El comunismo y la familia

La mujer no depende ya del hombre

¿Se man­ten­drá la fami­lia en un Esta­do comu­nis­ta? ¿Per­sis­ti­rá en la mis­ma for­ma actual? Son estas cues­tio­nes que ator­men­tan, en los momen­tos pre­sen­tes, a la mujer de la cla­se tra­ba­ja­do­ra y preo­cu­pa igual­men­te a sus com­pa­ñe­ros, los hom­bres.

No debe extra­ñar­nos que en estos últi­mos tiem­pos este pro­ble­ma per­tur­be las men­tes de las muje­res tra­ba­ja­do­ras. La vida cam­bia con­ti­nua­men­te ante nues­tros ojos; anti­guos hábi­tos y cos­tum­bres des­apa­re­cen poco a poco. Toda la exis­ten­cia de la fami­lia pro­le­ta­ria se modi­fi­ca y orga­ni­za en for­ma tan nue­va, tan fue­ra de lo corrien­te, tan extra­ña, como nun­ca pudi­mos ima­gi­nar.

Y una de las cosas que mayor per­ple­ji­dad pro­du­ce en la mujer en estos momen­tos es la mane­ra como se ha faci­li­ta­do el divor­cio en Rusia.

De hecho, en vir­tud del decre­to del Comi­sa­rio del Pue­blo del 18 de diciem­bre de 1917, el divor­cio ha deja­do de ser un lijo acce­si­ble sólo a los ricos; des­de aho­ra en ade­lan­te, la mujer tra­ba­ja­do­ra no ten­drá que espe­rar y meses, e inclu­so has­ta años, para que sea falla­da su peti­ción de sepa­ra­ción matri­mo­nial que le dé dere­cho a inde­pen­di­zar­se de un mari­do borra­cho o bru­tal, acos­tum­bra­do a gol­pear­la. Des­de aho­ra en ade­lan­te el divor­cio se podrá obte­ner ami­ga­ble­men­te den­tro del perio­do de una o dos sema­nas todo lo más.

Pero es pre­ci­sa­men­te esta faci­li­dad para obte­ner el divor­cio, manan­tial de tan­tas espe­ran­zas para las muje­res que son des­gra­cia­das en su matri­mo­nio, lo que asus­ta a otras muje­res, par­ti­cu­lar­men­te a aque­llas que con­si­de­ran toda­vía al mari­do como el «pro­vee­dor» de la fami­lia, como el úni­co sos­tén de la vida, a esas muje­res que no com­pren­den toda­vía que deben acos­tum­brar­se a bus­car y a encon­trar ese sos­tén en otro sitio, no en la per­so­na del hom­bre, sino en la per­so­na de la socie­dad, en el Esta­do.

Desde la familia genésica a nuestros días

No hay nin­gu­na razón para pre­ten­der enga­ñar­nos a noso­tros mis­mos: la fami­lia nor­mal de los tiem­pos pasa­dos en la cual el hom­bre lo era todo y la mujer nada —pues­to que no tenía volun­tad pro­pia, ni dine­ro pro­pio, ni tiem­po del que dis­po­ner libre­men­te—, este tipo de fami­lia sufre modi­fi­ca­cio­nes día por día, y actual­men­te es casi una cosa del pasa­do, lo cual no debe asus­tar­nos.

Bien sea por error o igno­ran­cia, esta­mos dis­pues­tos a creer que todo lo que nos rodea debe per­ma­ne­cer inmu­ta­ble, mien­tras todo lo demás cam­bia. Siem­pre ha sido así y siem­pre lo será. Esta afir­ma­ción es un error pro­fun­do.
Para dar­nos cuen­ta de su fal­se­dad, no tene­mos más que leer cómo vivían las gen­tes del pasa­do, e inme­dia­ta­men­te vemos cómo todo está suje­to a cam­bio y cómo no hay cos­tum­bres, ni orga­ni­za­cio­nes polí­ti­cas, ni moral que per­ma­nez­can fijas e invio­la­bles.

Así, pues, la fami­lia ha cam­bia­do fre­cuen­te­men­te de for­ma en las diver­sas épo­cas de la vida de la huma­ni­dad.

Hubo épo­cas en que la fami­lia fue com­ple­ta­men­te dis­tin­ta a como esta­mos cos­tum­bra­dos a admi­tir­la. Hubo un tiem­po en que la úni­ca for­ma de fami­lia que se con­si­de­ra­ba nor­mal era la lla­ma­da fami­lia gené­si­ca, es decir, aque­lla en que el cabe­za de fami­lia era la ancia­na madre, en torno a la cual se agru­pa­ban, en la vida y en el tra­ba­jo común, los hijos, nie­tos y biz­nie­tos.

La fami­lia patriar­cal­fue en otros tiem­pos con­si­de­ra­da tam­bién como la úni­ca for­ma posi­ble de fami­lia, pre­si­di­da por un padre-amo,cuya volun­tad era ley para todos los demás miem­bros de la fami­lia. Aún en nues­tros tiem­pos se pue­den encon­trar en las aldeas rusas fami­lias cam­pe­si­nas de este tipo. En reali­dad pode­mos afir­mar que en esas loca­li­da­des la moral y las leyes que rigen la vida fami­liar son com­ple­ta­men­te dis­tin­tas de las que regla­men­tan la vida de la fami­lia del obre­ro de la ciu­dad. En el cam­po exis­ten toda­vía gran núme­ro de cos­tum­bres que ya no es posi­ble encon­trar en la fami­lia de la ciu­dad pro­le­ta­ria.

El tipo de fami­lia, sus cos­tum­bres, etc., varían según las razas. Hay pue­blos, como por ejem­plo los tur­cos, ára­bes y per­sas, entre los cua­les la ley auto­ri­za al mari­do el tener varias muje­res. Han exis­ti­do y toda­vía se encuen­tran tri­bus que tole­ran la cos­tum­bre con­tra­ria, es decir, que la mujer ten­ga varios mari­dos.

La mora­li­dad al uso del hom­bre de nues­tro tiem­po le auto­ri­za para exi­gir de las jóve­nes la vir­gi­ni­dad has­ta su matri­mo­nio legí­ti­mo. Pero, sin embar­go, hay tri­bus en las que ocu­rre todo lo con­tra­rio: la mujer tie­ne por orgu­llo haber teni­do muchos aman­tes, y se enga­la­na bra­zos y pier­nas con bra­za­le­tes que indi­can el núme­ro…

Diver­sas cos­tum­bres, que a noso­tros nos sor­pren­den, hábi­tos que pode­mos inclu­so cali­fi­car de inmo­ra­les, los prac­ti­can otros pue­blos, con la san­ción divi­na, mien­tras que, por su par­te, cali­fi­can de «peca­mi­no­sas» muchas de nues­tras cos­tum­bres y leyes.

Por tan­to, no hay nin­gu­na razón para que nos ate­rro­ri­ce­mos ante el hecho de que la fami­lia sufra un cam­bio, por­que gra­dual­men­te se des­car­ten ves­ti­gios del pasa­do vivi­dos has­ta aho­ra, ni por­que se implan­ten nue­vas rela­cio­nes entre el hom­bre y la mujer. No tene­mos más que pre­gun­tar­nos: ¿qué es lo que ha muer­to en nues­tro vie­jo sis­te­ma fami­liar y qué rela­cio­nes hay entre el hom­bre tra­ba­ja­dor y la mujer tra­ba­ja­do­ra, entre el cam­pe­sino y la cam­pe­si­na? ¿Cuá­les de sus res­pec­ti­vos dere­chos y debe­res armo­ni­zan mejor con las con­di­cio­nes de vida de la nue­va Rusia? Todo lo que sea com­pa­ti­ble con el nue­vo esta­do de cosas se man­ten­drá; lo demás, toda esa anti­cua­da morra­lla que hemos here­da­do de la mal­di­ta épo­ca de ser­vi­dum­bre y domi­na­ción, que era la carac­te­rís­ti­ca de los terra­te­nien­tes y capi­ta­lis­tas, todo eso ten­drá que ser barri­do jun­ta­men­te con la mis­ma cla­se explo­ta­do­ra, con esos enemi­gos del pro­le­ta­ria­do y de los pobres.

El capitalismo ha destruido la vieja vida familiar

La fami­lia, en su for­ma actual, no es más que una de tan­tas heren­cias del pasa­do. Sóli­da­men­te uni­da, com­pac­ta en sí mis­ma en sus comien­zos, e indi­so­lu­ble —tal era el carác­ter del matri­mo­nio san­ti­fi­ca­do por el cura—, la fami­lia era igual­men­te nece­sa­ria para cada uno de sus miem­bros. Por­que ¿quién se hubie­ra ocu­pa­do de criar, ves­tir y edu­car a los hijos de no ser la fami­lia? ¿Quién se hubie­ra ocu­pa­do de guiar­los en la vida?

Tris­te suer­te la de los huér­fa­nos en aque­llos tiem­pos; era el peor des­tino que pudie­ra tocar­le a uno en suer­te.

En el tipo de fami­lia a que esta­mos acos­tum­bra­dos, es el mari­do el que gana el sus­ten­to, el que man­tie­ne a la mujer y a los hijos. La mujer, por su par­te, se ocu­pa de los queha­ce­res domés­ti­cos y de criar a los hijos como le pare­ce.

Pero, des­de hace un siglo, esta for­ma corrien­te de fami­lia ha expe­ri­men­ta­do una des­truc­ción pro­gre­si­va en todos los paí­ses del mun­do, en los que domi­na el capi­ta­lis­mo, en aque­llos paí­ses en que el núme­ro de fábri­cas cre­ce rápi­da­men­te, jun­ta­men­te con otras empre­sas capi­ta­lis­tas que emplean tra­ba­ja­do­res.

Las cos­tum­bres y la moral fami­liar se for­man simul­tá­nea­men­te como con­se­cuen­cia de las con­di­cio­nes gene­ra­les de la vida que rodea a la fami­lia. Lo que más ha con­tri­bui­do a que se modi­fi­ca­sen las cos­tum­bres fami­lia­res de una mane­ra radi­cal ha sido, indis­cu­ti­ble­men­te, la enor­me expan­sión que ha adqui­ri­do por todas par­tes el tra­ba­jo asa­la­ria­do de la mujer. Ante­rior­men­te, era el hom­bre el úni­co sos­tén posi­ble de la fami­lia.

Pero des­de los últi­mos cin­cuen­ta o sesen­ta años, hemos expe­ri­men­ta­do en Rusia (con ante­rio­ri­dad en otros paí­ses) que el régi­men capi­ta­lis­ta obli­ga a las muje­res a bus­car tra­ba­jo remu­ne­ra­dor fue­ra de la fami­lia, fue­ra de su casa.

Treinta millones de mujeres soportan una doble carga

Como el sala­rio del hom­bre, sos­tén de la fami­lia, resul­ta­ba insu­fi­cien­te para cubrir las nece­si­da­des de la mis­ma, la mujer se vio obli­ga­da a su vez a bus­car tra­ba­jo remu­ne­ra­do; la madre tuvo que lla­mar tam­bién a la puer­ta de la fábri­ca. Año por año, día tras día, fue cre­cien­do el núme­ro de muje­res per­te­ne­cien­tes a la cla­se tra­ba­ja­do­ra que aban­do­na­ban sus casas para ir a nutrir las filas de las fábri­cas, para tra­ba­jar como obre­ras, depen­dien­tas, ofi­ci­nis­tas, lavan­de­ras o cria­das.

Según cálcu­los de antes de la Gran Gue­rra, en los paí­ses de Euro­pa y Amé­ri­ca ascen­dían a sesen­ta millo­nes las muje­res que se gana­ban la vida con su tra­ba­jo. Duran­te la gue­rra ese núme­ro aumen­tó con­si­de­ra­ble­men­te.

La inmen­sa mayo­ría de estas muje­res esta­ban casa­das; fácil es ima­gi­nar­nos la vida fami­liar que podrían dis­fru­tar. ¡Qué vida fami­liar pue­de exis­tir don­de la espo­sa y madre se va de casa duran­te ocho horas dia­rias, diez mejor dicho (con­tan­do el via­je de ida y vuel­ta)! La casa que­da nece­sa­ria­men­te des­cui­da­da; los hijos cre­cen sin nin­gún cui­da­do mater­nal, aban­do­na­dos a sí mis­mos en medio de los peli­gros de la calle, en la cual pasan la mayor par­te del tiem­po.

La mujer casa­da, la madre que es obre­ra, suda san­gre para cum­plir con tres tareas que pesan al mis­mo tiem­po sobre ella: dis­po­ner de las horas nece­sa­rias para el tra­ba­jo, lo mis­mo que hace su mari­do, en algu­na indus­tria o esta­ble­ci­mien­to comer­cial; con­sa­grar­se des­pués, lo mejor posi­ble, a los queha­ce­res domés­ti­cos, y, por últi­mo, cui­dar de sus hijos.

El capi­ta­lis­mo ha car­ga­do sobre los hom­bros de la mujer tra­ba­ja­do­ra un peso que la aplas­ta; la ha con­ver­ti­do en obre­ra, sin ali­viar­la de sus cui­da­dos de ama de casa y madre.

Por tan­to, nos encon­tra­mos con que la mujer se ago­ta como con­se­cuen­cia de esta tri­ple e inso­por­ta­ble car­ga, que con fre­cuen­cia expre­sa con gri­tos de dolor y hace aso­mar lágri­mas a sus ojos.

Los cui­da­dos y las preo­cu­pa­cio­nes han sido en todo tiem­po des­tino de la mujer; pero nun­ca ha sido su vida más des­gra­cia­da, más deses­pe­ra­da que en estos tiem­pos bajo el régi­men capi­ta­lis­ta, pre­ci­sa­men­te cuan­do la indus­tria atra­vie­sa por perio­do de máxi­ma expan­sión.

Los trabajadores aprenden a existir sin vida familiar

Cuan­to más se extien­de el tra­ba­jo asa­la­ria­do de la mujer, más pro­gre­sa la des­com­po­si­ción de la fami­lia.

¡Qué vida fami­liar pue­de haber don­de el hom­bre y la mujer tra­ba­jan en la fábri­ca, en sec­cio­nes dife­ren­tes, si la mujer no dis­po­ne siquie­ra del tiem­po nece­sa­rio para gui­sar una comi­da media­na­men­te bue­na para sus hijos! ¡Qué vida fami­liar pue­de ser la de una fami­lia en la que el padre y la madre pasan fue­ra de casa la mayor par­te de las vein­ti­cua­tro horas del día, entre­ga­dos a un duro tra­ba­jo, que les impi­de dedi­car unos cuan­tos minu­tos a sus hijos!

En épo­cas ante­rio­res, era com­ple­ta­men­te dife­ren­te. La madre, el ama de casa, per­ma­ne­cía en el hogar, se ocu­pa­ba de las tareas domés­ti­cas y de sus hijos, a los cua­les no deja­ba de obser­var, siem­pre vigi­lan­te.

Hoy día, des­de las pri­me­ras horas de la maña­na has­ta que sue­na la sire­na de la fábri­ca, la mujer tra­ba­ja­do­ra corre apre­su­ra­da para lle­gar a su tra­ba­jo; por la noche, de nue­vo, al sonar la sire­na, vuel­ve pre­ci­pi­ta­da­men­te a casa para pre­pa­rar la sopa y hacer los queha­ce­res domés­ti­cos indis­pen­sa­bles. A la maña­na siguien­te, des­pués de bre­ves horas de sue­ño, comien­za otra vez para la mujer su pesa­da car­ga. No pue­de, pues, sor­pren­der­nos, por tan­to, el hecho de que, debi­do a estas con­di­cio­nes de vida, se des­ha­gan los lazos fami­lia­res y la fami­lia se disuel­va cada día más. Poco a poco va des­apa­re­cien­do todo aque­llo que con­ver­tía a la fami­lia en un todo sóli­do, todo aque­llo que cons­ti­tuía sus segu­ros cimien­tos, la fami­lia es cada vez menos nece­sa­ria a sus pro­pios miem­bros y al Esta­do. Las vie­jas for­mas fami­lia­res se con­vier­ten en un obs­tácu­lo.

¿En qué con­sis­tía la fuer­za de la fami­lia en los tiem­pos pasa­dos? En pri­mer lugar, en el hecho de que era el mari­do, el padre, el que man­te­nía a la fami­lia; en segun­do lugar, el hogar era algo igual­men­te nece­sa­rio a todos los miem­bros de la fami­lia, y en ter­cer y últi­mo lugar, por­que los hijos eran edu­ca­dos por los padres.

¿Qué es lo que que­da actual­men­te de todo esto? El mari­do, como hemos vis­to, ha deja­do de ser el sos­tén úni­co de la fami­lia. La mujer, que va a tra­ba­jar, se ha con­ver­ti­do, a este res­pec­to, en igual a su mari­do. Ha apren­di­do no sólo a ganar­se la vida, sino tam­bién, con gran fre­cuen­cia, a ganar la de sus hijos y su mari­do.

Que­da toda­vía, sin embar­go, la fun­ción de la fami­lia de criar y man­te­ner a los hijos mien­tras son peque­ños.

Vea­mos aho­ra, en reali­dad, lo que sub­sis­te de esta obli­ga­ción.

El trabajo casero no es ya una necesidad

Hubo un tiem­po en que la mujer de la cla­se pobre, tan­to en la ciu­dad como en el cam­po, pasa­ba su vida ente­ra en el seno de la fami­lia. La mujer no sabía nada de lo que ocu­rría más allá del umbral de su casa y es casi segu­ro que tam­po­co desea­ba saber­lo. En com­pen­sa­ción, tenía den­tro de su casa las más varia­das ocu­pa­cio­nes, todas úti­les y nece­sa­rias, no sólo para la vida de la fami­lia en sí, sino tam­bién para la de todo el Esta­do.

La mujer hacía, es cier­to, todo lo que hoy hace cual­quier mujer obre­ra o cam­pe­si­na. Gui­sa­ba, lava­ba, lim­pia­ba la casa y repa­sa­ba la ropa de la fami­lia. Pero no hacía esto sólo. Tenía sobre sí, ade­más, una serie de obli­ga­cio­nes que no tie­nen ya las muje­res de nues­tro tiem­po: hila­ba la lana y el lino; tejía las telas y los ador­nos, las medias y los cal­ce­ti­nes; hacía enca­jes y se dedi­ca­ba, en la medi­da de las posi­bi­li­da­des fami­lia­res, a las tareas de la con­ser­va­ción de car­nes y demás ali­men­tos; des­ti­la­ba las bebi­das de la fami­lia, e inclu­so mol­dea­ba las velas para la casa.

¡Cuán diver­sas eran las tareas de la mujer en los tiem­pos pasa­dos! Así pasa­ron la vida nues­tras madres y abue­las. Aún en nues­tros días, allá en remo­tas aldeas, en pleno cam­po, en con­tac­to con las líneas del tren o lejos de los gran­des ríos, se pue­den encon­trar peque­ños núcleos don­de se con­ser­va toda­vía, sin modi­fi­ca­ción algu­na, este modo de vida de los bue­nos tiem­pos del pasa­do, en la que el ama de casa rea­li­za­ba una serie de tra­ba­jos de los que no tie­ne noción la mujer tra­ba­ja­do­ra de las gran­des ciu­da­des o de las regio­nes de gran pobla­ción indus­trial, des­de hace mucho tiem­po.

El trabajo industrial de la mujer en el hogar

En los tiem­pos de nues­tras abue­las eran abso­lu­ta­men­te nece­sa­rios y úti­les todos los tra­ba­jos domés­ti­cos de la mujer, de los que depen­día el bien­es­tar de la fami­lia. Cuan­to más se dedi­ca­ba la mujer de su casa a estas tareas, tan­to mejor era la vida en el hogar, más orden y abun­dan­cia se refle­ja­ban en la casa. Has­ta el pro­pio Esta­do podía bene­fi­ciar­se un tan­to de las acti­vi­da­des de la mujer como ama de casa. Por­que, en reali­dad, la mujer de otros tiem­pos no se limi­ta­ba a pre­pa­rar purés para ella o su fami­lia, sino que sus manos pro­du­cían muchos otros pro­duc­tos de rique­za, tales como telas, hilo, man­te­qui­lla, etc., cosas que podían lle­var­se al mer­ca­do y ser con­si­de­ra­das como mer­can­cías, como cosas de valor.

Es cier­to que en los tiem­pos de nues­tras abue­las y bisa­bue­las el tra­ba­jo no era eva­lua­do en dine­ro. Pero no había nin­gún hom­bre, fue­ra cam­pe­sino u obre­ro, que no bus­ca­se como com­pa­ñe­ra una mujer con «manos de oro», fra­se toda­vía pro­ver­bial entre el pue­blo.

Por­que sólo los recur­sos del hom­bre, sin el tra­ba­jo domés­ti­co de la mujer, no hubie­ran bas­ta­do para man­te­ner el hogar.

En lo que se refie­re a los bie­nes del Esta­do, a los intere­ses de la nación, coin­ci­dían con los del mari­do; cuan­to más tra­ba­ja­do­ra resul­ta­ba la mujer en el seno de su fami­lia, tan­tos más pro­duc­tos de todas cla­ses pro­du­cía: telas, cue­ros, lana, cuyo sobran­te podía ser ven­di­do en el mer­ca­do de las cer­ca­nías; con­se­cuen­te­men­te, la «mujer de su casa» con­tri­buía a aumen­tar en su con­jun­to la pros­pe­ri­dad eco­nó­mi­ca del país.

La mujer casada y la fábrica

El capi­ta­lis­mo ha modi­fi­ca­do total­men­te esta anti­gua mane­ra de vida. Todo lo que antes se pro­du­cía en el seno de la fami­lia, se fabri­ca aho­ra en gran­des can­ti­da­des en los talle­res y en las fábri­cas. La máqui­na sus­ti­tu­yó a los ági­les dedos del ama de casa. ¿Qué mujer de su casa tra­ba­ja­ría hoy día en mol­dear velas, hilar o tejer tela? Todos estos pro­duc­tos pue­den adqui­rir­se en la tien­da más pró­xi­ma. Antes, todas las mucha­chas tenían que apren­der a tejer sus medias; ¿es posi­ble encon­trar en nues­tros tiem­pos una joven obre­ra que se haga las medias? En pri­mer lugar, care­ce del tiem­po nece­sa­rio para ello. El tiem­po es dine­ro y no hay nadie que quie­ra per­der­lo de una mane­ra impro­duc­ti­va, es decir, sin obte­ner nin­gún pro­ve­cho. Actual­men­te, toda mujer de su casa, que es a la vez una obre­ra, pre­fie­re com­prar las medias hechas que per­der tiem­po hacién­do­las.

Pocas muje­res tra­ba­ja­do­ras, y sólo en casos ais­la­dos, pode­mos encon­trar hoy día que pre­pa­ren las con­ser­vas para la fami­lia, cuan­do la reali­dad es que en la tien­da de comes­ti­bles de al lado de su casa pue­de com­prar­las per­fec­ta­men­te pre­pa­ra­das. Aun en el caso de que el pro­duc­to ven­di­do en la tien­da sea de una cali­dad infe­rior, o que no sea tan bueno como el que pue­da hacer una ama de casa aho­rra­ti­va en su hogar, la mujer tra­ba­ja­do­ra no tie­ne ni tiem­po ni ener­gías para dedi­car­se a todas las labo­rio­sas ope­ra­cio­nes que requie­re un tra­ba­jo de esta cla­se.

La reali­dad, pues, es que la fami­lia con­tem­po­rá­nea se inde­pen­di­za cada vez más de todos aque­llos tra­ba­jos domés­ti­cos sin cuya preo­cu­pa­ción no hubie­ran podi­do con­ce­bir la vida fami­liar nues­tras abue­las.

Lo que se pro­du­cía ante­rior­men­te en el seno de la fami­lia se pro­du­ce actual­men­te con el tra­ba­jo común de hom­bres y muje­res tra­ba­ja­do­ras en las fábri­cas y talle­res.

Los quehaceres individuales están llamados a desaparecer

La fami­lia actual­men­te con­su­me sin pro­du­cir. Las tareas esen­cia­les del ama de casa han que­da­do redu­ci­das a cua­tro: lim­pie­za (sue­los, mue­bles, cale­fac­ción , etc.); coci­na (pre­pa­ra­ción de comi­da y cena); lava­do y cui­da­do de la ropa blan­ca, y ves­ti­dos de la fami­lia (remen­da­do y plan­cha­do de la ropa).

Estos son tra­ba­jos ago­ta­do­res. Con­su­men todas las ener­gías y todo el tiem­po de la mujer tra­ba­ja­do­ra, que, ade­más, tie­ne que tra­ba­jar en una fábri­ca.

Cier­ta­men­te que los queha­ce­res de nues­tras abue­las com­pren­dían muchas más ope­ra­cio­nes, pero, sin embar­go, esta­ban dota­dos de una cua­li­dad de la que care­cen los tra­ba­jos domés­ti­cos de la mujer obre­ra de nues­tros días; éstos han per­di­do su cua­li­dad de tra­ba­jos úti­les al Esta­do des­de el pun­to de vis­ta de la eco­no­mía nacio­nal, por­que son tra­ba­jos con los que no se crean nue­vos valo­res. Con ellos no se con­tri­bu­ye a la pros­pe­ri­dad del país.

Es en vano que la mujer tra­ba­ja­do­ra se pase el día des­de la maña­na has­ta la noche lim­pian­do su casa, lavan­do y plan­chan­do la ropa, con­su­mien­do sus ener­gías para con­ser­var sus gas­ta­das ropas en orden, matán­do­se para pre­pa­rar con sus modes­tos recur­sos la mejor comi­da posi­ble, por­que cuan­do ter­mi­ne el día no que­da­rá, a pesar de sus esfuer­zos, un resul­ta­do mate­rial de todo su tra­ba­jo dia­rio; con sus manos infa­ti­ga­bles no habrá crea­do en todo el día nada que pue­da ser con­si­de­ra­do como una mer­can­cía en el mer­ca­do comer­cial. Mil años que vivie­ra todo segui­ría igual para la mujer tra­ba­ja­do­ra. Todas las maña­nas habría que qui­tar pol­vo de la cómo­da; el mari­do ven­dría con ganas de cenar por la noche y sus chi­qui­ti­nes vol­ve­rían siem­pre a casa con los zapa­tos lle­nos de barro… El tra­ba­jo del ama de casa repor­ta cada día menos uti­li­dad, es cada vez más impro­duc­ti­vo.

La aurora del trabajo casero colectivo

Los tra­ba­jos case­ros en for­ma indi­vi­dual han comen­za­do a des­apa­re­cer y de día en día van sien­do sus­ti­tui­dos por el tra­ba­jo case­ro colec­ti­vo, y lle­ga­rá un día, más pron­to o más tar­de, en que la mujer tra­ba­ja­do­ra no ten­drá que ocu­par­se de su pro­pio hogar.

En la Socie­dad Comu­nis­ta del maña­na, estos tra­ba­jos serán rea­li­za­dos por una cate­go­ría espe­cial de muje­res tra­ba­ja­do­ras dedi­ca­das úni­ca­men­te a estas ocu­pa­cio­nes.

Las muje­res de los ricos, hace ya mucho tiem­po que viven libres de estas des­agra­da­bles y fati­go­sas tareas.

¿Por qué tie­ne la mujer tra­ba­ja­do­ra que con­ti­nuar con esta pesa­da car­ga?

En la Rusia Sovié­ti­ca, la vida de la mujer tra­ba­ja­do­ra debe estar rodea­da de las mis­mas como­di­da­des, la mis­ma lim­pie­za, la mis­ma higie­ne, la mis­ma belle­za, que has­ta aho­ra cons­ti­tuía el ambien­te de las muje­res per­te­ne­cien­tes a las cla­ses adi­ne­ra­das. En una Socie­dad Comu­nis­ta la mujer tra­ba­ja­do­ra no ten­drá que pasar sus esca­sas horas de des­can­so en la coci­na, por­que en la Socie­dad Comu­nis­ta exis­ti­rán res­tau­ran­tes públi­cos y coci­nas cen­tra­les en los que podrá ir a comer todo el mun­do.

Estos esta­ble­ci­mien­tos han ido en aumen­to en todos los paí­ses, inclu­so den­tro del régi­men capi­ta­lis­ta. En reali­dad, se pue­de decir que des­de hace medio siglo aumen­tan de día en día en todas las ciu­da­des de Euro­pa; cre­cen como las setas des­pués de la llu­via oto­ñal. Pero mien­tras en un sis­te­ma capi­ta­lis­ta sólo gen­tes con bol­sas bien reple­tas pue­den per­mi­tir­se el gus­to de comer en los res­tau­ran­tes, en una ciu­dad comu­nis­ta esta­rán al alcan­ce de todo el mun­do.

Lo mis­mo se pue­de decir del lava­do de la ropa y demás tra­ba­jos case­ros. La mujer tra­ba­ja­do­ra no ten­drá que aho­gar­se en un océano de por­que­ría ni estro­pear­se la vis­ta remen­dan­do y cosien­do la ropa por las noches. No ten­drá más que lle­var­la cada sema­na a los lava­de­ros cen­tra­les para ir a bus­car­la des­pués lava­da y plan­cha­da.

De este modo ten­drá la mujer tra­ba­ja­do­ra una preo­cu­pa­ción menos.

La orga­ni­za­ción de talle­res espe­cia­les para repa­sar y remen­dar la ropa ofre­ce­rán a la mujer tra­ba­ja­do­ra la opor­tu­ni­dad de dedi­car­se por las noches a lec­tu­ras ins­truc­ti­vas, a dis­trac­cio­nes salu­da­bles, en vez de pasar­las como has­ta aho­ra en tareas ago­ta­do­ras.

Por tan­to, vemos que las cua­tro últi­mas tareas domés­ti­cas que toda­vía pesan sobre la mujer de nues­tros tiem­pos des­apa­re­ce­rán con el triun­fo del régi­men comu­nis­ta.

No ten­drá de qué que­jar­se la mujer obre­ra, por­que la Socie­dad Comu­nis­ta habrá ter­mi­na­do con el yugo domés­ti­co de la mujer para hacer su vida más ale­gre, más rica, más libre y más com­ple­ta.

La crianza de los hijos en el régimen capitalista

¿Qué que­da­rá de la fami­lia cuan­do hayan des­apa­re­ci­do todos estos queha­ce­res del tra­ba­jo case­ro indi­vi­dual?

Toda­vía ten­dre­mos que luchar con el pro­ble­ma de los hijos. Pero en lo que se refie­re a esta cues­tión, el Esta­do de los Tra­ba­ja­do­res acu­di­rá en auxi­lio de la fami­lia, sus­ti­tu­yén­do­la; gra­dual­men­te, la Socie­dad se hará car­go de todas aque­llas obli­ga­cio­nes que antes recaían sobre los padres.

Bajo el régi­men capi­ta­lis­ta la ins­truc­ción del niño ha cesa­do de ser una obli­ga­ción de los padres. El niño apren­de en la escue­la. En cuan­to el niño entra en la edad esco­lar, los padres res­pi­ran más libre­men­te. Cuan­do lle­ga este momen­to, el desa­rro­llo inte­lec­tual del hijo deja de ser un asun­to de su incum­ben­cia.

Sin embar­go, con ello no ter­mi­na­ban todas las obli­ga­cio­nes de la fami­lia con res­pec­to al niño. Toda­vía sub­sis­tía la obli­ga­ción de ali­men­tar al niño, de cal­zar­le, ves­tir­le, con­ver­tir­lo en obre­ro dies­tro y hones­to para que, con el tiem­po, pudie­ra bas­tar­se a sí pro­pio y ayu­dar a sus padres cuan­do éstos lle­ga­ran a vie­jos.

Pero lo más corrien­te era, sin embar­go, que la fami­lia obre­ra no pudie­ra casi nun­ca cum­plir ente­ra­men­te estas obli­ga­cio­nes con res­pec­to a sus hijos. El redu­ci­do sala­rio de que depen­de la fami­lia obre­ra no le per­mi­te ni tan siquie­ra dar a sus hijos lo sufi­cien­te para comer, mien­tras que el exce­si­vo tra­ba­jo que pesa sobre los padres les impi­de dedi­car a la edu­ca­ción de la joven gene­ra­ción toda la aten­ción a que obli­ga este deber. Se daba por sen­ta­do que la fami­lia se ocu­pa­ba de la crian­za de los hijos. ¿Pero lo hacía en reali­dad? Más jus­to sería decir que es en la calle don­de se crían los hijos de los pro­le­ta­rios. Los niños de la cla­se tra­ba­ja­do­ra des­co­no­cen las satis­fac­cio­nes de la vida fami­liar, pla­ce­res de los cua­les par­ti­ci­pa­mos toda­vía noso­tros con nues­tros padres.

Pero, ade­más, hay que tener en cuen­ta que lo redu­ci­do de los jor­na­les, la inse­gu­ri­dad en el tra­ba­jo y has­ta el ham­bre con­vier­ten fre­cuen­te­men­te al niño de diez años de la cla­se tra­ba­ja­do­ra en un obre­ro inde­pen­dien­te a su vez. Des­de este momen­to, tan pron­to como el hijo (lo mis­mo si es chi­co o chi­ca) comien­za a ganar un jor­nal, se con­si­de­ra a sí mis­mo due­ño de su per­so­na, has­ta tal pun­to que las pala­bras y los con­se­jos de sus padres dejan de cau­sar­le la menor impre­sión, es decir, que se debi­li­ta la auto­ri­dad de los padres y ter­mi­na la obe­dien­cia.

A medi­da que van des­apa­re­cien­do uno a uno los tra­ba­jos domés­ti­cos de la fami­lia, todas las obli­ga­cio­nes de sos­tén y crian­za de los hijos son desem­pe­ña­das por la socie­dad en lugar de por los padres. Bajo el sis­te­ma capi­ta­lis­ta, los hijos eran con dema­sia­da fre­cuen­cia, en la fami­lia pro­le­ta­ria, una car­ga pesa­da e insos­te­ni­ble.

El niño y el Estado comunista

En este aspec­to tam­bién acu­di­rá la Socie­dad Comu­nis­ta en auxi­lio de los padres. En la Rusia Sovié­ti­ca se han empren­di­do, mer­ced a los Comi­sa­ria­dos de Edu­ca­ción Públi­ca y Bien­es­tar Social, gran­des ade­lan­tos.

Se pue­de decir que en este aspec­to se han hecho ya muchas cosas para faci­li­tar la tarea de la fami­lia de criar y man­te­ner a los hijos.

Exis­ten ya casas para los niños lac­tan­tes, guar­de­ría infan­ti­les, jar­di­nes de la infan­cia, colo­nias y hoga­res para niños, enfer­me­rías y sana­to­rios para los enfer­mos o deli­ca­dos, res­tau­ran­tes, come­do­res gra­tui­tos para los dis­cí­pu­los en escue­las, libros de estu­dio gra­tui­tos, ropas de abri­go y cal­za­do para los niños de los esta­ble­ci­mien­tos de ense­ñan­za. ¿Todo esto no demues­tra sufi­cien­te­men­te que el niño sale ya del mar­co estre­cho de la fami­lia, pasan­do la car­ga de su crian­za y edu­ca­ción de los padres a la colec­ti­vi­dad?

Los cui­da­dos de los padres con res­pec­to a los hijos pue­den cla­si­fi­car­se en tres gru­pos:

  1. cui­da­dos que los niños requie­ren impres­cin­di­ble­men­te en los pri­me­ros tiem­pos de su vida;
  2. los cui­da­dos que supo­ne la crian­za del niño, y
  3. los cui­da­dos que nece­si­ta la edu­ca­ción del niño.

Lo que se refie­re a la ins­truc­ción de los niños, en escue­las pri­ma­rias, ins­ti­tu­tos y uni­ver­si­da­des, se ha con­ver­ti­do ya en una obli­ga­ción del Esta­do, inclu­so en la socie­dad capi­ta­lis­ta.

Por otra par­te, las ocu­pa­cio­nes de la cla­se tra­ba­ja­do­ra, las con­di­cio­nes de vida, obli­ga­ban, inclu­so en la socie­dad capi­ta­lis­ta, a la crea­ción de luga­res de jue­go, guar­de­rías, asi­los, etc. Cuan­to más con­cien­cia ten­ga la cla­se tra­ba­ja­do­ra de sus dere­chos, cuan­to mejor estén orga­ni­za­dos en cual­quier Esta­do espe­cí­fi­co, tan­to más inte­rés ten­drá la socie­dad en el pro­ble­ma de ali­viar a la fami­lia del cui­da­do de los hijos.

Pero la socie­dad bur­gue­sa tie­ne medio de ir dema­sia­do lejos en lo que res­pec­ta a con­si­de­rar los intere­ses de la cla­se tra­ba­ja­do­ra, y mucho más si con­tri­bu­ye de este modo a la desin­te­gra­ción de la fami­lia.

Los capi­ta­lis­tas se dan per­fec­ta cuen­ta de que el vie­jo tipo de fami­lia, en la que la espo­sa es una escla­va y el hom­bre es res­pon­sa­ble del sos­tén y bien­es­tar de la fami­lia, de que una fami­lia de esta cla­se es la mejor arma para aho­gar los esfuer­zos del pro­le­ta­ria­do hacia su liber­tad, para debi­li­tar el espí­ri­tu revo­lu­cio­na­rio del hom­bre y de la mujer pro­le­ta­rios. La preo­cu­pa­ción por lo que le pue­da pasar a su fami­lia, pri­va al obre­ro de toda su fir­me­za, le obli­ga a tran­si­gir con el capi­tal. ¿Qué no harán los padres pro­le­ta­rios cuan­do sus hijos tie­nen ham­bre?

Con­tra­ria­men­te a lo que suce­de en la socie­dad capi­ta­lis­ta, que no ha sido capaz de trans­for­mar la edu­ca­ción de la juven­tud en una ver­da­de­ra fun­ción social, en una obra del Esta­do, la Socie­dad Comu­nis­ta con­si­de­ra­rá como base real de sus leyes y cos­tum­bres, como la pri­me­ra pie­dra del nue­vo edi­fi­cio, la edu­ca­ción social de la gene­ra­ción nacien­te.

No será la fami­lia del pasa­do, mez­qui­na y estre­cha, con riñas entre los padres, con sus intere­ses exclu­si­vis­tas para sus hijos, la que mol­dea­rá el hom­bre de la socie­dad del maña­na.

El hom­bre nue­vo, de nues­tra nue­va socie­dad, será mol­dea­do por las orga­ni­za­cio­nes socia­lis­tas, jar­di­nes infan­ti­les, resi­den­cias, guar­de­rías de niños, etc., y muchas otras ins­ti­tu­cio­nes de este tipo, en las que el niño pasa­rá la mayor par­te del día y en las que edu­ca­do­res inte­li­gen­tes le con­ver­ti­rán en un comu­nis­ta cons­cien­te de la mag­ni­tud de esta invio­la­ble divi­sa: soli­da­ri­dad, cama­ra­de­ría, ayu­da mutua y devo­ción a la vida colec­ti­va.

La subsistencia de la madre asegurada

Vea­mos aho­ra, una vez que no se pre­ci­sa aten­der a la crian­za y edu­ca­ción de los hijos, qué es lo que que­da­rá de las obli­ga­cio­nes de la fami­lia con res­pec­to a sus hijos, par­ti­cu­lar­men­te des­pués que haya sido ali­via­da de la mayor par­te de los cui­da­dos mate­ria­les que lle­van con­si­go el naci­mien­to de un hijo, o sea, a excep­ción de los cui­da­dos que requie­re el niño recién naci­do cuan­do toda­vía nece­si­ta de la aten­ción de su madre, mien­tras apren­de a andar, aga­rrán­do­se a las fal­das de su madre. En esto tam­bién el Esta­do Comu­nis­ta acu­de pre­su­ro­so en auxi­lio de la madre tra­ba­ja­do­ra. Ya no exis­ti­rá la madre ago­bia­da con un chi­qui­llo en bra­zos. El Esta­do de los Tra­ba­ja­do­res se encar­ga­rá de la obli­ga­ción de ase­gu­rar la sub­sis­ten­cia a todas las madres, estén o no legí­ti­ma­men­te casa­das, en tan­to que ama­man­ten a su hijo; ins­ta­la­rá por doquier casas de mater­ni­dad, orga­ni­za­rá en todas las ciu­da­des y en todos los pue­blos guar­de­rías e ins­ti­tu­cio­nes seme­jan­tes para que la mujer pue­da ser útil tra­ba­jan­do para el Esta­do mien­tras, al mis­mo tiem­po, cum­ple sus fun­cio­nes de madre.

El matrimonio dejará de ser una cadena

Las madres obre­ras no tie­nen por qué alar­mar­se. La Socie­dad Comu­nis­ta no pre­ten­de sepa­rar a los hijos de los padres, ni arran­car al recién naci­do del pecho de su madre. No abri­ga la menor inten­ción de recu­rrir a la vio­len­cia para des­truir la fami­lia como tal. Nada de eso. Estas no son las aspi­ra­cio­nes de la Socie­dad Comu­nis­ta.

¿Qué es lo que pre­sen­cia­mos hoy? Pues que se rom­pen los lazos de la gas­ta­da fami­lia. Esta, gra­dual­men­te, se va liber­tan­do de todos los tra­ba­jos domés­ti­cos que ante­rior­men­te eran otros tan­tos pila­res que sos­te­nían la fami­lia como un todo social. ¿Los cui­da­dos de la lim­pie­za, etc., de la casa? Tam­bién pare­ce que han demos­tra­do su inuti­li­dad. ¿Los hijos? Los padres pro­le­ta­rios no pue­den ya aten­der a su cui­da­do; no se pue­den ase­gu­rar ni su sub­sis­ten­cia ni su edu­ca­ción.

Estas es la situa­ción real cuyas con­se­cuen­cias sufren por igual los padres y los hijos.

Por tan­to, la Socie­dad Comu­nis­ta se acer­ca­rá al hom­bre y a la mujer pro­le­ta­rios para decir­les: «Sois jóve­nes y os amáis». Todo el mun­do tie­ne dere­cho a la feli­ci­dad. Por eso debéis vivir vues­tra vida. No ten­gáis mie­do al matri­mo­nio, aun cuan­do el matri­mo­nio no fue­ra más que una cade­na para el hom­bre y la mujer de la cla­se tra­ba­ja­do­ra en la socie­dad capi­ta­lis­ta. Y, sobre todo, no temáis, sien­do jóve­nes y salu­da­bles, dar a vues­tro país nue­vos obre­ros, nue­vos ciu­da­da­nos niños. La socie­dad de los tra­ba­ja­do­res nece­si­ta de nue­vas fuer­zas de tra­ba­jo; salu­da la lle­ga­da de cada recién veni­do al mun­do. Tam­po­co temáis por el futu­ro de vues­tro hijo; vues­tro hijo no cono­ce­rá el ham­bre, ni el frío. No será des­gra­cia­do, ni que­da­rá aban­do­na­do a su suer­te como suce­día en la socie­dad capi­ta­lis­ta. Tan pron­to como el nue­vo ser lle­gue al mun­do, el Esta­do de la cla­se Tra­ba­ja­do­ra, la Socie­dad Comu­nis­ta, ase­gu­ra­rá el hijo y a la madre una ración para su sub­sis­ten­cia y cui­da­dos solí­ci­tos. La Patria comu­nis­ta ali­men­ta­rá, cria­rá y edu­ca­rá al niño. Pero esta patria no inten­ta­rá, en modo alguno, arran­car al hijo de los padres que quie­ran par­ti­ci­par en la edu­ca­ción de sus peque­ñue­los. La Socie­dad Comu­nis­ta toma­rá a su car­go todas las obli­ga­cio­nes de la edu­ca­ción del niño, pero nun­ca des­po­ja­rá de las ale­grías pater­na­les, de las satis­fac­cio­nes mater­na­les a aque­llos que sean capa­ces de apre­ciar y com­pren­der estas ale­grías. ¿Se pue­de, pues, lla­mar a esto des­truc­ción de la fami­lia por la vio­len­cia o sepa­ra­ción a la fuer­za de la madre y el hijo?

La familia como unión de afectos y camaradería

Hay algo que no se pue­de negar, y es el hecho de que ha lle­ga­do su hora al vie­jo tipo de fami­lia. No tie­ne de ello la cul­pa el comu­nis­mo: es el resul­ta­do del cam­bio expe­ri­men­ta­do por la con­di­cio­nes de vida. La fami­lia ha deja­do de ser una nece­si­dad para el Esta­do como ocu­rría en el pasa­do.

Todo lo con­tra­rio, resul­ta algo peor que inú­til, pues­to que sin nece­si­dad impi­de que las muje­res de la cla­se tra­ba­ja­do­ra pue­dan rea­li­zar un tra­ba­jo mucho más pro­duc­ti­vo y mucho más impor­tan­te. Tam­po­co es ya nece­sa­ria la fami­lia a los miem­bros de ella, pues­to que la tarea de criar a los hijos, que antes le per­te­ne­cía por com­ple­to, pasa cada vez más a manos de la colec­ti­vi­dad.

Sobre las rui­nas de la vie­ja vida fami­liar, vere­mos pron­to resur­gir una nue­va for­ma de fami­lia que supon­drá rela­cio­nes com­ple­ta­men­te dife­ren­tes entre el hom­bre y la mujer, basa­das en una unión de afec­tos y cama­ra­de­ría, en una unión de dos per­so­nas igua­les en la Socie­dad Comu­nis­ta, las dos libres, las dos inde­pen­dien­tes, las dos obre­ras. ¡No más «sevi­dum­bre» domés­ti­ca para la mujer! ¡No más desigual­dad en el seno mis­mo de la fami­lia! ¡No más temor por par­te de la mujer de que­dar­se sin sos­tén y ayu­da si el mari­do la aban­do­na!

La mujer, en la Socie­dad Comu­nis­ta, no depen­de­rá de su mari­do, sino que sus robus­tos bra­zos serán los que la pro­por­cio­nen el sus­ten­to. Se aca­ba­rá con la incer­ti­dum­bre sobre la suer­te que pue­dan correr los hijos.

El Esta­do comu­nis­ta asu­mi­rá todas estas res­pon­sa­bi­li­da­des. El matri­mo­nio que­da­rá puri­fi­ca­do de todos sus ele­men­tos mate­ria­les, de todos los cálcu­los de dine­ro que cons­ti­tu­yen la repug­nan­te man­cha de la vida fami­liar de nues­tro tiem­po. El matri­mo­nio se trans­for­ma­rá des­de aho­ra en ade­lan­te en la unión subli­me de dos almas que se aman, que se pro­fe­sen fe mutua; una unión de este tipo pro­me­te a todo obre­ro, a toda obre­ra, la más com­ple­ta feli­ci­dad, el máxi­mo de la satis­fac­ción que les pue­de caber a cria­tu­ras cons­cien­tes de sí mis­mas y de la vida que les rodea.

Esta unión libre, fuer­te en el sen­ti­mien­to de cama­ra­de­ría en que está ins­pi­ra­da, en vez de la escla­vi­tud con­yu­gal del pasa­do, es lo que la socie­dad comu­nis­ta del maña­na ofre­ce­rá a hom­bres y muje­res.

Una vez se hayan trans­for­ma­do las con­di­cio­nes de tra­ba­jo, una vez haya aumen­ta­do la segu­ri­dad mate­rial de la mujer tra­ba­ja­do­ra; una vez haya des­apa­re­ci­do el matri­mo­nio tal y como lo con­sa­gra­ba la Igle­sia —esto es, el lla­ma­do matri­mo­nio indi­so­lu­ble, que no era en el fon­do más que un mero frau­de—, una vez este matri­mo­nio sea sus­ti­tui­do por la unión libre y hones­ta de hom­bres y muje­res que se aman y son cama­ra­das, habrá comen­za­do a des­apa­re­cer otro ver­gon­zo­so azo­te, otra cala­mi­dad horro­ro­sa que man­ci­lla a la huma­ni­dad y cuyo peso recae por ente­ro sobre el ham­bre de la mujer tra­ba­ja­do­ra: la pros­ti­tu­ción.

Se acabará para siempre la prostitución

Esta ver­güen­za se la debe­mos al sis­te­ma eco­nó­mi­co hoy en vigor, a la exis­ten­cia de la pro­pie­dad pri­va­da.

Una vez haya des­apa­re­ci­do la pro­pie­dad pri­va­da, des­apa­re­ce­rá auto­má­ti­ca­men­te el comer­cio de la mujer.

Por tan­to, la mujer de la cla­se tra­ba­ja­do­ra debe dejar de preo­cu­par­se por­que esté lla­ma­da a des­apa­re­cer la fami­lia tal y con­for­me está cons­ti­tui­da en la actua­li­dad. Sería mucho mejor que salu­da­ran con ale­gría la auro­ra de una nue­va socie­dad, que libe­ra­rá a la mujer de la ser­vi­dum­bre domés­ti­ca, que ali­via­rá la car­ga de la mater­ni­dad para la mujer, una socie­dad en la que, final­men­te, vere­mos des­apa­re­cer la más terri­ble de las mal­di­cio­nes que pesan sobre la mujer: la pros­ti­tu­ción.

La mujer, a la que invi­ta­mos a que luche por la gran cau­sa de la libe­ra­ción de los tra­ba­ja­do­res, tie­ne que saber que en el nue­vo Esta­do no habrá moti­vo alguno para sepa­ra­cio­nes mez­qui­nas, como ocu­rre aho­ra.

«Estos son mis hijos. Ellos son los úni­cos a quie­nes debo toda mi aten­ción mater­nal, todo mi afec­to; ésos son
hijos tuyos; son los hijos del vecino. No ten­go nada que ver con ellos. Ten­go bas­tan­te con los míos pro­pios».

Des­de aho­ra, la madre obre­ra que ten­ga ple­na con­cien­cia de su fun­ción social, se ele­va­rá a tal extre­mo que lle­ga­rá a no esta­ble­cer dife­ren­cias entre «los tuyos y los míos»; ten­drá que recor­dar siem­pre que des­de aho­ra no habrá más que «nues­tros» hijos, los del Esta­do Comu­nis­ta, pose­sión común de todos los tra­ba­ja­do­res.

La igualdad social del hombre y la mujer

El Esta­do de los Tra­ba­ja­do­res tie­ne nece­si­dad de una nue­va for­ma de rela­ción entre los sexos. El cari­ño estre­cho y exclu­si­vis­ta de la madre por sus hijos tie­ne que ampliar­se has­ta dar cabi­da a todos los nuños de la gran fami­lia pro­le­ta­ria.

En vez del matri­mo­nio indi­so­lu­ble, basa­do en la ser­vi­dum­bre de la mujer, vere­mos nacer la unión libre for­ti­fi­ca­da por el amor y el res­pe­to mutuo de dos miem­bros del Esta­do Obre­ro, igua­les en sus dere­chos y en sus obli­ga­cio­nes.

En vez de la fami­lia de tipo indi­vi­dual y egoís­ta, se levan­ta­rá una gran fami­lia uni­ver­sal de tra­ba­ja­do­res, en la cual todos los tra­ba­ja­do­res, hom­bres y muje­res, serán ante todo obre­ros y cama­ra­das. Estas serán las rela­cio­nes entre hom­bres y muje­res en la Socie­dad Comu­nis­ta de maña­na. Estas nue­vas rela­cio­nes ase­gu­ra­rán a la huma­ni­dad todos los goces del lla­ma­do amor libre, enno­ble­ci­do por una ver­da­de­ra igual­dad social entre com­pa­ñe­ros, goces que son des­co­no­ci­dos en la socie­dad comer­cial del régi­men capi­ta­lis­ta.

¡Abrid paso a la exis­ten­cia de una infan­cia robus­ta y sana; abrid paso a una juven­tud vigo­ro­sa que ame la vida con todas sus ale­grías, una juven­tud libre en sus sen­ti­mien­tos y en sus afec­tos!

Esta es la con­sig­na de la Socie­dad Comu­nis­ta. En nom­bre de la igual­dad, de la liber­tad y del amor, hace­mos un lla­ma­mien­to a todas las muje­res tra­ba­ja­do­ras, a todos los hom­bres tra­ba­ja­do­res, muje­res cam­pe­si­nas y cam­pe­si­nos para que resuel­ta­men­te y lle­nos de fe se entre­guen al tra­ba­jo de recons­truc­ción de la socie­dad huma­na para hacer­la más per­fec­ta, más jus­ta y más capaz de ase­gu­rar al indi­vi­duo la feli­ci­dad a que tie­ne dere­cho.

La ban­de­ra roja de la revo­lu­ción social que ondea­rá des­pués de Rusia en otros paí­ses del mun­do pro­cla­ma que no está lejos el momen­to en el que poda­mos gozar del cie­lo en la tie­rra, a lo que la huma­ni­dad aspi­ra des­de hace siglos.

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