Los Soviets: su origen, desarrollo y funciones

Origen y carácter de los Soviets

La pala­bra rusa «Soviet» sig­ni­fi­ca sen­ci­lla­men­te Con­se­jo o Jun­ta. Sin embar­go, es aún corrien­te la igno­ran­cia del sig­ni­fi­ca­do de este tér­mino a pesar de que la Revo­lu­ción rusa lo ha incor­po­ra­do defi­ni­ti­va­men­te al voca­bu­la­rio de todos los paí­ses. El tér­mino, pues, no tie­ne nada de mis­te­rio­so, y el Soviet no es una crea­ción pro­pia exclu­si­va­men­te del «alma esla­va», como pre­ten­den los intere­sa­dos en hacer apa­re­cer la gran revo­lu­ción de octu­bre como un fenó­meno espe­cí­fi­ca­men­te ruso, sino una for­ma de orga­ni­za­ción y com­ba­te que la cla­se obre­ra rusa creó y que el pro­le­ta­ria­do de todos los paí­ses se ha asi­mi­la­do. Es posi­ble que una gran par­te de las masas explo­ta­das des­co­noz­can el ver­da­de­ro sen­ti­do de este tér­mino, ope­ro éstas saben per­fec­ta­men­te que fue con la divi­sa de «todo el poder a los soviets» que el pro­le­ta­ria­do ruso aba­tió el régi­men capi­ta­lis­ta en 1917, y que, con los Soviets como base, está edi­fi­can­do una nue­va socie­dad sin explo­ta­do­res. Y esto, aña­di­do al odio pro­fun­do que la bur­gue­sía sien­te por la idea de los Soviets, bas­ta para que los tra­ba­ja­do­res de todo el mun­do com­pren­dan que su eman­ci­pa­ción está indi­so­lu­ble­men­te liga­da al triun­fo de esta idea.

Pero esta com­pren­sión, dic­ta­da por el ins­tin­to de cla­se no bas­ta. Para los obre­ros y cam­pe­si­nos espa­ño­les el pro­ble­ma de los Soviets adquie­re un carác­ter emi­nen­te­men­te prác­ti­co, pues­to que sin la crea­ción de los mis­mos o de otros orga­nis­mos análo­gos, su vic­to­ria será impo­si­ble. Es, pues, de una uti­li­dad mani­fies­ta que las masas tra­ba­ja­do­ras ten­gan una idea cla­ra del ori­gen, desa­rro­llo, fun­cio­nes de esas orga­ni­za­cio­nes.

Los Soviets sur­gie­ron en el trans­cur­so de la pri­me­ra revo­lu­ción rusa, la de 1905. Su crea­ción no fue debi­da a la ini­cia­ti­va de nin­gún par­ti­do ni gru­po polí­ti­co, sino que fue obra espon­tá­nea de las masas duran­te el desa­rro­llo de los acon­te­ci­mien­tos revo­lu­cio­na­rios. Los Soviets no sur­gie­ron de una vez, con las for­mas rela­ti­va­men­te defi­ni­das que tomó octu­bre de dicho año, cuan­do el movi­mien­to alcan­zó su apo­geo, sino que fue el resul­ta­do de la trans­for­ma­ción de los dis­tin­tos orga­nis­mos de com­ba­te crea­dos en el cur­so de la lucha. Se pro­du­cía un pro­ce­so muy ori­gi­nal. «La His­to­ria —como dice el escri­tor ruso Nevs­ki— por medio de las masas obre­ras que la crea­ban, pare­cía pasar de una for­ma de orga­ni­za­ción a otra, modi­fi­cán­do­la cada vez, eli­mi­nan­do unos ele­men­tos, intro­du­cien­do otros, ora sim­pli­fi­can­do, ora com­pli­can­do la orga­ni­za­ción.» En unos pun­tos, sur­gie­ron Soviets como un desa­rro­llo natu­ral de los Comi­tés de huel­ga crea­dos por los obre­ros ferro­via­rios. En otros, el desa­rro­llo de los mis­mos Comi­tés de fábri­cas y talle­res. Así ocu­rrió, por ejem­plo, en Eka­te­ri­nos-lav, Ros­tov, Novo­ro­sisk, Krans­no­yarsk, Kiev, Libau, Reval y otros pun­tos. Dichos comi­tés, que en un prin­ci­pio no per­se­guían otra misión que diri­gir el movi­mien­to huel­guís­ti­co, se trans­for­ma­ban pau­la­ti­na­men­te, bajo el impul­so de los acon­te­ci­mien­tos revo­lu­cio­na­rios, en orga­nis­mos repre­sen­ta­ti­vos de toda la cla­se obre­ra, que se ponían de acuer­do con los repre­sen­tan­tes de los dis­tin­tos par­ti­dos pro­le­ta­rios esta­ble­cien­do una coa­li­ción de com­ba­te. Un ori­gen igual tuvie­ron los Soviets en Peters­bur­go. En un prin­ci­pio se tra­ta­ba úni­ca­men­te de un sis­te­ma de repre­sen­tan­tes de fábri­cas, dele­ga­dos por sus com­pa­ñe­ros para tra­tar con los patro­nos, recau­dar dine­ro para los huel­guis­tas, etcé­te­ra.

La pari­ción de estas orga­ni­za­cio­nes desem­pe­ñó un papel inmen­so en el desa­rro­llo de la Revo­lu­ción de 1905. Sin ellas, el movi­mien­to habría esca­pa­do al con­trol del pro­le­ta­ria­do, pues antes de su crea­ción, al fren­te del movi­mien­to, se halla­ban orga­ni­za­cio­nes de carác­ter neta­men­te bur­gués, que habrían des­via­do al movi­mien­to, pri­ván­do­le de la hege­mo­nía del pro­le­ta­ria­do y subor­di­nán­do­lo a la direc­ción de la bur­gue­sía libe­ral. Sin estas orga­ni­za­cio­nes crea­dos por el pro­le­ta­ria­do en el fue­go de la lucha, el pode­ro­so movi­mien­to de 1905 no se habría podi­do trans­for­mar en insu­rrec­ción.

Sea como sea, el hecho es que la cla­se obre­ra rusa creó una orga­ni­za­ción com­ple­ta­men­te ori­gi­nal que se dis­tin­guía de todas las demás orga­ni­za­cio­nes, tan­to por el hecho de que fue ini­cia­ti­va suya exclu­si­va­men­te, como por los pro­ce­di­mien­tos emplea­dos para su crea­ción y los fines para que fue­ron cons­ti­tui­dos. Los Soviets son crea­dos úni­ca­men­te por las cla­ses revo­lu­cio­na­rias (obre­ros, cam­pe­si­nos, emplea­dos); se cons­ti­tu­yen, no de acuer­do con la ley, sino por la vía revo­lu­cio­na­ria, por la acti­vi­dad direc­ta de las masas explo­ta­das, y se trans­for­man en ins­tru­men­tos de la insu­rrec­ción y en el embrión del futu­ro Poder pro­le­ta­rio. En reali­dad, son ya un Poder, la dic­ta­du­ra del pro­le­ta­ria­do en ger­men. «Obra­ban como si fue­ran ya poder —dice Lenin— apo­de­rán­do­se por ejem­plo, de las impren­tas (Peters­bur­go), dete­nien­do a los agen­tes de la poli­cía que impe­dían que el pue­blo revo­lu­cio­na­rio rea­li­za­ra sus dere­chos. Actua­ban como poder al inci­tar al pue­blo a no dar dine­ro al Gobierno. Con­fis­ca­ban los fon­dos de este últi­mo (Comi­tés de Huel­ga de Ferro­via­rios en el Sur) y los dedi­ca­ban a satis­fa­cer las nece­si­da­des del Gobierno, del Gobierno Popu­lar, revo­lu­cio­na­rio.» «Los órga­nos de Poder des­cri­tos por noso­tros —dice asi­mis­mo Lenin— eran la dic­ta­du­ra en ger­men pues, pues ese Poder no reco­no­cía nin­gún otro poder, nin­gu­na otra ley, nin­gu­na otra nor­ma, pro­ce­die­ra de don­de pro­ce­die­ra. Un poder limi­ta­do, extra­le­gal, que se apo­ya en la fuer­za en el sen­ti­do más direc­to de esta pala­bra, es la dic­ta­du­ra. Pero la fue­ra en que se apo­ya y aspi­ra­ba a apo­yar­se este nue­vo Poder, era no la fuer­za de las bayo­ne­tas, no la fuer­za del dine­ro ni de cual­quie­ra de las ins­ti­tu­cio­nes ante­rio­res. Nada de esto. El nue­vo Poder no tenía ni las armas, ni el dine­ro, ni las anti­guas ins­ti­tu­cio­nes. ¿En qué se apo­ya­ba esta fuer­za? En la masa popu­lar. He aquí el ras­go dis­tin­ti­vo fun­da­men­tal de este nue­vo Poder en com­pa­ra­ción con los órga­nos del Poder ante­rior. Estos eran órga­nos de Poder de la mino­ría sobre el pue­blo, sobre la masa de los obre­ros y los cam­pe­si­nos, Aqué­llos eran los órga­nos del Poder del pue­blo, de los obre­ros y cam­pe­si­nos sobre la mino­ría, sobre un puña­do de agen­tes poli­cia­cos, de nobles u fun­cio­na­rios pri­vi­le­gia­dos.

En un prin­ci­pio, los par­ti­dos obre­ros no se die­ron cuen­ta de la inmen­sa impor­tan­cia de los Soviets. Has­ta diciem­bre, cuan­do la lucha tomó la for­ma de insu­rrec­ción arma­da, no com­pren­die­ron toda su pro­fun­da sig­ni­fi­ca­ción. Hubo inclu­so ten­ta­ti­vas de los repre­sen­tan­tes de dichos par­ti­dos para reti­rar­se de los nue­vo órga­nos de nue­vo Poder revo­lu­cio­na­rio. Pero, sin embar­go, los bol­che­vi­ques fue­ron los pri­me­ros en com­pren­der la impor­tan­cia de los Soviets como órga­nos de la insu­rrec­ción, como el mar­co más apro­pia­do para rea­li­zar el fren­te úni­co de todos los ele­men­tos revo­lu­cio­na­rios del pro­le­ta­ria­do, y así, a medi­da que los acon­te­ci­mien­tos toma­ban un carác­ter deci­si­vo, eran los bol­che­vi­ques los que desem­pe­ña­ban el papel prin­ci­pal de los Soviets.

Lo que no ofre­ce la menor duda es que el pro­le­ta­ria­do ruso, al crear los Soviets, dio al pro­le­ta­ria­do inter­na­cio­nal una nue­va for­ma de orga­ni­za­ción de la cla­se obre­ra. Los Soviets son, en reali­dad, orga­nis­mos neta­men­te revo­lu­cio­na­rios, incon­ce­bi­bles en la épo­ca de desa­rro­llo pací­fi­co y que per­si­guen como fin la trans­for­ma­ción inme­dia­ta y radi­cal de todas las rela­cio­nes socia­les. El pres­ti­gio de esa nue­va for­ma de orga­ni­za­ción era inmen­so entre la masa obre­ra rusa. Los tra­ba­ja­do­res decían: «Lo que el Soviet diga, hare­mos»; y en efec­to, lo con­si­de­ra­ban como su pro­pio Gobierno, y sus órde­nes y decre­tos los lle­va­ban a la prác­ti­ca sin vaci­lar. Nun­ca ha exis­ti­do orga­ni­za­ción algu­na que con­ta­ra con una con­fian­za tan ili­mi­ta­da de las masas y que estu­vie­ra liga­da con ellas de un modo tan estre­cho. Los obre­ros en las fábri­cas ele­gían a sus dipu­tados al Soviet. Estos debían dar cuen­ta de su ges­tión a sus elec­to­res y era cosa corrien­te que el dipu­tado que no cum­plie­ra a satis­fac­ción de estos últi­mos la misión que le había sido con­fia­da, fue­ra des­ti­tui­do y sus­ti­tui­do por otro. Como vere­mos más ade­lan­te, al estu­diar las estruc­tu­ras de los Soviets, vere­mos que casi todos ellos con­ta­ban con un Comi­té Eje­cu­ti­vo para el tra­ba­jo corrien­te; pero todas las cues­tio­nes impor­tan­tes eran amplia­men­te dis­cu­ti­das en las sesio­nes ple­na­rias. Los Soviets era una orga­ni­za­ción de base y fun­cio­na­mien­to amplia­men­te demo­crá­ti­cos.

Las fun­cio­nes y el papel de los Soviets se modi­fi­can según las cir­cuns­tan­cias del momen­to. En un prin­ci­pio, como hemos vis­to, no son más que sim­ple Comi­té de Huel­ga; más tar­de, se con­vier­ten en orga­nis­mos repre­sen­ta­ti­vos de toda la cla­se obre­ra; lue­go, en órga­nos de la insu­rrec­ción y en embrión del Poder; final­men­te, con la vic­to­ria de la revo­lu­ción pro­le­ta­ria, la for­ma sovié­ti­ca es la que toma pre­ci­sa­men­te la dic­ta­du­ra del pro­le­ta­ria­do. Los for­ma sovié­ti­ca de la dic­ta­du­ra del pro­le­ta­ria­do es, pues, la for­ma del pro­le­ta­ria­do orga­ni­za­do como Poder esta­tal que da la posi­bi­li­dad de la domi­na­ción polí­ti­ca com­ple­ta y se con­vier­te en un pode­ro­so ins­tru­men­to de trans­for­ma­ción social y polí­ti­ca.

Los Soviets antes de la toma del poder

El primer Soviet

El pri­mer Soviet sur­gió en Ivá­no­vo-Vos­ne­sensk.

Ivá­no­vo-Vos­ne­sensk es el cen­tro más impor­tan­te de la indus­tria tex­til rusa. El movi­mien­to obre­ro de dicha ciu­dad era uno de los más anti­guos del país. La influen­cia de las ideas socia­lis­tas era muy fuer­te, pero el movi­mien­to se dis­tin­guía por una carac­te­rís­ti­ca espe­cial: la de que el papel direc­ti­vo no lo desem­pe­ña­ba el agi­ta­dor de fue­ra ni el inte­lec­tual, como ocu­rría a menu­do, sino los ele­men­tos de la pro­pia masa obre­ra de la loca­li­dad. La masa, sin embar­go, era gene­ral­men­te incul­ta, como ocu­rre a menu­do en los obre­ros de esa rama de indus­tria. La que se ha dis­tin­gui­do siem­pre, en todos los paí­ses, por las pési­mas con­di­cio­nes de tra­ba­jo.

El movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio de 1905 tuvo una reper­cu­sión inme­dia­ta sobre esa masa de obre­ros explo­ta­dos, sobre todo por la pro­xi­mi­dad de cen­tros pro­le­ta­rios tan impor­tan­tes como Mos­cú y Oré­jo­vo-Zúgeo, don­de la fer­men­ta­ción revo­lu­cio­na­ria había alcan­za­do el gra­do máxi­mo.

El 12 de mayo esta­lló en Ivá­no­vo-Vos­ne­sensk la huel­ga de los obre­ros tex­ti­les, que se trans­for­mó en una huel­ga gene­ral y desem­pe­ño un inmen­so papel en la his­to­ria del movi­mien­to obre­ro ruso. El 13, en la ori­lla de río Tal­ki, en una Asam­blea de huel­guis­tas, a la cual asis­tie­ron 30.000 obre­ros, fue ele­gi­do un Con­se­jo o Soviet de 110 dele­ga­dos, desig­na­dos para lle­var a cabo las nego­cia­cio­nes con los patro­nos y las auto­ri­da­des en nom­bre de todos y para la direc­ción de la huel­ga. Ese Comi­té no era un Comi­té de huel­ga ordi­na­rio, tan­to por su for­ma de elec­ción como por su carác­ter. Des­de el pri­mer momen­to se esta­ble­ció un estre­cho con­tac­to entre el Soviet y el Par­ti­do Social­de­mó­cra­ta, cuyo Comi­té local ins­pi­ra­ba todas las reso­lu­cio­nes del nue­vo orga­nis­mo.

El Soviet, bajo la influen­cia de los acon­te­ci­mien­tos que se desa­rro­lla­ban en el país, adqui­rió rápi­da­men­te impor­tan­cia extra­or­di­na­ria y un carác­ter revo­lu­cio­na­rio defi­ni­do. Su fuer­za y su pres­ti­gio eran inmen­sos. En reali­dad, duran­te ese perío­do exis­tió ya en Ivá­no­vo-Vos­ne­sensk el poder dual. No se podía impri­mir nada en nin­gu­na impren­ta sin la auto­ri­za­ción del Soviet. Este se negó, por ejem­plo, a auto­ri­zar la impre­sión de un docu­men­to en que un repre­sen­tan­te de la auto­ri­dad se diri­gía al nue­vo orga­nis­mo crea­do por los tra­ba­ja­do­res. Mien­tras que el Soviet some­tía a su con­trol la publi­ca­ción de todos los docu­men­tos que ema­na­ban de la cla­se enemi­ga, publi­ca­ba libre­men­te todo lo que se le anto­ja­ba. La pro­pa­gan­da social­de­mó­cra­ta, por ejem­plo, se efec­tua­ba abso­lu­ta­men­te sin nin­gún obs­tácu­lo. El Soviet uti­li­za­ba libre­men­te los loca­les públi­cos, sin pedir per­mi­so a nadie, para sus Asam­bleas y míti­nes. Este dere­cho se lo había con­quis­ta­do por la fuer­za, y nadie ni nada pudo impe­dir que la cla­se obre­ra lo ejer­cie­ra, ni aun la matan­za orga­ni­za­da del 3 de julio por las auto­ri­da­des zaris­tas. Era, natu­ral­men­te, el Soviet el que diri­gía la huel­ga. No se admi­tía nin­gu­na nego­cia­ción sepa­ra­da; nada podía vol­ver al tra­ba­jo si no era por acuer­do del Soviet. Éste orga­ni­zó el ser­vi­cio de pro­tec­ción de las fábri­cas y de los bie­nes de la ciu­dad, y duran­te todo el perío­do en que fue due­ño abso­lu­to de la ciu­dad, y duran­te todo el perío­do en que fue due­ño abso­lu­to de la pobla­ción no se regis­tró ni un solo acto de robo o de saqueo. Fue pre­ci­sa­men­te cuan­do se disol­vió el Soviet que empe­za­ron los asal­tos a las tien­das.

El Soviet tomó deci­sio­nes de carác­ter neta­men­te polí­ti­co, que fue­ron trans­mi­ti­das el minis­tro de la Gober­na­ción en un men­sa­je que fir­ma­ron todos los dipu­tados al Soviet, a cuya fir­ma se aña­dió la de milla­res de huel­guis­tas. En dicho men­sa­je se recla­ma­ba la liber­tad de pala­bra, de reunión y de aso­cia­ción y la con­vo­ca­to­ria de una Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te. El Soviet exi­gió la for­ma­ción de un tri­bu­nal para juz­gar a los res­pon­sa­bles de las car­gas de la fuer­za públi­ca con­tra los huel­guis­tas el día 3 de julio, orga­ni­zó comi­sio­nes para reco­lec­tar fon­dos para los para­dos, des­ta­ca­men­tos para guar­dar las fábri­cas, etcé­te­ra. Inme­dia­ta­men­te des­pués de su cons­ti­tu­ción, se orga­ni­zó una Mesa, com­pues­ta de cin­co miem­bros, que fue un orga­nis­mo indu­da­ble­men­te análo­go a los Comi­tés Eje­cu­ti­vos ele­gi­dos en los Soviets que sur­gie­ron pos­te­rior­men­te en dis­tin­tos pun­tos del país.

Las asam­bleas ple­na­rias se cele­bra­ban todas las maña­nas a las nue­ve. Una vez ter­mi­na­da la sesión, empe­za­ba la Asam­blea gene­ral de los obre­ros, que exa­mi­na­ba todas las cues­tio­nes rela­cio­na­das con la huel­ga. Se daba cuen­ta de la mar­cha de esta últi­ma, de las nego­cia­cio­nes con los patro­nos y las auto­ri­da­des, etcé­te­ra. Des­pués de la dis­cu­sión, eran some­ti­das a la Asam­blea las pro­po­si­cio­nes pre­pa­ra­das por el Soviet. Lue­go, los mili­tan­tes del par­ti­do pro­nun­cia­ban dis­cur­sos de agi­ta­ción sobre la situa­ción de la cla­se obre­ra, y el mitin con­ti­nua­ba has­ta que el públi­co se can­sa­ba. Enton­ces, la mul­ti­tud ento­na­ba him­nos revo­lu­cio­na­rios y la Asam­blea se disol­vía. Así repe­tía todos los días.

Des­pués de las matan­zas del 3 de julio, las Asam­bleas se inte­rrum­pie­ron duran­te dos sema­nas, y, al reanu­dar­se, acu­die­ron ya a la pri­me­ra reunión has­ta 40.000 obre­ros. A las Asam­bleas siguie­ron mani­fes­ta­cio­nes pací­fi­cas y míti­nes en el cen­tro de la ciu­dad. El 25 de julio, el Soviet deci­dió dar por ter­mi­na­da la huel­ga en vis­ta de que el ham­bre empe­za­ba a rei­nar en los hoga­res obre­ros y de que los patro­nos habían hecho con­ce­sio­nes con­si­de­ra­bles.

El día en que se dio por ter­mi­na­da la huel­ga, el Soviet de Ivá­no­vo-Vos­ne­senk se disol­vió espon­tá­nea­men­te, pero los miem­bros del mis­mo siguie­ron desem­pe­ñan­do un papel de repre­sen­tan­tes de los obre­ros. En todas las fábri­cas éstos seguían con­si­de­rán­do­se como a sus «dipu­tados», y en todos los con­flic­tos con la admi­nis­tra­ción actua­ban como repre­sen­tan­tes de la masa obre­ra, y los patro­nos acep­ta­ban este hecho.

El Soviet de Petersburgo

Peters­bur­go era, no sola­men­te la capi­tal ofi­cial del país, sino el cen­tro del movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio. Era allí don­de había el pro­le­ta­ria­do más acti­vo y dota­do de un espí­ri­tu de com­ba­te más ardien­te. De allí par­tía la ini­cia­ti­va, el pen­sa­mien­to revo­lu­cio­na­rio inclu­so en los días de diciem­bre en que mien­tras la capi­tal per­ma­ne­cía pasi­va, en Mos­cú se desa­rro­lla­ban una lucha san­grien­ta. Peters­bur­go esta­ba liga­do a mil hilos con el res­to del país, y esta cir­cuns­tan­cia le ayu­da­ba a asi­mi­lar­se la expe­rien­cia de los demás cen­tros pro­le­ta­rios y los resul­ta­dos obte­ni­dos, a ela­bo­rar­los en su labo­ra­to­rio revo­lu­cio­na­rio, y dar, final­men­te, en octu­bre de 1905, la for­ma más per­fec­ta de orga­ni­za­ción, el Soviet de Dipu­tados Obre­ros, que ejer­ció una influen­cia enor­me sobre el movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio de todo el país.

El Soviet sur­gió en el momen­to de la lucha revo­lu­cio­na­ria más agu­da. La idea de su crea­ción fue lan­za­da el 12 de octu­bre en una Asam­blea cele­bra­da en el ins­ti­tu­to Tec­no­ló­gi­co. Pero las masas, en reali­dad, lo habían ido ya crean­do al desa­rro­llar, des­de los comien­zos de la revo­lu­ción, las dis­tin­tas for­mas de repre­sen­ta­ción en fábri­cas y talle­res. El 13 de octu­bre, el Soviet cele­bra su pri­me­ra reunión ple­na­ria. Uno de los prin­ci­pa­les acuer­dos adop­ta­dos por dicha pri­me­ra sesión es el de diri­gir un mani­fies­to a todos los obre­ros y obre­ras, en el cual, entre otras cosas, se dice: «No se pue­de per­mi­tir que las huel­gas sur­jan y se extin­gan de un modo espo­rá­di­co. Por esto hemos deci­di­do con­cen­trar la direc­ción del movi­mien­to en manos de un Comi­té Obre­ro Común. Pro­po­ne­mos a cada fábri­ca, a cada taller y a cada pro­fe­sión que eli­ja dipu­tados a razón de uno por cada qui­nien­tos obre­ros. Los dipu­tados de cada fábri­ca o taller cons­ti­tu­yen el Comi­té de Fábri­ca o de taller. La reunión de los dipu­tados de todas las fábri­cas y talle­res cons­ti­tu­yen el Comi­té gene­ral de Peters­bur­go». Este mani­fies­to lle­va la fir­ma de: «Soviet de Dipu­tados de las fábri­cas y talle­res de Peters­bur­go.» Al prin­ci­pio, los obre­ros, al ele­gir a sus dipu­tados, los con­si­de­ran como sus repre­sen­tan­tes en el Comi­té de huel­ga gene­ral, que se lla­ma, ora «Soviet Obre­ro Gene­ral», ora sen­ci­lla­men­te «Soviet Obre­ro», pero ya des­de el pri­mer momen­to empie­za a gene­ra­li­zar­se el tér­mino «Soviet de Dipu­tados Obre­ros», cono­ci­do aho­ra en todo el mun­do, y que apa­re­ce ya en el pri­mer núme­ro deIzves­tia (Las Noti­cias), órgano ofi­cial del Soviet.

Ni a un solo de los par­ti­ci­pan­tes en el movi­mien­to se le ocu­rría la inmen­sa impor­tan­cia que tenía el papel que esta­ba lla­ma­da a desem­pe­ñar la orga­ni­za­ción a la cual man­da­ban sus repre­sen­tan­tes. Sin embar­go, los mili­tan­tes más cons­cien­tes com­pren­dían per­fec­ta­men­te que no se tra­ta­ba de un sim­ple Comi­té de huel­ga y que su misión era la huel­ga polí­ti­ca, no sólo para con­se­guir la jor­na­da labo­ral de tra­ba­jo de ocho horas, sino para luchar por la con­vo­ca­to­ria de la Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te y la con­se­cu­ción de la liber­tad polí­ti­ca.

A media­dos de noviem­bre, el núme­ro de dipu­tados al Soviet era de 562, dele­ga­dos de 147 fábri­cas, 34 talle­res y 16 sin­di­ca­tos. De esos dipu­tados, 508 repre­sen­ta­ban a las fábri­cas y a los talle­res y 54 a los sin­di­ca­tos. En con­jun­to repre­sen­ta­ba a lo menos de 250.000 obre­ros, esto es, a la mayo­ría aplas­tan­te del pro­le­ta­ria­do de la capi­tal. Al fren­te iban, como siem­pre, los meta­lúr­gi­cos, que cons­ti­tu­yen la avan­za­da obli­ga­da del movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio. El núme­ro de sus dipu­tados ascen­día a 351; les seguía los obre­ros tex­ti­les, con 57 dipu­tados. Lue­go los tipó­gra­fos, con 32; los tra­ba­ja­do­res de la made­ra, con 23, etcé­te­ra. Pero en el Soviet esta­ban repre­sen­ta­dos asi­mis­mo los emplea­dos, los fun­cio­na­rios de Correos y telé­gra­fos y los par­ti­dos revo­lu­cio­na­rios. De los 50 miem­bros que com­po­nían el Comi­té Eje­cu­ti­vo, 28 repre­sen­ta­ban a fábri­cas y talle­res, 13 a los sin­di­ca­tos y 9 a los par­ti­dos socia­lis­tas. El Soviet de Petro­gra­do rea­li­za­ba —según la defi­ni­ción de Lenin— la unión efec­ti­va de la social­de­mo­cra­cia revo­lu­cio­na­ria: en esto con­sis­tía su fuer­za y su debi­li­dad. Su fuer­za, por­que agru­pa­ba a todo el pro­le­ta­ria­do; su debi­li­dad se veía neu­tra­li­za­da, has­ta cier­to pun­to, por las inde­ci­sio­nes y las vaci­la­cio­nes pro­pias de la peque­ña bur­gue­sía radi­cal.

Peters­bur­go era en 1905 el cen­tro de todo los acon­te­ci­mien­tos, y en la capi­tal mis­ma, el Soviet era el cen­tro de todo el movi­mien­to, y esto, ante todo, como ha dicho Trotsky, «por­que esta orga­ni­za­ción pro­le­ta­ria, pura­men­te de cla­se era una orga­ni­za­ción de la revo­lu­ción como tal. El Soviet de Dipu­tados Obre­ros —dice el que fue su pre­si­den­te— sur­gió como una res­pues­ta a la nece­si­dad obje­ti­va, engen­dra­da por el cur­so de los acon­te­ci­mien­tos, de una orga­ni­za­ción que fue­ra una auto­ri­dad, sin tra­di­cio­nes, agru­pa­ba a todas las masa dis­per­sas de la capi­tal, unie­ra a las ten­den­cias revo­lu­cio­na­rias en el pro­le­ta­ria­do, fue­ra capaz de ini­cia­ti­va, se con­tro­la auto­má­ti­ca­men­te a sí mis­ma y, sobre todo, que pudie­ra hacer sur­gir de bajo tie­rra en vein­ti­cua­tro horas».

Nin­guno de los par­ti­dos revo­lu­cio­na­rios exis­ten­tes, nin­guno de los sin­di­ca­tos, poco nume­ro­sos por otra par­te, que se habían fun­da­do, podía desem­pe­ñar este papel. A pesar de la enor­me influen­cia que ejer­cía entre la masa obre­ra, los bol­che­vi­ques y men­che­vi­ques agru­pa­ban de dos a tres mil miem­bros a fines de verano y de cin­co a seis mil a fines de año. Con ayu­da del Soviet, la social­de­mo­cra­cia arras­tra­ba a toda la masa. El Soviet era un cen­tro que arras­tra­ba a la orga­ni­za­ción y a la lucha, bajo la direc­ción de la social­de­mo­cra­cia, no sólo el pro­le­ta­ria­do, sino tam­bién a los sec­to­res peque­ño­bur­gue­ses de la pobla­ción.

En el momen­to en que sur­gió el Soviet, exis­tía en Peters­bur­go la Duma Muni­ci­pal, que era úni­ca­men­te un órgano nomi­nal de admi­nis­tra­ción muni­ci­pal, cuyas facul­ta­des el Gobierno zaris­ta cer­ce­na­ba sis­te­má­ti­ca­men­te. Ese orga­nis­mo era ele­gi­do exclu­si­va­men­te por la cla­se domi­nan­te. Uno de los pri­me­ros actos del Soviet fue pre­sen­tar una serie de reivin­di­ca­cio­nes a la Duma Muni­ci­pal. Estas reivin­di­ca­cio­nes eran las siguien­tes:

  1. Tomar medi­das inme­dia­tas para regu­lar el abas­te­ci­mien­to de la masa obre­ra de la capi­tal.
  2. Con­ce­der los edi­fi­cios públi­cos para asam­bleas obre­ras.
  3. Abo­lir la con­ce­sión de loca­les y de sub­ven­cio­nes a la poli­cía, los gen­dar­mes, etcé­te­ra.
  4. Entre­gar dine­ro a la Caja Muni­ci­pal al Soviet para el arma­men­to del pro­le­ta­ria­do de Peters­bur­go, que la lucha por la liber­tad del pue­blo.

Estas deman­das fue­ron entre­ga­das a la Duma, duran­te una de las sesio­nes de esta últi­ma, por una dele­ga­ción espe­cial del Soviet. Ni que decir tie­ne que los miem­bros de la Duma per­ma­ne­cie­ron sor­dos a las reivin­di­ca­cio­nes del pro­le­ta­ria­do. Pro­me­tie­ron exa­mi­nar la cues­tión en una sesión espe­cial, pero la cosa no pasó de aquí.

El pro­gra­ma polí­ti­co del Soviet esta­ba ins­pi­ra­do por la social­de­mo­cra­cia. Sus con­sig­nas fun­da­men­ta­les eran el derrum­ba­mien­to de la auto­cra­cia, la Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te, la Repú­bli­ca demo­crá­ti­ca y la jor­na­da labo­ral de ocho horas.

Diri­gió tres huel­gas, las gene­ra­les de octu­bre y noviem­bre y la de Correos y Telé­gra­fos. Lan­zó medio millón de pro­cla­mas, lle­vó a la prác­ti­ca, por la vía revo­lu­cio­na­ria, la jor­na­da de ocho horas en fábri­cas y talle­res, pro­cla­mó la liber­tad de pren­sa y de reunión, rea­li­zán­do­la por medio de la con­fis­ca­ción de las impren­tas y de los loca­les públi­cos: orga­ni­zó el auxi­lio a los obre­ros para­dos; se puso al fren­te del movi­mien­to que arre­ba­tó a la auto­cra­cia el Mani­fies­to de 17 de octu­bre, que pro­me­tía la con­vo­ca­ción de la Duma y una serie de liber­ta­des polí­ti­cas, y, con las huel­gas de noviem­bre, obli­gó al zaris­mo a levan­tar el esta­do de gue­rra en Polo­nia. Duran­te algún tiem­po, esto es, en el perío­do de auge de la Revo­lu­ción, actuó real­men­te como Poder y fue de vic­to­ria. El Soviet lan­zó la con­sig­na «¡Armaos!» y halló un eco ardien­te entre el pro­le­ta­ria­do. En las fábri­cas se orga­ni­za­ron gru­pos arma­dos. El Soviet adqui­ría por su cuen­ta, for­ma­ba la mili­cia obre­ra, que guar­da­ba la impren­ta en que se tira­ban lasIzves­tia lucha­ba con­tra las ban­das reac­cio­na­rias, pro­te­gía la Asam­bleas, etcé­te­ra.

La auto­ri­dad del Soviet era inmen­sa. Todo el mun­do, todos los explo­ta­dos, los que eran víc­ti­mas de atro­pe­llos, acu­dían a él en deman­da de ayu­da. En su últi­mo perío­do eran cada día más fre­cuen­tes las visi­tas de dele­ga­cio­nes cam­pe­si­nas, y empe­za­ba ya asi­mis­mo a enta­blar rela­cio­nes con los sol­da­dos. Los tri­bu­na­les deja­ban salir a los tes­ti­gos, si eran dipu­tados al Soviet, para que pudie­ran cum­plir con sus fun­cio­nes. Si la poli­cía dete­nía a alguno de ellos con moti­vo de algún des­or­den públi­co, era pues­to en liber­tad tan pron­to pre­sen­ta­ba su car­net. Las auto­ri­da­des mili­ta­res que guar­da­ban la cen­tral eléc­tri­ca, die­ron la corrien­te para la impre­sión de lasIzves­tia, por orden del Soviet, y comu­ni­ca­ron ofi­cial­men­te a este últi­mo que la orden esta­ba cum­pli­da. Los ferro­ca­rri­les y los telé­gra­fos esta­ban ente­ra­men­te a su dis­po­si­ción, mien­tras que el pre­si­den­te del Con­se­jo de Minis­tros no podía dis­po­ner de ellos cuan­do que­ría. Entre los sus­crip­to­res al órgano del Soviet figu­ra­ban Wit­te, jefe del Gobierno, y Bir­lov, minis­tro de Mari­na. Cuan­do empe­za­ron los pogro­mos, orga­ni­za­dos por los «cien negros» en todo el país, el Soviet dio a los obre­ros la orden de que se arma­ran. Pero éstos no tenían medios de adqui­rir armas y empe­za­ron a fabri­car armas blan­cas en fábri­cas y talle­res. En el Soviet se for­mó un ver­da­de­ro museo, nun­ca vis­to por su varie­dad. Pero más tar­de, como ya se ha dicho, se com­pra­ron armas. La mili­cia esta­ba com­pues­ta de 6.000 obre­ros, la ins­ti­tu­ción fun­cio­na­ba nor­mal­men­te de un modo abier­to, has­ta tal pun­to, que los perió­di­cos publi­ca­ban los núme­ros de los telé­fo­nos de los pues­tos de la mili­cia a los cua­les podía diri­gir­se la pobla­ción en caso de nece­si­dad urgen­te.

El 26 de noviem­bre fue dete­ni­do Jrus­ta­liev, pri­mer pre­si­den­te del Soviet. Este con­tes­tó con el siguien­te acuer­do: «El pre­si­den­te del Soviet de Dipu­tados Obre­ros ha sido hecho pri­sio­ne­ro por el Gobierno. El Soviet eli­ge a otro pre­si­den­te y sigue pre­pa­rán­do­se para la insu­rrec­ción.» En efec­to, fue ele­gi­do Trotsky. Pero la vida del Soviet fue ya de bre­ve dura­ción.

El 2 de diciem­bre el Soviet diri­gió un mani­fies­to al pue­blo invi­tán­do­le a reti­rar el dine­ro de las Cajas de Aho­rros y del ban­co del esta­do, exi­gien­do el pago en oro. El lla­ma­mien­to halló un gran eco en la pobla­ción, lo cual repre­sen­tó un serio gol­pe para el Gobierno.

El Soviet se había con­ver­ti­do en una gran fuer­za. Bajo su influen­cia se crea­ban orga­nis­mos análo­gos en otras pobla­cio­nes. Acer­cá­ba­se el momen­to en que debía unir­se con los cam­pe­si­nos para la acción deci­si­va, pero la demo­cra­cia revo­lu­cio­na­ria, repre­sen­ta­da en el Soviet, y los gru­pos de la opo­si­ción bur­gue­sa libe­ral, se con­ten­ta­ron con la vic­to­ria de octu­bre y a espal­das del pue­blo se enten­die­ron con el zar. Este dio con­fian­za y fuer­za a la auto­cra­cia, la cual aca­bó por ven­cer. El día 3 de diciem­bre la fuer­za públi­ca cer­có el edi­fi­cio en que se halla­ba reuni­do el Comi­té Eje­cu­ti­vo del Soviet y pro­ce­dió a su deten­ción. Sus miem­bros fue­ron juz­ga­dos y con­de­na­dos a la depor­ta­ción a Sibe­ria. Pos­te­rior­men­te se rea­li­za­ron ten­ta­ti­vas para crear un «Soviet clan­des­tino; pero la ten­ta­ti­va no tuvo éxi­to. Es ver­dad que siguió fun­cio­nan­do un Comi­té Eje­cu­ti­vo, pero en reali­dad se tra­ta­ba de una orga­ni­za­ción pura­men­te nomi­nal que había per­di­do toda su fuer­za y su pres­ti­gio. Ese Comi­té Eje­cu­ti­vo fue dete­ni­do a su vez en la pri­ma­ve­ra de 1906. El Soviet de Peters­bur­go no fue, como el de Mos­cú, un órgano de la insu­rrec­ción arma­da, lo cual se expli­ca en gran par­te por la influen­cia pre­do­mi­nan­te que los men­che­vi­ques ejer­cían en el mis­mo.

El Soviet de Moscú

El Soviet de Mos­cú sur­gió más tar­de, inclu­so que algu­nos de pro­vin­cias. For­mal­men­te, empe­zó su exis­ten­cia el 22 de noviem­bre, pero la idea de su crea­ción sur­gió ya en sep­tiem­bre, duran­te la huel­ga de tipó­gra­fos, que pro­vo­có un pode­ro­so movi­mien­to de soli­da­ri­dad de la cla­se obre­ra de Mos­cú, con míti­nes, mani­fes­ta­cio­nes, cho­ques con las tro­pas y barri­ca­das. Los tipó­gra­fos eli­gie­ron un Comi­té que fue en reali­dad el embrión del futu­ro Soviet. En efec­to, ese Comi­té de huel­ga se con­vir­tió en un orga­nis­mo revo­lu­cio­na­rio que lle­vó a la prác­ti­ca, por su volun­tad, la liber­tad de reunión y de pala­bra, orga­ni­zó asam­bleas en loca­les públi­cos, con­si­guien­do des­pués su lega­li­za­ción, y pre­sen­tan­do des­pués una serie de reivin­di­ca­cio­nes de carác­ter polí­ti­co. En un prin­ci­pio, cada taller eli­gió un dipu­tado. Des­pués se esta­ble­ció la nor­ma de un dipu­tado por cada 20 obre­ros. El Comi­té de tipó­gra­fos se con­vir­tió, en el cur­so de los acon­te­ci­mien­tos, en Soviet de Mos­cú. En los últi­mos días de su exis­ten­cia, éste con­ta­ba con 200 dipu­tados, que repre­sen­ta­ban a más de 100.000 obre­ros, es decir, a la mayo­ría aplas­tan­te de la cla­se obre­ra de Mos­cú.

La nece­si­dad de crear el Soviet nació de la cir­cuns­tan­cia de que exis­tie­ra un Comi­té de huel­ga —que diri­gía el movi­mien­to polí­ti­co con­tra la auto­cra­cia— com­pues­ta prin­ci­pal­men­te de ele­men­tos bur­gue­ses, con una redu­ci­da repre­sen­ta­ción de los obre­ros. Lo mis­mo había debi­do hacer­se en otras pobla­cio­nes, como por ejem­plo, Samar y Kiev. Se hicie­ron dis­tin­tas pro­po­si­cio­nes de uni­fi­ca­ción, esti­mu­la­dos inclu­so por una par­te de los obre­ros, que esti­ma­ban impres­cin­di­ble la cola­bo­ra­ción de todos los esfuer­zos para luchar con­tra el enemi­go común. El Soviet, sin embar­go en este sen­ti­do, sin negar­se, por ello, a cola­bo­rar en casos con­cre­tos de lucha con­tra la auto­cra­cia. El Soviet de Dipu­tados Obre­ros repre­sen­tó un gran paso ade­lan­te en el desa­rro­llo del movi­mien­to, con­vir­tién­do­se en órgano de la insu­rrec­ción. El Soviet de Mos­cú tomó una acti­tud mucho más deci­di­da que el de Peters­bur­go con res­pec­to al arma­men­to y a la labor de pro­pa­gan­da y orga­ni­za­ción entre los sol­da­dos. Fun­cio­nó inclu­so, aun­que efí­me­ra­men­te, un Soviet de sol­da­dos, que no cele­bró más que una reunión. En el Soviet los socia­lis­tas revo­lu­cio­na­rios y los men­che­vi­ques desem­pe­ña­ron un papel secun­da­rio. El papel prin­ci­pal lo desem­pe­ña­ron los bol­che­vi­ques, cuya influen­cia era pre­do­mi­nan­te, a pesar de que for­mal­men­te los tres par­ti­dos tenían repre­sen­ta­ción abso­lu­ta­men­te igual en el Comi­té Eje­cu­ti­vo (dos dipu­tados cada uno).

Ade­más del Soviet cen­tral exis­tían Soviets en las barri­ca­das, las cua­les toma­ron una par­ti­ci­pa­ción muy acti­va en todo el movi­mien­to.

El Soviet se puso al fren­te de la insu­rrec­ción de diciem­bre. La deci­sión de ir a la huel­ga gene­ral adop­ta­da por el Par­ti­do Social­de­mó­cra­ta fue refre­na­da por el Soviet y las Asam­bleas gene­ra­les cele­bra­das en cada fábri­ca.

El Soviet goza­ba, como en Peters­bur­go, de un gran pres­ti­gio entre las masas tra­ba­ja­do­ras. En las elec­cio­nes de los dipu­tados al mis­mo par­ti­ci­pa­ba lite­ral­men­te toda la cla­se tra­ba­ja­do­ra de Mos­cú, que habi­tual­men­te acom­pa­ña­ba a los dipu­tados a la pri­me­ra reunión en medio de un entu­sias­mo deli­ran­te. Para for­mar­se una idea del entu­sias­mo de los tra­ba­ja­do­res y de la par­ti­ci­pa­ción de los mis­mos en las elec­cio­nes, son muy carac­te­rís­ti­cas las pala­bras pro­nun­cia­das por un vie­jo fun­di­dor del barrio de Lefór­to­vo, ele­gi­do por sus com­pa­ñe­ros. «Cama­ra­das ‑decía- sólo aho­ra com­pren­do la fuer­za que pue­de lle­gar a tener la unión de la cla­se obre­ra. He vis­to que en la acción colec­ti­va en la lucha con nues­tros enemi­gos, los bur­gue­ses, pode­mos obte­ner todos los dere­chos y todas las liber­ta­des. YO, que ya soy vie­jo, ni tan siquie­ra podía soñar con ser ele­gi­do para defen­der nues­tros dere­chos obre­ros y lle­var el títu­lo hon­ro­so de repre­sen­tan­te del Soviet de Dipu­tados Obre­ros; pero creo que no podre­mos pasar­nos de una lucha san­grien­ta con nues­tros opre­so­res, y por esto, vues­tros ele­gi­dos os pedi­mos que sos­ten­gáis con las armas en la mano vues­tros Soviets de Dipu­tados Obre­ros.»

Sin los Soviets, la orga­ni­za­ción del Par­ti­do no hubie­ra podi­do arras­trar a las masas a la lucha arma­da ni crear aque­lla atmós­fe­ra de com­ba­te y de soli­da­ri­dad que alen­tó a inmen­sas masas obre­ras.

Los Soviets en provincias

La mayo­ría de los Soviets de pro­vin­cias fue­ron orga­ni­za­dos en noviem­bre y algu­nos inclu­so en diciem­bre, bajo la influen­cia inme­dia­ta del que había sido crea­do por la cla­se obre­ra de Peters­bur­go. Tan­to éste como el de Mos­cú habían man­da­do, por otra par­te, dele­ga­dos a pro­vin­cias que fomen­ta­ron acti­va­men­te la cons­ti­tu­ción de dichas orga­ni­za­cio­nes.

Cla­ro está que la labor de estos repre­sen­tan­tes habría sido esté­ril en el caso de no exis­tir ya pre­via­men­te con­di­cio­nes favo­ra­bles. En efec­to, ya des­de mucho antes exis­tían por doquier orga­ni­za­cio­nes embrio­na­rias de las cua­les sur­gie­ron más tar­de los Soviets. Bajo la influen­cia de los acon­te­ci­mien­tos, del desa­rro­llo de las huel­gas, de las agre­sio­nes de la fuer­za públi­ca, de la situa­ción revo­lu­cio­na­ria gene­ral exis­ten­te en el país, esas orga­ni­za­cio­nes embrio­na­rias se fue­ron trans­for­man­do rápi­da­men­te. Y es que no hay nada tan fecun­do como la revo­lu­ción. La revo­lu­ción ofre­ce un cam­po de acción inmen­so a la acti­vi­dad crea­do­ra de las masas, las cua­les, en esas cir­cuns­tan­cias, lle­van a la prác­ti­ca en pocas horas todos los pla­nes y pro­yec­tos que los diri­gen­tes del movi­mien­to han medi­ta­do duran­te días y sema­nas en sus des­pa­chos.

Se poseen pocos datos sobre el ori­gen y el carác­ter de los Soviets en pro­vin­cias. Unos se acer­can por su tipo al de Mos­cú, otros al de Peters­bur­go. En algu­nos sitios se con­vier­ten en el poder autén­ti­co. Los cam­pe­si­nos crean tam­bién, bajo la influen­cia de la Alian­za Cam­pe­si­na, orga­nis­mos revo­lu­cio­na­rios de masas que en muchos oca­sio­nes lle­van asi­mis­mo el nom­bre de Soviets y se ponen en rela­ción con los Soviets obre­ros. Todos ellos dis­po­nen de gru­pos arma­dos, bien orga­ni­za­dos y suje­tos a una dis­ci­pli­na rigu­ro­sa. En muchos pun­tos, tan­to patro­nos como auto­ri­da­des tra­tan ofi­cial­men­te con el Soviet, al cual diri­gen docu­men­tos ofi­cia­les. En Kos­tro­má, por ejem­plo, bajo la pre­sión del Soviet, la Duma Muni­ci­pal con­ce­de un sub­si­dio a los huel­guis­tas y 1.000 rublos para los para­dos. Bajo esa mis­ma pre­sión las auto­ri­da­des se vie­ron obli­ga­das a poner en liber­tad a cua­tro obre­ros que habían sido dete­ni­dos. Las muje­res —y no fue ésta una de las carac­te­rís­ti­cas menos impor­tan­tes del movi­mien­to— toma­ban una par­ti­ci­pa­ción acti­ví­si­ma en la vida de los Soviets.

Don­de éstos toma­ron un carác­ter más acen­tua­da­men­te revo­lu­cio­na­rio con­vir­tién­do­se en reali­dad en órga­nos del Poder, fue en Sibe­ria. Esto se expli­ca, sobre todo, por la influen­cia de los sol­da­dos que regre­sa­ban del fren­te del extre­mo Orien­te, que cons­ti­tuían Soviets de sol­da­dos y esta­ble­cían un estre­cho con­tac­to con los orga­ni­za­dos por los obre­ros. En Kras­no­yarsk, por ejem­plo, el Soviet pro­ce­dió a la expro­pia­ción de los ferro­ca­rri­les y de la tie­rra y colo­có ente­ra­men­te bajo su con­trol el ser­vi­cio de Correos y Telé­gra­fos. Medi­das de análo­go carác­ter fue­ron toma­das en otros pun­tos de aque­lla región. En algu­nos pun­tos, los ele­men­tos reac­cio­na­rios con­si­guie­ron tem­po­ral­men­te des­or­ga­ni­zar el movi­mien­to, pero la masa obre­ra reac­cio­na­ba enér­gi­ca­men­te redu­cien­do al silen­cio y a la inac­ti­vi­dad las ban­das de «cien negros».

En gene­ral, los Soviets de pro­vin­cias ejer­cían el con­trol abso­lu­to sobre las impren­tas y la pren­sa. Cuan­do no publi­ca­ban un órgano pro­pio, se edi­ta­ba un bole­tín del Par­ti­do Social­de­mó­cra­ta Obre­ro Ruso, que lo reem­pla­za­ba, y en el que se tra­ta­ban las mis­mas cues­tio­nes con el mis­mo espí­ri­tu. Cada Soviet que sur­gía con­ver­tía­se en un cen­tro al cual acu­dían los obre­ros e inclu­so los cam­pe­si­nos de los pue­blos veci­nos a expo­ner sus que­jas y a bus­car con­se­jo.

No exis­te una lis­ta com­ple­ta de los Soviets de Dipu­tados Obre­ros que fun­cio­na­ron en Rusia duran­te la Revo­lu­ción de 1905. Con res­pec­to a los Soviets de cam­pe­si­nos y sol­da­dos, los datos que se poseen son toda­vía más incom­ple­tos. Sin embar­go, lo que se pue­de afir­mar sin nin­gún gene­ro de dudas es que desem­pe­ña­ron un gran papel. Todos los docu­men­tos de la épo­ca lo ates­ti­guan de un modo irre­fu­ta­ble. No obs­tan­te. Cuan­do en 1927 la opo­si­ción comu­nis­ta rusa pre­co­ni­za­ba la crea­ción inme­dia­ta de Soviets en Chi­na y, en apo­yo de su cri­te­rio, recor­da­ba el papel desem­pe­ña­do por dichas orga­ni­za­cio­nes en la Revo­lu­ción rusa de 1905, Sta­lin, para jus­ti­fi­car su polí­ti­ca men­che­vi­que de infeu­da­ción del pro­le­ta­ria­do al Kuo­min­tang bur­gués, afir­ma­ba con su pro­ver­bial des­pre­cio de la ver­dad his­tó­ri­ca, que en 1905 no había sur­gi­do más que dos o tres Soviets cuya influen­cia en el desa­rro­llo de los acon­te­ci­mien­tos había sido casi nula. Aho­ra bien, entre mayo y octu­bre, se cons­ti­tu­ye­ron Soviets, ade­más de Ivá­no­vo-Vos­ne­sensk, Peters­bur­go, Mos­cú, en las siguien­tes pobla­cio­nes: Novo­ro­sisk, Ros­tov, Sama­ra, Kiev, Chi­tá, Irkustk, Kras­no­yarsk, Kos­tro­má, Sár­tov, Mitis­chí, Tver, Orié­jo­vo-Zúye­vo, Viat­ka, Eka­te­ring­burg, Nadé­ja­dino, Vód­kino, Ode­sa, Niko­láiev, Kre­men­chuck, Eka­te­rin­bug, Yúsov­ka, Mariú­pol, Tan­gan­rog, Bakú, Bie­los­tok, Smo­liensk, Libau y Réval.

Hay que tener en cuen­ta que esta lis­ta, como hemos hecho ya notar, es muy incom­ple­ta, y que en nin­gún núme­ro de Soviets crea­dos fue mucho mayor. A pesar de todo, esta lis­ta incom­ple­ta de una idea de la mag­ni­tud del movi­mien­to. Los Soviets no sur­gie­ron en una región deter­mi­na­da, sino en toda la inmen­si­dad de la tie­rra rusa, tan­to en el Nor­te como en el Sur, en el cen­tro del país, como en las leja­nas regio­nes de Sibe­ria, aun­que, natu­ral­men­te, los que desem­pe­ña­ron el papel más impor­tan­te fue­ron los de Peters­bur­go y de Mos­cú.

Estructura de los Soviets

La fábri­ca era la ciu­da­de­la gene­ral de los Soviets. Las nor­mas de elec­ción varia­ban mucho según las pobla­cio­nes, pero en todas par­tes par­ti­ci­pa­ban en la elec­ción de los dipu­tados abso­lu­ta­men­te todos los obre­ros, sin excep­ción ni res­tric­ción de nin­gu­na cla­se, que tra­ba­ja­ban en el esta­ble­ci­mien­to. En Peters­bur­go y Mos­cú se ele­gían dipu­tados por cada 500 obre­ros; en Ode­sa, uno por cada 100; en Kos­tro­má, uno por cada 25; en otros, no había nin­gu­na for­ma defi­ni­da. En todo caso, los Soviets repre­sen­ta­ban en todas par­tes a la mayo­ría aplas­tan­te de la cla­se obre­ra, y en Peters­bur­go, Mos­cú y Eka­te­rin­burg a la casi tota­li­dad. Su pres­ti­gio era tan gran­de, que en algu­nas pobla­cio­nes pre­ten­die­ron ele­gir Soviets inclu­so los peque­ños comer­cian­tes.

¿Cómo se orga­ni­za­ron? En Peters­bur­go, Ros­tov, Novo­ro­sisk y otras loca­li­da­des se pro­ce­dió a ele­gir inme­dia­ta­men­te Soviets gene­ra­les; en Mos­cú, Ode­sa y otros pun­tos se ele­gían para­le­la­men­te Soviets de barria­da. En Mos­cú, éstos man­da­ban repre­sen­tan­tes direc­tos al Soviet gene­ral o cen­tral: en otras loca­li­da­des se pro­ce­día pri­me­ra­men­te a ele­gir Soviets de barria­da, cuya reunión for­ma­ba el Soviet local.

Por regla gene­ral se desig­na­ba un Comi­té o Comi­sión Eje­cu­ti­va o una Mesa de dis­cu­sión. El pre­si­den­te, el secre­ta­rio y otros car­gos impor­tan­tes eran ele­gi­dos por la Asam­blea gene­ral del Soviet.

Se crea­ban órga­nos auxi­lia­res, tales como comi­sio­nes de ayu­da a los para­dos, de orga­ni­za­cio­nes de míti­nes, sec­cio­nes de publi­ca­cio­nes y pro­pa­gan­da, de hacien­da, etcé­te­ra. Y allí don­de diri­gían la insu­rrec­ción o se con­ver­tían en órga­nos de Poder, se crea­ban gru­pos arma­dos o mili­cias y se pro­ce­día al nom­bra­mien­to de los jefes de las ins­ti­tu­cio­nes que el Soviet toma­ba bajo su con­trol (Correos, Telé­gra­fos, Ferro­ca­rri­les). Algu­nos tales como el Soviet de Kras­no­yarsk y de Chi­tá, en cuya cons­ti­tu­ción, como hemos vis­to, desem­pe­ña­ron un papel tan impor­tan­te los sol­da­dos que regre­sa­ban del fren­te, dis­po­nían de fuer­zas arma­das con­si­de­ra­bles.

No todos los Soviets con­ta­ban con pren­sa pro­pia. Algu­nos uti­li­za­ban pren­sa legal o la del par­ti­do. LasIzves­tia (Noti­cias) se impri­mían —como hemos vis­to— toman­do pose­sión de las impren­tas. Todos los Soviets lan­za­ban hojas y pro­cla­mas que ejer­cían una extra­or­di­na­ria influen­cia des­de el pun­to de vis­ta de la agi­ta­ción.

En gene­ral, no había nin­gu­na nor­ma fija de orga­ni­za­ción. Las for­mas de la mis­ma, así como su carác­ter y fun­cio­nes, se iban con­cre­tan­do según las cir­cuns­tan­cias.

Los Soviets y los partidos

En el pri­mer Soviet que sur­gió en Rusia, el de Ivá­no­vo-Vos­ne­sensk, no se plan­teó la cues­tión de las rela­cio­nes entre aquél y los par­ti­dos, por cuan­to el Soviet se halla­ba diri­gi­do de hecho por la orga­ni­za­ción social­de­mó­cra­ta de la loca­li­dad.

Esta cues­tión se plan­teó de un modo bas­tan­te agu­do úni­ca­men­te en Peters­bur­go. Como es sabi­do, el Soviet de la capi­tal era en prin­ci­pio un Comi­té obre­ro encar­ga­do de diri­gir la huel­ga. Pero a medi­da que se desa­rro­lla­ban los acon­te­ci­mien­tos revo­lu­cio­na­rios, el Soviet se con­ver­tía en el cen­tro de toda la lucha del pro­le­ta­ria­do. El Soviet lan­za­ba con­sig­nas polí­ti­cas, pre­sen­ta­ba reivin­di­ca­cio­nes eco­nó­mi­cas, ejer­cía las fun­cio­nes de los Sin­di­ca­tos, inexis­ten­tes en aquel enton­ces. En una pala­bra, era una nue­va fuer­za revo­lu­cio­na­ria que lle­va­ba a cabo una lucha polí­ti­ca acti­va con­tra la auto­cra­cia. En estas con­di­cio­nes, venía a eli­mi­nar has­ta cier­to pun­to a los par­ti­dos socia­lis­tas de las posi­cio­nes avan­za­das de la lucha de cla­ses, y, por tan­to, no podía dejar de plan­tear­se la cues­tión del papel del Soviet y de las rela­cio­nes entre éste y los par­ti­dos obre­ros.

Ya el 19 de octu­bre, con moti­vo de la pro­po­si­ción de que se pusie­ra tér­mino a la huel­ga, el repre­sen­tan­te de los bol­che­vi­ques indi­có la nece­si­dad de que coor­di­na­ra la acción del Soviet con el Par­ti­do Social­de­mó­cra­ta Obre­ro Ruso. El 27, la sec­ción Viborg del Soviet exa­mi­nó la cues­tión y deci­dió pro­po­ner que éste acep­ta­ra el pro­gra­ma social­de­mó­cra­ta, y los dele­ga­dos bol­che­vi­ques pro­pu­sie­ron inclu­so reti­rar­se del Soviet en el caso de que este últi­mo no acep­ta­ra el men­cio­na­do pro­gra­ma.

La cues­tión fue dis­cu­ti­da suce­si­va­men­te en las dis­tin­tas barria­das y en las fábri­cas. Pro­vo­can­do por doquier enco­na­dos deba­tes. El Comi­té fede­ra­ti­vo el Par­ti­do Social-demó­cra­ta Obre­ro Ruso, del cual for­ma­ba par­te, sobre la base pari­ta­ria, repre­sen­tan­tes bol­che­vi­ques y men­che­vi­ques, deci­dió pro­po­ner al Soviet que se pro­nun­cia­ra de un modo con­cre­to sobre su pla­ta­for­ma polí­ti­ca. El Soviet se halla­ba en una situa­ción muy crí­ti­ca. No ofre­cía difi­cul­ta­des adop­tar una reso­lu­ción en el sen­ti­do de adhe­rir al pro­gra­ma social­de­mó­cra­ta, pues la inmen­sa mayo­ría de los repre­sen­tan­tes eran miem­bros del par­ti­do o sim­pa­ti­za­ban con su pro­gra­ma. Pero en el Soviet había asi­mis­mo dele­ga­dos de otros par­ti­dos —de los social revo­lu­cio­na­rios, por ejem­plo— y obre­ros que no per­te­ne­cían a nin­guno de ellos, y, sobre todo, la adhe­sión al pro­gra­ma social­de­mó­cra­ta se halla­ba en con­tra­dic­ción con el prin­ci­pio mis­mo sobre cuya base se había cons­ti­tui­do el Soviet: la repre­sen­ta­ción de toda la masa obre­ra en una orga­ni­za­ción de com­ba­te.

Tenien­do en cuen­ta estas con­si­de­ra­cio­nes, des­pués de una bre­ve dis­cu­sión, el Soviet deci­dió reti­rar la cues­tión del orden del día. A pesar de ello, los repre­sen­tan­tes bol­che­vi­ques, con­tra­ria­men­te a lo que se había deci­di­do, no se reti­ra­ron.

En reali­dad, no se hizo más que rehuir la cues­tión, la cual siguió sien­do obje­to de apa­sio­na­dos deba­tes en las reunio­nes polí­ti­cas y en la pren­sa obre­ra. No obs­tan­te, el plan­tea­mien­to de la cues­tión en una for­ma ter­mi­nan­te en el Soviet de Dipu­tados Obre­ros hubie­ra podi­do pro­du­cir la esci­sión en este últi­mo y pro­vo­car la des­or­ga­ni­za­ción del pro­le­ta­ria­do de Peters­bur­go en uno de los momen­tos más crí­ti­cos.

Hemos vis­to ya la visión adop­ta­da en gene­ral por los bol­che­vi­ques. Pero por la impor­tan­cia de la cues­tión, vale la pena dete­ner­se en ella con un poco más de aten­ción. En este momen­to se demos­tró una vez más que siem­pre que Lenin se halla­ba ausen­te, los direc­to­res bol­che­vi­ques incu­rrían en erro­res gro­se­ros. Des­de el pri­mer momen­to, esos diri­gen­tes adop­ta­ron una acti­tud nega­ti­va con res­pec­to al Soviet. Para ejer­cer la direc­ción polí­ti­ca —venían a decir— es nece­sa­rio tener un pro­gra­ma polí­ti­co bien defi­ni­do y fines bien con­cre­tos. Por su estruc­tu­ra polí­ti­ca el Soviet no pue­de con­ver­tir­se en direc­tor y, en todo caso, es inca­paz de reem­pla­zar al par­ti­do. Se indi­ca­ba ade­más el hecho de que el Soviet fue­ra una orga­ni­za­ción infeu­da­da for­mal­men­te a nin­gún par­ti­do, podía empu­jar­lo por el camino del opor­tu­nis­mo y con­ver­tir­se en un ins­tru­men­to de que se val­dría la bur­gue­sía para des­viar a los obre­ros. La con­clu­sión que se des­pren­día de ese racio­na­mien­to era lógi­ca: el Soviet no sólo no era nece­sa­rio, sino que inclu­so resul­ta­ba peli­gro­so para el pro­le­ta­ria­do. La lle­ga­da de Lenin a Peters­bur­go puso fin a esta acti­tud absur­da. Lenin com­pren­dió inme­dia­ta­men­te la impor­tan­cia inmen­sa de los Soviets, y en los artícu­los publi­ca­dos en Nóva­ya Zhizn se limi­tó úni­ca­men­te a reco­men­dar que se refor­za­ra la influen­cia del par­ti­do en el inte­rior de los Soviets. Con ello se halló la for­ma de las rela­cio­nes entre el Soviet y el par­ti­do que sir­vió de base, des­pués de la Revo­lu­ción de octu­bre, a las reso­lu­cio­nes toma­das en el Con­gre­so VII y VIII del par­ti­do, en las cua­les se reco­no­cía que for­mal­men­te los Soviets eran una orga­ni­za­ción neu­tra, pero cuya direc­ción por el par­ti­do era abso­lu­ta­men­te nece­sa­ria.

Los men­che­vi­ques, a pesar de que come­tie­ron el indu­da­ble acier­to de lan­zar la con­sig­na de la crea­ción de Comi­tés obre­ros, tenían una idea muy con­fu­sa de los fines de los mis­mos. Tan pron­to el Soviet se cons­ti­tu­yó y empe­zó a inter­ve­nir en la vida polí­ti­ca, los pro­pios men­che­vi­ques se asus­ta­ron del resul­ta­do insos­pe­cha­do que había pro­du­ci­do su pro­pa­gan­da y, lo mis­mo que los bol­che­vi­ques, exi­gie­ron que el nue­vo orga­nis­mo adop­ta­ra el pro­gra­ma social­de­mó­cra­ta. El líder men­che­vi­que Mar­tí­nov, en un artícu­lo publi­ca­do en Nacha­lo, des­pués de reco­no­cer que el Soviet de Dipu­tados Obre­ros era la pri­me­ra expe­rien­cia bri­llan­te de repre­sen­ta­ción autó­no­ma del pro­le­ta­ria­do decía: «El Soviet y el par­ti­do son las orga­ni­za­cio­nes pro­le­ta­rias inde­pen­dien­tes que no pue­den coexis­tir duran­te mucho tiem­po.» Los men­che­vi­ques no com­pren­dían el papel que los Soviets esta­ban des­ti­na­dos a desem­pe­ñar. Estos lucha­ban por el Poder, pues era éste el pro­ble­ma que la his­to­ria ponía a la orden el día. En gene­ral, con­si­de­ra­ba a lo sumo a los Soviets como espe­cie de Par­la­men­tos Obre­ros, sin nin­gu­na fun­ción en la lucha de cla­ses y en las accio­nes de masas.

Por lo que a los socia­lis­tas revo­lu­cio­na­rios se refie­re, hay que obser­var que este par­ti­do peque­ño bur­gués no tenía nin­gu­na acti­tud defi­ni­da, como no la tuvo en nin­gu­na de las cues­tio­nes impor­tan­tes plan­tea­das. Por otra par­te, la influen­cia de ese par­ti­do en el Soviet era míni­ma. Sólo un año más tar­de, en el oto­ño de 1906, los social revo­lu­cio­na­rios se soli­da­ri­za­ron con el pun­to de vis­ta de los men­che­vi­ques.

Los anar­quis­tas, a pesar de su deman­da, no fue­ron admi­ti­dos en el Soviet. Lenin, en un artícu­lo sobre esta cues­tión, apro­bó esta reso­lu­ción por cuan­to, según él, el Soviet no era un Par­la­men­to Obre­ro, sino una orga­ni­za­ción de com­ba­te para la obten­ción de fines con­cre­tos, y en esta orga­ni­za­ción no podían tener un sitio los repre­sen­tan­tes de una ten­den­cia que se halla­ba en con­tra­dic­ción con los fines fun­da­men­ta­les de la Revo­lu­ción. Este pun­to de vis­ta, pro­fun­da­men­te erró­neo a nues­tro jui­cio fue de hecho rec­ti­fi­ca­do por los bol­che­vi­ques, pues­to que en los Soviets de 1917 los anar­quis­tas estu­vie­ron repre­sen­ta­dos con los mis­mo dere­chos que los demás sec­to­res del movi­mien­to obre­ro revo­lu­cio­na­rio.

La social demo­cra­cia, tan­to bol­che­vi­ques como men­che­vi­ques, no con­cen­tra­ron defi­ni­ti­va­men­te su pun­to de vis­ta sobre los Soviets, como hemos hecho ya notar en las pági­nas ante­rio­res, has­ta el perío­do del Con­gre­so de Esto­col­mo, cuan­do era ya posi­ble for­mu­lar un jui­cio retros­pec­ti­vo de los acon­te­ci­mien­tos.

En los pro­yec­tos de reso­lu­ción, pro­pues­to al Con­gre­so de uni­fi­ca­ción del Par­ti­do Social­de­mó­cra­ta Obre­ro Ruso, pro­yec­tos no dis­cu­ti­dos, por otra par­te, por el mis­mo, los men­che­vi­ques dan a los Soviets la sig­ni­fi­ca­ción de órga­nos des­ti­na­dos a unir los intere­ses de dichas masas ante el res­to de la pobla­ción.

Los bol­che­vi­ques, sin negar la impor­tan­cia de los Soviets como orga­ni­za­ción de la repre­sen­ta­ción de las masas, indi­ca­ban que en el cur­so de la lucha, de sim­ples Comi­tés de huel­ga se con­ver­tía en «órga­nos de lucha revo­lu­cio­na­ria gene­ral» y que eran el «embrión del Poder revo­lu­cio­na­rio».

Los Soviets y sus enemigos

Des­pués de haber expues­to la acti­tud de los dis­tin­tos sec­to­res del movi­mien­to obre­ro con res­pec­to a los Soviets, con­vie­ne expo­ner, aun­que sea bre­ve­men­te, el jui­cio que esas orga­ni­za­cio­nes mere­cie­ron a los ele­men­tos que, por su sig­ni­fi­ca­ción de cla­se, habían de ser­les for­zo­sa­men­te hos­ti­les.

Los repre­sen­tan­tes de los ele­men­tos reac­cio­na­rios extre­mos, fue­ron en el cam­po enemi­go, los que mejor com­pren­die­ron el papel y la impor­tan­cia de los Soviets,Novoie Vre­mia, órgano de los agra­rios y de la buro­cra­cia, des­pués de la ocu­pa­ción de su impren­ta para impre­sión del órgano de Soviet de Peters­bur­go, al comen­tar este hecho seña­la­ba la exis­ten­cia indu­da­ble de dos Pode­res y aña­día: «Si maña­na se les ocu­rre dete­ner a Wit­te y ence­rrar­lo en for­ta­le­za de Pedro y Pablo jun­to con sus pro­pios minis­tros, no nos sor­pren­de­re­mos en lo más míni­mo. Si los revo­lu­cio­na­rios no recu­rren aún a ello es úni­ca­men­te por­que no lo con­si­de­ran nece­sa­rio». En el mis­mo núme­ro en que apa­re­ció el artícu­lo del que entre­sa­ca­mos estos párra­fos, se publi­có otro en el cual se decía: «Aho­ra en Peters­bur­go tene­mos dos gobier­nos, uno dota­dos de inmen­sas atri­bu­cio­nes, pero sin nin­gu­na influen­cia: es el Gobierno de Wit­te. Otro que no tie­ne nin­gu­na atri­bu­ción, pero al cual todo mun­do obe­de­ce: el Soviet de Dipu­tados Obre­ros». Pero más elo­cuen­te es toda­vía el artícu­lo fir­ma­do por N. Mens­chi­kov, en el cual se dice: «Has­ta aho­ra Rusia había teni­do el pla­cer de con­tar con un mal gobierno. Aho­ra con­ta­mos con dos. Al lado del vie­jo Poder his­tó­ri­co, ya decré­pi­to, se ha for­ma­do otro, que se irri­ta y gri­ta, y noso­tros, por cos­tum­bre, nos some­te­mos a él con enter­ne­ce­do­ra sumi­sión. El impe­rio espe­ra intran­qui­lo lo que le orde­na­rá un puña­do de pro­le­ta­rios: tra­ba­jar o decla­rar la huel­ga.»

Esos párra­fos mues­tran de un modo elo­cuen­te que los repre­sen­tan­tes más típi­cos de la reac­ción rusa com­pren­dían per­fec­ta­men­te que el Soviet era un órgano que lucha­ba por el Poder y el embrión de un nue­vo régi­men.

La impre­sión de la cons­ti­tu­ción y desa­rro­llo del Soviet pro­du­jo en el Gobierno fue la de mie­do y de. Hemos rela­ta­do ya en otra par­te de este folle­to que la auto­ri­dad del Soviet era tan inmen­sa, que algu­nos órga­nos guber­na­men­ta­les eje­cu­ta­ban sin vaci­lar todas sus órde­nes. Las reunio­nes del Soviet se cele­bra­ban abier­ta­men­te; los perió­di­cos publi­ca­ban las con­vo­ca­to­rias y la poli­cía con­tro­la­ba los bille­tes en la entra­da del edi­fi­cio. Esto, mien­tras otras Asam­bleas eran prohi­bi­das e inclu­so disuel­tas por la fuer­za.

Los tes­ti­gos en el pro­ce­so con­tra los dipu­tados del Soviet de Peters­bur­go afir­ma­ban uná­ni­me­men­te que éste era de hecho un gobierno y que el Zar, des­con­cer­ta­do, no hacía más que pro­vo­car el des­or­den. Sólo en noviem­bre, los minis­tros empe­za­ron a vol­ver en sí y, for­man­do un blo­que con la gran bur­gue­sía reac­cio­na­ria, modi­fi­ca­ron fun­da­men­tal­men­te su tác­ti­ca y toma­ron medi­das para poner fin a aquel esta­do de cosas tan peli­gro­sas para él. Ya el 3 de dicho mes el jefe de poli­cía de Peters­bur­go decla­ra que la pobla­ción «está can­sa­da» del Soviet. Este publi­ca una con­tes­ta­ción que ter­mi­na del modo siguien­te: «El Soviet de Dipu­tados Obre­ros expre­sa su con­vic­ción de que los pró­xi­mos acon­te­ci­mien­tos mos­tra­rán de quién está can­sa­do el país, si el pro­le­ta­ria­do revo­lu­cio­na­rio había empe­za­do ya a des­cen­der, el pro­le­ta­ria­do de Peters­bur­go comen­za­ba a mos­trar sig­nos de fati­ga, y por esto esa decla­ra­ción no fue ya más que una vana ame­na­za. Las cir­cuns­tan­cias favo­re­cían la adop­ción de medi­das enér­gi­cas por el Gobierno y, en efec­to, el 3 de diciem­bre el Soviet de Dipu­tados Obre­ros de Peters­bur­go, como ya hemos vis­to, fue disuel­to y dete­ni­do por la fuer­za públi­ca.

La bur­gue­sía tuvo con res­pec­to al Soviet una acti­tud análo­ga a la que había teni­do en gene­ral con res­pec­to al pro­le­ta­ria­do y a su papel en la Revo­lu­ción de 1905. Pero en un prin­ci­pio no se dio cuen­ta del carác­ter que iban a mos­trar los Soviets e inclu­so se mos­tró favo­ra­ble­men­te dis­pues­ta a tra­tar de pre­fe­ren­cia con él que no con una repre­sen­ta­ción múl­ti­ple. Pero este pun­to de vis­ta no sub­sis­tió mucho tiem­po. Cuan­do el pro­le­ta­ria­do, bajo la direc­ción inme­dia­ta de los Soviets, no se limi­tó luchar con­tra auto­cra­cia, con la cual podía has­ta cier­to pun­to coin­ci­dir la bur­gue­sía libe­ral, sino que ata­có de fren­te al capi­ta­lis­mo, recla­man­do la jor­na­da de ocho horas y una legis­la­ción social, la bur­gue­sía, teme­ro­sa de que el movi­mien­to obre­ro salie­ra de estos lími­tes y arras­tra­ra el régi­men de domi­na­ción capi­ta­lis­ta, vol­vió la espal­da a la Revo­lu­ción y se alió con la auto­cra­cia. A par­tir de aquel momen­to se ini­cia la ofen­si­va del Gobierno con­tra los Soviets, con la cola­bo­ra­ción acti­va de la bur­gue­sía libe­ral.

Los Soviets como órganos de Poder

Los Soviets y la Revolución de febrero

La Revo­lu­ción de 1905 fue ven­ci­da, pero la cla­se obre­ra no per­dió ni por un momen­to la espe­ran­za en la vic­to­ria. Como se ha dicho repe­ti­da­men­te, la insu­rrec­ción de 1905 no fue más que un ensa­yo gene­ral de la Revo­lu­ción de 1917. En 1905 las masas eran aún inex­per­tas; el par­ti­do bol­che­vi­que empe­za­ba úni­ca­men­te a for­mas sus cua­dros. Habían sur­gi­do los Soviets en nume­ro­sos pun­tos del país, pero no exis­tía una acción coor­di­na­da entre ellos. SE inten­tó con­vo­car un Con­gre­so gene­ral de los Soviets, cuya reunión hubie­ra podi­do tener inmen­sa tras­cen­den­cia, pero la cosa no pasó de pro­yec­to. Por otra par­te, si bien en muchos pun­tos los cam­pe­si­nos acu­dían los Soviets en deman­da de apo­yo, no exis­tió la cone­xión debi­da entre el movi­mien­to pro­le­ta­rio y los levan­ta­mien­tos del cam­po. Hemos vis­to tam­bién que sólo Sibe­ria y de una mane­ra efí­me­ra en Mos­cú se cons­ti­tu­ye­ron Soviets de Sol­da­dos. Todas estas cir­cuns­tan­cias con­tri­bu­ye­ron pode­ro­sa­men­te al fra­ca­so de la Revo­lu­ción. Pero este fra­ca­so no tenía nada de sor­pren­den­te. Era la pri­me­ra vez que el pro­le­ta­ria­do ruso se lan­za­ba a la lucha en gran esca­la con­tra la auto­cra­cia. El pro­le­ta­ria­do en la expe­rien­cia pue­de apren­der. Y se pue­de afir­mar que la lec­ción de aque­llos gran­des acon­te­ci­mien­tos no cayó en el vacío. La expe­rien­cia de los Soviets de 1905 desem­pe­ñó, en 1917, un papel de pri­mer orden. A pesar de los doce años trans­cu­rri­dos, la idea de los Soviets seguía viva en el cora­zón de los obre­ros rusos y así, cuan­do en febre­ro de 1917 los obre­ros y sol­da­dos de Petro­gra­do se lan­za­ron a la calle y derrum­ba­ron el poder secu­lar de la auto­cra­cia, la idea de los Soviets resur­gió con nue­vo vigor.

Como es sabi­do, el zaris­mo fue derri­ba­do por un movi­mien­to espon­tá­neo de las masas tra­ba­ja­do­ras, Por una serie de cir­cuns­tan­cias, y muy par­ti­cu­lar­men­te a con­se­cuen­cia del hecho de que en el momen­to de esta­llar la Revo­lu­ción las figu­ras más emi­nen­tes del bol­che­vis­mo se halla­ran en la cár­cel, en la depor­ta­ción y en el extran­je­ro, el movi­mien­to se halló sin direc­ción, y el Poder, en vez de pasar a la cla­se tra­ba­ja­do­ra, pasó a las manos de la bur­gue­sía, repre­sen­ta­da por la Duma de Esta­do, esa mis­ma bur­gue­sía que cuan­do se ini­cia­ron los acon­te­ci­mien­tos, inci­ta­ba al Gobierno del zar a aho­gar el movi­mien­to en san­gre. La Revo­lu­ción se efec­tuó sin los Soviets, pero el mis­mo día en que la bur­gue­sía libe­ral pro­ce­día al nom­bra­mien­to del Gobierno Pro­vi­sio­nal, se cons­ti­tuía el Soviet de Dipu­tados Obre­ros de Petro­gra­do. Bajo el impul­so de los acon­te­ci­mien­tos, la orga­ni­za­ción crea­da en 1905 y des­trui­da por la auto­cra­cia vic­to­rio­sa, sur­gía nue­va­men­te.

Por las cir­cuns­tan­cias que hemos men­cio­na­do más arri­ba, en ese pri­mer Soviet, como en todos los que sur­gie­ron aque­llos días en casi todo el país, los bol­che­vi­ques ejer­cían una influen­cia secun­da­ria. Se apo­de­ró de la direc­ción de dichos orga­nis­mos la peque­ña bur­gue­sía radi­cal, los men­che­vi­ques y socia­lis­tas revo­lu­cio­na­rios que repre­sen­ta­ban, con su fra­seo­lo­gía rim­bom­ban­te y hue­ra, la ideo­lo­gía con­fu­sa, los anhe­los y aspi­ra­cio­nes inde­fi­ni­dos de los pri­me­ros momen­tos de a revo­lu­ción. El ora­dor bri­llan­te se lle­va­ba fácil­men­te a las mul­ti­tu­des y el repre­sen­tan­te peque­ño bur­gués no pasa­ba, como siem­pre, de la fra­seo­lo­gía revo­lu­cio­na­ria, para hacer en reali­dad el jue­go de los enemi­gos del pro­le­ta­ria­do. Lo más lógi­co era que los diri­gen­tes de los Soviets se hubie­ran pues­to al fren­te de la revo­lu­ción y entre­ga­do el Poder a la cla­se obre­ra, con cuyo úni­co esfuer­zo había sido des­truir la auto­cra­cia. Pero, teme­ro­sos ante el movi­mien­to de las masas, con­se­cuen­tes, por otra par­te, con la opi­nión que habían sos­te­ni­do siem­pre de que hallán­do­se la revo­lu­ción en su fase demo­crá­ti­co­bur­gue­sa el Poder había de pasar natu­ral­men­te a la bur­gue­sía, lo entre­ga­ron sumi­sa­men­te a esta últi­ma. Y la bur­gue­sía —ni que decir tie­ne— se apre­su­ró a acep­tar el encar­go con el fin de hacer todos los posi­bles para deca­pi­tar la revo­lu­ción y evi­tar que las masas arras­tra­ran en su impul­so os pri­vi­le­gia­dos de la pro­pie­dad agra­ria y de la bur­gue­sía indus­trial. El Soviet se limi­tó a man­dar a uno de sus repre­sen­tan­tes, Kerens­ki, al Gobierno pro­vi­sio­nal y a nom­brar una Comi­sión de con­trol, encar­ga­da de vigi­lar la actua­ción de este últi­mo.

Pero la Revo­lu­ción tie­ne su lógi­ca, y a pesar de todos los esfuer­zos de los diri­gen­tes, los Soviets se desa­rro­lla­ron con un ímpe­tu irre­sis­ti­ble, y gober­nar con­tra ellos se hizo cada vez más difí­cil. Esta cir­cuns­tan­cia creó lo que se ha veni­do en lla­mar dua­li­dad de pode­res, es decir, la exis­ten­cia para­le­la de dos pode­res; el de la bur­gue­sía, repre­sen­ta­do por el Gobierno Pro­vi­sio­nal, y el de las masas tra­ba­ja­do­ras, repre­sen­ta­do por el Soviet, la his­to­ria de la Revo­lu­ción entre febre­ro y octu­bre no es más que la de la pug­na entre estos dos pode­res. Según la corre­la­ción de fuer­zas, esto es, según la mayor o la menor pujan­za del pro­le­ta­ria­do y de la bur­gue­sía, la lucha toma uno u otro carác­ter: ora el Gobierno pro­vi­sio­nal ata­ca y el Soviet se ve obli­ga­do a ceder, ora es éste el que toma la ofen­si­va y aquél el que se ve pre­ci­sa­do a hacer con­ce­sio­nes. Rela­tar en deta­lle los epi­so­dios de esta lucha, tan rica en ense­ñan­zas, nos obli­ga a salir­nos de los lími­tes que nos hemos impues­to y a dar a este tra­ba­jo un carác­ter dis­tin­to del que le hemos asig­na­do. El lec­tor que quie­ra estu­diar fun­da­men­tal­men­te ese perío­do intere­san­tí­si­mo, le remi­ti­mos a la mag­ní­fi­caHis­to­ria de la Revo­lu­ción rusa, de Trotsky, publi­ca­da recien­te­men­te en espa­ñol. Nues­tra misión ha de redu­cir­se a seña­lar el desa­rro­llo, en líneas gene­ra­les, de los Soviets, has­ta con­ver­tir­se en órga­nos del Poder.

¿Cuál era la acti­tud de los bol­che­vi­ques res­pec­to al nue­vo régi­men? Los ele­men­tos diri­gen­tes que se halla­ban en Petro­gra­do en el momen­to de la Revo­lu­ción no supie­ron com­pren­der, des­de el pri­mer momen­to, la impor­tan­cia de los acon­te­ci­mien­tos. Estos, en reali­dad, les cogie­ron des­pre­ve­ni­dos y la insu­rrec­ción fue obra direc­ta de los mili­tan­tes de base. Ya triun­fan­te la Revo­lu­ción, los nue­vos ele­men­tos que habían lle­ga­do de la depor­ta­ción —y muy espe­cial­men­te Sta­lin y Káme­nev— prac­ti­ca­ron una polí­ti­ca neta­men­te opor­tu­nis­ta. Escla­vos del esque­ma de la «dic­ta­du­ra demo­crá­ti­ca de los obre­ros y cam­pe­si­nos», pre­co­ni­za­da por Lenin des­de 1905 y supe­ra­da ya por los acon­te­ci­mien­tos, se atrin­che­ra­ron en sus anti­guas posi­cio­nes y pro­pug­na­ron una polí­ti­ca, que con­sis­tía en no salir­se del mar­co de la Revo­lu­ción demo­crá­ti­co-bur­gue­sa y apo­yar al Gobierno pro­vi­sio­nal en la medi­da en que éste rea­li­za­ra dicha Revo­lu­ción.

Lenin, lle­gó a Rusia el 3 de abril, puso fin a esas vaci­la­cio­nes, Tan­to él, que se halla­ba en Sui­za, como Trotsky, que esta­ba en Amé­ri­ca, coin­ci­die­ron en la apre­cia­ción de los acon­te­ci­mien­tos. Y así se dio el caso curio­so de que los dos gran­des jefes de la Revo­lu­ción, que duran­te años habían esta­do sepa­ra­dos por su dife­ren­cia de apre­cia­ción de la Revo­lu­ción rusa, coin­ci­die­ron en el momen­to deci­si­vo, mien­tras que la «vie­ja guar­dia bol­che­vi­que», sin com­pren­der nada de las ense­ñan­zas del maes­tro, adop­ta­ba una acti­tud inequí­vo­ca­men­te opor­tu­nis­ta.

Lenin, ya des­de su reti­ro a Sui­za, apre­ció des­de el pri­mer momen­to el ver­da­de­ro carác­ter de los acon­te­ci­mien­tos. Al reci­bir la noti­cia de la Revo­lu­ción de Petro­gra­do, y del nom­bra­mien­to del Gobierno pro­vi­sio­nal, escri­bía: «La com­po­si­ción de este Gobierno no tie­ne nada de casual. Se tra­ta de repre­sen­tan­tes de la nue­va cla­se que ha subido al Poder polí­ti­co en Rusia, la cla­se de los terra­te­nien­tes capi­ta­lis­tas y de la bur­gue­sía, que diri­gen eco­nó­mi­ca­men­te nues­tro país des­de hace mucho tiem­po, y tan­to duran­te la Revo­lu­ción de 1905–1907, como en el perío­do de con­tra­rre­vo­lu­ción del 1907–1914 y, sobre todo, con par­ti­cu­lar rapi­dez duran­te la gue­rra de 1914–1917 se ha orga­ni­za­do con rapi­dez extra­or­di­na­ria polí­ti­ca­men­te, toman­do en sus manos la admi­nis­tra­ción local, la ins­truc­ción públi­ca, la Duma, los Comi­tés Indus­tria­les de Gue­rra, los dis­tin­tos Con­gre­sos, etcé­te­ra. Esta nue­va cla­se se halla­ba ya «casi com­ple­ta­men­te» en el Poder en 1917; por eso basa­ron los gol­pes ases­ta­dos al zaris­mo para que éste se des­mo­ro­na­ra, cedien­do el sitio a la bur­gue­sía. La gue­rra impe­ria­lis­ta, que exi­ge una ten­sión de fuer­zas inve­ro­sí­mi­les, ha ace­le­ra­do has­ta el pun­to la evo­lu­ción de las atra­sa­da Rusia, que “de una vez” (en reali­dad apa­ren­te­men­te) hemos alcan­za­do a Ita­lia, a Ingla­te­rra casi a Fran­cia y obte­nien­do un Gobierno “par­la­men­ta­rio”, “de coa­li­ción”, “nacio­nal” (esto es, pro­pio para seguir la gue­rra impe­ria­lis­ta y enga­ñar al pue­blo). Al lado de este Gobierno —que en el fon­do non es más que un sim­ple cria­do, des­de el pun­to de vis­ta de la gue­rra, de las “fir­mas” de las mul­ti­tu­di­na­rias Fran­cia e Ingla­te­rra— ha sur­gi­do un nue­vo gobierno, no ofi­cial, poco desa­rro­lla­do aún, rela­ti­va­men­te débil, un Gobierno obre­ro que expre­sa los intere­ses del pro­le­ta­ria­do y de los ele­men­tos más pobres de la pobla­ción urba­na u rural: el Soviet de Dipu­tados Obre­ros y Sol­da­dos de Petro­gra­do.»

De esta apre­cia­ción de la situa­ción se des­pren­de toda la tác­ti­ca segui­da con rigu­ro­sa con­se­cuen­cia por Lenin. Este, al lle­gar a Petro­gra­do, resuel­ve con­tra la posi­ción adop­ta­da por los diri­gen­tes del par­ti­do y desa­rro­lla sus ideas fun­da­men­tal­men­te en sus famo­sas «tesis de abril», que sir­vie­ron de base a toda la actua­ción pos­te­rior del par­ti­do y le con­du­je­ron al Poder. He aquí las ideas esen­cia­les de dichas tesis, des­pués del derrum­ba­mien­to de la auto­cra­cia el Poder ha pasa­do a manos de la bur­gue­sía. La gue­rra sigue sien­do una gue­rra impe­ria­lis­ta, y por esto el pro­le­ta­ria­do no pue­de man­te­ner­la sin trai­cio­nar al socia­lis­mo. Hay que «expli­car pacien­te­men­te» a las masas que es impo­si­ble ter­mi­nar la gue­rra de un modo ver­da­de­ra­men­te demo­crá­ti­co sin derrum­bar el capi­ta­lis­mo. La par­ti­cu­la­ri­dad carac­te­rís­ti­ca del momen­to con­sis­te en la dua­li­dad de pode­res, en que «al lado del Gobierno pro­vi­sio­nal, Gobierno de la bur­gue­sía, se ha for­ma­do otro gobierno, en esta­do aún muy embrio­na­rio, de impor­tan­cia cre­cien­te cada día: los Soviets de Dipu­tados Obre­ros y Sol­da­dos. No se pue­de otor­gar nin­gu­na con­fian­za ni pres­tar apo­yo al Gobierno Pro­vi­sio­nal: todo el Poder, de aba­jo a arri­ba, ha de per­te­ne­cer a los Soviets. En el perío­do actual el Par­ti­do bol­che­vi­que está en mino­ría. La mayo­ría de los Soviets per­te­ne­ce a los men­che­vi­ques y socia­lis­tas revo­lu­cio­na­rios, que se hallan bajo la influen­cia de la bur­gue­sía, que la sos­tie­nen, que temen rom­per con los capi­ta­lis­tas y tomar el Poder en sus manos. Para el perío­do inme­dia­to, la con­sig­na «todo el Poder a los Soviets» no sig­ni­fi­ca toda­vía la dic­ta­du­ra del pro­le­ta­ria­do, sino que equi­va­le a exi­gir el poder a manos de la demo­cra­cia per­que­ño­bur­gue­sa, con el fin de sepa­rar­la de la bur­gue­sía. Mien­tras este­mos en mino­ría, hay que poner al des­cu­bier­to la polí­ti­ca con­ci­lia­do­ra de los par­ti­dos peque­ño­bur­gue­ses, expli­car a las masas sus erro­res y, median­te una labor pacien­te y tenaz entre los obre­ros, sol­da­dos y cam­pe­si­nos, con­quis­tar su con­fian­za, con­quis­tar la mayo­ría en los Soviets. Lenin con­fia­ba con­ven­cer a las masas de la razón que asis­tía a los bol­che­vi­ques, y una vez obte­ni­do resul­ta­do, lle­var­las a la con­cien­cia de la nece­si­dad de la dic­ta­du­ra del pro­le­ta­ria­do como úni­ca fuer­za capaz de poner fin a la gue­rra impe­ria­lis­ta y solu­cio­nar la cri­sis eco­nó­mi­ca del país.

La expe­rien­cia había de demos­trar de una mane­ra bri­llan­te la jus­te­za de la tác­ti­ca pre­co­ni­za­da por Lenin, que ven­ció rápi­da­men­te las resis­ten­cias con que tro­pe­za­ba y con­si­guió que la inmen­sa mayo­ría del par­ti­do acep­ta­ra su pun­to de vis­ta. Paso a paso, los bol­che­vi­ques van ponien­do al des­cu­bier­to el papel de men­che­vi­ques y socia­lis­ta revo­lu­cio­na­rios y con­quis­tán­do­se la con­fian­za de las gran­des masas. Uno tras otro, los Soviets van cayen­do en manos de los bol­che­vi­ques, este mag­ní­fi­co resul­ta­do se obtie­ne no de una mane­ra mecá­ni­ca, sino por la apli­ca­ción acer­ta­da de una tác­ti­ca jus­ta. El coro­na­mien­to de esta pacien­te labor es la con­quis­ta de la mayo­ría en el Soviet de Petro­gra­do. Este hecho tie­ne su impor­tan­cia deci­si­va para el por­ve­nir de la Revo­lu­ción. Petro­gra­do es el cen­tro del movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio del país; es allí don­de se halla con­cen­tra­do el pro­le­ta­ria­do más cons­cien­te y com­ba­ti­vo de Rusia. Petro­gra­do es, por otra par­te, la capi­tal. La con­quis­ta del Soviet de esta últi­ma había de tener una impor­tan­cia deci­si­va y, en efec­to, la tie­ne. A par­tir de aquel momen­to, la Revo­lu­ción toma un rit­mo ace­le­ra­do. El Gobierno Pro­vi­sio­nal va per­dien­do todos sus pun­tos de apo­yo. El movi­mien­to de las masas se hace irre­sis­ti­ble. Los cam­pe­si­nos exi­gen la tie­rra, sin más demo­ras y apla­za­mien­tos. Todo el mun­do pide la paz y la cons­ti­tu­ción de un Gobierno ver­da­de­ra­men­te popu­lar. Este Gobierno no pue­de ser más que el de los Soviets, la con­sig­na «todo el poder para los Soviets», lan­za­da por los bol­che­vi­ques, es sos­te­ni­da aho­ra por millo­nes de obre­ros, sol­da­dos y cam­pe­si­nos. El pro­le­ta­ria­do de Petro­gra­do, cora­zón y cere­bro de la revo­lu­ción, arde de impa­cien­cia. Los diri­gen­tes del Par­ti­do bol­che­vi­que pre­pa­ran febril­men­te la acción deci­si­va. El Soviet es, como en 1905, el cen­tro en que con­ver­ge todo el movi­mien­to. La crea­ción del Comi­té Mili­tar revo­lu­cio­na­rio indi­ca que de la fase de pro­pa­gan­da se pasa ya a la de orga­ni­za­ción. El Comi­té Mili­tar revo­lu­cio­na­rio con­cen­tra­rá en sus manos la direc­ción téc­ni­ca del movi­mien­to. Todo está madu­ro para la toma el poder. Fal­ta sólo fijar el momen­to de la acción. Des­pués de dudas y vaci­la­cio­nes se deci­de fijar­lo, en desacuer­do con la pro­po­si­ción de Trotsky, para el día en que se reúna el Segun­do Con­gre­so de los Soviets. Así, toma vio­len­ta del Poder, diri­gi­da y orga­ni­za­da por el Soviet de Petro­gra­do, segui­rá la con­sa­gra­ción del acto de fuer­za por el voto y el con­sen­ti­mien­to de los repre­sen­tan­tes de toda la masa tra­ba­ja­do­ras de Rusia.

La victoria de Octubre y su significación

En efec­to, el día 25 de octu­bre de 1917, las fuer­zas arma­das del Soviet de Petro­gra­do ocu­pan todos los edi­fi­cios públi­co, toman el pala­cio de invierno y detie­nen al Gobierno pro­vi­sio­nal. La vic­to­ria se obtie­ne casi sin derra­ma­mien­to de san­gre. La lucha será más dura en Mos­cú, don­de el com­ba­te se pro­lon­ga­rá duran­te una sema­na. El Con­gre­so de los Soviets decla­ra depues­to el Gobierno Pro­vi­sio­nal y pro­cla­ma la cons­ti­tu­ción de la Repú­bli­ca de los Soviets. Con este acto se abre una nue­va pági­na en la His­to­ria de la Huma­ni­dad. Los obre­ros y cam­pe­si­nos rusos, al fun­dar la Repú­bli­ca Sovié­ti­ca, ofre­cen a las masas explo­ta­das de todo el mun­do un nue­vo tipo de orga­ni­za­ción del Esta­do —la dic­ta­du­ra del pro­le­ta­ria­do— que es la rea­li­za­ción más per­fec­ta de la demo­cra­cia, pues­to que el régi­men sovié­ti­co, con­tra­ria­men­te a lo que suce­de en los demás paí­ses, es el Gobierno de la inmen­sa mayo­ría de la pobla­ción. Los Soviets son ele­gi­dos direc­ta­men­te por los obre­ros de las fábri­cas, por los sol­da­dos de cada regi­mien­to, por los cam­pe­si­nos de cada aldea, y con este sen­ti­do son la expre­sión per­fec­ta de su volun­tad y de sus aspi­ra­cio­nes. Los miem­bros de los Soviets, a dife­ren­cia de los repre­sen­tan­tes en los Par­la­men­tos bur­gue­ses, no per­ci­ben retri­bu­ción algu­na por el ejer­ci­cio de sus fun­cio­nes, y pue­den ser rele­va­dos en cual­quier momen­to de su car­go si los que los han ele­gi­do con­si­de­ran que no repre­sen­tan ya sus aspi­ra­cio­nes ni son dig­nos de su con­fian­za.

Como todo sis­te­ma de repre­sen­ta­ción, el de los Soviets tie­ne, natu­ral­men­te, sus defec­tos, pero, aún así, son incom­pa­ra­ble­men­te infe­rio­res a los de la demo­cra­cia bur­gue­sa. La expe­rien­cia rusa ha demos­tra­do que la dic­ta­du­ra del pro­le­ta­ria­do halla su expre­sión más per­fec­ta pre­ci­sa­men­te en el régi­men sovié­ti­co y, en este sen­ti­do, la idea de los Soviets es patri­mo­nio de todo el pro­le­ta­ria­do inter­na­cio­nal. Es evi­den­te que la revo­lu­ción pro­le­ta­ria ten­drá dis­tin­tas moda­li­da­des en los demás paí­ses, pero está fue­ra de duda —la expe­rien­cia rusa lo demues­tra de un modo irre­fu­ta­ble— que no podrá pres­cin­dir de orga­ni­za­cio­nes subs­tan­cial­men­te igua­les a los Soviets.

Los Soviet de campesinos y la Revolución de Octubre

Antes de estu­diar el nue­vo régi­men crea­do por la Revo­lu­ción de octu­bre, que­re­mos dedi­car unas pala­bras a los Soviets de cam­pe­si­nos, has­ta aquí hemos habla­do exclu­si­va­men­te de los Soviets de dipu­tados obre­ros y sol­da­dos. Has­ta des­pués de la his­to­ria de octu­bre no exis­tie­ron Soviets de cam­pe­si­nos pro­pia­men­te dichos. Esto no sig­ni­fi­ca, ni mucho menos, que los cam­pe­si­nos no toma­ran par­te en el movi­mien­to sovié­ti­co. Los Soviets de sol­da­dos esta­ban cons­ti­tui­dos, en su aplas­tan­te mayo­ría, por cam­pe­si­nos. Por otra par­te, exis­tían en las aldeas orga­ni­za­cio­nes, que aun sin lle­var el nom­bre de Soviets, desem­pe­ña­ban esen­cial­men­te el papel de lo mis­mo. Nos refe­ri­mos a los Comi­té agra­rios. Dichos Comi­tés fue­ron desig­na­dos por el Gobierno pro­vi­sio­nal, con el fin de que pre­pa­ra­ran los mate­ria­les de estu­dio nece­sa­rios para la refor­ma agra­ria, que tenía que lle­var a cabo la Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te. En un prin­ci­pio, dichos Comi­té esta­ban for­ma­dos por los ele­men­tos de la inte­lec­tua­li­dad rural (médi­cos, emplea­dos, agri­men­so­res, etcé­te­ra). Pero, bajo la influen­cia de los acon­te­ci­mien­tos revo­lu­cio­na­rios, fue­ron per­dien­do rápi­da­men­te su carác­ter, y los ele­men­tos «inte­lec­tua­les» de ayer fue­ron sus­ti­tui­dos por repre­sen­tan­tes direc­tos de los cam­pe­si­nos. Y así, esos Comi­tés, a los cua­les se asig­na­ban atri­bu­cio­nes tan modes­tas, se con­vir­tie­ron en órgano de lucha de los cam­pe­si­nos, que dic­ta­ban su ley a los pro­pie­ta­rios y a menu­do pro­ce­dían por ini­cia­ti­va pro­pia a la expro­pia­ción de la tie­rra u orde­na­ban a los cam­pe­si­nos que sus­pen­die­ran el pago de los arrien­dos a los terra­te­nien­tes y depo­si­ta­ran su impor­te de aqué­llos en los Comi­tés has­ta que la Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te resol­vie­ra defi­ni­ti­va­men­te el pro­ble­ma de la tie­rra.

Poten­cial­men­te, pues, los Soviets exis­tían ya en las aldeas antes de la Revo­lu­ción de octu­bre. Des­pués de ésta fue­ron crea­dos en todo el país, y jun­to con los Soviets de dipu­tados obre­ros, cons­ti­tu­ye­ron la base del nue­vo régi­men ins­ti­tui­do por la Revo­lu­ción triun­fan­te.

La estructura de la república de los Soviets

Los Soviets rurales

La base del nue­vo régi­men crea­do por la Revo­lu­ción de febre­ro está cons­ti­tui­da por los Soviets urba­nos y rura­les.

Los Soviets rura­les se eli­gen a razón de un dipu­tado por cada cien habi­tan­tes y un dipu­tado por cada vein­te elec­to­res de los obre­ros de las fábri­cas, talle­res, hacien­das agra­rias del Esta­do, uni­da­des del Ejér­ci­to y de la Arma­da, que se hallan en el terri­to­rio, los dipu­tados se eli­gen en las Asam­bleas gene­ra­les de los ciu­da­da­nos que gocen de dere­chos elec­to­ral median­te Asam­bleas sepa­ra­das. Los obre­ros de las fábri­cas, los emplea­dos de ins­ti­tu­cio­nes y los regi­mien­tos pro­ce­den a la elec­ción en los esta­ble­ci­mien­tos y las ins­ti­tu­cio­nes. La legis­la­ción de la Repú­bli­ca Sovié­ti­ca Ucra­nia­na y de la Repú­bli­ca Sovié­ti­ca Rusa pre­vé la orga­ni­za­ción de Soviets nacio­na­les en aque­llos pun­tos don­de las mino­rías nacio­na­les repre­sen­tan una masa com­pac­ta.

Las prin­ci­pa­les fun­cio­nes de los Soviets rura­les con las siguien­tes:

  1. lle­var a la prác­ti­ca y con­tro­lar la eje­cu­ción de todas las reso­lu­cio­nes de los órga­nos supe­rio­res del Poder;
  2. ayu­dar a los repre­sen­tan­tes de estos últi­mos a cum­plir con su misión en la aldea; c) tomar medi­das para ele­var el nivel eco­nó­mi­co y cul­tu­ral de la pobla­ción;
  3. garan­ti­zar la con­ser­va­ción del orden revo­lu­cio­na­rio y luchar con­tra la con­tra­rre­vo­lu­ción y el ban­do­le­ris­mo;
  4. uti­li­zar a la pobla­ción tra­ba­ja­do­ra para la con­ser­va­ción de los pozos, puen­tes, etcé­te­ra, y para la lucha con­tra las cala­mi­da­des natu­ra­les;
  5. con­tri­buir a la con­ser­va­ción de los bos­ques, sem­bra­dos, ferro­ca­rri­les, telé­fo­nos y telé­gra­fos en el terri­to­rio del Soviet;
  6. ase­gu­rar el jus­to usu­fruc­to de las tie­rras;
  7. efec­tuar el repar­to de las tie­rras y orga­ni­zar las reser­vas de semi­llas;
  8. apo­yar la coope­ra­ción agra­ria, las hacien­das del Esta­do, la orga­ni­za­ción de biblio­te­cas, etcé­te­ra;
  9. con­tri­buir a la liqui­da­ción del anal­fa­be­tis­mo y a la labor de cul­tu­ra entre las mino­rías nacio­na­les.

No todos los Soviets rura­les tie­nen un pre­su­pues­to inde­pen­dien­te, sin embar­go los hay que gozan de per­so­na­li­dad jurí­di­ca y pue­den con­cer­tar con­tra­tos.

En gene­ral, con el fin de incor­po­rar a la labor acti­va a todos los miem­bros del Soviet se orga­ni­zan en el mis­mo Comi­sio­nes espe­cia­les. Estas Comi­sio­nes tie­nen el dere­cho, con auto­ri­za­ción de Soviet, de soli­ci­tar la cola­bo­ra­ción de ciu­da­da­nos que no for­men par­te del Soviet y gocen de los dere­chos elec­to­ra­les. Cer­ca de los Soviets exis­ten Comi­sio­nes de con­trol ele­gi­das de la mis­ma mane­ra que los Soviets y que ejer­cen el con­trol de la acti­vi­dad finan­cie­ra de aqué­llos y dan cuen­ta de su misión ante la Asam­blea gene­ral de los ciu­da­da­nos.

Los Soviets urbanos

Los Soviets urba­nos son ele­gi­do por los ciu­da­da­nos que se hallan en su terri­to­rio y gozan de los dere­chos elec­to­ra­les a razón de dipu­tados por cada cien elec­to­res de los obre­ros, del ejér­ci­to rojo, de la escua­dra y de la mili­cia y de un dipu­tado por cada tres­cien­tos elec­to­res de los emplea­dos de las ins­ti­tu­cio­nes esta­ta­les y pri­va­das y de las demás cate­go­rías de elec­to­res. Com­pe­te a los Soviets urba­nos solu­cio­nar todas las cues­tio­nes loca­les y dis­cu­tir todos los pro­ble­mas de inte­rés gene­ral.

Dichos orga­nis­mos tie­nen sus pre­su­pues­tos, gra­cias a lo cual toman una par­ti­ci­pa­ción acti­va en la recons­truc­ción y trans­for­ma­ción de la eco­no­mía popu­lar y de la vida social y cul­tu­ral. Este pre­su­pues­to se halla cons­ti­tui­do por la uti­li­za­ción de todos los bie­nes de sig­ni­fi­ca­ción local. De acuer­do con ello tie­nen dere­cho a explo­tar la tie­rra, los esta­ble­ci­mien­tos y a esta­ble­cer impues­tos loca­les, nego­ciar emprés­ti­tos, con­tro­lar los bie­nes que se hallan bajo su juris­dic­ción, abrir nue­vos esta­ble­ci­mien­tos, arren­dar­los, etcé­te­ra. Tie­nen, asi­mis­mo, el dere­cho de garan­ti­zar el orden, con­tri­buir a la orga­ni­za­ción acer­ta­da del meca­nis­mo judi­cial, de la labor nor­mal de todos lo órga­nos loca­les del poder esta­tal.

El órgano direc­ti­vo del Soviet es la reunión ple­na­ria del mis­mo, que se con­vo­ca al menos una vez al mes. La reunión ple­na­ria exa­mi­na y resuel­ve todas las cues­tio­nes fun­da­men­ta­les de su com­pe­ten­cia y rati­fi­ca el pre­su­pues­to.

Las reunio­nes del Soviet son públi­cas. Se admi­te en las mis­mas, con voz pero sin voto, a los repre­sen­tan­tes de los Comi­tés de fábri­ca, Sin­di­ca­tos, Regi­mien­tos y otras orga­ni­za­cio­nes, excep­to en aque­llos casos en que se con­vo­can sesio­nes secre­tas. Con el fin de esta­ble­cer un con­tac­to más estre­cho con los tra­ba­ja­do­res, el Soviet, en la medi­da de lo posi­ble, orga­ni­za sus sesio­nes en fábri­cas, en clubs, etcé­te­ra, las reunio­nes ple­na­rias pue­den cele­brar­se cuan­do asis­ten a las mis­mas no menos de la mitad de los miem­bros.

Los dipu­tados a los Soviets urba­nos se eli­gen por un año, esto es, has­ta las nue­vas elec­cio­nes. Los miem­bros del Soviet no pue­den ser dete­ni­dos sin adver­tir pre­via­men­te a la Mesa del Soviet o al pre­si­den­te mis­mo. En casos excep­cio­na­les se pue­de pro­ce­der a la deten­ción, dan­do cuen­ta de la mis­ma a la Mesa no más tar­de de vein­ti­cua­tro horas des­pués.

En la acti­vi­dad del Soviet tie­ne una gran impor­tan­cia sus Sec­cio­nes, que deben incor­po­rar a la labor del mis­mo a toda la masa tra­ba­ja­do­ra. Dichas Sec­cio­nes son, gene­ral­men­te, las siguien­tes:

  1. de admi­nis­tra­ción muni­ci­pal;
  2. finan­cie­ra;
  3. de ins­truc­ción públi­ca;
  4. de sani­dad;
  5. comer­cial-coope­ra­ti­va;
  6. de la ins­pec­ción obre­ra y cam­pe­si­na.

Por acuer­do del Soviet, las Sec­cio­nes men­cio­na­das se pue­den divi­dir en Sec­cio­nes inde­pen­dien­tes o se pue­den crear de nue­vas (admi­nis­tra­ti­va, jurí­di­ca, e la vivien­da, del tra­ba­jo, de la indus­tria, de segu­ros socia­les, agrí­co­la, etcé­te­ra). Dichas sec­cio­nes exa­mi­nan el plan de tra­ba­jo que les está enco­men­da­do, estu­dian las cues­tio­nes fun­da­men­ta­les enco­men­da­das a los órga­nos eje­cu­ti­vos, eli­gen, cuan­do las cir­cuns­tan­cias lo exi­gen, comi­sio­nes per­ma­nen­tes para esta­ble­cer un con­tac­to más estre­cho con los dis­tin­tos orga­nis­mos del meca­nis­mo eje­cu­ti­vo, par­ti­ci­pa en las reunio­nes de las Comi­sio­nes y en las con­fe­ren­cias con­vo­ca­das por los Soviets, inves­ti­gan la actua­ción de las dis­tin­tas ins­ti­tu­cio­nes, dan su opi­nión sobre las cues­tio­nes some­ti­das a las Sec­cio­nes por las reunio­nes ple­na­rias o la mesa del Soviet, etcé­te­ra.

Para ser­vir mejor los intere­ses de las masas tra­ba­ja­do­ras des­de el pun­to de vida cul­tu­ral y admi­nis­tra­ti­vo y ayu­dar a los Soviets urba­nos en la reso­lu­ción de los pro­ble­mas fun­da­men­ta­les de la trans­for­ma­ción socia­lis­ta del país, para­le­la­men­te con los Soviets gene­ra­les se orga­ni­zan los de la barria­da, que están subor­di­na­dos al Soviet urbano, fun­cio­nan bajo su direc­ción y dan cuen­ta al mis­mo de su labor.

Los Congresos de los Soviets y sus Comités ejecutivos

Los órga­nos supre­mos del régi­men supre­mo son los Con­gre­sos y sus Comi­tés eje­cu­ti­vos.

Los Soviets rura­les de un dis­tri­to eli­gen a un Con­gre­so de dis­tri­to, a razón de un dipu­tado por cada diez miem­bros del Soviet. Para el Con­gre­so del can­tón eli­gen repre­sen­tan­tes todos los Soviets rura­les, a razón de un dipu­tado por cada dos mil habi­tan­tes, y todos los Soviets urba­nos, a razón de un dele­ga­do por cada dos­cien­tos elec­to­res. El Con­gre­so Pro­vin­cial se eli­ge de acuer­do con la siguien­te nor­ma de repre­sen­ta­ción: de los Con­gre­sos de dis­tri­to y de can­tón, a razón de un dipu­tado por cada 10.000 habi­tan­tes, de los Soviets urba­nos y de las fábri­cas, a razón de un dipu­tado por cada 2.000 elec­to­res. Los Con­gre­sos regio­na­les, allí don­de exis­ten, se cons­ti­tu­yen por los repre­sen­tan­tes de los Soviets urba­nos y de los Con­gre­sos de can­tón, a razón de un dele­ga­do por 25.000 habi­tan­tes, y uno por cada 5.000 elec­to­res de las ciu­da­des. Los Con­gre­sos de los Soviets de la Repú­bli­cas fede­ra­das se eli­gen de acuer­do con las nor­mas de los Con­gre­sos regio­na­les o pro­vin­cia­les. El Con­gre­so Pan­ru­so de los Soviets obre­ros, cam­pe­si­nos y sol­da­dos rojos y cosa­cos se cons­ti­tu­ye a base de la siguien­te repre­sen­ta­ción:

  1. de los Soviets urba­nos, a razón de un dipu­tado por cada 25.000 elec­to­res;
  2. de los Con­gre­sos pro­vin­cia­les, a razón de un dipu­tado por cada 125.000 habi­tan­tes. El Con­gre­so de los Soviets de la URSS se cons­ti­tu­ye de acuer­do con las mis­mas nor­mas que el Con­gre­so pan­ru­so.

La dife­ren­cia entre los Soviets y los Con­gre­sos con­sis­te en que los dipu­tados a los pri­me­ros se eli­gen por un pla­zo deter­mi­na­do (un año), mien­tras que los dele­ga­dos a los Con­gre­sos se eli­gen sólo para cada un de éstos, y al ter­mi­nar sus tareas pier­den su títu­lo, dejan­do úni­ca­men­te el Comi­té Eje­cu­ti­vo ele­gi­do por ellos.

El Con­gre­so de dis­tri­to se reúne una vez al año y eli­ge un Comi­té eje­cu­ti­vo de tres miem­bros. Se pue­den con­vo­car sesio­nes extra­or­di­na­rias a pro­pues­ta del Comi­té eje­cu­ti­vo del can­tón o deman­da de no menos de la ter­ce­ra par­te de la pobla­ción del dis­tri­to. El Con­gre­so de can­tón eli­ge tam­bién un Comi­té eje­cu­ti­vo de once miem­bros y cin­co suplen­tes. El Comi­té eje­cu­ti­vo del con­gre­so pro­vin­cial debe estar com­pues­to de no más de vein­ti­cin­co miem­bros, con excep­ción de Lenin­gra­do y Mos­cú, don­de ascien­de a cua­ren­ta. Los Con­gre­sos de las Repú­bli­cas fede­ra­ti­vas, el pan­ru­so y el de la Unión eli­gen tam­bién a sus Comi­té eje­cu­ti­vos. El segun­do está com­pues­to de 270 miem­bros y 117 suplen­tes, y el ter­ce­ro, de 371 y 138 res­pec­ti­va­men­te.

Tal es, en líneas gene­ra­les, la estruc­tu­ra del régi­men sovié­ti­co. Vea­mos aho­ra, las fun­cio­nes de dichos órga­nos.

Los Con­gre­sos de dis­tri­to exa­mi­nan y resuel­ven todas las cues­tio­nes rela­ti­vas a este últi­mo y diri­gen la actua­ción de los órga­nos del Poder que le están subor­di­na­dos. El Con­gre­so eli­ge una Comi­sión de con­trol. Las amplias atri­bu­cio­nes de que goza dan la posi­bi­li­dad de obte­ner en su pre­su­pues­to el 40 por 100 del impues­to agra­rio, el 25 por 100 del impues­to de cons­truc­cio­nes y de las ins­ti­tu­cio­nes judi­cia­les y bus­car nue­vas fuen­tes de ingre­sos de los bie­nes que se hallan bajo su juris­dic­ción. Los miem­bros del Comi­té Eje­cu­ti­vo gozan de inmu­ni­dad y no pue­den ser dete­ni­dos sin el con­sen­ti­mien­to pre­vio de la Mesa o del pre­si­den­te.

El órgano supre­mo del Poder en el terri­to­rio del can­tón es el Con­gre­so del Soviet. Las fun­cio­nes, dere­chos y obli­ga­cio­nes de los Comi­tés Eje­cu­ti­vos de can­tón son las siguien­tes:

  1. cum­pli­mien­to en los lími­tes del can­tón de las dis­po­si­cio­nes y decre­tos del Poder cen­tral;
  2. publi­ca­ción de reso­lu­cio­nes vigen­tes en los lími­tes del can­tón;
  3. adop­ción de medi­das dis­ci­pli­na­rias con­tra los fun­cio­na­rios y los miem­bros de los Comi­tés Eje­cu­ti­vos infe­rio­res;
  4. rea­li­za­ción del con­trol de la acti­vi­dad de todos los órga­nos del terri­to­rio, sin excluir los que depen­den direc­ta­men­te del poder de la repú­bli­ca o de la Unión. Este con­trol no se extien­de a las ins­ti­tu­cio­nes del Ejér­ci­to rojo y a los órga­nos judi­cia­les;
  5. examen y apro­ba­ción de los pre­su­pues­tos de dis­tri­to;
  6. con­ser­va­ción del orden;
  7. con­trol del fun­cio­na­mien­to de todos los órga­nos del Poder;
  8. fomen­to de la agri­cul­tu­ra;
  9. adop­ción de medi­das para ele­var el nivel cul­tu­ral y polí­ti­co de la pobla­ción;
  10. con­ser­va­ción de la salud públi­ca y pro­tec­ción de la mater­ni­dad y de la infan­cia,
  11. direc­ción de los esta­ble­ci­mien­tos comer­cia­les e indus­tria­les que depen­den de él, etcé­te­ra.

Los Con­gre­sos pro­vin­cia­les exa­mi­nan y aprue­ban el pre­su­pues­to de la pro­vin­cia, los infor­mes del Comi­té Eje­cu­ti­vo y sus Sec­cio­nes y pro­ce­den a la elec­ción de dicho Comi­té.

El Comi­té Eje­cu­ti­vo tie­ne el dere­cho de pedir al órgano corres­pon­dien­te de la Repú­bli­ca de los Soviets la abo­li­ción o modi­fi­ca­ción de las reso­lu­cio­nes de los órga­nos cen­tra­les si con­si­de­ra per­ju­di­cia­les estas últi­mas des­de el pun­to de vis­ta de las con­di­cio­nes loca­les.

Las Repú­bli­cas autó­no­mas for­man par­te de una repú­bli­ca de la Unión, y tie­ne un Comi­té Eje­cu­ti­vo y un Con­se­jo de Comi­sa­rios del Pue­blo.

En las repú­bli­cas con­fe­de­ra­das de la Unión, el órgano supre­mo es el Con­gre­so de los Soviets, al cual corres­pon­de la tota­li­dad del poder legis­la­ti­vo, eje­cu­ti­vo y judi­cial. Los Con­gre­sos de los Soviets se reúnen regu­lar­men­te cada dos años y extra­or­di­na­ria­men­te siem­pre que lo juz­gue nece­sa­rio el Comi­té Eje­cu­ti­vo o lo exi­jan los Soviets de las loca­li­da­des que repre­sen­ten a no menos de una ter­ce­ra par­te de toda la pobla­ción de la Repú­bli­ca. El Con­se­jo de Comi­sa­rios del Pue­blo de cada Repú­bli­ca es el órgano eje­cu­ti­vo del Comi­té Eje­cu­ti­vo Cen­tral.

Final­men­te, el órgano supre­mo del régi­men sovié­ti­co es el Con­gre­so de los Soviets de la URSS, cons­ti­tui­da defi­ni­ti­va­men­te el 30 de diciem­bre de 1922. Las fun­cio­nes prin­ci­pa­les de dicho Con­gre­so son las siguien­tes:

  1. elec­ción del Comi­té Cen­tral Eje­cu­ti­vo y, asi­mis­mo, rati­fi­ca­ción e los miem­bros del Con­se­jo de las Nacio­na­li­da­des ele­gi­dos por las Repú­bli­cas y las regio­nes autó­no­mas de la Unión;
  2. apro­ba­ción y modi­fi­ca­ción de los prin­ci­pios fun­da­men­ta­les de la Cons­ti­tu­ción de la URSS;
  3. solu­ción de los desacuer­dos en aque­llos casos en que fue­ron eli­mi­na­dos por las comi­sio­nes de con­ci­lia­ción y los órga­nos direc­ti­vos;
  4. modi­fi­ca­ción de las reso­lu­cio­nes del Comi­té cen­tral Eje­cu­ti­vo de la URSS a pro­pues­ta de los dele­ga­dos o de los Con­gre­sos o Comi­tés Eje­cu­ti­vos de las Repú­bli­cas con­fe­de­ra­das.

El Comi­té Cen­tral Eje­cu­ti­vo está com­pues­to del Con­se­jo de la Unión y del Con­se­jo de las Nacio­na­li­da­des. Esos dos orga­nis­mos gozan de una igual­dad com­ple­ta de dere­chos. El Con­se­jo de Comi­sa­rios del Pue­blo es el órgano eje­cu­ti­vo del Comi­té Cen­tral. Los decre­tos y reso­lu­cio­nes de dicho Con­se­jo son obli­ga­to­rios en todo el terri­to­rio de la Unión.

El derecho electoral

En la URSS no exis­te sufra­gio uni­ver­sal. El pro­le­ta­ria­do, al tomar el poder, en octu­bre de 1917, no se dejó alu­ci­nar por el espe­jis­mo de la demo­cra­cia for­mal, y esta­ble­ció su dic­ta­du­ra. Como con­se­cuen­cia de ello, es lógi­co que se esta­blez­can cier­tas limi­ta­cio­nes en el ejer­ci­cio del dere­cho elec­to­ral.

Según la Cons­ti­tu­ción sovié­ti­ca, pue­den ele­gir y ser ele­gi­dos todos los mayo­res de die­ciocho, de uno y otro sexo, que reúnan las siguien­tes con­di­cio­nes:

  1. todos aque­llos que obten­gan sus medios de exis­ten­cia median­te el tra­ba­jo útil o que reali­cen un tra­ba­jo case­ro que dé la posi­bi­li­dad a los pri­me­ros de rea­li­zar su misión (por ejem­plo, la espo­sa u otra per­so­na que cui­de de los niños de las obre­ras, etcé­te­ra);
  2. los sol­da­dos del ejér­ci­to y la arma­da rojos;
  3. los ciu­da­da­nos de la cate­go­ría enu­me­ra­da en los dos pun­tos ante­rio­res que hayan per­di­do la capa­ci­dad de tra­ba­jo;
  4. los extran­je­ros que vivan y tra­ba­jen en el terri­to­rio de la URSS.

No pue­den ele­gir ni ser ele­gi­dos, aun­que for­men par­te de las cate­go­rías men­cio­na­das:

  1. los que recu­rren al tra­ba­jo asa­la­ria­do con el fin de obte­ner bene­fi­cio;
  2. las per­so­nas que vivan de ingre­sos no pro­ce­den­tes del tra­ba­jo;
  3. los comer­cian­tes e inter­me­dia­rios comer­cia­les;
  4. los frai­les y ser­vi­do­res del cul­to;
  5. los emplea­dos y agen­tes de la anti­gua poli­cía, así como los miem­bros de la casa rei­nan­te;
  6. las per­so­nas men­tal­men­te anor­ma­les, así como las que se hallen bajo tute­la;
  7. las per­so­nas con­de­na­das por los tri­bu­na­les.

El Comi­té Cen­tral Eje­cu­ti­vo de los Soviets o el Con­gre­so de estos últi­mos tie­nen dere­cho de abro­gar estas limi­ta­cio­nes en gene­ral o con res­pec­to a deter­mi­na­das per­so­nas, aun­que hacen uso de este dere­cho con extre­ma pru­den­cia.

La democracia soviética

Hemos des­cri­to a gran­des ras­gos el ori­gen y desa­rro­llo de los Soviets en el perío­do ante­rior a la Revo­lu­ción y la for­ma con­cre­ta toma­da por el régi­men sovié­ti­co des­pués de la vic­to­ria pro­le­ta­ria de octu­bre de 1917. De este rápi­do estu­dio se des­pren­de una con­clu­sión; que el régi­men de los Soviets no es una crea­ción arti­fi­cial, sino la obra direc­ta de las masas tra­ba­ja­do­ras y la rea­li­za­ción más per­fec­ta de la demo­cra­cia. Es fácil pre­ver la obje­ción de los tar­tu­fos de la demo­cra­cia bur­gue­sa: ¿se pue­de hablar de demo­cra­cia cuan­do se limi­ta el ejer­ci­cio elec­to­ral y se pri­va de este dere­cho a una par­te de los ciu­da­da­nos? En efec­to, en la URSS no exis­te la demo­cra­cia for­mal, for­ma encu­bier­ta de la dic­ta­du­ra bur­gue­sa, sino la demo­cra­cia obre­ra. El lec­tor nos per­mi­ti­rá que a este pro­pó­si­to repro­duz­ca­mos unos párra­fos de nues­tra obraLas Dic­ta­du­ras de nues­tros días: «Los libe­ra­les y los social­de­mó­cra­tas se opo­nen a la dic­ta­du­ra del pro­le­ta­ria­do de la demo­cra­cia pura. Pero mien­tras exis­tan las cla­ses —y por con­si­guien­te la explo­ta­ción y la desigual­dad social— no se pue­de hablar de demo­cra­cia pura. Todo el meca­nis­mo del Esta­do, inclu­so en los paí­ses de régi­men más demo­crá­ti­co, está pues­to al ser­vi­cio de la cla­se explo­ta­do­ra, que cons­ti­tu­ye una mino­ría insig­ni­fi­can­te. Es más, en los paí­ses de demo­cra­cia, la subor­di­na­ción del Poder a la ban­ca y a la Bol­sa es más direc­ta que en nin­gu­na par­te. No hay nin­gu­na Cons­ti­tu­ción, por libe­ral que sea que no deje las manos libres al Poder para anu­lar las garan­tías cons­ti­tu­cio­na­les y adop­tar medi­das de repre­sión extra­le­gal con­tra la cla­se obre­ra si ésta ame­na­za el orden de cosas de demo­cra­cia en gene­ral. El mar­xis­ta no se olvi­da nun­ca de pre­gun­tar: ¿Para qué cla­se? En nin­gún país capi­ta­lis­ta civi­li­za­do exis­te la demo­cra­cia en gene­ral; exis­te úni­ca­men­te la demo­cra­cia de la bur­gue­sía. Entre la dic­ta­du­ra bur­gue­sa y la dic­ta­du­ra pro­le­ta­ria exis­ten, sin embar­go, dife­ren­cias esen­cia­les. La pri­me­ra, inclu­so en demo­cra­cia, es el Gobierno de una mino­ría sobre la mayo­ría; la segun­da es el Gobierno ejer­ci­do por la inmen­sa mayo­ría de la pobla­ción…» «…Sin dic­ta­du­ra no se ha rea­li­za­do en el mun­do nin­gu­na revo­lu­ción pro­fun­da. Pero la dife­ren­cia entre la dic­ta­du­ra bur­gue­sa (aun en sus for­mas más demo­crá­ti­cas) y la dic­ta­du­ra del pro­le­ta­ria­do estri­ba en que la pri­me­ra con­sis­te en el aplas­ta­mien­to vio­len­to de la resis­ten­cia de la mayo­ría de la pobla­ción, cons­ti­tui­da por las masas tra­ba­ja­do­ras de las ciu­da­des y los cam­pos, y la segun­da, en el aplas­ta­mien­to de la resis­ten­cia de los explo­ta­do­res, los cua­les cons­ti­tu­yen una mino­ría evi­den­te… Bajo el régi­men de los Soviets, la inmen­sa mayo­ría de la pobla­ción —es decir, todos los ciu­da­da­nos que viven de su tra­ba­jo y no de la plus­va­lía del tra­ba­jo ajeno—, tie­ne el dere­cho efec­ti­vo —y no el dere­cho nomi­nal de las demo­cra­cias bur­gue­sas— de par­ti­ci­par direc­ta­men­te en la ges­tión públi­ca, de ser elec­to­res y ele­gi­dos, de des­ti­tuir en cual­quier momen­to a los repre­sen­tan­tes que no se hayan mos­tra­do dig­nos de la con­fian­za otor­ga­da, y el deber de velar por la con­ser­va­ción de estos dere­chos redu­cien­do vio­len­ta­men­te a la impo­ten­cia de la cla­se enemi­ga. En resu­men, sien­do como es un régi­men que se ins­pi­ra en los intere­ses de la inmen­sa mayo­ría de la pobla­ción, la que ejer­ce direc­ta­men­te su poder con ayu­da de vas­tas orga­ni­za­cio­nes popu­la­res como son los Soviets, la dic­ta­du­ra pro­le­ta­ria, o por decir­lo en otros tér­mi­nos, la demo­cra­cia sovié­ti­ca, es un sis­te­ma de Gobierno infi­ni­ta­men­te más demo­crá­ti­co que la Repú­bli­ca bur­gue­sa más libre.»

Esta pro­fun­da demo­cra­cia del régi­men sovié­ti­co es lo que le ha dado su fuer­za inmen­sa y le ha per­mi­ti­do recha­zar efi­caz­men­te todos los ata­ques del mun­do capi­ta­lis­ta. Tan gran­de es la vita­li­dad de este régi­men, que ha podi­do sopor­tar inclu­so los pro­fun­dos erro­res come­ti­dos, des­de la muer­te de Lenin, por la direc­ción del Par­ti­do Comu­nis­ta. Razón de más para que todo los ver­da­de­ros ami­gos de la Rusia sovié­ti­ca com­ba­tan impla­ca­ble­men­te las defor­ma­cio­nes del régi­men y luchen incan­sa­ble­men­te por el res­ta­ble­ci­mien­to de la ver­da­de­ra demo­cra­cia sovié­ti­ca.

Andreu Nin

1932

Artikulua gustoko al duzu? / ¿Te ha gustado este artículo?

Share on facebook
Share on Facebook
Share on twitter
Share on Twitter

Leave a comment

Iruzkina idatzi / Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: