60 años de la revo­lu­ción popu­lar china

Con­tra lo que es ya lugar común en Occi­den­te, fue el triun­fo de la revo­lu­ción, y no la aper­tu­ra al mer­ca­do ini­cia­da en 1978, lo que dio ini­cio al lla­ma­do mila­gro chino. La mayo­ría de los chi­nos lo saben, aun­que reco­no­cen los erro­res de Mao. No meno­res que los come­ti­dos en los últi­mos 30 años, y que ame­na­zan la esta­bi­li­dad del gigan­te asiático.

«Antes de libe­ra­ción, nues­tras vidas eran muy duras», recuer­da este anciano de 79 años de edad, quien sien­do niño vio morir a su padre y a su her­mano menor víc­ti­mas de enfer­me­da­des a fal­ta de dine­ro para cos­tear el tra­ta­mien­to. «Des­de enton­ces, todo ha ido a mucho mejor», concluye.

Geng dice lo que com­par­te la mayo­ría del pue­blo chino. El lla­ma­do mila­gro chino no comen­zó, como se insis­te una y otra vez des­de Occi­den­te, en 1978 de la mano del pro­ce­so de aper­tu­ra ini­cia­do por Deng Xiao­ping, sino en 1949, con el triun­fo de la revo­lu­ción maoís­ta y la crea­ción de la nue­va China.

Chi­na, una civi­li­za­ción de 4.000 años y con una tra­di­ción polí­ti­ca que se remon­ta a los albo­res de nues­tra era (2.000 años), era un país abso­lu­ta­men­te pos­tra­do ante el inter­ven­cio­nis­mo de las poten­cias colo­nia­les y desan­gra­do por ocho años de ocu­pa­ción japo­ne­sa y cua­tro de gue­rra civil entre la gue­rri­lla comu­nis­ta y el Kuo­min­tang, lide­ra­do por Chiang Kai Shek, un líder ofi­cial­men­te nacio­na­lis­ta pero cada vez más some­ti­do a los desig­nios de EEUU y sus aliados.

La pri­me­ra mitad del siglo XX regis­tra una cri­sis agra­ria sin pre­ce­den­tes en la lar­ga his­to­ria del país. Si tene­mos en cuen­ta que entre el 80 y el 90% de la pobla­ción eran cam­pe­si­nos pode­mos atis­bar el alcan­ce del dra­ma. Las cró­ni­cas de la épo­ca reco­gen cin­co gran­des ham­bru­nas sólo des­de 1920 has­ta 1944 con millo­nes de muer­tos El país impor­ta­ba grano a man­sal­va pero se moría lite­ral­men­te de ham­bre. Los jor­na­le­ros y apar­ce­ros (que paga­ban el cul­ti­vo de tie­rras aje­nas entre­gan­do par­te de su pro­duc­ción a los terra­te­nien­tes) eran sus pri­me­ras víc­ti­mas jun­to con los cam­pe­si­nos endeu­da­dos, for­za­dos a ven­der sus peque­ñas par­ce­las, e inclu­so a sus muje­res y a sus hijos.

Los comu­nis­tas, que habían ini­cia­do su revuel­ta a prin­ci­pios de los años 20, enar­bo­lan la ban­de­ra de la revo­lu­ción cam­pe­si­na. 30 años des­pués, lle­gan al poder.

Repar­to de tierras

En sus pri­me­ros años, la Repú­bli­ca Popu­lar Chi­na lle­va a cabo un masi­vo repar­to de tie­rras que bene­fi­ció a la mayo­ría de la pobla­ción y abrió nue­vas posi­bi­li­da­des de super­vi­ven­cia. El Esta­do lle­ga por pri­me­ra vez a todos los rin­co­nes del país y comien­za a hora­dar la ances­tral estruc­tu­ra patriar­cal, lo que uni­do a la nue­va ley matri­mo­nial, supon­drá la mejo­ra de la situa­ción de la mujer chi­na, has­ta enton­ces total­men­te sometida.

Es en aque­llos años, y no en la era «libe­ra­li­za­do­ra» ini­cia­da con Deng, cuan­do Chi­na regis­tra los mayo­res avan­ces, tan­to en espe­ran­za de vida como en alfa­be­ti­za­ción y, lo que es más impor­tan­te, con­si­gue que su pobla­ción deje de pasar ham­bre. Por­que, antes que nada, Chi­na era enton­ces y sigue sien­do aho­ra el país más pobla­do del mun­do con casi una cuar­ta par­te de su pobla­ción (475 de un total de casi 2.500 millo­nes, 1.300 millo­nes hoy de un total de 6.800). Y sólo cuen­ta con el 6% de la tie­rra cul­ti­va­ble del Planeta.

El perio­dis­ta Rafael Poch-De-Feliu lo resu­me a la per­fec­ción en su libro «La actua­li­dad de Chi­na». «El mila­gro chino pasa por la reso­lu­ción del pro­ble­ma «mucha gen­te, poca tie­rra». El autor, que ha vivi­do seis años en el país, expli­ca dos razo­nes para este mila­gro: «La con­si­de­ra­ción de que la tie­rra no es un ins­tru­men­to de pro­duc­ción, sino de super­vi­ven­cia» y el prin­ci­pio de que «su esca­sez (de tie­rra) se com­pen­sa median­te la igual­dad y la pro­por­cio­na­li­dad del reparto».

No fue, con todo, el úni­co logro de la pri­me­ra ola revo­lu­cio­na­ria. Al con­tra­rio que los paí­ses del lla­ma­do Ter­cer Mun­do, los diri­gen­tes comu­nis­tas chi­nos logra­ron lle­var a cabo un pro­ce­so de indus­tria­li­za­ción sin el las­tre de la urba­ni­za­ción. Mien­tras las urbes de prác­ti­ca­men­te todo el mun­do se lle­na­ban de cha­bo­las o fave­las- uno de los fenó­me­nos más preo­cu­pan­tes de los últi­mos dece­nios- los pri­me­ros 30 años de la nue­va Chi­na se man­tu­vie­ron aje­nos a esa vorá­gi­ne gra­cias a una mez­cla de capa­ci­dad orga­ni­za­do­ra y movi­li­za­do­ra y de con­trol férreo, que inclu­yó el esta­ble­ci­mien­to de un sis­te­ma de regis­tro local (Hukou), que ata­ba al cam­pe­sino a la tie­rra y le difi­cul­ta­ba aban­do­nar su comu­ni­dad y diri­gir­se a las ciu­da­des, so pena de que­dar­se sin ayu­das asis­ten­cia­les ni car­ti­lla de racio­na­mien­to alguna.

La pues­ta en mar­cha de este sis­te­ma, uti­li­za­do pro­fu­sa­men­te por las poten­cias colo­nia­les en terri­to­rios con­quis­ta­dos como Áfri­ca, coin­ci­dió con el esta­ble­ci­mien­to, en 1953, de un canon por el que los cam­pe­si­nos debían ven­der el 25% de su pro­duc­ción al Esta­do a pre­cios bajos. Ello per­mi­tió rea­li­zar la acu­mu­la­ción pri­mi­ti­va de capi­tal nece­sa­ria para el desa­rro­llo indus­trial. Sin embar­go, y en la otra cara de la mone­da, car­gó sobre el cam­pe­si­na­do todo el peso de este desarrollo.

Por­que como todo visio­na­rio, Mao come­tió erro­res. Con­ven­ci­do de que la socie­dad chi­na debía ser zaran­dea­da cada sie­te u ocho años si se que­ría evi­tar un regre­so al pasa­do, el Gran Timo­nel lan­zó perió­di­ca­men­te cam­pa­ñas (una de las pri­me­ras, la de Las Cien Flo­res tuvo como obje­ti­vo a la inte­lec­tua­li­dad), más volun­ta­ris­tas que realistas.

El Gran Sal­to Ade­lan­te (pro­gra­ma de indus­tria­li­za­ción masi­va), ini­cia­do en 1957 y la Revo­lu­ción Cul­tu­ral de fina­les de los sesen­ta para pur­gar el par­ti­do de «ele­men­tos abur­gue­sa­dos» se inclu­yen entre los gra­ves erro­res del maoís­mo y toda­vía hoy se dis­cu­te sobre la cifra de sus víctimas.

Muer­to Mao en setiem­bre de 1976, y en pleno pro­ce­so de encum­bra­mien­to al poder de figu­ras repre­sa­lia­das como Deng, el Peque­ño Timo­nel, el Par­ti­do Comu­nis­ta Chino deci­de ini­ciar la des­co­lec­ti­vi­za­ción. Real­men­te lo que hace es res­tau­rar el sis­te­ma fami­liar ins­tau­ra­do en los pri­me­ros años de la revo­lu­ción. Cada fami­lia reci­be en usu­fruc­to tie­rra de manos del Esta­do según el núme­ro de bocas a ali­men­tar (Bao­chan Daohu).

No obs­tan­te, la lla­ma­da Pri­ma­ve­ra rural de la mano del pro­ce­so de aper­tu­ra no dura­rá mucho. La cri­sis de Tian­nan­men en 1989, un fenó­meno total­men­te urbano, pro­vo­ca que los nue­vos líde­res chi­nos vuel­quen su aten­ción a las ciudades.

Ade­más, el pro­ce­so de des­cen­tra­li­za­ción ini­cia­do por Deng hace que los pue­blos y aldeas que­den aban­do­na­dos a su suer­te, sin ser­vi­cios socia­les, sani­ta­rios o edu­ca­ti­vos. El cam­pe­si­na­do que­da abso­lu­ta­men­te en manos de la buro­cra­cia rural, abso­lu­ta­men­te inope­ran­te en lo social y que se limi­ta a esquil­mar a la pobla­ción con impuestos.

Erro­res, antes y ahora

Y es que, sin obviar los come­ti­dos duran­te la eta­pa lide­ra­da por Mao, la Chi­na abier­ta al mer­ca­do ha come­ti­do erro­res de peso que ame­na­zan inclu­so la super­vi­ven­cia a lar­go pla­zo del gigan­te asiático.

El país está inmer­so actual­men­te en el mayor pro­ce­so de urba­ni­za­ción de la his­to­ria. En los dos últi­mos dece­nios, 200 millo­nes de chi­nos han deja­do el cam­po para tras­la­dar­se a la ciu­dad. Para 2020 se espe­ra que hagan lo pro­pio otros 400 millo­nes. Todo ello sin olvi­dar los cre­cien­tes pro­ble­mas deri­va­dos de las expro­pia­cio­nes, la reduc­ción de super­fi­cie cul­ti­va­da, y la corrup­ción, un mal que ame­na­za en los últi­mos años con corroer el sis­te­ma des­de dentro.

Si a ello aña­di­mos el incre­men­to de la nece­si­dad de ener­gía de todo pro­ce­so de urba­ni­za­ción masi­va y los cre­cien­tes pro­ble­mas medioam­bien­ta­les tene­mos un cua­dro que des­mien­te la visión occi­den­tal mani­quea que demo­ni­za a Mao y endio­sa a los diri­gen­tes que pro­ta­go­ni­za­ron, hace trein­ta años, la aper­tu­ra al mercado.

La cre­cien­te pro­tes­ta social ‑liga­da a las expro­pia­cio­nes y a la corrup­ción- rei­vin­di­ca pre­ci­sa­men­te los prin­ci­pios de igual­dad y jus­ti­cia social de la Revo­lu­ción, que siguen for­man­do par­te del dis­cur­so del sistema.

Una igual­dad que está sien­do hora­da­da pro­gre­si­va­men­te. La des­igual­dad entre regio­nes (oes­te y este) y entre los nue­vos millo­na­rios ‑cifra­dos en 150 millo­nes- y el res­to de la pobla­ción es otro de los debes de estos años. Todo ello está ponien­do en peli­gro el lla­ma­do «Mila­gro chino» y está for­zan­do a una revi­sión des­de den­tro de los pará­me­tros apli­ca­dos en la últi­ma época.

El plan del actual pre­si­den­te, Hu Jin­tao, de «cons­truc­ción de un nue­vo agro socia­lis­ta» fue pre­sen­ta­do como la pri­me­ra prio­ri­dad estra­té­gi­ca del XI Plan Quin­que­nal (2006−2010). Sus actua­les diri­gen­tes no olvi­dan que el 67% de la pobla­ción es cam­pe­si­na y que la tie­rra segui­rá ocu­pan­do a 800 millo­nes de chi­nos (los mis­mos que aho­ra) den­tro de diez años. Y saben per­fec­ta­men­te que la rece­ta que tra­ta de ven­der Occi­den­te de pri­va­ti­zar la tie­rra ‑y con­si­guien­te­men­te, urba­ni­zar a toda esa masa para crear un sis­te­ma agra­rio capi­ta­lis­ta «super­pro­duc­ti­vo», al esti­lo de los vigen­tes en EEUU y Euro­pa- es sim­ple­men­te invia­ble. Por no decir que sería una autén­ti­ca locu­ra genocida.

Una lucha titá­ni­ca y constante

La his­to­ria chi­na des­de los albo­res de la huma­ni­dad es la de la cons­tan­te lucha por la maxi­mi­za­ción de recur­sos esca­sos y por la toma de deci­sio­nes drás­ti­cas para ase­gu­rar la super­vi­ven­cia de su población.

En esta línea, los exper­tos esta­ble­cen un con­ti­nuum en el lar­go deve­nir de este país, en el que los pro­ble­mas tie­nen una dimen­sión com­pa­ra­ble a la de su pobla­ción y exten­sión (es el cuar­to país más gran­de del mun­do, tras Rusia, Cana­dá y EEUU).

Y la reso­lu­ción de esos inmen­sos retos gene­ra pre­ci­sa­men­te retos nue­vos en una cade­na sin fin. Es el caso de la cono­ci­da polí­ti­ca del «hijo úni­co» ins­tau­ra­da por Mao para fre­nar la explo­sión demo­grá­fi­ca. Sin entrar a pole­mi­zar sobre el ver­da­de­ro alcan­ce de fenó­me­nos como el infan­ti­ci­dio de niñas ‑liga­do, por otro lado, a per­cep­cio­nes tra­di­cio­na­les que remon­tan al sis­te­ma agra­rio-patriar­cal- e inclu­so de su ven­ta en adop­ción, esa polí­ti­ca de con­trol de la pobla­ción, apli­ca­da a la mayo­ría han (el 90% del país) ha pro­vo­ca­do, a la lar­ga, una des­pro­por­ción entre hom­bres y muje­res que, suma­da al hecho de que la emi­gra­ción a la ciu­dad es un fenó­meno mayo­ri­ta­ria­men­te mas­cu­lino, está gene­ran­do pro­ble­mas socia­les ‑todo un ejér­ci­to de sol­te­ros sin espe­ran­zas, incre­men­to de la pros­ti­tu­ción- inéditos.

La pre­gun­ta, sin embar­go, es si había alter­na­ti­va a la toma de una deci­sión tan drás­ti­ca como la de limi­tar el dere­cho a pro­crear de la pobla­ción han.

Que la triun­fan­te revo­lu­ción maoís­ta tomó deci­sio­nes drás­ti­cas es un hecho. Y que erró, como han erra­do sus sucesores.

Pero hay una cons­ta­ta­ción cla­ra. Vol­vien­do a para­fra­sear al perio­dis­ta Rafael Poch: «Para los chi­nos, des­pués de sumar­lo y res­tar­lo todo, la revo­lu­ción fue, ante todo, el ini­cio de la res­tau­ra­ción de la paz, la uni­dad nacio­nal y el orden; tam­bién el rena­ci­mien­to de una gran nación mile­na­ria que había esta­do pos­tra­da más de un siglo a los extran­je­ros. Cuan­do Mao murió, había, por pri­me­ra vez en la his­to­ria para una gran par­te de los chi­nos, sufi­cien­te comi­da, ves­ti­do y techo, acce­so a edu­ca­ción y asis­ten­cia médi­ca rudi­men­ta­ria. Mejo­ró la con­di­ción de la mujer de for­ma radi­cal, se aca­bó con el jue­go, el opio y la pros­ti­tu­ción. El cre­ci­mien­to eco­nó­mi­co medio anual fue del 6%, (…) la pobla­ción se dobló en trein­ta años. Pese a todos los sufri­mien­tos y bar­ba­ri­da­des del maoís­mo, al pue­blo chino le fue mejor, en pará­me­tros como con­su­mo medio de ali­men­tos, mor­ta­li­dad y espe­ran­za media de vida, que a la inmen­sa mayo­ría de los paí­ses del Ter­cer Mundo».

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