios, con la colo­ni­za­ción inte­rior, con la crea­ción de una peque­ña Ica­ria, edi­ción en minia­tu­ra de la nue­va Jeru­sa­lén… . Y para levan­tar todos esos cas­ti­llos en el aire, no tie­nen más reme­dio que ape­lar a la filan­tró­pi­ca gene­ro­si­dad de los cora­zo­nes y los bol­si­llos bur­gue­ses. Poco a poco van res­ba­lan­do a la cate­go­ría de los socia­lis­tas reac­cio­na­rios o con­ser­va­do­res, de los cua­les sólo se dis­tin­guen por su sis­te­má­ti­ca pedan­te­ría y por el fana­tis­mo supers­ti­cio­so con que comul­gan en las mila­gre­rías de su cien­cia social. He ahí por qué se enfren­tan rabio­sa­men­te con todos los movi­mien­tos polí­ti­cos a que se entre­ga el pro­le­ta­ria­do, lo bas­tan­te cie­go para no creer en el nue­vo evan­ge­lio que ellos le pre­di­can.

En Ingla­te­rra, los owe­nis­tas se alzan con­tra los car­tis­tas, y en Fran­cia, los refor­mis­tas tie­nen enfren­te a los dis­cí­pu­los de Fou­rier.


IV
ACTITUD DE LOS COMUNISTAS ANTE LOS
OTROS PARTIDOS DE LA OPOSICION

Des­pués de lo que deja­mos dicho en el capí­tu­lo II, fácil es com­pren­der la rela­ción que guar­dan los comu­nis­tas con los demás par­ti­dos obre­ros ya exis­ten­tes, con los car­tis­tas ingle­ses y con los refor­ma­do­res agra­rios de Nor­te­amé­ri­ca.

Los comu­nis­tas, aun­que luchan­do siem­pre por alcan­zar los obje­ti­vos inme­dia­tos y defen­der los intere­ses coti­dia­nos de la cla­se obre­ra, repre­sen­tan a la par, den­tro del movi­mien­to actual, su por­ve­nir. En Fran­cia se alían al par­ti­do demo­crá­ti­co-socia­lis­ta con­tra la bur­gue­sía con­ser­va­do­ra y radi­cal, mas sin renun­ciar por esto a su dere­cho de crí­ti­ca fren­te a los tópi­cos y las ilu­sio­nes pro­ce­den­tes de la tra­di­ción revo­lu­cio­na­ria.

En Sui­za apo­yan a los radi­ca­les, sin igno­rar que este par­ti­do es una mez­cla de ele­men­tos con­tra­dic­to­rios: de demó­cra­tas socia­lis­tas, a la mane­ra fran­ce­sa, y de bur­gue­ses radi­ca­les.

En Polo­nia, los comu­nis­tas apo­yan al par­ti­do que sos­tie­ne la revo­lu­ción agra­ria, como con­di­ción pre­via para la eman­ci­pa­ción nacio­nal del país, al par­ti­do que pro­vo­có la insu­rrec­ción de Cra­co­via en 1846.

En Ale­ma­nia, el par­ti­do comu­nis­ta lucha­rá al lado de la bur­gue­sía, mien­tras ésta actúe revo­lu­cio­na­ria­men­te, dan­do con ella la bata­lla a la monar­quía abso­lu­ta, a la gran pro­pie­dad feu­dal y a la peque­ña bur­gue­sía.

Pero todo esto sin dejar un solo ins­tan­te de labo­rar entre los obre­ros, has­ta afir­mar en ellos con la mayor cla­ri­dad posi­ble la con­cien­cia del anta­go­nis­mo hos­til que sepa­ra a la bur­gue­sía del pro­le­ta­ria­do, para que, lle­ga­do el momen­to, los obre­ros ale­ma­nes se encuen­tren pre­pa­ra­dos para vol­ver­se con­tra la bur­gue­sía, como otras tan­tas armas, esas mis­mas con­di­cio­nes polí­ti­cas y socia­les que la bur­gue­sía, una vez que triun­fe, no ten­drá más reme­dio que implan­tar; para que en el ins­tan­te mis­mo en que sean derro­ca­das las cla­ses reac­cio­na­rias comien­ce, auto­má­ti­ca­men­te, la lucha con­tra la bur­gue­sía.

Las mira­das de los comu­nis­tas con­ver­gen con un espe­cial inte­rés sobre Ale­ma­nia, pues no des­co­no­cen que este país está en vís­pe­ras de una revo­lu­ción bur­gue­sa y que esa sacu­di­da revo­lu­cio­na­ria se va a desa­rro­llar bajo las pro­pi­cias con­di­cio­nes de la civi­li­za­ción euro­pea y con un pro­le­ta­ria­do mucho más poten­te que el de Ingla­te­rra en el siglo XVII y el de Fran­cia en el XVIII, razo­nes todas para que la revo­lu­ción ale­ma­na bur­gue­sa que se ave­ci­na no sea más que el pre­lu­dio inme­dia­to de una revo­lu­ción pro­le­ta­ria.

Resu­mien­do: los comu­nis­tas apo­yan en todas par­tes, como se ve, cuan­tos movi­mien­tos revo­lu­cio­na­rios se plan­teen con­tra el régi­men social y polí­ti­co impe­ran­te.

En todos estos movi­mien­tos se ponen de relie­ve el régi­men de la pro­pie­dad, cual­quie­ra que sea la for­ma más o menos pro­gre­si­va que revis­ta, como la cues­tión fun­da­men­tal que se ven­ti­la.

Final­men­te, los comu­nis­tas labo­ran por lle­gar a la unión y la inte­li­gen­cia de los par­ti­dos demo­crá­ti­cos de todos los paí­ses.

Los comu­nis­tas no tie­nen por qué guar­dar encu­bier­tas sus ideas e inten­cio­nes. Abier­ta­men­te decla­ran que sus obje­ti­vos sólo pue­den alcan­zar­se derro­can­do por la vio­len­cia todo el orden social exis­ten­te. Tiem­blen, si quie­ren, las cla­ses gober­nan­tes, ante la pers­pec­ti­va de una revo­lu­ción comu­nis­ta. Los pro­le­ta­rios, con ella, no tie­nen nada que per­der, como no sea sus cade­nas. Tie­nen, en cam­bio, un mun­do ente­ro que ganar.

¡Pro­le­ta­rios de todos los Paí­ses, uníos! .


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