El secre­to de Guan­tá­na­mo por Thierry Meyssa

Todos recor­da­mos las fotos de tor­tu­ras que cir­cu­la­ron por Inter­net. Se pre­sen­ta­ban como tro­feos de gue­rra que habían reco­gi­do unos cuan­tos sol­da­dos esta­dou­ni­den­ses. Pero, al no poder veri­fi­car su auten­ti­ci­dad, los gran­des medios de difu­sión no se atre­vían a repro­du­cir­las. En 2004, la cade­na CBS les dedi­có un repor­ta­je. Comen­zó así un gran movi­mien­to de denun­cia de los malos tra­tos infli­gi­dos a los iraquíes.

La cár­cel de Abu Ghraib demos­tra­ba que la supues­ta gue­rra con­tra la dic­ta­du­ra de Sadam Husein era en reali­dad una gue­rra de ocu­pa­ción como cual­quier otra, con la mis­ma secue­la de crí­me­nes. Washing­ton ase­gu­ró, como era de espe­rar, que se tra­ta­ba de exce­sos come­ti­dos a espal­das de los man­dos por unos cuan­tos indi­vi­duos no repre­sen­ta­ti­vos, cali­fi­ca­dos como «man­za­nas podri­das». Algu­nos sol­da­dos fue­ron arres­ta­dos y juz­ga­dos para que sir­vie­ran de ejem­plo. Y se cerró el caso has­ta las siguien­tes revelaciones.

Simul­tá­nea­men­te, la CIA y el Pen­tá­gono iban pre­pa­ran­do a la opi­nión públi­ca, tan­to en Esta­dos Uni­dos como en los paí­ses alia­dos, para un cam­bio de valo­res mora­les. La CIA había nom­bra­do un agen­te de enla­ce con Holly­wood, el coro­nel Cha­se Bran­don (un pri­mo de Tommy Lee Jones), y con­tra­ta­do a céle­bres escri­to­res (como Tom Clancy) y guio­nis­tas para escri­bir nue­vos guio­nes para pelí­cu­las y series de tele­vi­sión. Obje­ti­vo: estig­ma­ti­zar la cul­tu­ra musul­ma­na y bana­li­zar la tor­tu­ra como par­te de la lucha con­tra el terro­ris­mo. Como ejem­plo de ello, las aven­tu­ras del agen­te Jack Bauer, en la serie 24h, han sido abun­dan­te­men­te sub­ven­cio­na­das por la CIA para que cada tem­po­ra­da lle­va­ra un poco más lejos los lími­tes de lo aceptable.

En los pri­me­ros epi­so­dios, el héroe inti­mi­da a los sos­pe­cho­sos para sacar­les infor­ma­ción. En los epi­so­dios siguien­tes, todos los per­so­na­jes sos­pe­chan unos de otros, y se tor­tu­ran entre sí, con más o menos escrú­pu­los y cada vez más segu­ros de que están cum­plien­do con su deber. En la ima­gi­na­ción colec­ti­va, siglos de huma­nis­mo fue­ron así barri­dos y se impu­so una nue­va bar­ba­rie. Esto per­mi­tía al cro­nis­ta del Washing­ton Post, Char­les Krautham­mer (que ade­más es siquia­tra) pre­sen­tar el uso de la tor­tu­ra como «un impe­ra­ti­vo moral» (sic) en estos difí­ci­les tiem­pos de gue­rra con­tra el terrorismo.

La inves­ti­ga­ción del sena­dor sui­zo Dick Marty con­fir­mó al Con­se­jo de Euro­pa que la CIA había secues­tra­do a miles de per­so­nas a tra­vés del mun­do, entre ellas varias dece­nas –posi­ble­men­te cien­tos– habían sido secues­tra­das en terri­to­rio de la Unión Euro­pea. Vino des­pués la ava­lan­cha de tes­ti­mo­nios sobre los crí­me­nes per­pe­tra­dos en las cár­ce­les de Guan­tá­na­mo (en la región del Cari­be) y de Bagh­ram (Afga­nis­tán). Per­fec­ta­men­te acon­di­cio­na­da, la opi­nión públi­ca de los Esta­dos miem­bros de la OTAN acep­tó la expli­ca­ción que se le dio y que tan bien cua­dra­ba con las nove­les­cas intri­gas que la tele­vi­sión le venía sir­vien­do: para poder sal­var vidas ino­cen­tes Washing­ton esta­ba recu­rrien­do a méto­dos clan­des­ti­nos, secues­tran­do sos­pe­cho­sos y hacién­do­los hablar median­te méto­dos que la moral pudie­ra recha­zar pero que la efi­ca­cia había hecho necesarios.

Fue a par­tir de esa narra­ción sim­plis­ta que el can­di­da­to Barack Oba­ma se levan­tó con­tra la salien­te admi­nis­tra­ción Bush. Con­vir­tió la prohi­bi­ción de la tor­tu­ra y el cie­rre de las pri­sio­nes secre­tas en medi­das cla­ves de su man­da­to. Des­pués de su elec­ción, duran­te el perio­do de tran­si­ción, se rodeó de juris­tas de muy alto nivel a los que encar­gó la ela­bo­ra­ción de una estra­te­gia para cerrar el sinies­tro epi­so­dio. Ya ins­ta­la­do en la Casa Blan­ca, dedi­có sus pri­me­ros decre­tos pre­si­den­cia­les al cum­pli­mien­to de sus com­pro­mi­sos en la mate­ria. Aque­lla pron­ti­tud con­quis­tó a la opi­nión públi­ca inter­na­cio­nal, sus­ci­tó una inmen­sa sim­pa­tía hacia el nue­vo pre­si­den­te y mejo­ró la ima­gen de Esta­dos Uni­dos ante el mundo.

El úni­co pro­ble­ma es que, al cabo de un año de la elec­ción de Barack Oba­ma, se han resuel­to unos cien­tos de casos indi­vi­dua­les pero en el fon­do nada ha cam­bia­do. El cen­tro de deten­ción crea­do por Esta­dos Uni­dos en su base mili­tar de Guan­tá­na­mo sigue ahí y no hay espe­ran­zas de cie­rre inmi­nen­te. Las aso­cia­cio­nes de defen­sa de dere­chos huma­nos seña­lan ade­más que los actos de vio­len­cia con­tra los dete­ni­dos han empeorado.
Al ser inte­rro­ga­do sobre el tema, el vice­pre­si­den­te esta­dou­ni­den­se Joe Biden decla­ró que mien­tras más avan­za­ba en el expe­dien­te de Guan­tá­na­mo, más cosas que has­ta enton­ces igno­ra­ba iba des­cu­brien­do. Y des­pués advir­tió a la pren­sa, enig­má­ti­ca­men­te, que no se podía abrir la caja de Pandora.
Por su par­te, el con­se­je­ro jurí­di­co de la Casa Blan­ca, Greg Craig, qui­so pre­sen­tar su renun­cia, no por­que con­si­de­re que haya falla­do en su misión de cerrar el cen­tro, sino por­que esti­ma en este momen­to que se le ha dado una misión imposible.

¿Por qué el pre­si­den­te de los Esta­dos Uni­dos no logra que lo obe­dez­can en su pro­pio país? Si ya todo está dicho sobre los abu­sos de la era Bush, ¿por qué se habla aho­ra de una caja de Pan­do­ra y qué es lo qué es lo que cau­sa tan­to temor?

El pro­ble­ma es que el sis­te­ma es en reali­dad mucho más exten­so. No se tra­ta sola­men­te de unos cuan­tos secues­tros y una pri­sión. Y lo más impor­tan­te es que su fina­li­dad es radi­cal­men­te dife­ren­te de lo que la CIA y el Pen­tá­gono le han hecho creer al públi­co. Antes de empren­der este des­cen­so al infierno, es con­ve­nien­te acla­rar algo.

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El secre­ta­rio de Defen­sa Donald Rums­feld par­ti­ci­pó en las reunio­nes del Gru­po de los Seis, que se encar­gó de esco­ger las for­mas de tor­tu­ra que debían apli­car los mili­ta­res esta­dou­ni­den­ses. Aquí vemos a Rums­feld duran­te visi­ta a la cár­cel de Abu Ghraib (Irak).

Con­tra­in­sur­gen­cia

Lo que hizo el ejér­ci­to esta­dou­ni­den­se en Abu Ghraib no tenía nada que ver, por lo menos al prin­ci­pio, con los expe­ri­men­tos que está rea­li­zan­do la US Navy [la Mari­na de Gue­rra de los Esta­dos Uni­dos] en Guan­tá­na­mo y en sus otras pri­sio­nes secre­tas. Se tra­ta­ba enton­ces sim­ple­men­te de lo que hacen todos los ejér­ci­tos del mun­do cuan­do se trans­for­man en poli­cía y se enfren­tan a una pobla­ción hos­til. Tra­tar de domi­nar­la a tra­vés del terror. En este caso, las fuer­zas de la coa­li­ción repro­du­je­ron [en Irak] los crí­me­nes que los fran­ce­ses come­tie­ron duran­te la lla­ma­da bata­lla de Argel con­tra los arge­li­nos, a los que ade­más los fran­ce­ses seguían lla­man­do «com­pa­trio­tas». El Pen­tá­gono recu­rrió al gene­ral fran­cés reti­ra­do Paul Aus­sa­res­ses, espe­cia­lis­ta en «con­tra­in­sur­gen­cia», para que se reu­nie­ra con los ofi­cia­les superiores.

Duran­te su lar­ga carre­ra, Aus­sa­res­ses acom­pa­ñó a los Esta­dos Uni­dos don­de­quie­ra que Washing­ton empren­dió «con­flic­tos de baja inten­si­dad», prin­ci­pal­men­te en el sudes­te asiá­ti­co y en Latinoamérica.

Al tér­mino de la Segun­da Gue­rra Mun­dial, Esta­dos Uni­dos ins­ta­la dos cen­tros de entre­na­mien­to en esas téc­ni­cas, la Poli­ti­cal War­fa­re Cadres Aca­demy (en Tai­wán) y la School of Ame­ri­cas [cono­ci­da en espa­ñol como Escue­la de las Amé­ri­cas] (en Pana­má). En ambas ins­ta­la­cio­nes se impar­tían cur­sos sobre la tor­tu­ra des­ti­na­dos a los encar­ga­dos de la repre­sión en el seno de las dic­ta­du­ras asiá­ti­cas y latinoamericanas.

Duran­te los años 1960 y 70, la coor­di­na­ción de ese dis­po­si­ti­vo se desa­rro­lla­ba a tra­vés de la World Anti-Com­mu­nist Lea­gue, de la que eran miem­bros los jefes de Esta­do intere­sa­dos [1]. Aque­lla polí­ti­ca alcan­zó con­si­de­ra­ble exten­sión duran­te las ope­ra­cio­nes Phoe­nix en Viet­nam (“neu­tra­li­za­ción” de 80,000 indi­vi­duos sos­pe­cho­sos de ser miem­bros del viet­cong) [2] y Cón­dor en Amé­ri­ca Lati­na (“neu­tra­li­za­ción” de opo­si­to­res polí­ti­cos a esca­la con­ti­nen­tal) [3]. El esque­ma de arti­cu­la­ción entre las ope­ra­cio­nes de lim­pie­za en las zonas insur­gen­tes y los escua­dro­nes de la muer­te se apli­có exac­ta­men­te de la mis­ma mane­ra en Irak, sobre todo duran­te la ope­ra­ción Iron Ham­mer [4].

La úni­ca nove­dad en el caso de Irak es la dis­tri­bu­ción entre los sol­da­dos esta­dou­ni­den­ses de un clá­si­co de la lite­ra­tu­ra colo­nial, The Arab Mind, del antro­pó­lo­go Raphael Patai, con un pre­fa­cio del coro­nel Nor­vell B. De Atki­ne, jefe de la John F. Ken­nedy Spe­cial War­fa­re School, nue­va deno­mi­na­ción de la sinies­tra Escue­la de las Amé­ri­cas des­de que ésta se mudó a Fort Bragg (en Caro­li­na del Nor­te) [5]. Este libro, que pre­sen­ta en tono doc­to­ral toda una serie de estú­pi­dos pre­jui­cios sobre los «ára­bes» en gene­ral, con­tie­ne un céle­bre capí­tu­lo sobre los tabúes sexua­les, uti­li­za­dos en la con­cep­ción de las tor­tu­ra­das apli­ca­das en Abou Ghraib.

Las tor­tu­ras per­pe­tra­das en Irak no son sim­ples casos ais­la­dos, como afir­mó la admi­nis­tra­ción Bush, sino que se inte­gran en toda una estra­te­gia de con­tra­in­sur­gen­cia. La úni­ca for­ma de poner­les fin no es la con­de­na moral sino la solu­ción de la situa­ción polí­ti­ca. Pero Barack Oba­ma sigue dila­tan­do el reti­ro de las fuer­zas extran­je­ras que ocu­pan Irak.

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Exi­to­so autor, inven­tor de la psi­co­lo­gía posi­ti­va, pro­fe­sor de la uni­ver­si­dad de Pen­sil­va­nia y ex pre­si­den­te de la Ame­ri­can Psy­cho­lo­gi­cal Asso­cia­tion, Mar­tin Selig­man super­vi­só las tor­tu­ras expe­ri­men­ta­les apli­ca­das a los pri­sio­ne­ros en Guantánamo.

Los expe­ri­men­tos del pro­fe­sor Biderman

Fue con una pers­pec­ti­va muy dife­ren­te que el pro­fe­sor Albert D. Bider­man, siquia­tra de la Fuer­za Aérea de los Esta­dos Uni­dos, estu­dió para la Rand Cor­po­ra­tion el acon­di­cio­na­mien­to de los pri­sio­ne­ros de gue­rra esta­dou­ni­den­ses en Corea del Norte.

Mucho antes de Mao y del comu­nis­mo, los chi­nos habían per­fec­cio­na­do refi­na­dos méto­dos des­ti­na­dos a que­brar la volun­tad de un dete­ni­do e incul­car­le el deseo de hacer con­fe­sio­nes. Su uso duran­te la gue­rra de Corea dio cier­tos resul­ta­dos. Pri­sio­ne­ros de gue­rra esta­dou­ni­den­ses con­fe­sa­ban con toda con­vic­ción ante la pren­sa crí­me­nes que qui­zás no habían come­ti­do. Bider­man pre­sen­tó sus pri­me­ras obser­va­cio­nes duran­te una audien­cia en el Sena­do, el 19 de junio de 1956, y más tar­de, al año siguien­te, ante la Aca­de­mia de Medi­ci­na de Nue­va York (Ver docu­men­tos dis­po­ni­bles en línea a tra­vés del víncu­lo que apa­re­ce al final de este artícu­lo). Bider­man defi­nió 5 esta­dos a tra­vés de los cua­les tran­si­tan los «suje­tos».

- 1. Al prin­ci­pio el pri­sio­ne­ro se nie­ga a coope­rar y se encie­rra en el silencio.
– 2. Median­te una mez­cla de bru­ta­li­da­des y gen­ti­le­za, es posi­ble hacer­lo pasar a un segun­do esta­do en que se le indu­ce a defen­der­se de las acu­sa­cio­nes que se le hacen.
– 3. Pos­te­rior­men­te el pri­sio­ne­ro empie­za a coope­rar. Sigue pro­cla­man­do su ino­cen­cia pero tra­ta de com­pla­cer a sus inte­rro­ga­do­res reco­no­cien­do que qui­zás ha come­ti­do algu­na fal­ta sin que­rer, por acci­den­te o por descuido.
– 4. Cuan­do tran­si­ta por la cuar­ta fase, el pri­sio­ne­ro está ya com­ple­ta­men­te des­va­lo­ri­za­do a sus pro­pios ojos. Sigue negan­do las acu­sa­cio­nes de que es obje­to, pero con­fie­sa su natu­ra­le­za criminal.
– 5. Al final del pro­ce­so el pri­sio­ne­ro admi­te ser el autor de los hechos que se le impu­tan. Inclu­so inven­ta deta­lles com­ple­men­ta­rios para acu­sar­se a sí mis­mo y recla­ma que se le castigue.

Bider­man exa­mi­na tam­bién todas las téc­ni­cas uti­li­za­das por los tor­tu­ra­do­res chi­nos para mani­pu­lar a los pri­sio­ne­ros: ais­la­mien­to, mono­po­li­za­ción de la per­cep­ción sen­so­rial, can­san­cio, ame­na­zas, gra­ti­fi­ca­cio­nes, demos­tra­cio­nes del poder de los car­ce­le­ros, degra­da­ción de las con­di­cio­nes de vida, for­mas de some­ti­mien­to. La vio­len­cia físi­ca tie­ne un carác­ter secun­da­rio, la vio­len­cia sico­ló­gi­ca se hace total y tie­ne carác­ter permanente.

Los tra­ba­jos de Bider­man sobre el «lava­do de cere­bro» adqui­rie­ron una dimen­sión míti­ca. Los mili­ta­res esta­dou­ni­den­ses empe­za­ron a temer que el enemi­go pudie­ra uti­li­zar con­tra Esta­dos Uni­dos a los pro­pios sol­da­dos esta­dou­ni­den­ses ya acon­di­cio­na­dos para decir cual­quier cosa y qui­zás para hacer tam­bién cual­quier cosa. Con­ci­bie­ron enton­ces un pro­gra­ma de entre­na­mien­to des­ti­na­do a los pilo­tos de caza esta­dou­ni­den­ses para lograr que éstos se vol­vie­ran refrac­ta­rios a aque­lla for­ma de tor­tu­ra y evi­tar que el enemi­go pudie­ra “lavar­les el cere­bro” si caían prisioneros.

Dicha for­ma de entre­na­mien­to se deno­mi­na SERE, siglas que corres­pon­den a Super­vi­ven­cia, Eva­sión, Resis­ten­cia, Esca­pe (Sur­vi­val, Eva­sion, Resis­tan­ce, Esca­pe). En sus ini­cios, este cur­so se impar­tía en la Escue­la de las Amé­ri­cas, pero hoy se ha exten­di­do a otras cate­go­rías del per­so­nal mili­tar y se impar­te en varias bases. Este tipo de entre­na­mien­to se ha implan­ta­do ade­más en cada uno de los ejér­ci­tos que for­man par­te de la OTAN.

La deci­sión de la admi­nis­tra­ción Bush, des­pués de la inva­sión de Afga­nis­tán, fue uti­li­zar esas téc­ni­cas para lograr indu­cir a los pri­sio­ne­ros a hacer con­fe­sio­nes que demos­tra­rían, a pos­te­rio­ri, la impli­ca­ción de Afga­nis­tán en los ata­ques del 11 de sep­tiem­bre, vali­dan­do así la ver­sión ofi­cial sobre los atentados.

Se pro­ce­dió a cons­truir nue­vas ins­ta­la­cio­nes en la base naval esta­dou­ni­den­se de Guan­tá­na­mo y comen­zó allí la rea­li­za­ción de expe­ri­men­tos. La teo­ría del Albert Bider­man se com­ple­tó con los apor­tes de un psi­có­lo­go civil, el pro­fe­sor Mar­tin Selig­man, cono­ci­da per­so­na­li­dad que fue pre­si­den­te de la Ame­ri­can Psy­cho­lo­gi­cal Association.

Selig­man demos­tró que la teo­ría de Ivan Pavlov sobre los refle­jos con­di­cio­na­dos tenía un lími­te. Se pone un perro en una jau­la cuyo sue­lo está divi­do en dos par­tes. De for­ma alea­to­ria, se envían des­car­gas eléc­tri­cas a uno u otro lado del sue­lo. El ani­mal sal­ta de un lado a otro para pro­te­ger­se. Has­ta ahí no hay nada sor­pren­den­te. Pos­te­rior­men­te, se elec­tri­fi­can los dos lados de la jaula.
El ani­mal se da cuen­ta de que nada pue­de hacer para esca­par de las des­car­gas eléc­tri­cas y que sus esfuer­zos son inú­ti­les. Y aca­ba enton­ces por ren­dir­se. Se acues­ta en el sue­lo y cae en un esta­do de indi­fe­ren­cia que le per­mi­te sopor­tar pasi­va­men­te el sufri­mien­to. Se abre enton­ces la jau­la y… ¡sor­pre­sa! El ani­mal no huye. En el esta­do psí­qui­co en que se encuen­tra ya ni siquie­ra es capaz de hacer opo­si­ción. Per­ma­ne­ce acos­ta­do en el sue­lo elec­tri­fi­ca­do, sopor­tan­do el sufrimiento.

La Mari­na de Gue­rra esta­dou­ni­den­se for­mó un equi­po médi­co de cho­que. Esta envió al pro­fe­sor Selig­man a Guan­tá­na­mo. Cono­ci­do por sus tra­ba­jos sobre la depre­sión ner­vio­sa, Selig­man es una vedet­te. Sus libros sobre el opti­mis­mo y la con­fian­za en sí mis­mo son best-sellers mun­dia­les. Y fue él quien super­vi­só expe­ri­men­tos rea­li­za­dos con per­so­nas como cone­ji­llos de indias. Algu­nos pri­sio­ne­ros, al ser some­ti­dos a terri­bles tor­tu­ras, aca­ban sumién­do­se espon­tá­nea­men­te en el esta­do psí­qui­co que les per­mi­te sopor­tar el dolor, y que los pri­va tam­bién de toda capa­ci­dad de resis­ten­cia. Al mani­pu­lar­los de esa for­ma, se les lle­va rápi­da­men­te a la fase 3 del pro­ce­so de Biderman.

Basán­do­se tam­bién en los tra­ba­jos de Bider­man, los tor­tu­ra­dos esta­dou­ni­den­ses, bajo la guía del pro­fe­sor Mar­tin Selig­man, rea­li­za­ron expe­ri­men­tos con cada una de las téc­ni­cas coer­ci­ti­vas y las per­fec­cio­na­ron. Para ello se ela­bo­ró un pro­to­co­lo cien­tí­fi­co que se basa en la medi­ción de las fluc­tua­cio­nes hor­mo­na­les. Se ins­ta­ló un labo­ra­to­rio médi­co en la base de Guan­tá­na­mo y se reco­gen mues­tras de sali­va y de san­gre de los “cone­ji­llos de indias” a inter­va­los regu­la­res para eva­luar sus reac­cio­nes. Los tor­tu­ra­do­ras han ido refi­nan­do sus méto­dos. Por ejem­plo, en el pro­gra­ma SERE se mono­po­li­za­ba la per­cep­ción sen­so­rial impi­dien­do, median­te una músi­ca estre­san­te, que el pri­sio­ne­ro pudie­se dormir.

En Guan­tá­na­mo se han obte­ni­do resul­ta­dos muy supe­rio­res con los gri­tos de bebés repro­du­ci­dos duran­te días ente­ros. Antes, el pode­río de los car­ce­le­ros se demos­tra­ba median­te gol­pi­zas a los pri­sio­ne­ros. En la base naval esta­dou­ni­den­se de Guan­tá­na­mo se creó la Imme­dia­te Reac­tion For­ce. Se tra­ta de un gru­po encar­ga­do de cas­ti­gar a los pri­sio­ne­ros. Cuan­do esta uni­dad entra en acción sus miem­bros por­tan cora­zas de pro­tec­ción al esti­lo de Robo­cop. Sacan al pri­sio­ne­ro de su jau­la y lo meten en una pie­za de pare­des acol­cha­das y recu­bier­tas de made­ra enchapada.
Pro­yec­tan al “cone­ji­llo de indias” con­tra las pare­des, como para rom­per­le los hue­sos, pero el tapi­za­do amor­ti­gua par­cial­men­te los gol­pes de for­ma que el pri­sio­ne­ro que­da aton­ta­do sin que se pro­duz­can fracturas.

Pero el prin­ci­pal “ade­lan­to” se ha logra­do con el supli­cio de la bañe­ra [6]. Anti­gua­men­te, la San­ta Inqui­si­ción sumer­gía la cabe­za del pri­sio­ne­ro en un tina lle­na de agua y lo saca­ba jus­to antes de que murie­ra aho­ga­do. La sen­sa­ción de muer­te inmi­nen­te pro­vo­ca una angus­tia extre­ma. Pero se tra­ta­ba de un pro­ce­di­mien­to pri­mi­ti­vo y los acci­den­tes eran fre­cuen­tes. Actual­men­te, ni siquie­ra hace fal­ta una tina lle­na de agua sino que se acues­ta el pri­sio­ne­ro en una bañe­ra vacía. Se le aho­ga enton­ces ver­tien­do agua sobre su cabe­za, con la posi­bi­li­dad de parar inme­dia­ta­men­te. Aho­ra hay menos accidentes.

Cada “sesión” se codi­fi­ca para deter­mi­nar los lími­tes sopor­ta­bles. Varios ayu­dan­tes miden la can­ti­dad de agua uti­li­za­da, el momen­to y la dura­ción del aho­ga­mien­to. Cuan­do esta se pro­du­ce, los ayu­dan­tes reco­gen el vómi­to, lo pesan y lo ana­li­zan para eva­luar el gas­to de ener­gía y el ago­ta­mien­to provocado.
En resu­men, como decía el direc­tor adjun­to de la CIA ante una Comi­sión del Con­gre­so de los Esta­dos Uni­dos: «Eso no tie­ne nada que ver con lo que hacía la Inqui­si­ción, con excep­ción del agua» (sic).

Los expe­ri­men­tos de los médi­cos esta­dou­ni­den­ses no se hicie­ron en secre­to, como los del doc­tor Josef Men­gue­le en Ausch­witz, sino bajo el con­trol direc­to y exclu­si­vo de la Casa Blanca.
Todo se infor­ma­ba a un gru­po encar­ga­do de tomar las deci­sio­nes, gru­po que se com­po­nía de 6 per­so­nas: Dick Che­ney, Con­do­leez­za Rice, Donald Rums­feld, Colin Powell, John Ash­croft y Geor­ge Tenet. Este últi­mo ates­ti­guó que había par­ti­ci­pa­do en una doce­na de reunio­nes de tra­ba­jo de dicho grupo.

Pero el resul­ta­do de esos expe­ri­men­tos no es satis­fac­to­rio. Son pocos los “cone­ji­llos de indias” que han resul­ta­do recep­ti­vos. Se logró impo­ner­les lo que debían con­fe­sar, pero su esta­do se man­tu­vo ines­ta­ble y no ha sido posi­ble pre­sen­tar­los en públi­co ante una contraparte.
El caso más cono­ci­do es el del seu­do Kha­lil Sheikh Moham­med. Se tra­ta de un indi­vi­duo arres­ta­do en Pakis­tán y acu­sa­do de ser un isla­mis­ta kuwai­tí, aun­que es evi­den­te que no se tra­ta de la mis­ma persona.

Al cabo de un lar­go perio­do de tor­tu­ras, duran­te las cua­les fue some­ti­do 183 veces al supli­cio de la bañe­ra sólo duran­te el mes de mar­zo de 2003, el indi­vi­duo dijo haber orga­ni­za­do 31 aten­ta­dos dife­ren­tes a tra­vés del mun­do, des­de el aten­ta­do come­ti­do en 1993 en Nue­va York con­tra el WTC has­ta los del 11 de sep­tiem­bre de 2001, pasan­do por la explo­sión de una bom­ba que des­tru­yó un club noc­turno en Bali y la deca­pi­ta­ción del perio­dis­ta esta­dou­ni­den­se Daniel Pearl. El seu­do Sheikh Moham­med man­tu­vo sus con­fe­sio­nes ante una comi­sión mili­tar, pero los abo­ga­dos y jue­ces mili­ta­res no pudie­ron inte­rro­gar­lo en públi­co por­que se temía que, ya fue­ra de su jau­la, se retrac­ta­ra de lo que había confesado.

Para escon­der las acti­vi­da­des secre­tas de los médi­cos de Guan­tá­na­mo, la Mari­na de Gue­rra esta­dou­ni­den­se orga­ni­zó via­jes de pren­sa a Guan­tá­na­mo para perio­dis­tas com­pla­cien­tes. El ensa­yis­ta fran­cés Ber­nard Henry Levy se pres­tó así para desem­pe­ñar el papel de tes­ti­go moral visi­tan­do lo que qui­sie­ron ense­ñar­le. En su libro Ame­ri­can Ver­ti­go, Ber­nard Henry Levy ase­gu­ra que el cen­tro de deten­ción de la base naval esta­dou­ni­den­se de Guan­tá­na­mo no se dife­ren­cia de las demás peni­ten­cia­rías esta­dou­ni­den­ses y que los tes­ti­mo­nios sobre las tor­tu­ras «han sido más bien infla­dos» (sic) [7].

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Una de las cár­ce­les flo­tan­tes de la US Navy. Se tra­ta del navío USS Ash­land. La cala de fon­do apla­na­do fue modi­fi­ca­da para reci­bir las jau­las con pri­sio­ne­ros y dis­po­ner­las en varios niveles.

Las pri­sio­nes flo­tan­tes de la US Navy

En defi­ni­ti­va, la admi­nis­tra­ción Bush esti­mó que era muy redu­ci­do el núme­ro de indi­vi­duos que podían ser “acon­di­cio­na­dos” al extre­mo de creer que habían come­ti­do los aten­ta­dos del 11 de sep­tiem­bre. Con­clu­yó enton­ces que una gran can­ti­dad de pri­sio­ne­ros debían ser pues­tos a prue­ba para selec­cio­nar a los más receptivos.

Tenien­do en cuen­ta la polé­mi­ca que se desa­rro­lló alre­de­dor de Guan­tá­na­mo y para garan­ti­zar que fue­se impo­si­ble cual­quier acción legal en su con­tra, la Mari­na de Gue­rra de los Esta­dos Uni­dos creó otras pri­sio­nes secre­tas y las situó fue­ra de toda juris­dic­ción, en aguas internacionales.

17 bar­cos de fon­do plano, como los que se des­ti­nan al des­em­bar­co de tro­pas, fue­ron con­ver­ti­dos en pri­sio­nes flo­tan­tes con jau­las como las de Guan­tá­na­mo. Tres de esos navíos han sido iden­ti­fi­ca­dos por la aso­cia­ción bri­tá­ni­ca Reprie­ve. Se tra­ta del USS Ash­land, el USS Bataan y el USS Peleliu.

Si se suman todas las per­so­nas que han sido hechas pri­sio­ne­ras en dife­ren­tes zonas de con­flic­to o secues­tra­das en cual­quier lugar del mun­do y trans­fe­ri­das a ese con­jun­to de pri­sio­nes duran­te los 8 últi­mos años, resul­ta que un total de 80,000 per­so­nas deben haber pasa­do por ese sis­te­ma, entre ellas por lo menos un millar pudie­ran haber sido lle­va­das has­ta las últi­mas fases del pro­ce­so de Biderman.

A par­tir de todo lo ante­rior­men­te men­cio­na­do, el pro­ble­ma de la admi­nis­tra­ción Oba­ma se resu­me de la siguien­te mane­ra: No será posi­ble cerrar Guan­tá­na­mo sin que se sepa lo que allí se hizo. Y no será posi­ble reco­no­cer lo que allí se hizo sin admi­tir que todas las con­fe­sio­nes reco­gi­das son fal­sas y que fue­ron incul­ca­das de for­ma deli­be­ra­da a tra­vés de la tor­tu­ra, con las con­se­cuen­cias polí­ti­cas que ello implica.

Al final de la Segun­da Gue­rra Mun­dial, el tri­bu­nal mili­tar de Nurem­berg actuó en 12 jui­cios. Uno de ellos estu­vo dedi­ca­do a 23 médi­cos nazis. Sie­te de ellos fue­ron absuel­tos, 9 fue­ron con­de­na­dos a penas de cár­cel y otros 7 fue­ron con­de­na­dos a muer­te. Des­de enton­ces exis­te un Códi­go Éti­co que rige la medi­ci­na a nivel mun­dial. Ese Códi­go prohí­be pre­ci­sa­men­te lo que los médi­cos esta­dou­ni­den­ses hicie­ron en Guan­tá­na­mo y en las demás cár­ce­les secretas.
Docu­men­tos adjuntos

«Com­mu­nist attem­pts to eli­cit fal­se con­fes­sions from Air For­ce pri­so­ners of war», por Albert D. Biderman

Bulle­tin New York Aca­demy of Mede­ci­ne 1957 Sep ;33(9):616 – 25.

(PDF – 964 KB)

«The Mani­pu­la­tion of Human Beha­vior», bajo la direc­ción de Albert D. Bider­man y Her­bert Zimmer

John Wiley & Sons, Inc., New York (1961).

(PDF – 2.4 MB)

Docu­men­tos des­cla­si­fi­ca­dos por la Comi­sión del Sena­do de los Esta­dos Uni­dos para las fuer­zas arma­das que demues­tran el uso de la tor­tu­ra de acon­di­cio­na­mien­to en Guantánamo.

U. S. The Sena­te Armed Ser­vi­ces Com­mit­tee, 17 de junio de 2008.

(PDF – 3 MB)

Thierry Meyssan

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