Cuba, te que­re­mos por Manuel Cabie­ses Dono­so

Para mí los ras­gos más impor­tan­tes de la Revo­lu­ción Cuba­na son la dig­ni­dad y su inago­ta­ble capa­ci­dad de soli­da­ri­zar con el sufri­mien­to y las nece­si­da­des de otros pue­blos.

Esa dig­ni­dad, fru­to del cora­je y patrio­tis­mo del pue­blo y de sus diri­gen­tes, se ha demos­tra­do en for­ma sere­na y resuel­ta en cada una de las muchas cir­cuns­tan­cias duras y ries­go­sas que le ha toca­do enfren­tar en su pri­mer medio siglo.

Por otra par­te, la soli­da­ri­dad gene­ro­sa e incon­di­cio­nal de Cuba con otros pue­blos es, qui­zás, el fru­to más her­mo­so de una revo­lu­ción que ha pues­to el acen­to en la trans­for­ma­ción éti­ca de la socie­dad. Es muy difí­cil encon­trar a otro pue­blo que sea capaz, como el cubano, de renun­ciar a su pro­pio pan para ali­viar el ham­bre y la nece­si­dad de sus her­ma­nos en leja­nas tie­rras. Tie­ne mucho que ver con el hom­bre nue­vo que ha ido for­mán­do­se en Cuba.

Los chi­le­nos tene­mos el deber, que no siem­pre hemos cum­pli­do, de dar tes­ti­mo­nio de gra­ti­tud por esa soli­da­ri­dad. Cuba nos entre­gó todo sin pedir nada, sin espe­rar retri­bu­ción o agra­de­ci­mien­to alguno. Por eso nues­tra deu­da es tan gran­de.

Miles de chi­le­nos encon­tra­mos refu­gio en la isla duran­te la dic­ta­du­ra mili­tar que mar­ti­ri­zó a nues­tra patria. Pero aún antes la soli­da­ri­dad cuba­na estu­vo pre­sen­te, cuan­do la tena­za nor­te­ame­ri­ca­na con­vir­tió en reali­dad la ame­na­za de Nixon de “hacer chi­llar” la eco­no­mía del pro­yec­to socia­lis­ta de Sal­va­dor Allen­de.

La soli­da­ri­dad que Cuba entre­gó a Chi­le es impo­si­ble de medir en tér­mi­nos mate­ria­les. Por­que tuvo un sig­ni­fi­ca­do moral muy impor­tan­te. Se tra­tó de aque­lla soli­da­ri­dad que se entre­ga a cos­ta del pro­pio sacri­fi­cio. Era la mano ten­di­da de un pue­blo capaz de entre­gar has­ta su vida en defen­sa de la liber­tad y los dere­chos de la nación chi­le­na. Los car­ga­men­tos de azú­car lle­ga­ron cuan­do el país sufría el boi­cot del Impe­rio y el cobre, el suel­do de Chi­le, como lo lla­mó Allen­de, era embar­ga­do en los puer­tos euro­peos. Se pre­ten­día asfi­xiar la eco­no­mía para pro­vo­car la ingo­ber­na­bi­li­dad que nece­si­ta­ba el gol­pe mili­tar.

Pero ade­más, des­pués del gol­pe de 1973, vino la enor­me soli­da­ri­dad con los per­se­gui­dos por la dic­ta­du­ra.

No fui­mos los úni­cos a los que Cuba brin­dó refu­gio en esa épo­ca tene­bro­sa de Amé­ri­ca Lati­na. Esta­ban tam­bién las fami­lias argen­ti­nas, uru­gua­yas, boli­via­nas, perua­nas, nica­ra­güen­ses, sal­va­do­re­ñas, hai­tia­nas, colom­bia­nas, hon­du­re­ñas, que huían del terror, la pri­sión y la muer­te en sus paí­ses. Era­mos miles de lati­no­ame­ri­ca­nos refu­gia­dos en la isla mien­tras Cuba enfren­ta­ba los rigo­res del blo­queo nor­te­ame­ri­cano. Pero tam­bién esta­ban los beca­dos afri­ca­nos que se pre­pa­ra­ban como pro­fe­so­res, médi­cos e inge­nie­ros. Y los niños de Cher­nobyl recu­pe­rán­do­se de las horri­bles que­ma­du­ras del acci­den­te nuclear. Y los heri­dos y muti­la­dos ango­le­ños, suda­fri­ca­nos y con­go­le­ños reha­bi­li­tán­do­se en hos­pi­ta­les y sana­to­rios cuba­nos. Los cama­ra­das de Giap, los com­pa­ñe­ros de Man­de­la, los here­de­ros de Lumum­ba, los segui­do­res del Che de todas par­tes del mun­do.

Los chi­le­nos, pues, no éra­mos los úni­cos, ni siquie­ra los más nume­ro­sos. Sin embar­go, en la isla nos hacían sen­tir que no había nada más impor­tan­te que la resis­ten­cia en Chi­le. Los actos y míti­nes, las reunio­nes en cen­tros de tra­ba­jo, escue­las, uni­ver­si­da­des y Comi­tés de Defen­sa de la Revo­lu­ción, CDR, se suce­dían a dia­rio. Lo que ocu­rría en nues­tro país lo cono­cía la pobla­ción a tra­vés de char­las y de la infor­ma­ción en la pren­sa, radio y tele­vi­sión. Ser chi­leno era casi un pri­vi­le­gio que nos hacía sen­tir rodea­dos de amis­tad y cari­ño, jamás solos o aban­do­na­dos a nues­tra suer­te.

Los nom­bres de nues­tros héroes y már­ti­res los adop­ta­ron las orga­ni­za­cio­nes del pue­blo cubano. Abun­da­ban los Comi­tés de Defen­sa de la Revo­lu­ción Sal­va­dor Allen­de, Miguel Enrí­quez, Augus­to Oli­va­res, Car­los Lor­ca, Arnol­do Camú, Víc­tor Jara, Mar­ta Ugar­te, Víc­tor Díaz, Juan Alsi­na, Augus­to Car­mo­na. Sus ros­tros y bio­gra­fías, poe­mas y recor­tes de perió­di­cos esta­ban en los mura­les de los CDR y cen­tros de tra­ba­jo.

Una ave­ni­da impor­tan­te de La Haba­na reci­bió el nom­bre de Sal­va­dor Allen­de y lo mis­mo calles y par­ques en otras ciu­da­des de la isla. Los hos­pi­ta­les Sal­va­dor Allen­de y Miguel Enrí­quez aten­dían, y atien­den, a sec­to­res popu­lo­sos de La Haba­na. Nume­ro­sas escue­las, coope­ra­ti­vas y bri­ga­das de tra­ba­jo lle­van nom­bres de héroes chi­le­nos que toda­vía son casi des­co­no­ci­dos en su patria. Se hacían home­na­jes, se escri­bía y se habla­ba de ellos He vis­to, por ejem­plo, a un gru­po de tea­tro de hijos de tra­ba­ja­do­res del Hos­pi­tal Miguel Enrí­quez repre­sen­tar la vida de ese revo­lu­cio­na­rio chi­leno con una sin­ce­ri­dad que hizo llo­rar a los padres de Miguel, pre­sen­tes en ese acto.

Mi fami­lia y yo vivía­mos en el cora­zón del exi­lio chi­leno, al este de La Haba­na. Exac­ta­men­te en el depar­ta­men­to N° 11, ter­cer piso del edi­fi­cio D‑2, Zona 7 de Ala­mar. Eran dos blo­ques de depar­ta­men­tos de cin­co pisos cada uno que fue­ron entre­ga­dos com­ple­ta­men­te equi­pa­dos a fami­lias chi­le­nas, entre ellas varias muje­res solas con sus hijos. A la vuel­ta de la esqui­na esta­ban los uru­gua­yos y más allá los argen­ti­nos y boli­via­nos. Los edi­fi­cios de Ala­mar, que empe­za­ba a ser una ciu­dad saté­li­te de La Haba­na, los cons­tru­ye­ron bri­ga­das de tra­ba­jo volun­ta­rio de cuba­nos que care­cían de vivien­das. Sin embar­go, fue­ron ellos los que resol­vie­ron, en asam­bleas, entre­gar varios edi­fi­cios a los exi­lia­dos que bus­cá­ba­mos refu­gio en Cuba. El nues­tro fue inau­gu­ra­do por Lau­ra Allen­de, la her­ma­na del pre­si­den­te heroi­co, que tiem­po des­pués se qui­ta­ría la vida, enfer­ma de cán­cer y deses­pe­ra­da por la prohi­bi­ción de l a dic­ta­du­ra que le impe­día ir a morir en Chi­le.

Ala­mar fue nues­tro peque­ño mun­do mien­tras per­ma­ne­ci­mos en la isla. Ayu­da­dos por los veci­nos cuba­nos, en su mayo­ría obre­ros, recu­pe­ra­mos la con­fian­za en noso­tros mis­mos. Su amis­tad y alien­to nos hizo reen­con­trar la espe­ran­za. Su ale­gría nos per­mi­tió salir de la amar­gu­ra de la derro­ta. Los cuba­nos nos ense­ña­ron el valor de las cosas sen­ci­llas. Nos rego­ci­já­ba­mos con ellos por cada nue­va vic­to­ria sobre el blo­queo nor­te­ame­ri­cano. Com­par­ti­mos su vida de cada día, hici­mos guar­dia en el CDR, tra­ba­jo volun­ta­rio lim­pian­do escom­bros y basu­ras, cui­dan­do jar­di­nes, preo­cu­pán­do­nos por aho­rrar agua y elec­tri­ci­dad. Reco­lec­ta­mos potes de vidrio de uso infi­ni­to. Man­tu­vi­mos lim­pias las esca­le­ras del edi­fi­cio, hici­mos cola en la bode­ga y nos encar­ga­mos de las com­pras de los más ancia­nos. Acom­pa­ña­mos a nues­tros enfer­mos en el hos­pi­tal y nos tur­na­mos para lle­var a los niños a la beca.

La socie­dad cuba­na nos reedu­có, apren­di­mos a com­par­tir.

En la escue­la “Soli­da­ri­dad con Chi­le”, en Mira­mar, esta­ban beca­dos los niños de nues­tra comu­ni­dad. Muchos eran hijos de chi­le­nos ase­si­na­dos, o que esta­ban en las cár­ce­les de la dic­ta­du­ra o que lucha­ban en la clan­des­ti­ni­dad. Los niños per­ma­ne­cían en la beca de lunes a vier­nes, reci­bían ali­men­ta­ción, ropa, úti­les esco­la­res y aten­ción médi­ca, como cual­quier hijo de cubano. Los chi­le­ni­tos tam­bién fue­ron “pio­ne­ros por el comu­nis­mo” y jura­ron ser como el Che. Solem­nes y ergui­dos, jun­to con sus com­pa­ñe­ros cuba­nos for­ma­ban cada maña­na lucien­do las paño­le­tas rojas que acre­di­ta­ban su con­di­ción de pio­ne­ros de la revo­lu­ción.

Nun­ca como en Cuba he vis­to niños más her­mo­sos, tan bien plan­ta­dos y fuer­tes. Cari­tas lim­pias lle­nas de sol, extro­ver­ti­dos y con una ale­gría que pare­ce no con­su­mir­se nun­ca. Se adi­vi­na en ellos a los futu­ros maes­tros, sol­da­dos y obre­ros de una patria libre.

Los mucha­chos mayo­res, entre ellos mis hijos, fue­ron a la uni­ver­si­dad y al tra­ba­jo en el cam­po, a la cose­cha del taba­co, los cítri­cos y el café. Se con­vir­tie­ron en médi­cos, inge­nie­ros, eco­no­mis­tas y cien­tí­fi­cos. Aun­que regre­sa­ron a Chi­le hace años algu­nos no han per­di­do el acen­to cubano ni las cos­tum­bres y gus­tos que apren­die­ron en la isla. Es diver­ti­do hoy oír­los cuan­do se reúnen y gozan recor­dan­do esa eta­pa de sus vidas.

Cada maña­na en la gua­gua 215, el auto­bús Ala­mar-La Haba­na, nos encon­trá­ba­mos con veci­nos del exi­lio, cada uno a lo suyo. Mario Bene­det­ti a Casa de las Amé­ri­cas, yo a tareas de apo­yo a la resis­ten­cia o camino a algu­na reu­nión en el comi­té chi­leno que fun­cio­na­ba en el Veda­do. A veces inter­cam­biá­ba­mos un gui­ño de com­pli­ci­dad con jóve­nes chi­le­nos que ves­tían el uni­for­me ver­de oli­vo de las Fuer­zas Arma­das Revo­lu­cio­na­rias. Eran los futu­ros com­ba­tien­tes inter­na­cio­na­lis­tas en Nica­ra­gua y El Sal­va­dor. Muchos alcan­za­ron tam­bién su obje­ti­vo de retor­nar clan­des­ti­na­men­te a Chi­le para com­ba­tir por la liber­tad de su patria. Eran jóve­nes por cuyas venas corría san­gre de héroes, sen­ci­llos y cla­ros como los del Mon­ca­da. Algu­nos caye­ron com­ba­tien­do o ase­si­na­dos en la tor­tu­ra, lea­les a la for­ma­ción revo­lu­cio­na­ria que reci­bie­ron en la isla. Entre ellos Mario Ami­go Carri­llo, un joven pro­le­ta­rio de Coro­nel, un pue­blo de mine­ros en el sur de Chi­le. Mario, con­ver­ti­do por la clan­des­ti­ni­dad en obre­ro de una empre­sa fores­tal, murió en Los Ange­les des­tro­za­do por un bom­ba. Fue el padre de dos de mis nie­tos, Javier y Fer­nan­do.

Cuba nos dio todo lo que pedía­mos para luchar con­tra la tira­nía. Ayu­dó por igual a los que creía­mos legí­ti­mo y nece­sa­rio empu­ñar las armas como a los que opta­ron por la lucha polí­ti­ca. Cuba jamás pre­ten­dió decir­nos lo que tenía­mos que hacer. Su ayu­da fue siem­pre incon­di­cio­nal y res­pe­tuo­sa de las dife­ren­cias ideo­ló­gi­cas. Lo que hici­mos, mal o bien, lo hici­mos por ini­cia­ti­va pro­pia, pen­san­do que cum­plía­mos nues­tro deber de patrio­tas y de revo­lu­cio­na­rios.

La soli­da­ri­dad cuba­na com­par­tió nues­tro dolor y se hizo par­te de nues­tra espe­ran­za. Sería­mos unos mal naci­dos si no retri­bu­yé­ra­mos hoy con nues­tra pro­pia soli­da­ri­dad aque­lla que nos brin­dó Cuba.

Por eso nos sen­ti­mos par­te del pue­blo cubano y admi­ra­mos su valor, su espí­ri­tu revo­lu­cio­na­rio y su inter­na­cio­na­lis­mo.

Que­re­mos a Cuba y res­pe­ta­mos ese heroís­mo que cau­sa asom­bro en el mun­do al desa­fiar a pie fir­me las agre­sio­nes arma­das, el sabo­ta­je y las penu­rias de un blo­queo inhu­mano con­de­na­do por casi todas las nacio­nes del mun­do, excep­to el pro­pio ver­du­go y un par de cóm­pli­ces a suel­do.

La Revo­lu­ción Cuba­na nos ense­ñó que nada impor­tan­te se obtie­ne sin luchar, que sólo luchan­do se pue­de ser libre y que sólo hom­bres libres pue­den sen­tir­se her­ma­nos.

Cuba nos mos­tró la dimen­sión huma­na de la acción polí­ti­ca y con su revo­lu­ción apren­di­mos a des­cu­brir la gran­de­za en lo más humil­de y peque­ño.

Por eso que­re­mos a Cuba y le decla­ra­mos nues­tro amor a viva voz.

Nos pre­gun­ta­mos qué pasa­rá con la Revo­lu­ción Cuba­na en los pró­xi­mos cin­cuen­ta años. No somos pito­ni­sos pero hay hechos que per­mi­ten apro­xi­mar­se al futu­ro. Cuba ya no está sola en Amé­ri­ca Lati­na. Vene­zue­la, Boli­via, Ecua­dor, Nica­ra­gua, Para­guay, Argen­ti­na y Bra­sil se abren camino al socia­lis­mo o a sis­te­mas de mayor jus­ti­cia social. La huma­ni­dad no tie­ne otra varia­ble de super­vi­ven­cia que no sea el socia­lis­mo.

En medio siglo más Cuba será la más anti­gua y res­pe­ta­da de las repú­bli­cas socia­lis­tas de Amé­ri­ca Lati­na y el Cari­be.

Enton­ces se habrá cum­pli­do el sue­ño libe­ra­dor de Fidel.

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